32. No fue suficiente #2
—Madre, no le dé más vueltas. —Puse mis manos en sus hombros para tranquilizarla—. Diego tiene razón. Está bajo tierra de forma digna. Es lo que importa.
El llanto se le cortó de golpe y me miró con tanto desprecio que me cortó el cuerpo en dos.
—¿Eso es lo que importa? Eso es lo que te importa a ti, ¿verdad? Que esté bien enterrado. ¡Ya podía haberte importado mantenerlo vivo!
—Hice lo que pude. —La hiel de mi madre se me quedó en el vientre como un pellizco—. Alejé al conde de la casa para que pudiera escapar.
—¡No fue suficiente! Tenías que haberlo aplacado. ¿Qué hiciste para contentarlo? ¡Nada! Dices que amas a tu familia, pero el único sacrificio que valía la pena hacer no lo hiciste.
—No. No lo hice.
La voz me salió en un hilo. La tristeza se me había hecho un nudo en la garganta.
Recordé el beso de Cibrián justo después de robarme los víveres.
El bofetón de después, el siguiente y el siguiente…
cómo me arrastró del pelo. El golpe con la culata del arma, cuando me apuntó con ella, cuando me la metió en la boca, cuando me cruzó la cara con la cuerda, cuando me asfixió, cuando se me tiró encima.
Esperé a tranquilizarme para hablar de nuevo.
—Y, si volviera atrás, tampoco lo haría.
Ahora el bofetón fue para mí. Marina dio un respingo y se llevó la mano a la boca.
Clavé mis ojos llorosos en mi madre mientras veía a Diego acercarse por el rabillo del ojo.
Le hice una seña para que no interviniera.
Él había dicho que cuidaba de mí por deber.
Pero el deber de un hermano no tenía por qué llegar tan lejos.
Decidió apoyarme, incluso en contra de los deseos de mi madre, incluso cuando lo ponía a él en peligro.
En casa del conde había cuidado de mi estado mental y mi dignidad.
No lo hacía por un sentimiento de deber, sino por uno de verdadero cariño.
Y me dolió reconocer que a mi madre le estaban faltando ambos, o el egoísmo los estaba eclipsando.
Era una buena esposa, pero estaba siendo una mala madre.
—¡Tu padre ha muerto! ¿Cómo que no lo harías?
—Cibrián me humilló, me golpeó y me ultrajó.
Y, si no llego a impedirlo, ahora no tendría honra.
Ni siquiera sé si seguiría viva. Y todo esto sin estar casados.
Imagínese, madre, lo que habría pasado si llego a ser suya.
Le molesta que unos hombres que detestaban a padre se gasten su dinero en alcohol, pero ¿no le molesta que un hombre despreciable maltratara a su hija?
Mi madre abrió los ojos como platos. Un rubor cubrió su cara, no sabría decir si por rabia o por vergüenza, y me abofeteó otra vez y otra.
Cuando fue a darme la tercera, mi hermano intervino y la sujetó.
—¡Cállate! —me gritó—. ¡Cállate, desgraciada! ¡Has matado a Cibrián Cobo! ¡Un hombre bueno! ¡Importante! ¡Que te ofrecía una vida cómoda para ti y los tuyos! ¡Y has matado a tu padre! ¡Al hombre que te engendró! ¡Y, si muere Yurde, también será culpa tuya!
Caí al suelo, con el corazón doliéndome por su desprecio.
Diego medió.
—¡Ya está bien! Se acabó el tema.
—¡Déjame! —Se deshizo de su agarre—. Tú no eres mejor que ella. —Se tomó unos segundos para calmarse y recolocarse el abrigo. Luego me miró con frialdad—. Ya no eres mi hija. —Sentí sus palabras como una puñalada—. No quiero volver a verte.
Se giró y continuó andando. Diego miró a Marina y le hizo una seña para que la acompañara. Luego me ayudó a levantarme y reanudamos la marcha a cierta distancia.
Hicimos el resto del camino en silencio. Yo con la cara cruzada y el corazón roto.
Diego caminó a mi lado y puso una mano en mi hombro.
—Se le pasará —susurró, más para consolarme que porque lo creyera.
—No lo sé —dije. Pero de lo que no estaba convencida era de que se me pasara a mí—. Diego, gracias. Por todo lo que has hecho hoy. Padre estaría orgulloso.
Por toda respuesta apretó cariñosamente el agarre de mi hombro. Sus ojos se pusieron vidriosos y apartó la mirada. Respiró profundo.
—Necesito hacer algo o me volveré loco. Espero que Francisco tenga mucha faena en su tejado.
Asentí. Cuando llegamos al portal de casa de Francisco y Mercedes, ya estaba amaneciendo. En casa, los niños aún dormían y el ambiente estaba enrarecido. Como cuando pasa algo en la vigilia y al despertar no sabes bien si ha ocurrido o lo has soñado.
Diego habló a Francisco:
—El plazo se acaba. ¿En la casa de Nieves está todo bien?
—Sí, allí ya está todo —contestó—. Pero de mi tejado solo están listos los materiales. Los vecinos los trajeron anoche. En breve nos pondremos.
—Os ayudo.
Diego encontró una forma de aplacar su rabia y su tristeza, pero lo único con lo que yo podía aplacar los nervios era la costura y mi madre se había encerrado en la habitación.
Me quedé mirando la puerta con un desconsuelo tan grande que volví a llorar.
Ya no por la muerte de mi padre o por el enfrentamiento con el conde, sino por la brecha que se había abierto entre nosotras.
