29. Un cigarro y dos canciones populares
M e quedé allí de pie mientras él encendía las velas. Buscó un par de toallas y me lanzó una.
—Sécate antes de que pilles un resfriado.
En silencio me solté el pelo para secarlo. Con lágrimas en los ojos dejé caer al suelo un mechón de pelo arrancado que se había quedado en la toalla.
—Lo lamento —dijo él, que no me quitaba la vista de encima—. Pero nada de esto habría pasado si no te hubieras empeñado en provocarme.
Seguí con la tarea de secarme el pelo y estrujé como pude mi ropa.
—Deja de disculparte, ambos sabemos que no lo sientes —hablé, con un hilo de voz.
Él suspiró y encendió la chimenea. Se quedó de pie, apoyado en la repisa, mirando las llamas. El frío mandó más que mis ganas de tenerlo lejos y me acerqué al calor también.
—Abilia, ¿cómo hemos llegado a esta situación?
Me senté en la alfombra. Ni quería contestarle ni me sentía con fuerzas.
—Sabes que la boda es un hecho. —Hizo una pausa. Al no obtener ninguna reacción por mi parte, continuó—. Esta noche sabías que yo estaba allí, me viste al salir del portal. Y, aun así, escenificaste esta obra de teatro delante de mis narices.
¿Tan buena actriz me suponía? ¿No era capaz de ver que mis sentimientos eran genuinos, tanto hacia él como hacia Yurde? Era imposible que creyera todo lo que estaba diciendo. ¿Podía estar tan ciego?
—¿Hasta dónde estimaste que lo soportaría?
Esperó mi respuesta en vano.
—Si has orquestado esta pantomima para saber hasta dónde estoy dispuesto a soportar, lo has conseguido. Solo siento haberte arrancado un mechón de pelo.
Yo miraba las llamas bailar frente a mí. El calor del hogar me empezó a devolver las fuerzas.
—Entiendo que tu madre esté enfadada por el bofetón y lo de la barca, pero no entiende que arreglaré todo eso en cuanto me digas lo que quiero oír.
Incluso después de lo que he visto hoy, estoy dispuesto a hacerle esa concesión al muchacho.
Por ti y tu familia. Pero no puedes seguir provocándome, Abilia.
Ambos sabemos que este juego se termina con una palabra tuya.
El desconcierto y la rabia ante dichas reflexiones me llevaron a romper el pacto de silencio que me había hecho.
—¡No es posible que te llames a tal engaño! —exclamé anonadada.
—Y yo no sé cuán terca puedes llegar a ser. ¿Hasta cuándo vas a seguir con este juego de corazón de hielo para desafiarme?
—¿Crees que se trata de un juego? —grité—. Tú mismo dijiste que mis acciones decían lo que mi boca no.
—Entiendo que las madres enseñan a sus hijas la facultad de hacerse de rogar ante un pretendiente… —Apartó de nuevo su mirada al fuego y recitó—: «Silenciosas y resignadas que fingen una sonrisa y lloran de noche en la oscuridad».
—Yo no soy así —me apresuré a decir. No me pasó desapercibida la referencia al Marqués de Bradomín.
—¿En serio? Tú me juraste que solo erais amigos. ¿Me mentiste entonces o me mientes ahora?
—Y tú me dijiste, y con razón, que al parecer yo no era consciente de la relación que manteníamos Yurde y yo, o la que aparentábamos.
Estabas en lo cierto, yo no era consciente.
No te mentí entonces, pues pensaba que mi cariño por Yurde era fraternal.
Y no te miento ahora. Fue el otro día en la bahía, cuando me prestaste tu pañuelo, cuando me di cuenta de la forma en la que amaba a Yurde.
Tú mismo lo viste y lo supiste interpretar.
En ese momento pensé que podía volver a verlo como a un hermano.
Iba a intentar enamorarme de ti, pero no puedo.
Te lo he dicho mil veces: emplearías mejor tu tiempo si pusieras tus ojos en cualquier otra mujer.
Muchas otras estarían deseosas de aceptar lo que tú me propones.
