Vientos de cambio y cenizas 30. Ahora viene lo difícil #2
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30. Ahora viene lo difícil #2

—De hecho, prefiero que no hables si no te preguntan —intervino mi padre—.

Y, aun entonces, que digas lo justo y te atengas a lo que te voy a decir.

Llegaste aquí con el conde en contra de tu voluntad.

Las mejores mentiras se basan en la verdad, eso te ayudará a recordarlas.

Viniste aquí, Cibrián intentó forzarte, yo salí y te defendí.

Lo maté. Tú te asustaste porque me creías muerto y llamaste a Diego.

Diego vino y me retuvo hasta que vinieron las autoridades.

—¿Qué? —dije mirando a mi hermano—. ¿Vas a entregar a papá?

Diego bajó la mirada.

—No, hija. Me entrego yo.

Me levanté de un salto.

—¡No! ¡Me niego! Yo quería protegerte, por eso accedí al plan. No cargaré en mi conciencia con tu detención —dije entre lágrimas.

—Y no me gustaría que lo hicieras, hija, porque no es culpa tuya. Esto es complicado. El mundo es complicado. Yo le salvé la vida a Cibrián hace tres años. Si en ese momento hubiera sabido que pasaría esto, habría dejado que le pegasen un tiro. Esto es culpa mía. Déjame arreglarlo.

Lloré en sus brazos.

—Tiene que haber otra solución —dije. Miré a mi hermano—. Seguro que tú puedes hacer algo.

—No. —Su respuesta fue inmediata y su tono sonó duro—. No puedo.

Me rompí y caí al suelo.

—¡Eres tú! ¡Te escuchan y te obedecen! Seguro que hay algo que puedas hacer.

—Lo que puedo hacer no cambia el resultado.

—¡Si se entrega, es posible que muera! —sollocé en silencio y las siguientes palabras salieron en un susurro—. ¿Has decidido que así sea?

—¡Abilia! —Mi padre tenía la expresión dura—. No culpes a tu hermano. La decisión es mía. Es la mejor de todas las cartas que tenemos y no me arrepiento si con ello limpio tu reputación y te doy un futuro.

Diego suspiró y se dirigió al teléfono.

—Voy a hacer la llamada. Espero que ya haya línea.

Diego se acercó al teléfono. Hizo una señal afirmativa y al cabo de un momento pidió a la telefonista hablar con un número. Después de unos segundos contestó una voz al otro lado. No podía oír lo que decía, pero era un hombre.

—Soy Diego Bolado. —Pausa—. Estoy en Cueto, en la casa de campo de Cibrián Cobo.

—Pausa—. Sí, el conde. —Le dio la dirección—.

El conde está muerto. —Pausa—. Espero aquí, estoy reteniendo al sospechoso.

—Pausa—. Se trata de Diego Bolado, mi padre.

—La voz del otro lado sonó alterada—. De acuerdo, espero.

Diego volvió con nosotros.

—Tenemos diez minutos antes de notificarlo y que se personen los guardias.

—Siempre has sabido con quién hablar —dijo mi padre. No sonó a reproche, pero tampoco a halago.

—Padre. —Diego se acercó—. Hacemos lo correcto. —Mi padre lo miró—. ¿Verdad?

Mi padre le sonrió.

—Por ti o por tu hermana me sacrificaría mil veces.

—No. Me has robado tres años a tu lado. Me los debes.

—Te los estoy pagando ahora, cariño. Te los pago con un futuro. Puede que ahora no lo entiendas, pero lo harás.

—No quiero perderte otra vez.

Me dio unas palmaditas en la espalda.

—Yo tampoco, mi niña. Pero me quedo tranquilo sabiendo que tu hermano y Yurde cuidarán de ti.

Los tres nos quedamos en silencio durante unos segundos que se me hicieron eternos. Mi padre miraba a Diego con expresión preocupada.

—Cuando eras pequeño —habló mi padre de pronto—, te caíste en el muelle. ¿Te acuerdas?

—No —respondió mi hermano.

—Te abriste la rodilla. No parabas de llorar. Yo te cogí… y te dije que todo estaba bien. Que yo estaba contigo.

Mi hermano cerró los ojos.

—No hace falta que… —dijo, con un hilo de voz.

Mi padre se acercó a él. Lo miró con una mezcla de orgullo y tristeza.

—Claro que hace falta.

Lo cogió del cuello y lo acercó a sí un segundo. Pareció que le dijo algo al oído porque mi hermano dijo:

—No. No lo haré.

Cuando se separó de él, se sacó la llave del bolsillo y se la entregó a mi hermano. Este se secó unas lágrimas de la cara, como si nunca hubieran existido. Como si fuesen una debilidad que no podía permitirse. Y no podía.

—Demasiado tiene la señora Trueba con perder a su hijo —declaró mi padre—. No es necesario complicarla con esta llave. Devuélvesela.

Mi hermano asintió. Cuando el ruido de caballos se escuchó en la lejanía, cambió la expresión. Cogió la pistola del conde, colocó una silla en medio de la sala y se sentó. Mi padre se sentó a mi lado, frente a él.

—Abilia —dijo mi padre en voz baja—. Recuerda lo que hemos hablado y, sobre todo —me miró—, pase lo que pase, mantente al margen. ¿Me has oído?

—Sí.

Me abrazó y me besó. Se separó de mí cuando los caballos pararon en la puerta.

—Pase lo que pase —recalcó.

Diego se envaró en la silla y apuntó a mi padre con el arma.

Volví a temblar. Miré el reloj de péndulo que ornaba el salón.

Faltaba poco para la medianoche. El ambiente cambió en la habitación cuando entró el primer guardia civil.

Lo primero que vio fue el cuerpo del conde y la navaja en el suelo.

Luego paseó su mirada por cada uno de nosotros.

Diego bajó la pistola y se levantó cuando entró el segundo guardia.

Este tardó un poco menos en analizar la escena y habló con autoridad.

—¿Qué ha pasado aquí?

Mi padre se levantó y dio un paso al frente.

—He sido yo.

No titubeó.

El guardia que había hablado se agachó junto al cuerpo del conde. Lo examinó sin tocarlo. Resultaba evidente lo que había pasado. Vio la navaja en el suelo.

—¿Usted?

—Sí.