33. La hija de un rojo cobarde
E n cuanto salimos a la calle, me vino una ráfaga de aire con una mezcla de olores a petricor y a lumbre. No había sido una citación formal y entendí lo que eso significaba.
—Diego, tengo miedo. —Lo miré suplicante—. No puedo mirar a la cara al hombre que mató a padre.
—Eso es lo de menos. —Paró y me agarró del brazo—.
Nos ha llamado el teniente coronel. Estuve bajo su comandancia y nos hicimos buenos amigos.
—Hizo una pausa y su voz sonó alerta—. Escúchame, vamos a hablar con un hombre que en el frente le dio la enhorabuena a un joven por matar a su propio hermano.
Probablemente, diga… Oigas lo que oigas, no te puedes romper.
¿Lo entiendes? Imagina que habla de Cibrián, o lo que sea que necesites para que se te endurezca la piel, porque no puede vernos flaquear. ¿Estamos?
Asentí y tragué saliva.
—Estamos —dije, con una seguridad que en realidad no sentía.
—Sé fuerte. Terminará rápido. Ya está todo decidido. Tú solo dales la razón.
—Pero ¿qué les digo?
—No hará falta que hables. Ellos lo harán por ti.
Asentí.
—Tú ya sabes qué dirán, ¿verdad?
Diego cogió aire.
—Algo como que Cibrián y padre discutieron y padre lo mató. Omitirán el motivo de la discusión para no manchar la reputación del conde.
Asentí de nuevo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando vi el edificio. Con cada paso notaba el cuerpo más pesado y lento.
Miré a Diego y me pregunté si para él resultaba tan sencillo como lo hacía parecer.
—Diez minutos. Aguanta.
Estábamos a pocos metros de entrar y guardamos silencio.
—Diego Bolado. El teniente coronel me espera —informó Diego al guardia.
Nos hicieron esperar de pie. Cuando por fin nos hicieron pasar, el hombre que aguardaba detrás del escritorio se levantó con una sonrisa de suficiencia en los labios. Miró a mi hermano con orgullo.
—Diego, cuánto tiempo.
—Sí, teniente coronel. Aunque usted sigue igual que siempre.
El hombre me dirigió una mirada curiosa.
—Usted es su hermana, supongo.
Miré a Diego, que me hizo un gesto para que lo saludara. Forcé una sonrisa.
—Mi hermano habla mucho de usted, de los tiempos en que estuvieron en el frente. —Su mirada escudriñaba mis heridas—. Disculpe que me presente de esta guisa. No recuerdo muy bien, pero al parecer me cayó una teja encima.
El teniente coronel me sonrió con aprobación.
—No se preocupe…
—Abilia.
—Abilia —repitió—. Puedo ver, aun debajo de esa herida, que es una mujer muy bella —respondió aguantándome la mirada. Algo en ella me heló la sangre—. Una belleza digna de una condesa.
Puso un énfasis especial en la última palabra y el corazón me dio un vuelco. Agaché la mirada.
—Agradezco el cumplido —dije con tono avergonzado.
Había elegido la comparación de forma intencionada, me estaba poniendo a prueba.
Solo diez minutos. Debía decirle lo que quería oír durante diez minutos y sonar convincente.
¿Qué diría una mujer como su hija? Lo miré a los ojos con cara de pena—.
Pero dudo mucho de que a alguno se le ocurra poner los ojos en la hija de un rojo cobarde.
No titubeé, pero esas dos últimas palabras las sentí como un puñal en el pecho. Como cuando me corté antes de clavar la navaja en Cibrián. Me estaba defendiendo de la misma manera.
—También es la hermana de un hombre respetado. No se preocupe, se casará y será una buena esposa. Sé que ya ha hecho el servicio social. ¡Como enfermera, nada menos! Pero vamos al asunto que nos atañe. Esta no es una visita social y yo soy un hombre muy ocupado.
Se sentó en su mesa.
—Siéntense.
Diego y yo obedecimos. El hombre sacó un papel que dejó frente a él sobre la mesa.
—La situación en la ciudad debido al incendio es excepcional. Por eso no podemos permitirnos… confusiones.
Nos miró, buscando alguna reacción de nuestra parte. Ambos asentimos.
—Por eso —continuó—, vamos a dejar esto claro desde el principio. —Recolocó el papel sobre la mesa, pero no lo leyó. Siguió hablando con los ojos clavados en nosotros—. El conde llegó a la casa. Encontró a su padre, un fugitivo, allí. Su padre lo mató.
Hizo una pausa. Diego asintió. A mí me costaba respirar, como si el aire fuese denso de repente.
—Cuando nosotros llegamos, su padre intentó arrebatarle el arma al cabo. En el forcejeo —se encogió de hombros— se disparó.
Hizo otra pausa. Diego volvió a asentir. El silencio se sintió pesado.
