34. Sirenuca…
M e desperté como cada madrugada, al llamado del mar. Sentí un gran desconsuelo cuando recordé que Yurde no estaba en la barca, sino en la cama de un hospital. Jamás habría pensado que llegaría el día en que desearía verlo marchar en la barca de su padre.
Me puse los zapatos y el abrigo. Cogí el paraguas, por si acaso, y me fui a verlo.
Encontré a Nieves en el puesto de Anjara. Dormía cuando llegué y preferí no despertarla. Ocupé la silla que había puesto la tarde anterior al otro lado de su cama y cogí su mano.
—Yurde —susurré—. Soy yo. —Limpié dos lágrimas de mis ojos—.
Siento haber tardado tanto en venir, pero ya estoy aquí.
Quédate tranquilo, el conde ya no va a poder hacernos daño nunca más.
—Inspiré con fuerza y me limpié las lágrimas—.
Mi padre ha muerto. Diego ha conseguido que repose en el panteón familiar, pero ya verás la lápida.
La reconocerás rápido, porque no tiene nada escrito.
Miré su rostro. Parecía profundamente dormido. Le apreté la mano, buscando alguna reacción; no hubo ninguna. La tristeza me desbordó y lloré de nuevo.
—Espero que estés orgulloso de mí, supe defenderme del conde. —Saqué un pañuelo del bolsillo y me soné—. Pero he tenido que decir cosas horribles sobre mi padre.
Otra oleada de llanto me obligó a callar durante un momento.
—Ya te contaré detalles. Ayer lo enterramos —dije, mientras me secaba las lágrimas—.
Solo fuimos cuatro. Mi madre, Marina, Diego y yo.
Me hiciste mucha falta —dije con dificultad, por el llanto—.
No sabes cuánto. Mi madre… —jipié— renegó de mí como hija.
—El llanto se me descontroló y, aunque hice un esfuerzo por no formar un escándalo, algunos gemidos resonaron en la silenciosa sala—.
Yurde, tienes que despertar. No me puedes dejar sola.
—Sacudí su mano—. Yurde, no puedes dejarte ir a la deriva por ese mar, ¿me oyes?
No, dejándome aquí en la orilla sola. Tienes que volver. Tienes que volver conmigo.
Lloré sobre su mano y la apreté con las mías.
— Sirenuca…
Escuché la palabra como un susurro fantasmal.
El llanto se me cortó y el corazón me dio un golpe en el pecho.
Miré sus labios, que aguardaban inmóviles como antes.
Lo miré con los ojos bien abiertos, para que no se me escapara nada, ni un movimiento, ni un suspiro.
Nada. Miré a Nieves, buscando confirmar en alguien más lo que acababa de oír.
Estaba despierta y me miraba con la misma expresión alerta que debía tener yo.
—¿Ha dicho…? —pregunté.
Nieves frunció el ceño.
—¿ Sirenuca ? —dijo.
Sacudí la mano de Yurde.
—¡Sí!, Yurde. Estoy aquí. —Nada. Lo sacudí más fuerte—. ¡Yurde! —Nada—. ¡Enfermera!
Me levanté y corrí a la sala de enfermeras.
—Ha hablado —le informé—, pero no despierta. ¿Eso es normal?
—No sabría decirle.
—¿Puedo hablar con el médico?
—Vuelva a la sala, por favor. Yo lo aviso.
—¿Ha dicho algo más? —pregunté a Nieves cuando volví a sentarme. Ella negó con la cabeza—. El médico vendrá enseguida.
Llegó a los pocos minutos. Nieves y yo nos levantamos. Se acercó a la cama y lo examinó.
—Ha hablado. Ha dicho una palabra, pero no ha despertado —expliqué, con el corazón en un puño.
El médico terminó el examen y nos miró.
—Es buena señal —dijo—. Significa que no está en un coma profundo.
—Pero ¿sigue inconsciente? —preguntó Nieves.
—Sí, y no hay forma de saber cuándo despertará, aunque esto es una buena señal.
El médico se marchó y nosotras intercambiamos una mirada cargada de esperanza. Luego estuvimos en silencio un rato.
— Sirenuca… —dijo—. ¿Es algo entre vosotros?
Asentí.
