Vientos de cambio y cenizas 28. El plan y la Star Modelo B
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28. El plan y la Star Modelo B

A ntes de salir por el portal, me cubrí el pelo con el pañuelo que Yurde me había regalado.

Mi cuñada estaba a mi lado. Llevábamos dos paraguas, pero al salir a la calle solo abrimos uno.

Me detuve en el umbral y oteé alrededor.

Por la esquina de uno de los edificios de enfrente vi desaparecer un paraguas negro.

No podía decir con total seguridad que se trataba de él, pero un escalofrío me recorrió la espalda.

El plan era el siguiente: Marina me acompañaría a ver a Yurde y nos dejaría pasear solos durante media hora.

Yurde y yo bajaríamos a la bahía. Francisco vigilaría y, en cuanto confirmara que don Cibrián nos seguía y se alejaba, iría a por el coche de caballos.

Lo recuperaría so pretexto de que debía transportar los materiales para arreglar el tejado.

Esconderían en él a mi padre y Diego lo conduciría hasta la casa de campo del conde.

Sin parar, para no llamar la atención sobre la casa, mi padre saltaría del carro.

Diego volvería a casa. Teníamos media hora para hacerlo todo.

Sin fallos. Si todo salía bien, mi padre estaría a salvo esa noche.

Tuvimos que esperar a que fuese más tarde.

Pues, además de la oscuridad, era necesario que la vida de la ciudad se hubiera apagado.

Lo que estaba a punto de hacer tendría como consecuencia la ira del conde, estaba convencida, pero de ese problema no quería preocuparme todavía. Lo primero era mi padre.

Nos encaminamos a paso lento hasta la casa de Nieves. Solo restaba que Yurde estuviera allí y no se hubiera marchado a comprar las maderas, lo cual complicaría las cosas. Marina subiría a casa de su hermana y le explicaría a Yurde lo que pasaba. Yo lo esperaría abajo.

Reprimí mis impulsos por mirar atrás para comprobar si el conde nos seguía. Los nervios me estaban matando e intenté callarlos con algo de conversación.

—¿Crees que nos sigue? —susurré.

—Sí, me ha parecido verlo en la esquina —susurró también. La calle estaba desierta. Entre la lluvia y el decreto de arreglar los hogares en un plazo tan apretado, la mayoría de la gente a esas horas estaba en casa al socayo y ocupada en sus quehaceres.

—Pues seguro que Francisco lo ha comprobado y ha avisado a Diego. Ojalá haya funcionado.

—Yo también.

—Y espero que Yurde esté en casa, Marina —dije en un tono normal, por si el conde escuchaba—. Estos días han sido raros… Ojalá le apetezca dar un paseo, aunque sea bajo la lluvia.

—¡Mira que liarme para esto! Si tu hermano se entera de que estoy haciendo de alcahueta, nos mata a las dos.

—No te enfades. Diego no se va a enterar.

—¡Más te vale!

—Además, no lo entiendo. Don Cibrián ya le ha roto la barca a Yurde y hasta se ha peleado con él. ¿Por qué tenemos que seguir alejados? Esta mañana no nos hemos visto en las rocas. No hacemos nada malo dando un paseo, como siempre.

Marina se paró. Parecía realmente enfadada, estaba muy metida en su papel. Habría sido una buena actriz.

—¿Como siempre? ¡Vamos, que no sé yo que mi hermano se te ha declarado abiertamente! Y a ti se te nota a la legua el cambio de afecto. —Se dio la vuelta y empezó a tirar de mí de vuelta a casa—. Mira, esto no es buena idea, mejor volvemos.

La frené.

—¡Marina, por favor! Te prometo que nos comportaremos. ¡Te lo prometo!

Mi cuñada se resignó y caminamos de nuevo en dirección a casa de Nieves.

—Vamos, porque ya estamos a mitad de camino, pero para la próxima no cuentes conmigo.

—Gracias —dije y le di un beso.

Seguimos en silencio hasta llegar al portal de Nieves.

En el tramo en que Marina, llevada por su alma de artista, había hecho ademán de volver a casa, había visto una figura a lo lejos rezagarse unos pasos bajo un saliente de un edificio.

Se había encaramado a la pared de forma que no se le veía la cara.

Estaba segura de que era él. El nudo del estómago me lo decía, así que la cosa marchaba bien.

Cuando cruzamos la puerta de madera del edificio, sacudimos el paraguas y nos miramos.

—Date prisa. Temo que venga a encontrarse conmigo —le susurré. Ella subió las escaleras corriendo.

Los siguientes minutos se me hicieron eternos.

Iba y venía por el estrecho soportal y echaba miradas fugaces al exterior por ver si el hombre seguía allí.

Si estaba, se había escondido fuera de mi campo de visión.

Al ver lo que Marina tardaba, deduje que Yurde estaba allí y se estaba arreglando para salir, pues de lo contrario mi cuñada ya habría vuelto.

Unos minutos más tarde se oyeron unos pasos al bajar con prisa.

Era él. Se había puesto un abrigo de su cuñado que le quedaba muy bien.

Estaba muy guapo, incluso con la mancha negra que tenía cerca de la barbilla.

—Hola.

Me dedicó una enorme sonrisa, que yo correspondí con otra.

—Hola. Te he pillado arreglando la salida de humos de la caldera, ¿a que sí?

—¿Cómo lo sabes?

Me reí y saqué un pañuelo del bolsillo. Me acerqué y le limpié el carbón del rostro. Una vez cerca le susurré:

—¿Te ha contado Marina lo que pasa? —Él asintió.

—¿Es cierto que tu padre está vivo?

Asentí.

