Vientos de cambio y cenizas 27. Y todo había sido mentira #2
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27. Y todo había sido mentira #2

Se levantó y empezó a dar paseos por la habitación. Se le notaba a la legua que estaba furioso. Solo recordar la conversación lo encendía.

—Se acercó a mí en la oficina. En cuanto me di cuenta de que la conversación no iba a girar en torno al trabajo, lo corté.

Le dije que cómo tenía el valor de hablarme de relaciones contigo después de todo lo que había hecho.

Se excusó diciendo que cualquier agravio estaría más que subsanado cuando nuestras familias se unieran.

Que aquello no había sido más que una maniobra para presionarte.

—¿Y el chantaje? —pregunté.

—A eso voy. Cuando le reiteré que yo respetaría tu decisión, me dijo que lo pensase bien.

Que sabía que ocultar a un prófugo de la ley era un asunto delicado y era mejor que el tema quedara en familia.

Que era peligroso que esa información cayera en manos de alguien ajeno a ella y que, después de todo, él le debía mucho a nuestro padre; que una vez le perdonó la vida y él quería agradecérselo cuidando de ti.

—Pero ¿cómo pudo saberlo? —pregunté.

—Supongo que fue cuando en casa de la señora Trueba le dije que el hombre a quien le debía la vida estaría feliz de que cuidase de su hija —intervino mi madre—. Yo no tenía forma de saber que le debía la vida, a menos que él o su madre me lo hubieran dicho. Llegó a la misma conclusión que tú.

—Le pregunté de qué prófugo hablaba —continuó Diego—.

Cuando me dijo que de padre, lo miré desconcertado y le aclaré que nuestro padre estaba muerto y que, si aquello se trataba de otra estratagema para hacerte claudicar, se estaba extralimitando hasta un punto en el que tendría que tomar medidas drásticas yo también.

Que una cosa era romper una barca y otra muy distinta buscarnos un problema de tal calibre con un rumor falso.

»Me miró midiendo cada una de mis palabras y mis gestos, seguramente con la idea de descubrirme en un farol, pero me mantuve en mi sitio.

Me dedicó una sonrisa, me dijo que eso no sería necesario, que era preferible mantener las buenas relaciones entre nosotros porque pronto seríamos cuñados y que debería investigar mejor a mi familia, por si había algo que me estaba ocultando.

—No tiene escrúpulos… —comentó mi madre.

—Ni va a dar su brazo a torcer —dije yo—. Ni siquiera Diego le infunde respeto. Lo conozco bien y no va a cambiar de opinión. No va a parar hasta que yo ceda.

—¡Pues entonces cásate con él!

—¡Por encima de mi cadáver! —exclamó mi padre—. Prefiero verla solterona o monja que con Cibrián Cobo.

—Pero ¿no ves que la mejor solución es que acceda a ese matrimonio?

—dijo mi madre, al borde de la histeria.

Se levantó como un resorte y se paseó por la habitación—.

Si no va a parar hasta conseguirlo, entonces no podremos hacer nada.

Y, después de tanto tiempo, no podemos rendirnos.

Si te exponemos ahora, el esfuerzo de todos estos años habrá sido en vano. No puedo perderte.

—¡Sinda! ¡Ya hemos hablado de esto! —Mi padre estaba furioso—. Abilia se casará con quien ella decida. No voy a venderla a cambio de mi seguridad.

—Pues que decida ella, entonces. —Mi madre me miró—.

Ahora que sabes lo que hay en juego, haz lo correcto.

Es mejor tener a un tiburón cazando para ti que ser su presa.

¿No decías que harías lo que fuera por poner a tu padre a salvo?

¿Que no pensabas volver a perderlo? ¿O solo hablabas por la emoción del momento?

—¡Sinda! —volvió a espetar mi padre, controlándose lo mejor que podía para que no nos oyeran los vecinos.

Mi madre se limpió un par de lágrimas silenciosas y se sentó de nuevo.

Era cierto, yo había dicho eso, y la vida de mi padre ameritaba el esfuerzo.

Cibrián era posesivo y no dudaría en maltratarme cuando algo no le gustara, pero la vida de mi padre estaba por encima.

Ahora tenía el amor de Yurde y no sería capaz de renunciar a él, pero mi padre me necesitaba.

Antes estaba en la balanza mi libertad, el cuidado y bienestar de mi familia, y todo eso pesaba más que la vida que me esperaba con el conde.

Pero la de mi padre en la balanza pesaba demasiado y la decantaba peligrosamente al otro lado.

No fui capaz de responder, solo lloré de desconsuelo.

—Abi —habló mi padre—. Esta responsabilidad no te pertenece. No voy a echar en tus hombros una decisión así, porque el hombre que te pone una mano encima una vez te la pondrá siempre. No quiero esa vida para ti, y mucho menos a costa de la mía. No podría vivir con eso en la conciencia.

Lo abracé y dos hileras de lágrimas bajaron por mis mejillas.

—Gracias, padre.

—¿Y entonces qué hacemos? —Mi madre se llevó una mano al pecho y se levantó de la silla, nerviosa.

—Pensar —dijo mi padre—. Entre todos se nos ocurrirá algo.

Nos sumimos en la tarea. Al cabo de un buen rato, Marina rompió el silencio.

—Lo primero que deberíamos averiguar es cuánto sabe el conde porque, ¿y si solo tiene una sospecha?

Como dijo antes doña Sinda, debe de haber llegado a la misma conclusión que Abilia.

Si él no le había dicho nada, solo podía saberlo por su esposo, pero también cabe la posibilidad de que se lo contase su madre.

Puede que esta última posibilidad no le convenza por el carácter de la señora Trueba y que haya llegado a la conclusión de que Diego debía de estar vivo.

Pero, si no sabe dónde se encuentra, no tiene nada contra nosotros.

Diego miró a su esposa con admiración.