La discusión con ella no se me iba de la cabeza.
Reviví el tono de voz con el que me había hablado y sus palabras hirientes resonaron en mi cabeza.
Yo acababa de vivir la experiencia más traumática de mi vida y ni me había preguntado si estaba bien, aunque solo con mirarme estaba claro que no lo estaba.
Sabía que había hablado el dolor y lo entendía, pero no pude evitar las comparaciones.
No imaginaba a doña Anjara tratando así a Marina o Nieves.
Seguía de pie, mirando la puerta, con el abrigo puesto. Mi cuñada se acercó.
—Abiuca.
Su voz era suave, me pareció más cautelosa que cariñosa. Yo reaccioné y me limpié las lágrimas que bañaban mis mejillas.
—No puedo, Marina. Me voy a ver a Yurde.
Le apreté la mano a modo de despedida y salí de la casa.
La vida empezaba en la ciudad. Cuando llegué al hospital, me encontré con doña Anjara, que había vuelto al lado de su hijo.
Me dedicó una mirada triste y puso una silla junto a la cama de Yurde para mí.
No sé cuánto tiempo estuvimos sentadas en silencio.
Yo agarraba la mano de Yurde como si fuese la única ancla que me mantenía en tierra, porque la mía estaba a la deriva entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
La desesperación se me escapó en un llanto.
Apoyé mi cabeza en la cama y lloré hasta que me quedé dormida.
Me despertó un ruido. La enfermera venía a cambiar el vendaje de la cabeza de Yurde. Me desperecé y miré el reloj de la sala. Era casi mediodía. Anjara me sonrió.
—Me alegro de que hayas descansado un poco. ¿Cómo te encuentras?
La pregunta cayó sobre mí como una losa. Solo acerté a negar con un gesto de cabeza.
La enfermera terminó su tarea y se marchó. Miré a Yurde. La cabeza le había quedado en una postura incómoda. Miré a la enfermera de reojo y suspiré. Me levanté y lo acomodé.
Doña Anjara sacó un bocadillo y me lo ofreció.
—Sé que no tendrás hambre, pero dame el gusto. Me quedaré más tranquila si te veo comer algo.
Lo cogí y le di un bocado. Anjara me dio un par de palmaditas cariñosas en la rodilla.
—Lo ha traído Marina hace un rato. Estaba preocupada por ti.
Su tono de voz dejó entrever un deje de lástima.
—Abilia —continuó—. Tu madre te quiere mucho, aunque ahora no lo parezca.
—Ya no, Anjara. —Centré mi mirada en el bocadillo, que empezó a perder forma a través de la película acuosa que se me formó en los ojos—. Ahora me desprecia.
—La sola idea de perder a tu padre la ha trastornado. Entiende que sus mayores miedos se han hecho realidad. Lleva tres años evitando que esto ocurra y se siente enfadada y frustrada. Pero no contigo, aunque te cueste creerlo. Necesita culpar a alguien.
—Puede ser.
Todo a lo que yo habría tenido que renunciar por casarme con el conde no tenía peso para mi madre si lo comparaba con la vida de mi padre.
Comprendía que para ella la alternativa de ponerlo en peligro no era negociable.
Y, a pesar de sus esfuerzos por protegerlo, lo había perdido.
A sus ojos, tuve en mi mano evitarlo y no estuve dispuesta a hacerlo.
Si mi madre nunca hubiera sido cariñosa conmigo, me habría resultado más fácil, pero hasta antes del incendio nuestra relación había sido tan buena, ella había sido tan cariñosa conmigo, que su actitud actual me demolió.
—Todos tenemos una cara fea que detestamos y, por desgracia, hay situaciones que nos quitan la máscara por la que tanto trabajamos a diario. «La opresión hace enloquecer al sabio», dijo Salomón, y es cierto. Tu madre está sufriendo mucho. No le tengas en cuenta lo que te diga.
Asentí y sonreí. Deseaba que Anjara llevara razón y, cuando la situación se calmase, todo volviera a su lugar.
Pero en el fondo sentí que algo se había roto y que no había suficiente pegamento en el mundo para arreglarlo.
Quizá ambas esperábamos demasiado la una de la otra.
Miré a doña Anjara. Le sonreí de forma genuina.
—Siempre me dice que soy como una hija más. Sepa que yo también la quiero como a una madre.
Sonrió y me frotó el brazo en un gesto que parecía decir «lo sé».
Diego entró a la sala y nos buscó con la mirada. Se acercó a nosotras y miró a Yurde.
—¿Cómo está?
—Sigue igual. Está estable —respondió doña Anjara.
Diego frunció el ceño. Luego me miró y cogió aire.
—Abilia, tenemos que ir al cuartelillo.
El alma se me fue al suelo.
—¿Ahora?
—Sí, andando.
Dejé el bocadillo a medio comer en la silla.
—Doña Anjara, vendré en cuanto termine.
—Sé fuerte, hija. Pronto habrá terminado.
Me agaché y besé la mejilla de Yurde.
—Vuelvo enseguida. Si decides esperarme despierto, me darías la alegría más grande del mundo. Y Dios sabe cuánto la necesito.
Lo abracé.
Cuando me colocaba el abrigo, vi cómo Diego apretaba la mano de Yurde.
—Recupérate pronto, hermano.
Se despidió de doña Anjara y nos marchamos. Las piernas me temblaban solo de pensar en encontrarme de nuevo frente a frente con el hombre que mató a mi padre a sangre fría.