28. El plan y la Star Modelo B #2
—Sí, un metro es demasiado. —Mis ojos se quedaron clavados en su boca. Esa sonrisa, sus labios, sus hoyuelos…
—¿Nos quedamos así entonces? —preguntó en un susurro, a escasos milímetros de distancia.
Sentí su aliento cálido en mi frente. Mi mano se movió sola hacia su nuca y como el día anterior, sentí un impulso irrefrenable de besarlo.
Acorté la distancia que nos separaba y lo hice.
Fue dulce y cálido. Me sentí tan bien que me dio vértigo.
Abandoné sus labios y escondí el rostro ruborizado en su cuello.
Lo apreté fuerte en un abrazo, como si tuviera miedo a perderlo de repente.
—Anda, volvamos. Que ya deberíamos de estar llegando.
Marina nos mata hoy —dijo, y volví a la realidad.
Me separé de él y se peinó con la mano los mechones empapados que caían por su frente.
Luego sujetó el paraguas y aguardó mientras yo cerraba el que había dejado caer.
Me atrajo a sí por el hombro y caminamos de vuelta bajo la misma sombrilla.
El momento había sido idílico, pero la figura de Cibrián frente a nosotros, fumando bajo el paraguas, borró el idilio de un plumazo. La sangre se me heló y dejé de andar. El plan había funcionado, pero su mirada no me gustó. Yurde apretó cariñosamente mi hombro.
—No te preocupes, vamos.
—¡No! —lo frené. Un mal presentimiento se apoderó de mí—. Demos un rodeo.
—Como quieras.
Cambiamos la dirección. Después de unos pasos volví a mirar de nuevo al conde y lo vi arrojar el cigarrillo y perseguirnos con paso firme. La forma en la que golpeaba el bastón en el suelo a cada pisada mostraba su fiereza.
Apremié a Yurde para que apretáramos el paso, pero no sirvió de nada. El conde había emprendido una carrera y nos había dado alcance.
El ataque nos pilló por sorpresa. Cibrián descargó toda su ira sobre el costado de Yurde con el bastón que traía en la mano. El golpe lo hizo caer al suelo aturdido. El conde se agachó a su lado.
—¿Te lo has pasado bien con mi futura esposa?
Yurde se llevó la mano al costado.
—Ella no será tu esposa nunca —dijo con un hilo de voz y los ojos cerrados aún en un gesto de dolor. Intentaba incorporarse cuando Cibrián lo cogió del cuello y lo obligó a permanecer contra el empedrado.
—¡Claro que lo será! ¿Crees que es tu sirena, pescador? ¡Pobre iluso! Te equivocas. Ella será la señora de mi casa, y allí se viene conmigo. Si cuando te levantes aún te encuentras con ganas de pelear por ella, te estaré esperando.
Le golpeó la cabeza contra el suelo y Yurde perdió el conocimiento. Yo di un grito, horrorizada. Había observado la escena paralizada por el miedo y, cuando vi que Yurde no se movía, me arrodillé a su lado. Una mancha oscura empapaba su cabello.
—¡No! ¡Yurde! ¡Eres un monstruo! —le espeté al conde—.
Yurde, por favor, despierta —dije entre lágrimas.
El conde se levantó sin prisa—. ¡Ayuda! —grité.
La bahía estaba desierta. Un movimiento a lo lejos llamó mi atención.
Era Pedro, el empleado de Cibrián—. ¡Ayuda!
—repetí, pero Pedro bordeó la esquina y se fue.
Me dirigí a Cibrián—. Si lo dejas morir…
—¿Qué harás? —me interrumpió, desafiante—. Quizá no debió hacerte caso cuando tuvo la oportunidad de librarse de mí, porque yo no tengo intención de hacer nada por él.
Prorrumpí de nuevo en llanto. Seguí zarandeando a Yurde hasta que lo escuché gemir.
—¡Yurde! Soy yo, despierta —dije, sujetando su rostro.
De repente, noté un tirón de pelo que me levantó un tramo, hasta que mis rodillas se despegaron del suelo. La mano del conde agarraba el pañuelo que cubría mi cabellera castaña y el moño que la recogía.
Afiancé los pies en el suelo y me eché las manos a la cabeza para intentar liberarme, pero aquella mano parecía de hierro y las mías, mantequilla.
Me di la vuelta para estar frente a él. La fiereza que emanaba de sus ojos y de cada uno de los poros de su piel me aterró hasta dejarme muda.
Al menos, mi padre estaría ya a salvo, y mi hermano también.