—¡Tú! Si muchas otras ansiarían lo que te ofrezco ¿por qué tú no? ¡Deberías sentirte halagada! ¡Tirarte a mis pies!
—¡Porque mi corazón no está libre! Y perdería más con nuestra unión que lo que gano. Sé que mi forma de pensar no es la que se considera adecuada, por eso... por favor te lo pido, pon tus ojos en otra.
—Ya peino canas y no tengo deseos ni ganas de ser un don Juan.
—¿Y por qué esa insistencia conmigo, entonces? —pregunté con el ceño fruncido.
—Tratas bien a mi madre, y a tu familia. Se te dan bien los niños y los mayores. Eres trabajadora y eficiente, cariñosa y comprensiva y otras muchas cualidades que ya te he alabado antes y no quiero repetir. Además, si muero sin descendencia, morirá el condado conmigo.
—Y te falta lo más importante: te recuerdo a Catalina.
Cibrián suspiró de nuevo y se tomó un momento antes de contestar.
—Sí, mucho. Sobre todo, cuando ríes.
—Pero no soy ella —dije con pena.
—Eso me ha quedado claro —repuso él, apartando la mirada.
Que lo dijera de esa manera me dolió un poco.
—De todas formas, no estoy de acuerdo. Mientras no te comportes como un canalla como has hecho conmigo, si te muestras amable, estoy segura de que encontrarás esposa pronto y el condado estará a salvo.
—Tú. —Se agachó para hablarme a mi altura—.
No quiero a otra. Ya te lo dije, puedo ser muy cariñoso y me muero de ganas por mostrarte cariño.
Catalina fue muy feliz a mi lado y, hace un par de días, tú estabas dispuesta a intentarlo, incluso creyéndote enamorada de tu amigo.
Eso no tiene por qué cambiar. Con el tiempo te irás olvidando de él y yo ocuparé su lugar en tu afecto.
Estoy seguro de que me alejas de tu lado por un falso orgullo que ya no sabes cómo dejar.
¿Me estás castigando por mis ataques de celos? ¿Por las bofetadas?
— Faltaría a la verdad si no reconociera que me aterra la idea de unirme a ti al pensar que cada vez que haga algo que no te agrade me golpearás.
Estuve dispuesta a intentar olvidarme de Yurde hasta que me di cuenta de que tú jamás confiarás en mí y me prohibirás estar con mi familia para evitar encontrarme con él.
No se trata de orgullo, sino de franqueza.
No soy una mujer sumisa y sin aspiraciones.
No quiero un futuro con un hombre que me corte las alas a golpes.
Tampoco seré capaz de enamorarme de un hombre así.
—Sé que empezaba a gustarte. Lo he notado en momentos a solas.
—No lo niego. Pero los malos ratos se han impuesto.
Sí, me gustó imaginarme haciendo obras caritativas juntos.
Busqué aquello de ti que me agradaba para darte la oportunidad que te prometí.
Pero no fue suficiente. ¿Piensas que me gustabas cuando me besaste?
Te grité a la cara en cuanto tus labios se apartaron de los míos.
Y te desprecié la otra madrugada cuando rompiste la barca de Yurde. Te ofendí tanto que me abofeteaste.
»¿Cómo puedes pensar que eso puede salir de un sentimiento como el amor? Y tus propias acciones… Si a esto te lleva lo que sientes por mí, no es amor lo que sientes. Y, si esta es la clase de amor que puedes ofrecerme, no la quiero.
Él me miró con el azul de los ojos vidrioso. Luego se levantó y se pasó la mano por el pelo mientras se paseaba por la habitación. A pesar de su mirada, su voz sonó firme cuando habló.
—No pienso apartarme y dejarte ir. Si renuncio a ti, renuncio a mi orgullo.
Dos lágrimas bajaron por mis mejillas. Aquella conversación no llevaría a ninguna parte. Nunca entraría en razón.
—No. Si me dejas ir, conservarás tu dignidad. Es más importante que el orgullo. Por favor, déjame volver a casa —rogué.
—No pienso hacerlo. —Se acercó a mí y me miró con más intensidad.