—Ese es el informe —concluyó. Su tono fue severo, definitivo—. Cibrián Cobo era muy conocido en la ciudad y, sin duda, se correrá la voz. Esta voz y ninguna otra.
Noté cómo algo en mi pecho se me rompía, pero estábamos terminando, tenía que aguantar.
—Sí, señor —asintió Diego—. Las labores diplomáticas del conde fueron claves. Su memoria debe quedar intacta.
La mirada del teniente coronel se centró en mí. Fija, penetrante. Severa.
—No conviene remover más esto —añadió, con el mismo tono que muchas veces había oído en Diego—. Por el bien de todos y el de su familia.
Diego volvió a asentir, pero yo me quedé petrificada. Su mirada me traspasó la piel.
—¿Y usted qué tiene que decir? Está muy callada.
Me sobresalté y miré a Diego, que me hizo un gesto. Al verme el rostro, entendió que estaba a punto de romperme. Si contestaba él por mí, no se quedaría tranquilo. Menos de cinco minutos. Debía aguantar. ¿Qué diría la hija de ese hombre?
—Disculpe, teniente coronel. Me han enseñado que cuando los hombres hablan, las mujeres callan. Pero, realmente, no tengo nada que añadir, pues yo no tengo forma de saber qué pasó. Solo puedo decir que siento los problemas causados por mi padre.
Las mejores mentiras se basan en la verdad, eso me había dicho mi padre. Y, puesto que esa era la nueva verdad, no se podía decir que estuviera mintiendo, pero la voz se me fue apagando mientras hablaba. Por suerte, pude terminar la última frase.
Volvió a asentir, complacido.
—Puesto que ninguno de ustedes estuvo allí, no hay declaración firmada.
Esta vez no esperó el asentimiento. Se levantó y se acercó a la puerta.
Dió un abrazo a Diego y le palmeó la espalda.
—No esperaba menos de ti, Bolado. Hiciste lo correcto. Ya puedes quitarte ese lastre de encima.
Su voz sonó animada, como si aquello fuese motivo de celebración.
—Gracias, teniente coronel. —Alzó la mano y el rostro y gritó—: ¡Arriba España!
—¡Arriba España! —coreamos el teniente coronel y yo, imitándolo. Mi voz se rompió y el torrente de voz de ese hombre me eclipsó. Intenté que la mano no temblara y me delatase.
Me forcé a sonreírle al despedirme y salimos del despacho. Tuve que reprimir mis impulsos de correr.
Esperé a girar la esquina para llorar. Diego me sujetó por los hombros, temiendo que me desplomase allí mismo. Cuando lo miré, vi unas ojeras bajo los ojos que antes no había advertido.
—Ya ha pasado todo —me susurró—. Lo has hecho muy bien. Estoy orgulloso de ti.
—¿Cómo puedes hacer esto? —pregunté, afianzando por fin los pies en el suelo—. ¿Cómo puedes traicionar a la verdad? ¿A ti mismo?
Diego suspiró. Miró alrededor, abrió el paraguas y tiró de mí para reanudar el paso.
—Vamos.
—¿Ha sido cosa tuya? —pregunté. Diego me miró—. Acelerar el proceso.
—Hay que evitar una investigación. Si se hacen preguntas sobre dónde ha estado padre estos tres años, se centrarán en la familia.
Yo sabía que, debido a la tragedia que vivía la ciudad, todos los cuerpos oficiales iban de cabeza. Desde luego, el incendio le facilitó a Diego el trabajo. Había dos hombres muertos y se habían matado entre ellos. Fin del capítulo y a otra historia.
—Pero decir esas cosas… ¿no te duele? A mí me ha dolido decirlas como una puñalada.
No respondió de inmediato. Anduvimos en silencio durante unos minutos antes de que Diego hablara.
—Me crucé con padre en el monte.
Su revelación me sorprendió. Mi hermano nunca hablaba de la guerra. Nunca.
—Habían atacado a mi grupo y nos habíamos dispersado —continuó—.
Hacía un mes que padre había escapado de las caballerizas y no sabía nada de él.
Temía que ya… —Suspiró—. Y entonces lo encontré.
Bueno, él me encontró. Nos abrazamos y lloré.
Si nos hubiera visto alguien, de los suyos o de los míos, daba igual, habríamos muerto los dos.
—Diego, no hace falta que…
—En el monte estaba solo —me interrumpió—.
Mi única preocupación era dejar a Marina y a mis hijos desamparados.
Pero ahora… no estamos solos en el monte, sino rodeados de ojos y oídos, y lo que está en juego no es mi vida o la de padre.
Si fracaso en esto, la familia entera acarreará las consecuencias, así que no puedo permitírmelo. —Me miró a los ojos—. Aunque duela.
Suspiré.
—Bueno —dije—, el teniente coronel parecía satisfecho.
Mi hermano asintió en silencio.
—Pero ¿qué le contestas cuando te da la enhorabuena por ello?
—Diego —dije con la voz rota. No supe qué más decir.