De todos los resultados que me podía imaginar con aquella provocación, jamás pasó por mi mente que se atrevería a hacernos algo a ambos en ese mismo instante.
Había subestimado la locura de ese hombre.
—Vamos, tú te vienes conmigo.
—¡No! No pienso dejar aquí a Yurde.
—Vas a venir conmigo, por las buenas o por las malas.
—¿Qué vas a hacer? ¿Golpearme como a él?
De pronto levantó el bastón en el aire. Cerré los ojos, convencida de que me golpearía.
Lo temía y lo deseaba. Que terminara todo, que me dejara inconsciente como a Yurde.
Soltó un grito y sonó un golpe, pero yo no noté nada.
Abrí los ojos. Cibrián había desahogado sus ganas de golpearme dirigiendo el bastón al suelo.
Por un momento, temí que lo descargaría contra Yurde, pero no fue así.
—¿Cuándo vas a entender que no quiero hacerte daño? —gritó—. Andando.
Empezó a andar, pero no me soltó del pelo.
—Cibrián, por favor —dije entre sollozos—. Suéltame.
—¿Para que vayas corriendo a sus brazos? ¡Ni lo sueñes! ¡Pedro! ¡Pedro, ¿dónde está el caballo?!
Pedro no apareció. Al ver la escena, se había largado. Cibrián gritó frustrado y tiró de mí aún más rabioso. La lluvia nos empapó todo el camino hasta su casa. Ya pensaba que entraríamos dentro cuando rodeó el edificio y se dirigió a la camioneta. Abrió la puerta y me metió dentro.
—Espera aquí —dijo y cerró con llave.
Esperé a que desapareciera para poder forcejear, la puerta no cedía.
Me dolía la cabeza por los tirones de pelo.
Me masajeé mientras rebuscaba en el habitáculo algo con lo que pudiera abrir la puerta.
Bajo el asiento del conductor encontré un destornillador y una navaja.
Probé con la navaja primero, pero no conseguí nada.
Me la guardé en la cintura de la falda y lo intenté con el destornillador.
Los nervios y la frustración me provocaron un temblor en las manos que no pude controlar.
Solté un grito de frustración. Intenté bajar el cristal, pero llegó antes de que lo consiguiera abrir lo suficiente para colarme por él.
En cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo, me encañonó con su arma.
—Suelta la manivela.
Hice lo que dijo. Entró en el vehículo y subió la ventanilla con rabia.
—Estás agotando mi paciencia, Abilia. Compórtate o me veré obligado a atarte.
Puso la camioneta en marcha y condujo bajo la lluvia.
Durante todo el camino, mis ojos estuvieron fijos en la Star Modelo B que sujetaba mientras conducía.
Ni siquiera me di cuenta de adónde me llevaba.
Qué diferente me parecía esa camioneta cuando la compañía era Cibrián y no Yurde.
Lloré todo el camino al recordarlo inconsciente bajo la lluvia.
Lo había agredido de espaldas y se había aprovechado de que estaba aturdido para rematarlo.
El golpe tenía mala pinta y, si nadie le ayudaba, podía ser serio.
—¡Eres un desalmado y un cobarde!
Paró el coche y bajó. Al principio, pensé que lo había ofendido y quería desquitarse, pero luego me di cuenta de que habíamos llegado a nuestro destino.
Estábamos frente a una casa. Recordé el beso en el peñón de la Magdalena y me horrorizó la idea de quedarme a solas con él.
En cuanto abrió mi puerta, salí corriendo.
Intenté ganar distancia y, aunque tardó más tiempo en pillarme que Yurde, al final lo hizo.
Volvió a engancharme del pelo y apretó la pistola en mi sien.
—Cuidado con hacerme correr de nuevo —me advirtió entre resuellos.
Me llevó a rastras hasta la puerta de la vivienda.
La abrió y me soltó dentro de malas formas.
Me levanté del suelo, aún entre sollozos, y me fijé en dónde estábamos.
Era una enorme casa de campo. No podía creerlo, me había llevado a la casa de Cueto.
Solo había tres opciones: esa, la de la Magdalena y la de Santoña.
En la Magdalena estaba su madre, la de Santoña se encontraba muy lejos; estaba claro que me llevaría a la del campo.
Mi padre estaría a punto de llegar, si no estaba ya allí.
Temí que se pusiera al descubierto por mi culpa, tanto como temí que no viniera a ayudarme.
Miré por la ventana al cielo bajo la lluvia, de cara al nubero que se divertía provocándome esa maldita tormenta, y le pedí clemencia, a sabiendas de que no me la concedería.