—Si vuelvo a casa, mi hermano se quedará tranquilo, te lo prometo. —Dos lágrimas cayeron por mis mejillas—. Pero, si no… bueno, no puedo responder de él.
—No es él en quien estoy pensando —repuso, dibujando esa media sonrisa de tiburón malvado—, ni quien espero que venga por ti.
Cerré los ojos y más lágrimas salieron de ellos a borbotones. Entendí que era una completa pérdida de tiempo tratar de convencerlo.
«Yurde… », pensé. Recordé su cuerpo tirado en medio de la calle y temí que apareciera y se enfrentara a la furia de ese monstruo, herido como estaba.
No solo por la última agresión. Tenía mal el hombro y después del golpe en el costado, probablemente también las costillas.
Aunque era mucho más joven y fuerte, en las condiciones en que se encontraba, estaba en desventaja.
Pero lo más probable era que después de tal golpe no pudiera moverse.
Yurde no vendría, y mi hermano pasaría por delante de esa casa sin pararse siquiera, sin imaginar lo que ocurría dentro.
Solo había una esperanza para mí, que llegara mi padre.
Pero se descubriría ante el conde y sería su perdición. El destino era un bromista cruel.
—Si es cierto que mi padre te salvó la vida y si es cierto que sientes algo de gratitud por lo que hizo, déjame marchar.
Él soltó una carcajada.
—Tu padre…
—Sí. Por su memoria, déjame marchar.
—¿Su memoria? —Me miró divertido—. ¿No te lo ha dicho tu madre? Tu padre está vivo.
Que lo dijera con esa seguridad me espantó.
—¿Qué estás diciendo?
—Tu madre sabe que me salvó la vida antes de morir. Solo lo sabíamos él y yo, y yo no se lo he dicho. La deducción es simple.
—Eso no es verdad. Si mi padre estuviera vivo, yo lo sabría. Evidentemente, se lo contaría tu madre —teoricé. Él me miró confundido—. Además, si estás convencido de que mi padre está vivo, ¿por qué ibas a estar haciendo esto? Le tendrías más respeto.
—Si está vivo, estará escondido como una cucaracha —escupió con desdén.
—A él no se te ocurra menospreciarlo —dije ofendida—. Si tan seguro estás de que vive, ¿no lo temes? Cuando todos te creen muerto, no tienes nada que perder.
Me miró con los ojos entornados, esperando encontrar un significado más profundo en esa frase.
—Esto no terminará bien —le dije—. Cibrián, por favor.
—Suplica cuanto quieras, querida Abilia. Ya te habrás dado cuenta de que conmigo no sirve de nada.
—Y ¿qué vas a hacer? ¿Retenerme en esta casa para siempre, como una prisionera?
—No. Solo hasta que accedas a casarte conmigo.
—No voy a consentir ser tu esposa.
—Eso lo veremos —dijo—. Tengo formas de persuadirte.
—¿A qué te refieres?
—A tu honra. Si la tomo, no te quedará más remedio. Preferiría que la primera vez que intimemos fuese agradable. Y, ya que va a pasar de una forma u otra, está en tu mano decidir si será un recuerdo bonito o amargo.
Me levanté con un temblor que me recorrió todo el cuerpo. Quise sonar enfadada cuando hablé, pero mi voz sonó aterrada.
—Soy capaz de matarme, tirarme desde el peñón del faro, antes que llegar a eso.
Se acercó a escasos centímetros de mi rostro y con rabia contenida contestó:
—Sea.
Un escalofrío subió por mi espalda y se me erizaron los vellos del cuello. Él se acercó a mi oído y añadió:
—Puedes despeñarte luego, si quieres, pero, antes de eso, te haré mía.
Solté un grito. Separó sus labios de mi oído y me volvió a mirar, esta vez con los ojos cargados de odio y una sonrisa en los labios.
Me llevé la mano a la boca, que estaba contraída en una mueca horrorizada, y empecé a llorar convulsa, como una niña pequeña.
Las fuerzas me fallaron y caí de rodillas en el suelo.
