32. No fue suficiente
N o me había preparado para lo que me encontré en casa de Francisco.
Habían retirado los muebles del salón, a excepción de las sillas.
Nieves, Mercedes y Marina acompañaban a mi madre, todas vestidas de riguroso luto.
El ataúd no había llegado. Mi madre no tenía consuelo.
Buscaba sentido a una desgracia que no lo tenía.
—No puede ser —decía—. No se puede haber ido.
Luego llegó el momento de buscar culpables y ahí no nos libramos ninguno.
Ni ella misma. Se echó la culpa por no haberlo detenido.
Culpó a Diego por no haberlo protegido y me culpó a mí por haberlo puesto en esa situación.
Mi hermano no chistó. Tenía el mismo semblante serio que había mostrado frente al cabo y que antes me pareció impasible, pero que ahora pude reconocer como una máscara que ocultaba su dolor.
Marina disimulaba peor, me pareció ver en ella una mirada de reproche hacia mi madre, cerró los ojos y apretó el brazo de su esposo.
Junto a los reproches de mi madre se agolparon en mi cabeza los míos propios.
¿Y si…? Venía a mi mente una y otra vez.
¿Y si hubiésemos buscado una forma diferente de distraer a don Cibrián?
¿Y si mi padre se hubiera quedado en casa?
¿Y si Yurde no hubiera accedido al paseo?
Todas las diferentes opciones que me venían a la cabeza no daban una solución para un desenlace mejor, solo lo posponían, porque Cibrián no habría dado su brazo a torcer.
Él era el verdadero y único responsable de todo y el único a quien mi madre no estaba culpando.
Quizá porque ya había pagado por ello con su vida.
Doña Anjara llegó y nos trajo un caldo que nos obligó a tomar a duras penas. Yo me levanté y, después de hacerle una seña a Mercedes, entré en la salita.
—Mercedes, ¿tienes algo para dejarme? El luto se me quemó en la casa.
—Ay, sí. Perdona, hija. No sé dónde tengo la cabeza. Anda, ven. Te lo tengo preparado.
La seguí hasta su habitación. Había un vestido negro y austero tendido sobre la cama.
—¿La ropa que lleva mi madre? —pregunté.
—La trajo Nieves, de mi suegra.
Me apresuré a vestirme y volví al salón.
—¡Ni hablar! —decía mi madre a Diego. Discutían en murmullos—. Tu padre no pisó una iglesia en su vida, ni podía ver a los curas. ¿Vas a traer uno para que le rece?
—Lo quieres aquí, ¿no? Pues eso tiene un precio.
—¿Qué precio le pones a su respeto? —preguntó dolida.
—¿Qué respeto? —dijo—. Él no creía en el más allá, ¿verdad? Entonces no hay forma de contrariarlo. Pero, si de verdad hay cielo y está en él, entonces no creo que le importe.
El bofetón llenó el silencio de la noche. Diego no pareció notarlo, pero la mejilla se le enrojeció.
—Madre —intercedí—, Padre siempre decía que los entierros eran para los vivos, no para los muertos.
Que los muertos, muertos estaban y no podían apreciar las lágrimas y el desconsuelo.
«Los entierros son para los vivos», decía.
Para calmar sus conciencias, para desahogar sus miedos y frustraciones.
Para soltar la pena. ¿Qué más da lo que haya que hacer, si con eso conseguimos tener una sepultura donde su cuerpo repose digno y podamos ir a ponerle flores?
En todos estos años lo imaginé criando malvas en una hondonada cualquiera en el monte. La expectativa de tenerlo en un lugar donde poder ir a honrarlo me parecía que merecía cualquier sacrificio.
—Con una lápida sin nombre —rebatió.
—Sí —dijo Diego en un tono más duro del necesario—. Pero en el panteón familiar. ¿O preferías la fosa común?
Mi madre agachó la mirada y se ovilló las manos, nerviosa. Su voz estaba más calmada cuando dijo:
—¿Y cuándo dices que llega el cura?
—Debe de estar al caer —contestó mi hermano—. El entierro será a las cuatro, antes de que amanezca.
El ataúd llegó. Lo dejaron en medio de la sala y se apartaron. Diego se acercó y levantó un poco la tapa.
—No —ordenó uno de los hombres—. Permanecerá cerrado.
—Compruebo que es quien debe ser —dijo Diego.
El hombre no objetó, pero tampoco insistió.
Mi hermano levantó la tapa lo suficiente para comprobar que era nuestro padre.
Asintió mientras volvía a cerrarla. Nadie se atrevió a romper el silencio y esperamos a que el cura llegara.
Francisco, de forma disimulada, cogió una botella del mueble bar, no llegué a ver de qué bebida se trataba, e hizo mutis por el foro hacia la habitación contigua.
No volvió a salir, pero antes de cerrar la puerta pude ver sus ojos vidriosos.
El sacerdote entró sin ceremonia. Miró alrededor y fijó la vista primero en el ataúd y luego en mi hermano.
Se entendieron sin palabras. Sacó el pequeño frasco y el paño, en un gesto mitad ensayado, mitad inconsciente.
