Vientos de cambio y cenizas 31. Una llave, una teja y patadas contra los arbustos #2
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31. Una llave, una teja y patadas contra los arbustos #2

Le apreté la mano con cariño y bajé del carro.

Diego sacudió las riendas y se marchó. Cuando entré al hospital, di la misma versión de la teja que había inventado Diego y me cuidé de dejarme puesto el abrigo para que no vieran mis ropas.

Me alegré de que mi hermano me facilitara esa excusa, porque a mí no se me habría ocurrido.

Tuvieron que coser. Mi herida necesitó unos cuantos puntos, pero no era grave.

Cuando la mujer terminó, pregunté por Yurde.

La enfermera que me atendió fue muy amable.

Me informó de que estaba en una de las salas.

Debía guardar reposo absoluto. Efectivamente, tenía dos costillas rotas, por falta de una, y era esencial que no se moviera.

Eso no sería un problema por el momento, porque seguía inconsciente.

Parecía que no había dañado al pulmón, pero aún no estaba fuera de ese peligro. Esta vez el reposo debía ser estricto.

—¿Puedo verlo?

—Por supuesto —dijo la mujer—. Sígame.

En la sala había varias camas con enfermos. Al pasear mis ojos por todas ellas en su busca, me topé con los de Anjara, que me miraba de hito en hito.

—¡Santo Dios, hija! —exclamó con un hilo de voz. Vino en mi busca y me reconfortó con un abrazo—. ¡Cuánto me alegro de verte!

Las lágrimas se me agolparon en los ojos.

—Ay, doña Anjara —le dije al oído—. ¡Han pasado tantas cosas!

Lloré sobre su hombro y busqué a Yurde con la mirada. Aún abrazada a su madre, lo vi, tendido en la cama. Mi llanto se encrudeció. Respiré hondo para dominarme y me separé de ella.

—¿Cómo está Yurde?

—Estable. Inconsciente. —La voz se le quebró.

—Lo lamento tanto, doña Anjara. No sabe cuánto. —Lo miré apenada—. Ha sido todo por mi culpa.

—No, hija. Tú eres una víctima. Pedro nos contó lo que pasó en la bahía cuando lo trajo.

Me llevó hasta la silla en la que había estado sentada, velando a Yurde, junto a la cama. Acercó otra y se sentó. Una desazón me sobrecogió.

—¿Y si no despierta?

—No pienses eso —contestó con los ojos anegados en lágrimas y me apretó la mano—. Pero cuéntame, ¿qué ha pasado con el conde?

Eché un vistazo a la sala. Los pacientes parecían dormir y los dos únicos familiares que había en la sala, además de nosotras, también.

Aun así, tomé precauciones. Pegué mi silla a la de ella y le conté lo que había pasado.

La verdad sin alterar. La verdad en la que yo maté al conde y mi padre se entregó.

La verdad en la que el guardia civil mató a mi padre a sangre fría.

La verdad que solo podía compartir con ella, porque sabía que no me censuraría.

—Has sido muy valiente, hija. —Apretó mi mano mientras se limpiaba las lágrimas de las mejillas.

—No soy valiente, doña Anjara. Estoy aterrada. Si Diego no llega a estar allí, no sé qué habría pasado conmigo.

—Tu hermano tiene un temple muy grande, y os quiere mucho —contestó—.

Me alegro de que sea él quien cuide de mi Marina, ¿sabes?

En los tiempos que corren, los hombres como tu hermano son un tesoro escaso.

Como están las cosas, se necesita a alguien que sepa moverse entre demonios y parecer uno de ellos, aunque no lo sea.

Mis hijos son muy buenos, pero no saben disimularlo.

Diego tiene un don de camaleón que pocos tienen.

Asentí. Miré a Yurde de nuevo. Recordé lo contento que se puso cuando accedí a ir al cine, las risas cómplices en la camioneta, el momento en que le hablé de mis sentimientos, nuestro primer beso, cómo me abrazó bajo la lluvia… y una enorme sonrisa afloró a mis labios.

—He estado muy ciega.

—Era cuestión de tiempo. Tu hermano es difícil de leer, solo debías bajar la barrera que habías puesto entre vosotros.

Llevaba razón. Yo había puesto una barrera entre nosotros, pero Anjara no entendió a qué me referí.

—No hablaba de Diego. Me rompe el corazón ver a tu hijo postrado en esta cama. He estado ciega a mis propios sentimientos.

—Ah. Eso —dijo—. Bueno, también era cuestión de tiempo. Aunque tú lo creas así, no es algo que haya pasado en una noche, querida. Se os veía a los dos desde hacía mucho.

Suspiré aliviada.

—Yurde se lo ha dicho.

—Y me ha hecho muy feliz —aseguró—. Tú siempre has sido mi hija y, aunque ambos hubierais ido por caminos diferentes, eso no habría cambiado. Pero es un alivio, porque él no sería tan feliz con ninguna otra mujer.

—Gracias, doña Anjara. —Miré el reloj de la sala—. Debería irme ya. Necesito saber si Diego ha conseguido traer a mi padre, y no voy a poder evitar a mi madre siempre.

Doña Anjara me deseó fuerza y me dio un abrazo.

Me acerqué a Yurde, apreté su mano y le di un suave beso en la mejilla.

Se la humedecí sin querer con mis lágrimas.

La limpié con mi mano e imaginé que mordía con dulzura el dedo que rozaba sus labios como ya había hecho una vez.

Me arrancó una sonrisa genuina en medio del llanto.

—Te tengo que dejar, pero volveré.

Me incorporé.

—Luego iré a darle el pésame a tu madre —dijo doña Anjara.

—Gracias. Agradecerá su compañía —Le di un beso en la mejilla y me marché.

El cansancio me cayó encima como una losa cuando llevaba dos calles andadas.

Los golpes, la noche en vela y el compendio de emociones que había experimentado empezaron a pesarme en la espalda.

Las negras nubes dejaron caer la lluvia como una manta.

Como un llanto acompasado que acompañaba al mío.

El color negro del cielo se puso a tono con el de mi alma y la frustración me asaltó en arrebatos de llanto y furia.

Pensé en todo el tiempo extra que pude haber disfrutado de mi padre y que se me había negado.

Luego recordé que, gracias a ello, mi padre estuvo ahí para dar su vida por mí y se me pasaba.

A pesar de sus deseos, me culpé por haberme puesto en esa lamentable situación.

Si no hubiera sido por mí, seguiría vivo.

Una nueva crisis volvió. La familia sería mi manto cálido en ese día de invierno, si no fuera porque mi madre no nos dejaría librarnos de la culpa.

Ella se había opuesto todo el tiempo a nuestro plan.

Había insistido en que protegiera a mi padre por sobre mí misma.

Y había muerto. Solo pensaba en eso en el camino de vuelta.

Llegué a casa de Mercedes, no sé ni cómo.