27. Y todo había sido mentira
N o había terminado de hablar cuando escuché tras de mí una voz. El volumen fue bajo, pero el tono, firme.
—¡Diego, cálmate! Y háblale a tu madre con más respeto.
Marina se apresuró a cerrar las cortinas.
Yo me quedé paralizada. Mi cerebro no era capaz de aceptar lo que mi memoria me decía.
Reconocí esa voz al instante. Era de la persona que más falta me había hecho los últimos años.
La última vez que la oí fue en una despedida, antes de marcharme a Francia, y nunca más la oiría a mi regreso.
Seguía hablando cuando me di la vuelta para verle el rostro.
—Tienes razón, es hora de que lo sepa todo.
Abilia, cariño. —Mi padre estaba frente a mí, mucho más delgado de lo que recordaba.
Me llevé las manos a la boca para ahogar un grito.
Las lágrimas afloraron a mis ojos y sollocé como una niña pequeña.
Me quedé paralizada por la impresión. Temblando como una polilla ante una luz cegadora.
Mi padre abrió los brazos y dio un par de pasos hacia mí.
Yo me acerqué y nos fundimos en un abrazo.
Lloré en su pecho mientras las fuerzas abandonaban mi cuerpo y mi padre me sostuvo para no caer. Me llevó hasta el sofá.
—Cariño, lo siento. —Me cogió la mano y la besó con ternura—. Debimos decírtelo antes, pero no quería ponerte en peligro.
¡Mi padre! No podía creerlo. La pena se apoderó de mí en Francia cuando llegó la carta en la que mi madre me dio la noticia de su muerte en el monte.
Estuve sin comer ni dormir durante semanas.
La necesité tanto como supuse que ella me estaba necesitando a mí para sobrellevar la pena y me reproché cada día no haberme quedado y aprovechado hasta el último momento con él.
Y todo era una gran mentira.
Había pasado el peor duelo de mi vida de forma innecesaria.
Ahora estábamos los cuatro de nuevo, juntos en la misma habitación, algo que no había imaginado jamás.
La alegría era tan grande como la conmoción.
Entre sollozos miré a mi hermano que, preocupado por mí, se había arrodillado a mi lado.
Le cogí la mano. De no haber sido por él, quizá nunca habría sabido la verdad.
¡Qué injustos habían sido! Y no solo conmigo, sino también con mi tía, que también sufrió con la noticia.
Y todo había sido mentira.
Tenía miles de preguntas que quería formular. ¿Dónde estuvo todo este tiempo? ¿Cómo habían sido capaces de ocultármelo? En cuanto se me pasara la histeria y fuese dueña de mí misma, pediría explicaciones, porque me las merecía.
Mientras lloraba y gemía sin control, mi mente repasaba lo ocurrido una y otra vez, buscando respuestas a aquella nueva verdad.
¿Cómo no me había dado cuenta de que estaba con nosotros?
Y todo empezó a tener sentido en mi cabeza.
Sobre todo, muchas de las cosas que habían ocurrido los últimos días.
Ruidos en la casa cuando se suponía que estaba vacía, mi hermano y mi madre, hablando solos…
Incluso, tenía sentido la reacción de mi madre cuando llegó de viaje.
Entendí lo que Marina me dijo. En quien primero pensé durante el incendio fue en Yurde.
Y mi madre hizo exactamente lo mismo; no gritaba Diego por mi hermano, sino por mi padre.
La respuesta a una de mis preguntas me vino sola a la cabeza.
¿Dónde había estado todo este tiempo? En la tienda.
Por eso, mi hermano había dejado a su familia y había acudido allí, para sacarlo.
Ahora todo encajaba. Por eso me dijo que, si nos hubiéramos encontrado entonces, yo me habría enterado de todo.
Y también entendí las verdaderas amenazas del conde.
Lo que el incendio había dejado al descubierto. La vida de mi padre.
No sé si durante el tiempo que estuve atando cabos alguien habló.
Me sumí en un estado de inconsciencia, ajena al espacio y el tiempo, en el que solo estábamos mis pensamientos y yo.
Cuando volví en mí, la cabeza me dolía, sentía los ojos cargados y la cara acartonada por las lágrimas que se habían secado en ella sin limpiar.
Una taza de manzanilla descansaba en mis manos.
No supe cómo llegó allí ni quién me la había dado, aunque supuse que había sido mi cuñada.
Fui consciente entonces de que la conversación había seguido mientras me reponía de la sacudida. Las voces, que eran prácticamente susurros, me llegaron con claridad, junto con el sonido de la lluvia.
—Está claro que es porque llegó a la misma conclusión que Abilia —decía mi madre—. Es por mi culpa.
Su voz sonaba preocupada y apenada. No la miré, a pesar de que quería hacerlo. Era como si el cuerpo se me hubiera secado también. Las volutas del vapor de la manzanilla que se elevaban con ligereza captaban la atención de mis ojos.
—Eso ya da igual —habló mi padre—. No ganamos nada con buscar culpables. El máximo responsable de todo es el conde.
—Si lo hubieras dejado a su suerte en el monte, nada de esto habría pasado —dijo mi hermano.
