Vientos de cambio y cenizas 30. Ahora viene lo difícil
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30. Ahora viene lo difícil

T iré con todas mis fuerzas de la cuerda, pero esta seguía inamovible. Intenté soltar las muñecas, pero las había apretado tan fuerte que me cortaban la circulación. Así era inútil. La postura tampoco ayudaba. No era capaz de ver el nudo.

Necesitaba algo afilado. Tenía la navaja en la cinturilla de la falda, pero me era imposible cogerla. Sin estar anclada a la pared, sería más fácil. Aunque no podía desatar mis manos, quizá podría soltar la cuerda del gancho.

A pesar de los nervios y los temblores, conseguí hacerlo. Me alejé de él y cogí el atizador de la chimenea.

—¡Bastardo! Ni se te ocurra acercarte.

—No, Abilia, vas a ser tú quien tire eso. Me encañonó con la pistola.

—No pienso hacerlo.

Dio dos pasos hacia mí.

—¡Alto! —empuñé el atizador con fuerza y lo blandí hacia él. Con un movimiento rápido y grandes reflejos, sujetó el atizador con la otra mano. Forcejeamos, pero me negué a soltarlo. Si lo hacía, estaba perdida.

Grité con todas mis fuerzas. Mi única salida era que alguien nos oyera y viniera a socorrerme.

—¡Socorro! —grité entre sollozos—. ¡Ayuda!

Cibrián me metió el cañón de la pistola en la boca, ahogando mis gritos.

—No hay un solo vecino en una buena distancia y las paredes son gruesas. Podrías desgañitarte si quieres, pero me desagrada mucho.

Cerré los ojos y noté cómo me arrancaba el atizador de las manos. Lo lanzó lejos. Los gemidos salieron a través del metal de la pistola hasta que la retiró despacio.

—Eso está mejor.

Me apretó contra la repisa de la chimenea y me clavé el filo en la espalda.

Puso los brazos a ambos lados para cortarme el paso e intentó besarme.

Aparté la cara, pero él me agarró el mentón tan fuerte que escuché la mandíbula crujir y me obligó a mirarlo.

Antes tendría que matarme que dejarme besar de nuevo por él.

Debió leerme el pensamiento porque sin aflojar el agarre me tapó nariz y boca.

Me revolví con fuerza. Cuando la sensación de asfixia fue insoportable, mi mandíbula luchó y buscó aire de forma desesperada.

Cibrián bajó su mano hasta mi cuello y lo apretó.

En lugar de aire, mi boca se llenó de un sabor a tabaco que me produjo náuseas.

Le mordí la lengua. Se apartó de mí y me abofeteó.

Le escupí su sangre a la cara y me golpeó con la culata de la pistola.

Perdí el sentido durante un momento y él lo aprovechó para arrastrarme hasta el sofá, donde me arrojó sin cortesía.

Cuando empecé a tomar conciencia de nuevo, me había dejado el torso al desnudo.

Tenía su cara hundida en la base de mi cuello.

Le mordí la oreja y me revolví. Él soltó un grito y me abofeteó.

Noté sus manos explorando mi torso con violencia.

Mis esfuerzos por librarme de él eran estériles y, con cada golpe que me daba, mis fuerzas disminuían, así que fue ganando terreno.

Entonces bajó la guardia. Se separó un poco y me levantó la falda.

Mientras besaba mis muslos, busqué en la cinturilla la navaja con manos temblorosas.

Estaba llegando a mi ropa interior cuando conseguí agarrarla y lo aparté de una patada.

Me retrepé en el diván y me levanté, apretando la navaja cerrada en mi puño.

Escondida detrás del sofá, la abrí y corté las ataduras.

—Veo que te quedan ganas de resistirte. —Se rio y se limpió la sangre de la boca—. Nunca me ha gustado domar caballos, no tengo la paciencia suficiente. Pero creo que contigo haré una excepción. Tengo todo el tiempo del mundo, Abilia, para someterte. Y lo voy a disfrutar.

Bordeó el sofá y escondí la navaja de su vista. Si sabía que la tenía, estaría perdida.

Se acercó a mí de nuevo y me acorraló contra la puerta.

Yo subí mis manos a la altura del pecho en un gesto que el conde confundió con pudor.

Y cuando me volvió a besar, giré la navaja con el filo apuntando hacia él.

Estábamos tan pegados que me corté en el proceso.

Las manos me temblaron un segundo. Contuve el aliento mientras recuperaba fuerzas y grité de rabia al mismo tiempo que hundía el acero en su pecho con toda la fuerza que pude.

El conde se contrajo y separó sus labios de los míos.

Me miró con una mezcla de asombro y horror en la mirada.

Se separó de mí. Yo mantenía la navaja férreamente agarrada y, al alejarse, salió de su pecho con un sonido viscoso que me revolvió el estómago.

La sangre salió a borbotones. Cibrián dio un paso atrás y miró la herida con estupor.

Yo me alejé al otro extremo de la habitación.

Él se giró hacia mí y la imagen que vi me horrorizó.

El pecho parecía un manantial escaso pero constante.

Al coger aire, hizo un ruido extraño y, al expulsarlo, una bocanada de sangre salió por su boca.

Grité y lloré con un llanto histérico. Cibrián soltó la pistola y cayó al suelo de rodillas.

