EPÍLOGO
L a esperanza de recuperar nuestra casa de Rua Mayor se diluyó con el paso del tiempo.
Lo primero que pudimos recuperar fue el negocio.
Lo iniciamos en uno de los barracones, en la plaza José Antonio.
Gracias a la pequeña indemnización que recibimos de las casas de seguros, pudimos levantar algo de cabeza, aunque muchos se vieron en paro forzoso.
Diego hizo buenas inversiones que nos dieron cierto desahogo y permitió que, con los años, mi madre volviera a abrir su taller en la calle San Francisco y yo uno más pequeñito cerca de ella, porque se hizo imposible seguir trabajando juntas.
La vivienda tardó más en llegar, pero finalmente Diego y mi madre tuvieron acceso a una en Albericia, Yurde y yo en el barrio pesquero y Anjara se quedó a vivir con Nieves.
La reconstrucción de los edificios llevó un cuarto de siglo y los damnificados también tardamos nuestros buenos años en recuperarnos. Aunque emocionalmente fue más duro.
A pesar de los esfuerzos de doña Anjara y Diego, la brecha entre mi madre y yo cada vez se hizo más grande.
Ni siquiera se ablandó con la noticia de la llegada de los nietos.
Diego cumplió su promesa. Su regalo de bodas fue un anillo de oro con un rubí incrustado, que siempre sostuvo que encontró entre el tesoro de un barco pirata.
Aunque sospecho que no iba muy desencaminado con lo del pirata, siempre dudé de que fuese de los que se echan a la mar en un barco de velas negras.
Mi madre hizo el traje de Yurde, más por él y por doña Anjara que por mí, pero no estuvo dispuesta a hacerme el vestido, así que lo hice yo misma.
Después de la boda, la relación con mi madre fue prácticamente inexistente y, desde que le di nietos, todo fue acritud.
Porque los desprecios que les hacía a mis hijos me dolían más a mí que a ellos.
Sus nietos eran los tres de Diego —el pequeño Diego nació a final de año—, los míos no, y yo seguí mucho tiempo con una espina en el corazón que jamás llegué a quitarme del todo.
Porque, si al unirme a Yurde pude entender mejor su reacción por la muerte de mi padre, desde que tuve a mi pequeño Colás en los brazos, dejé de hacerlo.
Mi padre llevaba razón. La felicidad de mi pequeño siempre sería suficiente para mí.
Incluso, si me faltara Yurde. Si él diera su vida por salvar a uno de mis pequeños, le haría un altar, lo idolatraría por siempre, tanto como lo lloraría, pero jamás detestaría a mi hijo por ello.
Por eso, no pude entender que mi madre me culpara tanto tiempo.
Gracias a Dios, mis hijos tenían otra abuela que compensaba la falta de calor con creces.
Doña Anjara fue durante el resto de su vida mi madre, mi amiga y la abuela más maravillosa y complaciente.
No era que los hijos de su Yurde fuesen los preferidos, pero a ella también le dolía la dureza con que mi madre los trataba y se esforzaba con ellos el doble.
Vivimos un año en Francia, en casa de mi tía, que nos recibió con los brazos abiertos.
Me dolió dejarla de nuevo cuando volvimos a nuestra tierruca .
Yurde volvió a sus peces, esta vez por su cuenta, en la barca de su padre.
Yo seguí esperándolo cada madrugada, a partir de entonces en el muelle oficial, para verlo regresar.
Conviví para siempre con aquel pellizco en el estómago hasta que veía la barca aparecer por el horizonte y con las mariposas que flotaban con cada muestra de cariño.
Poco a poco, los malos recuerdos se fueron deshaciendo, como un papel bajo el agua.
Construimos recuerdos juntos que llenaron de paz y dicha nuestros días, aunque, a veces, durante la noche, al cerrar los ojos, la mente me jugaba una mala pasada y venía a mi recuerdo la expresión de horror de Cibrián y el cuchillo salir de su pecho.
Me despertaba en mitad de la noche sobresaltada y llorando, y siempre que pasaba, Yurde me abrazaba y me traía de vuelta.
Siempre fue el ancla que mantuvo a flote mi cordura.