—¡No puedes hablar en serio, Diego! —Mi padre pareció más decepcionado que molesto—. Ya me pesaban otros en la conciencia. Con él no podía, por su padre. Y quiero pensar que tú, en mi situación, habrías hecho lo mismo, hijo.
—Probablemente, padre. —La voz de mi hermano transmitía pesar—. Yo también cargo con los míos. Veo sus caras cada noche, pero no puedo evitar pensar que nos habríamos ahorrado muchos problemas.
Di un trago a la infusión. Su calor me reconfortó mucho. Me dio vida en las agarrotadas articulaciones. Ya más calmada, me levanté y puse la taza sobre la mesa. Mi padre reparó en mí y me miró preocupado.
—Abilia, hija, ¿cómo estás? —Me cogió la mano.
«Enfadada», fue lo primero que pensé. Pero me pareció innecesario decírselo, así que pensé una respuesta mejor. Una que no faltara a la verdad, pues el enfado formaba parte de las muchas cosas que sentía.
—No sé cómo estoy, padre. —Me senté de nuevo sin soltarle la mano—. Contenta, triste… perdida.
Mi padre bajó la mirada.
—Lo siento mucho, mi niña. Solo quería protegerte.
—¿Protegerme? ¿De qué? ¿De la tristeza de perder a un padre o de la angustia de enterarme en un país extranjero?
—De la carga que suponía tener a un prófugo escondido —intervino mi madre, molesta.
—¿Y para qué está la familia si no es para llevar las cargas juntos?
—dije en el mismo tono—. A Diego lo pone en una posición más delicada de lo que supone para mí.
En su caso, sí que podría tener consecuencias graves si llega a saberse.
Pero a él no le liberasteis de esa carga, está enterado desde el principio, ¿no?
—No se pudo evitar. —Mi hermano se encogió de hombros—. Cuando llegó a casa después de escaparse, yo estaba allí con madre y no me pude desentender. Lo llevamos a la tienda, pues que se quedara en casa era muy arriesgado. No había sitio donde esconderlo y las paredes son, o eran, papel de fumar.
—Así que tú eras el trastolillo de la trastienda… —deduje, pensando en voz alta—. Y supongo que escuchaste la conversación de Cibrián Cobo el sábado. Me habría venido bien tu consejo.
—No sabes lo mucho que sentí no poder salir a hablar contigo.
—¿Y sabes todo lo que ha pasado después? —Deseé que en algún momento preguntara a qué me refería, pero no lo hizo. Solo agachó la cabeza.
—Sí, lo sé. Y Dios sabe que me he estado muriendo por no poder hacer nada. Porque, en el mismo momento en que te puso las manos encima, te juro que le habría quitado la vida que le perdoné un día.
El enfado se me esfumó como una neblina al levantarse el día y me abracé a él.
—Debisteis decírmelo en la carta, o mejor, no debisteis mandármela. Era mejor esperar a que regresara y decirme la verdad.
—No podíamos hacer eso —dijo mi madre.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque desde que padre se escapó y huyó, todos estábamos muy vigilados. Incluso después de creerlo muerto. Estamos seguros de que controlaban el correo. Tan peligroso era decirte la verdad como sospechoso no decirte nada —explicó mi hermano.
—Pero —protesté— ¿y cuando volví?
—Temía que no supieras controlar tus emociones y pusieras su tapadera en peligro —volvió a hablar mi madre—.
Que alterases tu rutina, que no fueses capaz de disimular cuando estuvieras en la tienda…
Era un riesgo que no estaba dispuesta a correr.
Luego pasó el tiempo y ya cada vez se me hizo más difícil.
Por fin entendí otras cosas, como por qué Diego apenas pisaba la tienda, o por qué una vez al mes mi madre me mandaba con Marina y ellos comían juntos allí.
Otra oleada de rabia me consumió. Podía haber disfrutado también de aquellos ratos.
U otros, porque aquellos eran para Diego.
Eran los únicos en los que ambos hablaban.
¡Hasta mi madre! Por eso se quedaba allí a cenar los viernes, no porque hacerlo en casa ese día le resultara doloroso.
Se limitó a seguir con la tradición que tenían.
¿Y yo qué? De haber estado al corriente, yo también habría encontrado mis momentos para estar junto a él.
Tres años estuve sin su presencia. Llorándole, cuando lo único que nos separaba era una pared.
Y ahora que lo había descubierto, Cibrián amenazaba con arrebatármelo. De eso nada.
—Pues vamos a buscar la forma de ponerte a salvo, padre, porque no pienso perderte de nuevo —dije—. No me dejes otra vez. No sabes la falta que me has hecho.
—Y tú a mí, hija. —Se separó de mí con los ojos vidriosos—. Debía contentarme con observarte desde las sombras.
En ese momento, me di cuenta de que Marina estaba sentada en un extremo del sofá y Francisco ya no se encontraba con nosotros.
—¿Y Francisco? ¿Cuándo se ha marchado? —pregunté.
Todos me miraron preocupados. Mi madre me contestó:
—Se marchó hace un buen rato a comprar lo necesario para arreglar el tejado.
—Pues ni cuenta me he dado… A ver, Diego —dije—, seguramente ya lo hayas explicado, pero ¿me puedes decir qué te ha dicho Cibrián?