Yo volví a gritar. Ni siquiera me di cuenta de que la puerta de la casa se abría y que Diego y mi padre entraban por ella.

—¡Padre! ¡Diego! —exclamé, al verlos.

Todavía convulsionaba por el llanto cuando mi padre se acercó despacio a mí, me quitó la navaja de las manos y me abrazó. Diego, desde la puerta, miró la escena durante unos minutos.

—¡Joder, Abilia! —dijo mientras se agachaba a comprobar el pulso del conde. Fue un susurro, pero yo pude oírlo. Se levantó y se llevó las manos a la cabeza. Luego me miró—. ¿Estás bien?

Intenté hablar, pero no pude, así que asentí.

—Ya está, cariño. Ya pasó —dijo mi padre—. Ven, vamos a lavarte esas manos.

Me guio hasta el aseo, llevándome casi en volandas, porque las piernas no me respondían. Una vez allí, abrió el grifo y metió mis manos en el lavabo. Con cuidado y cariño me las lavó. Miré su rostro a través del espejo. Vi en él rabia y lástima.

—Lo siento mucho, hija. No pudimos salir antes.

—No, padre. Yo lo siento. Ahora no podrá quedarse aquí y, ¿qué será de usted? Le he fallado.

—No, hija mía. Sabiendo lo lejos que había llegado el conde, jamás debí permitir que hicieras de cebo.

—Yurde… —Rompí a llorar de nuevo.

—Pedro lo trajo a casa, Francisco lo llevó al hospital de Valdecilla.

—¿Pedro? —El empleado de Cibrián que yo pensé que se había ido, ¿había auxiliado a Yurde?—. Gracias al cielo.

Mi padre secó mis manos y se giró.

—Anda, hija. Adecéntate la ropa. Ven al salón cuando termines.

Salió del aseo y me miré en el espejo. Me lavé la sangre que me chorreaba por el pelo y la cara.

Tenía una brecha en la cabeza. Necesitaría puntos.

Enjuagué la herida con agua y jabón. El pelo se había enmarañado con la sangre reseca, así que lo peiné como pude.

Vi mi rostro mientras lo limpiaba y me estremecí al recordar todo lo que había ocurrido.

La obsesión del conde había costado demasiado.

Todo había terminado, pero tuve la sensación de que nada quedaba en su sitio.

Lloré mientras me frotaba la boca con jabón.

Después de enjuagármela tres veces, el sabor a sangre de Cibrián persistía y vomité.

La sensación no se me iba de la piel, porque ya no estaba ahí, sino en mi cabeza, y esas huellas eran más difíciles de borrar.

Lavé las zonas de mi cuerpo que el conde había tocado.

El corte en el pecho me recordó el momento en el que clavé la navaja en el suyo.

Me estremecí. La herida no era muy profunda, pero había sangrado bastante y me escoció cuando la limpié.

Después la sequé con suavidad con la toalla.

Miré la ropa. Intenté abotonarme la camisa, pero Cibrián me había arrancado varios botones.

Crucé las dos partes de la tela una sobre otra, sin abotonar, y, sujetándolas con las manos, salí del aseo.

Al llegar al salón, mi padre y mi hermano hablaban con rostro serio. Mi hermano tenía la mirada perdida en el crucifijo de la pared.

—Tú has visto cómo está, Diego. Es muy valiente; si no, no se habría defendido así, pero a la vez es tremendamente vulnerable. No será capaz de pasar por ese proceso.

Diego fijó la mirada en mi padre.

—Ni por el que tú propones tampoco.

—Pues va a tener que soportar alguno de los dos, porque más opciones no hay.

Y esta solución, al menos, le permitirá tener el nombre limpio y que no sea señalada como una asesina.

Demasiado mal lo va a pasar con la censura pública.

Ya sabes lo chismosa que es la gente. Si una mujer es agredida, debe haberlo buscado ella. «Algo haría», dirán.

—Sobre todo con la reputación que tiene el conde. Mentirosa es lo menos que van a decir de ella.

—¿Padre? ¿Diego?

Ambos me miraron.

—Abi, ven. Acércate —pidió mi hermano. Yo miré a Cibrián, que estaba en el suelo junto a ellos, y dudé.

—Es necesario que te endurezcas un poco —dijo mi padre—, porque ahora viene lo difícil.

Me acerqué a ellos con el ceño fruncido. Intenté no mirar el cuerpo de Cibrián.

—¿Lo difícil? No entiendo.

—Va a venir la Guardia Civil y necesito que seas capaz de aguantar la compostura.

—¿La Guardia Civil? —Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No había pensado en lo que pasaría después. Solo actué. Pero era de esperar que mis actos tuvieran consecuencias.

—Esto no hay cómo ocultarlo —habló mi hermano—. Aunque tirásemos al conde desde el faro, estaríamos en peligro. Pedro sabe que se marchó contigo y la señora Trueba no lo dejará estar. No hay forma de evitar una investigación. Será mejor si nosotros controlamos el relato.

—De acuerdo —dije. Las piernas me temblaron y me senté en el sofá. Cogí el pañuelo que me había regalado Yurde, que estaba en el suelo, a los pies del sofá, y me lo puse. Luego volví a sujetarme la blusa, que se había abierto de nuevo—. Diré la verdad: que me he defendido de su ataque.

—No —me cortó Diego—. Esa no es la verdad que vas a contar.