Se acercó al ataúd. Su mano dudó un instante sobre la tapa, pero no la abrió. Entonces habló:
—Si por enfermedad o accidente no pudo recibir los santos óleos en vida…
Su voz resonó en la sala como un cántico antiguo. Mi madre apartó la mirada, con el disgusto pintado en el rostro. Diego miró impasible. Marina apretaba la falda con los puños cerrados, aguantando la congoja. Yo lloraba en silencio un río constante y calmado.
—Que el Señor, en su infinita misericordia…
En situaciones normales, la presencia del cura en la casa habría animado a los simpatizantes de mi padre a acercarse a dar el pésame y a acompañar a mi madre, pero la clandestinidad del evento lo impidió.
Solo éramos nosotros. Mi familia y la de Anjara.
Todos en silencio. Mi madre perdió la mirada en el ataúd, no parecía estar prestando atención a las palabras del cura.
No eran para ella, ni para mi padre. Era un trámite para que no lo arrojaran a una fosa común.
El sacerdote terminó y se marchó como había venido. Sin ceremonia, sin pésames largos, sin consuelo. Solo una inclinación leve de cabeza.
Salimos a la calle en silencio. Solo mi madre, Diego, acompañado de Marina, y yo.
El ataúd, llevado por los mismos hombres que lo habían traído, fue bajado por las escaleras con cuidado, como si temieran que aún pudiera despertarse.
Nadie lloró en voz alta, ni siquiera mi madre, porque eso formaba parte del acuerdo. Mi hermano fue delante.
El carro fúnebre esperaba abajo. Agarrando a mi madre del brazo, pues temí que se desmayara en cualquier momento, lo seguimos bajo la lluvia, camino al cementerio.
Los cuatro paraguas negros formaron un caparazón que se movió en perfecta armonía entre las calles desiertas.
Un cortejo fúnebre de cuatro, para no llamar la atención.
Llegamos sin prisa, pero sin pausa, por el camino más corto desde la calle Magallanes hasta Ciriego.
La entrada al cementerio estaba iluminada por una farola; el interior, oscuro como una cueva.
El enterrador ya esperaba junto al panteón familiar con todo listo.
En cuanto llegamos y el carro paró, lo abrió.
Sin saludar, ni preguntar nada. Un aire frío nos envolvió.
La caja hizo un sonido seco al apoyarla dentro.
Eché un último vistazo al ataúd con los restos de mi padre antes de que sellaran el panteón de nuevo.
Miré la piedra, sin nombre ni fecha, y entendí que mi hermano no había comprado un entierro digno para mi padre; eso se escapaba de su control.
Lo que había comprado era el silencio alrededor de su muerte.
Observé las inscripciones. Varias generaciones de la familia Bolado lo habitaban. Era justo que mi padre descansara allí, pero no que faltara su nombre.
Miré a mi hermano. Los contemplaba con tanta fijeza como yo y supuse que debía de estar pensando lo mismo.
Los hombres del carro se marcharon en cuanto comprobaron que el panteón quedaba cerrado. Nosotros nos volvimos sin prisa. Mi madre se dirigió a Diego.
—¿Cuánto nos ha costado esto? —preguntó.
—Todo lo que tenías —respondió él—. Y todo lo que tenía yo.
—¿Y para qué bolsillo fue mi dinero y para cuál el tuyo?
—Quiso saber mi madre. El repiqueteo de la lluvia en los paraguas fue lo único que se oyó durante los segundos que mi hermano se demoró en contestar.
Su expresión se volvió dura y tensa. Apretó el agarre del paraguas. Se estaba esforzando por contenerse.
—Déjalo estar, madre —dijo al fin, con un tono que sonó a advertencia. Estaba llegando a su límite, pero mi madre no pareció darse cuenta, o no le importó. Tal vez lo que buscaba era eso, que estallara una disputa donde desahogarse y soltarnos los reproches.
—Seguramente fue a parar al de algún amigo tuyo, de aquellos que pusieron la casa patas arriba nada más salir de las caballerizas. Uno de esos que hoy brindarán con una sonrisa en la cara por su muerte con un licor caro que tu padre habrá costeado.
El tono de mi madre había empezado bajo y molesto, pero poco a poco había crecido en intensidad y amargura hasta que terminó en un grito furioso.
Diego estalló.
—¡Sí! ¡Está donde corresponde! —Se acercó a mi madre y bajó el volumen en un susurro cargado de ira—. En los bolsillos adecuados para que tu esposo no descanse en una zanja o una fosa común. —Entonces, elevó el volumen de nuevo y gritó—: ¡Y se acabó la conversación!
Diego apretó el paso y se adelantó. Mi madre lo miró entre asombrada y asustada y rompió a llorar.
Marina y yo miramos la escena sin saber muy bien qué hacer.
Diego no se merecía aquello. Se había preocupado por hacerse cargo de todo y solucionar el asunto de la mejor manera.
Fue el único que puso cabeza y sentido común cuando los demás nos desmoronamos y, por parte de mi madre, solo había recibido quejas y reproches.
Aunque sospeché, y creo que Diego también, que habría dado igual lo que hiciéramos.
Lo único que ella quería era recuperar a mi padre, y todo lo que no fuera eso la asqueaba.
Sin embargo, no supe qué hacer para darle mi apoyo.
Lo único que se me ocurrió fue mediar para calmar los ánimos.