Vientos de cambio y cenizas 31. Una llave, una teja y patadas contra los arbustos
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31. Una llave, una teja y patadas contra los arbustos

E n ese momento, arranqué a llorar. No cuando sonó el disparo, ni cuando mi padre cayó, ni cuando el guardia dijo que el disparo fue justificado, sino cuando mi hermano renegó de mi padre de forma tan fría. Di un par de pasos hasta él, hasta que la voz del cabo me frenó.

—¡Nadie toca nada!

El guardia joven se acercó a su cabo y hablaron algo entre murmullos.

Yo miraba a mi padre sin poder creer lo que había pasado.

¿Por qué había provocado a ese hombre? ¿Por qué no había dejado que lo juzgaran?

Mientras hablaban, Diego me miró y vocalizó unas palabras.

«No lo mires», creí entender. Cerré los ojos y lloré en silencio.

—Ha pasado como hemos dicho. —Escuché que decía el Cabo a su guardia. El joven asintió y se acercó al teléfono. En poco tiempo, el lugar se llenaría de guardias civiles. Cuando terminó la llamada, volvió junto a su superior. Diego se acercó a ellos.

—Señores. —Su voz era firme—. Mi hermana y yo podemos declarar lo que haga falta.

Sentí algo frío recorrerme la espalda. El cabo asintió despacio, como si esas palabras fuesen justo lo que esperaba oír.

—Ya habrá tiempo para eso.

—Entonces me la llevo al hospital. Tiene una herida fea en la cabeza.

El cabo me miró. Luego miró a Diego.

—Cuidado. No necesitamos otro escándalo, y menos aún con la ciudad en llamas.

Diego asintió despacio.

—No sé a qué se refiere, señor. Estábamos arreglando el tejado y a mi hermana le cayó una teja en la cabeza.

—Bien —afirmó, convencido—, porque el nombre del conde no debe mancharse.

—Yo soy un hombre respetado. Tampoco quiero que esto —señaló a los cuerpos con un gesto de cabeza— me arruine.

—Lo sé. Sé quién eres, Diego Bolado. Qué pena arrastrar con ese nombre.

—El nombre se lo hace uno, cabo.

Diego se acercó al sofá, cogió mi abrigo y me lo puso sobre los hombros.

Odié su tacto en ese momento y quise alejarme, pero la mirada de Diego me abrumó.

Más intensa, más fiera que la que me dirigió a bordo del Canarias.

Me dejé hacer y abotoné el abrigo. Agradecí estar cubierta sin tener que sujetar la camisa con las manos para mantener la decencia.

Salimos al exterior y escuchamos en la lejanía el trote de caballos acercándose.

Abrí la boca para recriminarle, pero me interrumpió.

—¡Tchh! Aguanta hasta estar lejos —susurró.

Bajamos la calle y doblamos la esquina hacia el lugar donde Diego había dejado el coche de caballos. El frío de la noche y la lluvia me devolvieron a la tierra. Había estado vagando por un limbo hasta entonces.

Al llegar al carro, vimos algo que no esperábamos.

Un Hispano-Suiza negro azabache. El emblema plateado —una cigüeña en vuelo— brillaba en el capó como un estandarte del poder que ostentaba su dueña.

Al abrirse la puerta, pude ver el cuero de la tapicería y, poco después, la señora Trueba bajó de él.

Pedro, su chófer, también bajó y se acercaron a nosotros. Me quedé paralizada.

—¿Qué ha pasado? Cuando hemos visto a la Guardia Civil en mi casa, no me atreví a entrar —dijo la señora.

—Lo siento mucho —lloré. Iba a explicarle lo que había pasado cuando mi hermano habló.

—Mi más sentido pésame, señora. Su hijo ha fallecido.

La señora Trueba cerró los ojos y lloró en silencio.

—¿Cómo ha sido?

—Lo hizo mi padre, para salvar la honra de mi hermana. Él también está muerto. Se abalanzó sobre un guardia. Aunque… —La señora Trueba abrió los ojos y esperó a que terminara la frase— la versión oficial no será esa.

—¿Y cuál será?

—Algo más conveniente para la reputación de su hijo.

Como que encontró a mi padre en su casa de campo y pelearon.

—Sacó la llave del bolsillo y se la ofreció—.

Mi propio padre, antes de morir, dijo que, al quemarse su escondite, pensó en la casa de campo del conde, porque sabía que en invierno permanece cerrada. No quiso complicarla.

La señora Trueba asintió y cogió la llave.

—¿Se supone que debo estar agradecida por el gesto cuando mi hijo acaba de morir asesinado?

—Lo hecho, hecho está. Eso no podemos cambiarlo. Pero encontrar la llave de su casa en el bolsillo de mi padre abriría una investigación que no nos interesa a ninguno.

—No. Supongo que no —concordó la señora Trueba.

—Con esta versión mi hermana también pierde. —Me abrió el abrigo y dejó ver mi blusa maltratada ante la señora. Me apresuré a taparme de nuevo—. La agresión que sufrió no será tenida en cuenta.

La señora Trueba cerró los ojos y apartó la vista como si le doliera.

—Hijo mío —susurró—. No podías dejarla marchar…

Se persignó mientras lloraba.

—Discúlpeme, tengo que llevar a mi hermana al hospital. Le ha caído una teja en la cabeza —dijo. Me sujetó de nuevo por los hombros y me subió al carro.

—Es la versión más conveniente para todos, sí. Pero, Diego. —Mi hermano la miró—. Se equivoca. La agresión de su hermana es lo único que ha recibido justicia.