Oí tras de mí el sonido de un cajón. Me levantó agarrándome de una muñeca.
Yo me revolví e intenté escapar, pero me cruzó la cara con la cuerda rasposa que llevaba en la mano.
El latigazo me aturdió, circunstancia que él aprovechó para sujetarme ambas manos y atarlas.
Luego arrojó el sombrero que colgaba de un perchero de forja y me ató las manos al gancho que había quedado libre.
Se sentó en una butaca al otro lado de la chimenea y encendió un cigarro.
—¿Por qué haces esto? —pregunté—. Si de veras has tenido algún sentimiento bueno hacia mí, déjame ir.
—He sentido... «siento» un gran cariño por ti; si no, no me habría atrevido a pedirte matrimonio, aun cuando Catalina no se va de mi mente.
—¿Entonces por qué haces esto? —grité.
—Supongo que mi amor propio es mayor que lo que siento por ti —respondió como si acabara de darse cuenta de ello—. Te dejo un ratito para que te lo pienses mejor. Cuando estés lista, me avisas.
Dio una calada a su cigarro y nos quedamos en silencio, escuchando la lluvia caer y el crepitar de las llamas.
El salón se había llenado del olor a tabaco que tanto me molestaba.
Las volutas flotaron por el aire cerca de mi cara, como una burla silenciosa.
Se estaba terminando el cigarro cuando entonó una canción.
—Has de venir a buscarme… arrastrado por los suelos.
»Has de venir a buscarme, con el corazón partido…
»Llorando gotas de sangre.
Sentí un enorme rechazo hacia él, mucho más de lo que jamás pensé que sentiría por nadie.
Lo miré sin ocultar la repulsión que me producía.
Al mover la cabeza fui consciente de lo entumecida que estaba.
Pegada a la fría pared y los brazos hacia arriba, atados al gancho sobre mi cabeza.
La incómoda postura en la que llevaba tanto tiempo forzada a permanecer me produjo un dolor en los músculos como decenas de agujas en la piel.
Había dejado de llorar hacía un rato y la pena y el miedo se habían ido y habían cedido su lugar al odio y la ira.
Me miraba sin expresión en el rostro. Pensaba en Yurde cuando entonó esa canción, pero si creía que con ello iba a mortificarme, no iba a darle el gusto.
Sin pensarlo mucho, otra canción vino a mi mente y, sin darme cuenta, empecé a cantarla.
La voz me salía con dificultad, en un hilo, pero fui capaz de pronunciar la letra de forma clara y audible.
—Si me quieres dar la muerte… cuchillo te daré yo,
»Afilado con mi sangre… para que corte mejor.
»Si me quieres dar la muerte… cuchillo te daré yo,
»Afilado con mi sangre… para que corte mejor.
Él echó la cabeza hacia atrás en el sofá y cruzó una pierna sobre otra. Soltó una risita que me recordó a cuando un contrincante de ajedrez hace un movimiento que no te esperas.
—Muy bien, Abilia… Muy bien. —Dio una calada—. Como tú quieras.
—¿Cuánto tiempo más me vas a tener aquí?
—Depende de ti. ¿Quieres que te suelte y empezamos?
La idea me removió por dentro y volví a llorar.
—Eres despreciable.
—Tú siempre diciéndome esos piropos.
—Los que te mereces. Catalina debe de estar revolviéndose en su tumba. Me alegro de que tus hijos no puedan ver el hombre en el que te has convertido.
—¡Ni te atrevas a nombrarlos! —espetó.
Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás. Terminó el cigarrillo y apagó la colilla en el cenicero con énfasis exagerado.
En el silencio de la noche se escuchó con claridad el sonido de un carro de caballos acercándose al galope.
El sonido se hizo más nítido hasta que volvió a perderse en la lejanía.
Quien fuese, había pasado de largo. ¿Serían mi hermano y mi padre?
Cibrián se levantó del sofá, bastón en mano y me dedicó una mirada fiera.
—Bueno, querida. Hasta aquí mi paciencia.
Hice un último esfuerzo por zafarme de las ataduras mientras le gritaba que se detuviera.