30. Ahora viene lo difícil #3
—¿Y ellos? —preguntó, señalándonos con un leve gesto de la cabeza.
—Yo di la voz de alarma, cabo. Me llamó mi hermana en cuanto pasó —respondió mi hermano.
Por primera vez, el guardia lo miró. Fue un vistazo fugaz. Luego, miró a mi padre con atención. Algo en su expresión cambió.
—Vaya —dijo y se acercó a él—. Mírese. El héroe. —Mi padre calló—. ¿Sabe quién soy?
Silencio. El cabo dio un paso más.
—Claro que lo sabe.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Miré a mi hermano, pero él ya no miraba a nadie. Tenía la vista clavada en el suelo.
—Mi hijo tenía diecinueve años. Diecinueve.
Algo se me encogió por dentro. El tono de su voz tenía una calma extraña que no casaba con el relato.
—Murió en el frente. ¿Sabe de quién hablaba en su última carta?
Miré a mi padre. Tragó saliva. Fue un gesto casi imperceptible, pero lo vi.
—De usted. Diego Bolado.
El silencio de después fue distinto. Más denso.
—Decía que usted era un hombre justo. Buscaba con sus hombres a su grupo con la única idea de reclutarlo a usted. ¿Tenía razón? ¿Era usted —miró el cuerpo de Cibrián un momento— un hombre justo?
Mi padre lo miró a los ojos.
—No, no lo era.
El cabo dio otro paso, casi estaban pegados. Miré a mi hermano, que aguardaba con aparente calma, pero noté la tensión de su mandíbula.
—¿Y ahora?
—He matado a ese hombre.
—Eso ya lo veo.
—... para proteger a mi hija.
—¿Protegerla?
—Iba a violarla.
—¿Tiene pruebas de eso?
—Ella está aquí. Puede ver el estado en que se encuentra y preguntarle.
El cabo soltó una risita burlona. No me miró, ni me preguntó nada. Dos lágrimas se derramaron por mi cara al entender que mi testimonio no valía en absoluto.
—Eso me hace moralmente justo, al menos en este caso, aunque no ante la ley. Y eso puede decirse también de los anteriores.
Mi hermano Diego se tensó. Cerró los ojos un segundo. Conocí ese gesto y supe que mi padre había dicho algo que no debía.
El cabo inclinó la cabeza, estudiándolo.
—Y ¿cómo ha llegado en el momento justo?
—Ya estaba aquí. —El cabo enarcó las cejas—. El incendio me obligó a salir de mi escondite. Sé que el conde no usa su casa de campo en invierno y me pareció un buen lugar. No esperaba encontrarme con esta situación.
El cabo asintió lentamente.
—¿Sabe que mi hijo murió a manos de su grupo? Puede que no lo sepa, porque huyó como una rata, pero mi hijo se cargó a varios de los suyos antes de ser abatido.
Dejó caer sus palabras como un mazo. Mi padre no contestó.
—Siempre he querido encontrarme a alguien de su grupo, Diego Bolado, para vengar su muerte.
Algo en la expresión de mi padre cambió. Por un momento vi el horror en su mirada. Luego se irguió con determinación.
—A siete.
Mi hermano se envaró. Miró a mi padre, que le dirigió una mirada fugaz e hizo un ademán que no entendí. Se sacudió el polvo del hombro, en un gesto tan trivial como quien habla del tiempo.
—¿Por qué no sigue con el interrogatorio en el cuartelillo, cabo? —se apresuró a decir mi hermano.
Este lo ignoró. Miró a mi padre con los ojos entornados.
—¿Qué ha dicho?
Mi padre lo miró a los ojos desde los escasos centímetros que lo separaban de su cara.
—Que su hijo mató a siete de mi grupo antes de morir. —El cabo quedó inmóvil—. ¿Cómo le han dicho que murió?
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que me iba a ahogar. Miré a Diego, que seguía la conversación con el rostro inexpresivo.
—Porque no murió como usted cree —concluyó mi padre. El cabo se llevó la mano a la pistolera.
—Repítalo.
Mi hermano Diego se tensó y sujetó el arma con fuerza.
—El disparo no fue limpio —continuó mi padre, despacio—. Murió pidiendo ayuda. —Sonrió con suficiencia—. Y nadie fue.
—¡Miente! —bramó el cabo y lo apuntó.
—Yo estaba allí —continuó mi padre. Miré a Diego, esperando que interviniera. Él me devolvió la mirada y me hizo un gesto para que me mantuviera al margen. ¿Es que no iba a hacer nada? Mi padre volvió a hablar. Esta vez poniendo énfasis en cada palabra—. Yo. Apreté. El. Gatillo.
El sonido llenó la sala. Seco. Corto. El cuerpo de mi padre cayó de costado y un silencio doloroso llenó la sala. Nos quedamos congelados durante unos segundos. El choque fue tan grande para mí que me quedé muda. Abrí la boca, pero no salió ningún sonido de ella.
El cabo bajó el arma poco a poco. Respiraba como si hubiese estado corriendo.
—Se abalanzó —dijo el otro guardia, sin mirar a nadie en concreto—. Intentó quitarle el arma.
Yo seguía mirando a mi padre, con la esperanza de que se levantara del suelo, pero no lo hizo. Me llevé las manos a la boca para tratar de contener el llanto. Diego recuperó la compostura. El cabo lo miró. Se quedó mirando la insignia de la Falange.
—¿Algo que decir?
Diego se guardó la pistola. Miró el cuerpo de Cibrián.
—Que el conde va a empezar a oler. Demasiado tenemos con el incendio para que esto se convierta en un problema mayor.
El cabo asintió.
—Pero ¿y tu padre?
La mirada del cabo era incisiva. Estaba poniendo a prueba Diego. Aún después de todo, quería comprobar su lealtad. No le envidié a mi hermano el puesto.
—Mi padre murió en el monte hace tres años.