Diego asintió despacio y subió al carro. La lluvia apretaba. Noté el frío mucho más después de esa conversación. Una vez a solas en el carro, miré a mi hermano.

—No puedo creerlo —hablé—. Papá ha muerto delante de ti y no has hecho nada.

—Cállate.

—¡Ni te has inmutado! —lo acusé con rabia. En ese momento, odiaba a mi hermano y a lo que representaba.

—¡Que te calles!

Acompañó el grito de un tirón de las riendas.

El caballo se asustó y se revolvió antes de girar.

Esas palabras fueron más de lo que pudo soportar.

Se desvió del camino y se metió en un campo.

Frenó el carro y soltó un grito. Los caballos se encabritaron y yo me asusté.

Jamás lo había visto así. Bajó del carro y emprendió a patadas y puñetazos contra los arbustos altos, profiriendo insultos hasta que se le acabó la rabia y se quedó sin fuerzas.

Entonces cayó al suelo y cedió al llanto.

Soltó toda la pena que había estado ocultando bajo la fachada de indiferencia y conformidad.

Lo dejé llorar un rato antes de bajar del carro e ir a su lado.

—Perdóname, Diego —me disculpé—. Pensé…

—Ya sé lo que pensaste —me cortó—. He podido engañarte a ti, pero no lo tengo tan claro con ellos.

—Lo entiendo. Tienes que protegerte.

Diego me miró con dureza.

—¿Eso piensas? ¿Qué tan egoísta crees que soy? No podía evitar que muriera. Menos aún si él lo provocaba. —Ambos callamos. Diego se levantó con la calma recuperada y me llevó de vuelta al carro.

—Vamos. No puedo perder más tiempo.

—¿A qué te refieres?

—Padre tendrá un entierro digno —afirmó con seguridad—. Así tenga que hacer lo que haga falta.

Miré a mi hermano, intentando definir la expresión de su cara. A la escasa luz nocturna no pude distinguirla, pero noté el dolor que llevaba agarrado al pecho y que le dolía no poder expresar. No porque fuera un hombre, que también, sino porque hacerlo implicaba problemas mayores.

—Déjame en Valdecilla y vete.

—¿Estás segura?

—Supongo que ahora vas a hacer lo que sí que puedes hacer por él —dije—. No quiero que llegues tarde por mi culpa.

—Me encargaré de que esto no afecte a la familia. Que todos podamos ir con la cabeza en alto.

«La reputación ante todo», pensé con pena.

Intenté desviar los pensamientos de ambos con otro tema de conversación, aunque nunca había sido buena haciendo eso. Entonces recordé algo que me había dejado intrigada.

—¿Qué te dijo padre al oído? —pregunté—. ¿Antes de que llegaran los guardias?

Diego suspiró.

—Eso es entre padre y yo.

—¿Qué es lo que no harás? —insistí.

Mi hermano me dirigió una mirada fugaz antes de poner sus ojos en el camino de nuevo.

—Flaquear. Culparme. —Hizo una pausa—. Dejar que te culpes.

Volví a sollozar.

—¿Por qué lo ha hecho, Diego?

—¿Estabas allí y no has entendido nada?

—Explícamelo tú.

—No iba a tener un juicio justo. Lo supo en cuanto el cabo lo reconoció. No tenía interés en conocer los detalles ni en tomarte declaración. Además, tenía delante a la persona con quien vengar la muerte de su hijo. ¿Sabes lo que habría significado eso para padre?

Callé. Sí sabía lo que hubiera supuesto. Un proceso largo, con interrogatorios brutales, para luego acabar fusilado.

—Eligió el camino más rápido y menos doloroso —comprendí—. Lo siento mucho, Diego. Yo no quería nada de esto. Debí de haber sido más precavida. O debiste dejarme marchar en el barco. Quizá no debí de pensar en Yurde… quizá debí casarme con Cibrián cuando aún me trataba bien, debí…

—No. Esto podía haber terminado así de mil maneras diferentes. Cibrián eligió traspasar ciertos límites y Padre decidió sacrificarse. Ninguna de las dos decisiones fue tuya, así que no te culpes por ellas.

En ese momento, me di cuenta de la responsabilidad que mi padre había echado sobre los hombros de mi hermano.

Debía cuidar de que yo no me culpara, mientras evitaba culparse él mismo.

Y, después de ver su reacción a mis palabras y cómo se descargó con los arbustos, me pareció que no lo estaba consiguiendo.

Sobre todo, le había pedido que no flaqueara.

Necesitaría toda la fuerza de su carácter para dominarse, y yo no se lo estaba poniendo fácil.

—Siento mucho lo que te he dicho. —Mis palabras salieron sin pensarlas, de forma genuina—.

Sin darme cuenta he hecho contigo lo que madre hizo conmigo hace unas horas.

He sido muy injusta. Sobre todo, porque no has dejado de cuidarme incluso cuando la situación era frustrante y dolorosa para ti también.

Sigues cuidando de mí y de todos nosotros. Gracias por eso.

—Es mi deber —repuso con un tono más suave—. Venga, que ya estamos llegando.

¿Era su deber? Era mi hermano, no mi padre. Su deber para conmigo era limitado. Llevaba tres años siendo el cabeza de la familia, a falta de él, y así iba a seguir siendo. Pero eso no significaba que fuese su deber.

Llegamos al hospital y paró el carro.

—Haz que te miren antes de ir a ver a Yurde.

—Está bien. Me quedaré con él el resto de la noche. No quiero ver a madre.

—Espero recuperar el cuerpo de padre antes del amanecer.

—Iré entonces. —Asentí.