Vientos de cambio y cenizas 27. Y todo había sido mentira #3
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27. Y todo había sido mentira #3

—Creo que llevas razón. Si supiera dónde está, sus amenazas habrían sido más específicas.

Si supiera que padre está aquí, en casa de Francisco, conmigo, no me habría dado a entender que mi familia me oculta algo.

Me habría seguido presionando. No lo ha hecho porque aún no sabe dónde estaba padre escondido y dónde está ahora.

Los nervios se suavizaron entre nosotros de manera casi palpable. La nueva perspectiva nos dio una tregua y el sosiego nos permitió pensar con más claridad.

Aunque llevaban razón, la situación no cambiaba mucho. Cibrián era un tiburón de mucho cuidado. Si no sabía dónde estaba mi padre, haría lo posible por averiguarlo.

—Aun así —intervine—. Es cuestión de tiempo que lo sepa. Debemos buscar una solución. ¿Alguna idea?

—Podrías casarte con Yurde —propuso Marina—. Si es de otro hombre, la dejará en paz, ¿no?

Mi madre apartó la cabeza con expresión resignada. Yo me ruboricé.

—Tampoco serviría —dije—. Estoy segura de que me dejaría viuda provocándole algún accidente. Ya me amenazó con eso y he podido comprobar que no habla en vano.

La postura de mis progenitores ante mi casamiento era tan dispar que la alegría que sentí al valorar la idea se desvaneció.

Entendí que mi madre no había cambiado de parecer en estos días, solo disimulaba sus verdaderos sentimientos delante de mí.

Comprendí el significado de las palabras de Diego cuando dijo: «Madre se va a enterar, pero no de tu boca».

Diego no se lo contó a mi madre, sino a mi padre, y ella lo supo por él.

Casi con toda probabilidad había sido motivo de discusión entre ellos.

Desde entonces mi madre había disimulado por contentar a mi padre, no a mí.

Y tal y como estaban las cosas juzgó innecesario continuar haciéndolo.

—Bueno —terció Diego. Parecía frustrado por no estar avanzando—. ¿Qué os parece si nos centramos en lo que sí podemos hacer?

Después de eso, volvimos a guardar silencio. Fue un alivio para mi cabeza y mi alma. No oíamos nada más que la lluvia y los ruidos del exterior, donde algunos vecinos habían empezado con las reparaciones.

—Tiene a Abilia vigilada —dijo mi madre—. Está esperando cuando sale y cuando entra. Sabe sus rutinas y horarios. Es peligroso.

—Es un hecho que me vigila. Y, si sospecha que padre está vivo y lo escondemos, con más razón va a vigilar tanto esta casa como la de Nieves —dije.

—¿Y qué importancia puede tener? —dijo Marina—. Quiero decir, que él está escondido y nosotros seguimos con nuestra vida. Por mucho que vigile desde fuera, no podrá ver nada.

—No —dijo Diego—. A no ser que dé el chivatazo y vengan a buscarlo las autoridades.

—Tenemos que sacarlo de aquí antes de que eso ocurra —intervino mi madre, aterrada.

—Pero ¿no será más peligroso moverlo ahora? —preguntó Marina.

—Habrá que encontrar el momento —dijo Diego—. Quizá Abilia pueda alejarlo de la casa. Si la vigila a ella, la seguirá a donde vaya. Entonces padre podría abandonar la casa.

—Pero —volvió a intervenir Marina— ¿no habría que pensar también a qué refugio iría?

Mi madre y mi padre se miraron.

—Hay un lugar al que podría ir —dijo mi padre.

—Pero es una pésima idea —añadió mi madre.

—Hablad —exigió Diego.

Mi madre se levantó y sacó una llave de su bolso que colocó encima de la mesa, a la vista de todos.

—La casa de campo de la señora Trueba —dije.

—¿Por qué te ha dado la señora Trueba la llave de su casa de campo? —preguntó Diego.

Mi madre se volvió a sentar.

—Porque sabe lo de tu padre. No sé cómo, pero lo sabe.

Debió intuirlo o debió notar algo en la tienda, o qué sé yo.

El caso es que me lo dio a entender cuando Abilia y yo fuimos a tomarle las medidas.

Agradecida por lo que hizo por su hijo, quiso ayudarnos.

Y me dijo que podíamos usar su casa de manera temporal para esconderlo.

—No me fío —receló Marina—. A mí me suena muy raro. ¿Y si es una trampa?

—No lo creo —dije—. La señora Trueba no tiene malos sentimientos. Este gesto ha sido auténtico y a espaldas de Cibrián.

—Me dio instrucciones, además —continuó mi madre—. Me dijo que la casa tiene un pequeño cobertizo que es lo único que los sirvientes atienden durante el invierno por los animales, pero que la principal solo la abren para limpiarla cuando ella lo pide expresamente. Nadie va a ir allí.

—¿Lo hacemos, entonces? —preguntó mi padre.

Diego lo pensó durante un momento. Luego asintió.

—¿Qué mejor sitio para esconderte de él que en una de sus casas? Ahí no te buscará, eso seguro.

—Y, si siguiera tirando del hilo y me encontraran, sería en una de sus propiedades —concluyó mi padre—. Vosotros quedaríais libres de sospecha y él como un hombre que me ocultó porque le salvé la vida.

Una sonrisa de complicidad asomó a los labios de mi hermano.

—Bueno, ahora hay que buscar el momento de marcharnos. Tiene que ser antes del toque de queda y asegurarnos de que Cibrián no se da cuenta. ¿Cómo sabremos que no hay peligro de salir? —dijo mi madre.

Diego tenía razón, el único interés del conde era yo. No podría vigilar dos sitios a la vez. Si conseguía alejarlo de allí, tendríamos una oportunidad.

—Tengo una idea —hablé—. Pero necesitaré a Yurde.