—Es como me llama. —Desvié la mirada hacia Yurde, ruborizada—. Dice que soy el faro que lo lleva a la costa cada madrugada.
Nieves levantó una ceja en una pregunta que no formuló y luego negó con la cabeza.
—Siempre ha sido demasiado sensiblón —comentó con una sonrisa.
Me reí.
—No seré yo quien se queje de eso —dije.
—Me alegro, porque temía que lo hicieras sufrir.
La sonrisa se me borró de la cara y la miré de nuevo.
—Nunca fue mi intención.
—Lo sé.
—Lo quiero mucho.
—Lo sé. Pero, a veces, se hace daño sin pretenderlo. Tú no estabas obligada a corresponderlo. Y, si no lo hacías, era cuestión de tiempo.
—He tardado un poco en darme cuenta, eso es todo. Hasta hace una semana no estaba segura de saber qué se siente al estar enamorada.
Nieves sonrió.
—Entonces nos parecemos más de lo que creía.
—¿Tú también tardaste en darte cuenta de tus sentimientos por Domingo?
La pregunta salió con cautela, mientras recolocaba bien las sábanas de Yurde.
—De hecho, me casé con él sin estar segura.
—La miré de nuevo—. Fue bastante insistente.
Siempre me hacía reír, era un hombre trabajador y estuvo detrás de mí a pico y pala durante mucho mucho tiempo.
—Perdió la mirada en un punto indefinido de la sala y sonrió con tristeza—.
Lo supe cuando tuvimos a nuestro primer hijo, que lo quería tanto que habría besado el suelo que pisara durante el resto de mi vida.
—La sonrisa se le borró y volvió a fijar la vista en mí—.
Aunque resultó ser durante el resto de la suya.
—Lo siento mucho, Nieves. Sé que murió por ayudar a mi padre a huir.
Volvió a sonreír.
—Murió siendo el hombre bueno con el que me casé. Podría no haber hecho nada por tu padre, pero el arrepentimiento habría sido una losa para él. Lo apreciaba y respetaba demasiado.
—¿Cómo haces para no guardar rencor?
—¿Y a quién? —preguntó con desgana—. ¿A Domingo? ¿A tu padre? ¿A ti, Diego o tu madre? No le veo el sentido. Ellos fueron víctimas de las circunstancias, como nosotros. Y, al final —suspiró—, vosotros también sois mi familia.
—Marina me ha dicho lo mismo.
—Lo sentimos así. Mi madre la primera.
—Lo sé.
La mirada de Nieves se nubló un momento y su semblante se ensombreció. Miró a Yurde con el ceño fruncido.
—Si tú y Yurde no llegáis a casaros, eso no cambiará.
Sus palabras me dieron un vuelco al corazón. Lo miré.
—Despertará. Es un yunque. Puede con todo. —Le zarandeé la mano—. ¿Me estás oyendo? No puedes irte por el golpe de un señorito.
Las lágrimas volvieron a mis ojos y rebusqué en el bolsillo el pañuelo, pero estaba tan empapado que no cumplió con su propósito. Nieves buscó uno en su bolso y me lo ofreció.
—Sí, tienes razón. Pronto despertará —dijo con la voz un poco más animada—. Solo se está haciendo de rogar.
Le sonreí. Nieves era la segunda de los hermanos Alonso y con la que menos trato tenía.
Me agradó la oportunidad de conocerla mejor, aunque odié que se diera en esas circunstancias.
Era mucho más calmada que Marina. Creo que se parecía más a Francisco que a ella, pero, cuando sonreía, se le marcaban los hoyuelos como a Yurde.
Seguimos hablando durante el resto de la mañana, pero no tocamos ningún tema sobre los que yo había hablado en voz alta y que ella había oído.
No me preguntó por lo que había pasado con el conde, ni sobre lo que me había dicho mi madre.
Nada sobre la declaración en la Guardia Civil.
Yo agradecí que no lo hiciera, no porque no quisiera compartirle esas cosas, sino porque necesitaba evadirme.
Ya tenía suficiente pena con lo que tenía delante. Nieves miró el reloj.
—Abilia, ¿te importa hacerme un favor?
—Claro, si está en mi mano…
—Me dejé el pan y las sardinas secas en casa. Mi madre no puede acercármelas, demasiada tarea tiene con darle de comer a los tres zagalucos. ¿Te importa quedarte aquí hasta que vuelva? Traeré algo para ti también.