Aun así, no cambiaría nada de lo que compartí con los míos durante aquel duro febrero del cuarenta y uno, aunque fueran sobre todo penas.
Fue entonces cuando comprendí lo lejos que había estado de mi hermano, que tanto me quería y que me lo demostró con creces.
También comprendí lo mucho que amaba a Yurde.
Los quería y los necesitaba, como ellos a mí, y fueron mi mayor apoyo en los momentos duros.
Me permitió ver a mi padre una última vez.
Le prometí a Diego que no me culparía de su muerte y lo intenté con ahínco.
Muchas veces lloraba en la noche y le pedía perdón en silencio.
Aunque jamás frente a mi hermano, por no preocuparlo; ni frente a mi madre, por no darle la razón.
Me resultó curioso recordar lo que sufrí por no haber acompañado a mi madre cuando mi padre faltó durante la guerra y, sin embargo, ahora que realmente pasábamos por aquella enorme pena juntas, sentía vacío en lugar de consuelo.
No creo que las cosas pasen por algo. Ni creo que el destino de mi padre estuviese marcado.
Más bien, todos somos responsables de nuestros actos y, muchas veces, nuestras decisiones afectan a los demás.
Cibrián Cobo eligió el destino de su vida, como yo elegí el mío, y su muerte ni siquiera sirvió para darnos el consuelo de la justicia, solo dejó un enorme agujero del que mi madre no logró salir.
Para todo hay un tiempo. Tiempo de sacrificarse y tiempo de cuidar de uno mismo.
Cada uno de mis progenitores me enseñó algo valioso que espero poder transmitirles a mis hijos también.
Mi padre siempre quiso que pensáramos por nosotros mismos y siempre estuvo orgulloso de Diego por tener sus propias ideologías, aunque no coincidieran con las suyas.
Siempre lo protegió. Incluso, vendió su parte de la tonelería antes de iniciar la guerra para que nada vinculara a Diego con sus asuntos.
Hizo bien, pues si lo hubiera hecho durante la guerra, el dinero habría carecido de valor.
Ese fue el dinero que salvé de las llamas y que luego permitió arreglar los tejados y calderas y darle a mi padre un lugar de reposo.
De todas formas, mi padre sabía que mi hermano quería ser funcionario, no tonelero, así que no solo lo dejó tomar su camino, sino que se lo allanó.
Una vez al mes se veían en la tienda, hablaban y se ponían al día.
Discutían, claro que sí, pero se despedían siempre con un abrazo, una sonrisa y la promesa de verse de nuevo un mes más tarde.
Éramos muy diferentes, y siempre creí que nuestros padres alababan eso, que cada uno a su manera éramos especiales para ellos.
Diego había dicho en una ocasión que no teníamos que competir entre nosotros por su amor, que ya lo teníamos.
Aunque, en el caso de mi madre, su amor por nosotros quedaba eclipsado por el que sentía hacia mi padre.
El incendio no solo puso patas arriba nuestra situación, sino también nuestra vida entera.
A mí, incluso mi persona. Me dio la oportunidad de conocerme mejor, darme cuenta de las cosas que realmente me importan y tomar las decisiones que me reportarían felicidad.
No la idealizada, ni la que la sociedad entendía como tal, sino la real, la que necesitaba cada día para soportar el dolor de los sinsabores de la vida sin volverme loca.
Y esa felicidad tenía nombre: mi pequeño Colás, viva imagen de su padre.
Mi pequeño Yurde, concebido en Francia y nacido en Santander.
Irónicamente, salió clavadito a mí, pero con el carácter de su tío Diego.
Marina, Diego, Laro, Ángela y el pequeño Diego.
Francisco, Mercedes, Mariuca, Pelayo, Domingo, Nieves, Teresa, Alberto, Anjara… pero, sobre todo, Yurde.
Mi querido Yurde, su mar, su corazón de oro, su alegría…
Él nunca me puso un cilicio, ni una cadena. Su lazo fue tan suave como una caricia. Fuimos dos compañeros de vida, de lucha, de fatiga y de alegrías. Y nos levantamos juntos, como las calles de nuestra bella ciudad derribadas por el fuego, por las que aún, hoy en día, paseamos de la mano.