—Padre y yo discutíamos mucho. No estábamos de acuerdo en casi nada. Él estaba en el bando equivocado, y eso fue un problema para mí durante mucho tiempo. Pero, como fuera, era mi padre. Fue mi padre más tiempo del que fue mi enemigo.
Su posición era mucho más delicada de lo que yo había imaginado.
Los ideales políticos eran exigidos incluso por encima de los lazos de sangre, y esa actitud patriótica se recompensaba, provocando divisiones entre aquellos a quienes no les importaba y aquellos a quienes les tocaba ocultarlo y disimular.
Al pasar por un corro de mujeres, escuchamos parte de la conversación.
—Pues sí, ha muerto. Parece que encontró un intruso en su casa y este lo mató.
—Madre mía. ¿A dónde vamos a parar? Pobre señora Trueba, ni un hijo le queda ya.
—Y con Cibrián ha muerto el condado.
—Así mismo. ¿Y se sabe cuándo lo entierran?
—Lo velarán toda la noche en su casa de la Magdalena y el entierro será mañana a mediodía.
Aceleramos el paso y giramos por una calle menos concurrida.
—Diego, quiero ir a Valdecilla —dije, al ver que Diego se dirigía a casa de Francisco.
—Yurde está bien cuidado. Deberías intentar descansar. ¿Desde cuándo no duermes bien?
Suspiré. No había descansado una noche completa desde la surada. Diego tenía razón, pero pensé que descansaría mejor apoyada en la cama de Yurde que cerca de mi madre.
—Es que no quiero ir a casa de Nieves.
—No la vas a poder evitar siempre. —Adivinó el motivo—. Vamos, báñate y descansa. Cuando descanses, te acompaño a Valdecilla.
El baño me tentó más de lo que estaba dispuesta a admitir y me dejé convencer.
Marina me ayudó a calentar el agua y aproveché para ponerla al día. Me demoré más de la cuenta, pero lo necesitaba. Sumergida en el agua caliente, me vinieron a la mente las palabras que tanto me dolieron decir.
—Perdóname, padre —dije entre lágrimas—, por llamarte rojo cobarde.
Recordé cómo me había dolido el pecho al pronunciarlas, igual que me había dolido el corte de la navaja al matar a Cibrián.
Defenderme de esos hombres conllevó un daño personal que me dejó huella.
Una en el pecho, que rocé con mis dedos con cuidado, y la otra, mucho peor, en el alma.
La letra de la canción me vino a la mente sin pensar y la tarareé de nuevo.
—Si me quieres dar la muerte, cuchillo te daré yo, afilado con mi sangre para que corte mejor. Afilado con mi sangre para que corte mejor…
Para cuando terminé de tomarme el baño, mi madre se había marchado a casa de Nieves y yo sentí el cuerpo tan pesado que la idea de dormir allí cobró fuerza.
—Mercedes, ya que Yurde no lo usará… —Se me hizo un nudo en la garganta. —¿Te importa que descanse en tu sofá? Solo unas horas, luego iré al hospital.
Mercedes me miró con lástima, aunque intentó disimularlo con una sonrisa.
—Eso ni se pregunta. Ya sabes que estás en tu casa.
Marina y Mercedes acostaron a los pequeños mientras yo, apoyada en el marco de la puerta, observaba lo que sucedía en el salón. Francisco puso una botella de whisky en la mesa. Diego la miró como si fuera un lingote de oro.
—¿Y eso?
—Tú bebiste conmigo por mi padre, hoy quiero beber contigo por el tuyo.
Puso dos vasos en la mesa, los llenó por la mitad y bebieron.
Repitieron el ritual tres veces. Antes de acabarse la botella, mi hermano reparó en mí.
Sus ojos estaban abotargados por el licor y la tristeza.
Su mirada era intensa. Llenó el vaso una vez más y, sin dejar de mirarme, lo arrastró hacia mí.
No me moví, pensando que en cualquier momento lo alzaría en una señal de brindis y lo bebería de un trago, pero en lugar de eso señaló la bebida, con un gesto que resultó ser una invitación.
Francisco sacó otro vaso y los llenó. Agotada la botella, alzamos los tres el licor y dimos buena cuenta de él.
Nadie rompió el silencio. Ambos se levantaron y se marcharon a sus habitaciones en una muda procesión que decía mucho más que cualquier palabra. Francisco palmeó el hombro de mi hermano y lo apretó en un gesto cómplice. El silencio cargaba con nuestra pena, rabia y, en mi caso, decepción.
La noche anterior había sido la más dura de mi vida, pero esa noche sería la más triste, a pesar de que por fin sentía que todo había terminado.
Cibrián había desaparecido de mi vida para siempre y la relación con mi hermano había dado un giro sorprendente.
Pero Yurde estaba inconsciente, había perdido a mi padre de nuevo y, con él, a mi madre.
Lloré por ellos cada segundo hasta que el agotamiento me venció y me dormí.