—Por supuesto. Ve.
—Gracias.
Se levantó, le frotó el brazo a su hermano como despedida y se marchó.
Era mediodía.
—Ya estarán enterrando a Cibrián —le dije a Yurde—.
Me imagino cómo será el cortejo fúnebre.
La señora Trueba irá bien acompañada por la flor y nata de la ciudad, seguida de plañideras y hombres que harán lo indecible por mantener sus cirios encendidos a pesar de la lluvia.
¡Qué diferente al entierro de mi padre! Supongo que todos los beneficiados por sus actos altruistas pensarán que todo es poco, pero tú y yo sí sabemos cómo era realmente.
La señora Trueba, en cambio, se merece recibir toda la atención y el consuelo.
Después de todo —bajé más la voz—, nos había cedido su casa de campo para esconder a mi padre y ahora se ha quedado completamente sola.
Apreté su mano y acaricié su cara.
—¿Sabes? Que no se mencione que Cibrián intentó forzarme protege mi reputación. Pero mucha gente ha visto al conde rondarme durante esta última semana, así que supongo que habrá habladurías por no acudir al entierro.
La inseguridad me invadió de golpe.
—¿Me seguirás queriendo cuando despiertes y sepas que maté a un hombre? —Apoyé la cabeza sobre su mano y la bañé con mis lágrimas—. No podría soportarlo. Si tú estás conmigo, no me importa que mi madre me repudie, pero si tú también me apartas de tu lado…
No terminé la frase.
Ya me había calmado cuando llegó Nieves. Comimos el pan con pescado seco y pasamos la tarde hablando. La conversación fue un soplo de aire fresco y ni siquiera me había dado cuenta de la hora que era hasta que Marina apareció. Después de saludarnos, besó a su hermano en la mejilla.
—¿Cómo está? —preguntó.
—Esta mañana ha hablado —dijo Nieves—. Solo una palabra.
—El médico dice que eso es bueno, que significa que el coma no es profundo —expliqué.
—¡Ay, qué buena noticia! —exclamó contenta—. ¡Ya tocaba! Que menuda semanita llevamos. Espero que esto sea lo último, porque si no…
—¡Dios te oiga! —dijo Nieves.
—Abi, ¿te quedarás esta noche? Mira que tu madre ya se ha ido a casa de mi hermana con la mía y el sofá de Francisco está libre.
—Gracias, Marina, pero voy a quedarme. De todas formas, si me voy, no voy a dormir nada. Aquí estaré más tranquila.
Asintió con expresión compungida.
—Ya me imaginaba que dirías eso, pero piénsatelo. Aquí no puedes hacer nada por Yurde, y en casa descansarás mejor.
—¿Y si se despierta? No, prefiero quedarme. Si fuese Diego, a ti no habría quien te separara de esta cama; ni con agua caliente.
Sonrió.
—Si en eso tienes razón, yo haría lo mismo. Solo lo digo por tu bien, pero no insisto. —Miró a Nieves—. ¿Tú también te quedas?
—No, me voy ya, que madre lleva todo el día sola con las fieras.
Dijo eso mientras se levantaba de la silla y cogía el bolso, el abrigo y el paraguas.
—Nos vemos mañana —les dije.
—Hasta mañana —se despidieron las dos de mí y de su hermano y se fueron.
Las enfermeras repartieron la cena. Cuando los pacientes fueron terminando, poco a poco la sala fue quedando en calma y silenciosa.
La noche hacía rato que había caído, y no solo de forma literal. La noche había caído para Yurde hacía dos días y para mí hacía una semana. Una noche que no terminaría hasta que no acabara la de Yurde, y esta podía ser eterna.
—Vuelve ya, Yurde —rogué, apoyada sobre su brazo. Llené su mano de besos—. Si esperas a ver el amanecer para volver, no lo harás jamás. En ese mar no amanece nunca. Tienes que venir a la orilla, aunque la noche sea profunda. Por favor. Hazlo por mí. Por favor, ven ya.
Llené su mano de caricias hasta que me quedé dormida apoyada en su brazo, mojando su camisa con mis lágrimas y apretando su mano, que era lo único que me hacía sentir en casa.