—Es una larga historia. Venga. —Abrí el paraguas—. Vamos a salir, que no quiero que Cibrián se aburra y se largue.

Le ofrecí uno de los paraguas y salí a la calle. Caminamos hacia la bahía.

—Gracias por el paseo, sé que estabas ocupado y que no hace clima… —dije.

—Pero ¿qué dices? Si hace una noche estupenda para ir a la bolera o para dar un paseo en barca…

Me reí.

—¿Sí? Tendríamos agua por arriba, por abajo y dentro de la barca, no sé yo…

—Bueno, como tú eres una sirena, no tendrías problema.

El comentario me ruborizó.

—¿Sabes para qué hace día hoy? —Lo miré ilusionada.

—Para ir al cine —dijimos a la vez y nos reímos.

—¿Quieres? —preguntó.

—Claro que quiero —exclamé—. Además, me he puesto tu pañuelo, porque no me he podido aguantar. Pero, si vamos al cine, Marina nos mata. Nos ha dado media hora, que es lo que puede justificar con Diego.

—Tu hermano es un grano en el culo —dijo Yurde con el ceño fruncido.

Yo me reí.

—No te lo voy a negar, pero es el que me ha tocado. Y los hay peores.

La lluvia llenó el silencio repiqueteando en el paraguas.

—Echaba de menos esto —comentó Yurde.

—Yo también.

—Gracias, de nuevo, por ayudarme a faenar esos dos días.

—No hay de qué. Y quiero que sepas que te ganaste mi respeto. No sabía lo duro que era.

Él se rio.

—¿Eso significa que no piensas repetir?

—¡Ni de broma! Lo mío es la máquina de coser —respondí divertida.

—Vaya. —Pareció decepcionado—. Qué pena, porque fueron los días que más me gustó salir a trabajar.

—Bueno, eso no quiere decir que no salgamos a la mar nunca más. Me debes un paseo en barca.

Me imaginé la escena. Los dos solos en la barca, el vaivén de las olas, el olor a mar, el sol en el horizonte… Las mariposas volvieron al estómago y un rubor me subió por el rostro.

—No se me olvida. Será el primero de muchos, espero —dijo—. Por cierto, te queda muy bien el pañuelo.

—Es que mi novio tiene buen gusto —contesté y me ruboricé.

—Novios… —repitió, con una expresión extraña.

—¿Suena raro?

—Sí, muy raro.

Me reí.

—Es curioso…

—¿El qué? —preguntó.

—Lo lejos que se siente un metro. —Extendí mi mano a través de la sombrilla. Él hizo lo mismo y nuestras manos se entrelazaron.

—Sí que es curioso —contestó—. Hasta hace unos días no nos separaba este metro, pero te sentía mucho más lejos de mí.

Era cierto. No quise imaginarme lo duro que le debió resultar estar enamorado de mí durante tanto tiempo y sufrir mi indiferencia. Si hubiera sido al revés, no creía haber podido soportarlo.

—Yurde, ¡lo siento tanto! —Agaché la cabeza. Noté la presión de su mano en la mía y lo miré.

—No, Abi. Siempre hemos estado juntos.

Apreté su mano como respuesta. Intercambiamos una sonrisa y nos soltamos. Estábamos llegando a la bahía. Yurde bajó la voz a un susurro.

—He visto al conde al girar la esquina. Nos viene siguiendo.

Un escalofrío me recorrió. Estaba tan a gusto con el paseo que por un momento había olvidado el motivo. Yo asentí.

—¿Cómo te sientes? —Me miró preocupado—. Sé que has llorado mucho por tu padre. Supongo que la noticia te ha afectado.

—Sí, mucho. Tengo sentimientos encontrados. Por un lado, mi padre está conmigo de nuevo, ¡es un sueño! Pero también siento rabia porque mi familia me ha tenido engañada todo este tiempo.

Yurde me miró con ternura. Sintió pena por mí y, por algún motivo, eso me molestó. No quería provocarle lástima. Habíamos llegado a la bahía. Yurde pareció leer mis pensamientos, porque cambió la expresión. Con una sonrisa divertida, cogió un par de piedras y puso una en mi mano.

—A ver quién lanza más lejos —propuso y lanzó la suya.

—¡Eso no es justo! Tú lanzas con más fuerza.

—¡Qué va! Si la he lanzado con la izquierda. —Pareció divertido.

Lancé la mía. Se hundió en el agua a mitad de camino que la de él. Las carcajadas que profirió me irritaron hasta el punto de que le arranqué el paraguas de las manos y eché a correr mientras se empapaba.

No tardó mucho en atraparme, porque corría más rápido que yo. Sentí un tirón de la cintura que me frenó y oí su voz a mi espalda.

—¡Te pillé!

Con un paraguas en cada mano levanté los brazos para darme la vuelta sobre mí misma y quedar frente a él.

—Ya me imaginaba que no llegaría muy lejos, pero ¡mírate! Estás empapado.

Reprimí una carcajada.

—Ah, ¿sí? —Su mirada era traviesa. Bajó la cabeza y sacudió su pelo mojado, con el que me empapó el rostro.

—¡Ay! ¡Yurde, para! —Me reí y hundí mi rostro en su pecho.

—Me he mojado por tu culpa, qué menos que mojarte conmigo —se excusó con sorna.

Levanté el rostro y lo miré. Su boca dibujaba una sonrisa pícara.

—Ya puedes soltarme.

—¿No te quejabas de ese metro de distancia? —Su mirada se había vuelto profunda y seguía sonriendo. No sé si fue el tono de voz o la mirada, pero me dio un vuelco el corazón y sentí que, si no fuera porque él me tenía sujeta por la cintura, habría salido volando.

Solté uno de los paraguas y nos tapé a los dos con el otro.