26. Hay que reparar los tejados #2
—Esto es para tu hermana Nieves. Lo está esperando. —Yurde asintió y se guardó el dinero—. Y esto para ti, hijo, para que compres las maderas para tu barca.
El rubor le subió por el rostro hasta las orejas.
—No puedo aceptarlo, Sinda.
—Ya te digo si lo vas a aceptar; si no, no te dejo ver a esta en un mes —amenazó mi madre señalándome.
Ambos nos pusimos rojos. Francisco se llevó una mano a la boca para esconder la sonrisa.
Hasta a Diego le divirtió el comentario, que le lanzó una mirada cómplice a su amigo y bajó la cabeza.
Yo me di la vuelta y me metí en la cocina, donde Marina estaba fregando los platos.
Al verme, se sonrió. Hice una mueca de disgusto y comencé a secar los que estaban escurriendo.
—¿Dónde está Mercedes? —pregunté.
—En la habitación con los niños.
Yurde se dirigió a la puerta de la calle para cumplir con el encargo de mi madre. Al pasar frente a la cocina, se despidió de nosotras. El rubor aún bañaba sus orejas.
—Me voy, nos vemos luego.
—Hasta luego —dijimos a la vez y se fue.
Al pasar por el salón vi a Diego y Francisco echando cuentas.
Cuando entré en la salita, mi madre se hallaba inmersa en la tarea.
Me senté a su lado y me puse a trabajar.
Al parecer, el problema con los tejados había eclipsado las amenazas de Cibrián.
No había un rincón ni allí ni en casa de Nieves en el que hubiera privacidad para nadie, por eso me pregunté cuánto tiempo tardaría mi madre en decirle a Diego que la señora Trueba nos había ofrecido su casa de Cueto.
¿Sería que no tenía planes de hacer uso de ella, después de lo que había pasado entre Cibrián y yo?
Aunque me había dado la sensación de que la señora Trueba lo hacía más como un acto de agradecimiento porque le salvé la vida durante el incendio, no como un gesto hacia la familia de su futura nuera.
¿O lo ofreció por algo más?
Yo sabía que mi padre tuvo gran estima por el anterior señor Cobo.
Lo había tratado muy bien durante su juventud, cuando era un simple aprendiz de carpintero y el conde lo apadrinó, de modo que pudo encontrar buenos clientes.
Gracias a aquellos trabajos, pudo ahorrar lo suficiente para montar junto a Iyán la carpintería y, tras especializarse, la tonelería.
Habían sido cercanos, todo lo cercano que un conde podía ser de un tonelero.
Se apreciaban. Quizá también se había forjado una relación entre mi madre y la señora Trueba; quizá fue por eso por lo que nos ofreció una casa donde vivir hasta que tuviéramos un hogar de nuevo.
La curiosidad pudo más que mi prudencia.
—Madre.
—Dime.
—¿Le ha dicho a Diego que la señora Trueba le ha ofrecido su casa de Cueto?
Mi madre me miró con expresión de sorpresa.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Escuché detrás de la puerta —confesé. Mi madre arrugó la frente y la boca.
—¿Te parece prudente aceptarlo tal y como están tus relaciones con Cibrián? En cuanto le lleve la falda, le devolveré la llave.
—Imaginaba esa respuesta —dije. Callé unos instantes, dudosa de hacer la siguiente pregunta—. Y ¿desde cuándo son amigas la señora Trueba y usted?
—¿Amigas? —pareció sorprenderse—. Yo no diría tanto, hija. Nos conocemos desde hace mucho, pero nada más. —Fruncí el ceño y debí parecerle muy desconcertada, porque me preguntó—. ¿Crees que somos amigas porque me ofreció su casa? La condesa es altruista, como lo fue su marido. No pienses de más.
—No es eso… Bueno, no solo eso. —Puse en orden mis ideas—. Es que… si le contó los pormenores de su familia y lo que padre hizo por su hijo…
—¿Y quién te ha dicho a ti que la señora Trueba me ha hecho confidencias? —preguntó mi madre desconcertada. Un rubor subió a mi rostro.
—Bueno, lo he supuesto yo… ¿Cómo se enteró, entonces, de que padre salvó a don Cibrián en el bosque justo antes de morir? ¿Se lo contó el mismo Cibrián?
Mi madre perdió el color de la cara y abrió mucho los ojos.
—Ay, Abilia… —dijo y se llevó una mano al pecho. Se puso en pie y salió. La seguí hasta el salón, donde Diego seguía con Francisco.
—Diego, que ya entiendo por qué me dijo eso Cibrián esta mañana —habló mi madre con tono crispado por el miedo.
Mi hermano la miró. Francisco se marchó a su habitación y nos dejó solos.
Mi madre continuó—: He metido la pata. Yo no tenía forma de saberlo, si él no me lo había contado.
Y sabe que lo sé. Ha llegado a la misma conclusión que Abilia.
Yo… —Se giró y reparó en mí con estupor—.
Abilia, vete a dar un paseo. No quiero que oigas esto —me dijo, autoritaria.
—Tú te quedas —me ordenó mi hermano justo cuando iba a protestar.
—¿Cómo te atreves a desautorizarme? —le reprochó mi madre en el mismo tono.
—Ya es hora de que lo sepa.
—No eres tú quien decide.
—¿Que no soy yo quien decide? —Se puso en pie y alzó más la voz—.
Soy yo quien da la cara por la familia. Al que le toca lidiar con él y protegeros.
Sobre todo, a ella. ¿Y debe seguir en la ignorancia?
No es justo que sea la única de la familia que no sabe lo que pasa.
Yo no sé si habría cambiado algo de lo que ha sucedido, pero quizá si estuviera al tanto del asunto, se habría ahorrado problemas con ese hombre o hubiera actuado de otra manera.
¿Sabes que me ha visitado durante el trabajo? —la pregunta iba dirigida hacia mí.
—¿Cibrián?
—Exacto. Don Cibrián. —Bajó el volumen, pero el tono duro seguía siendo el mismo—. Vino para chantajearme.
—¿Qué? —pregunté aturdida—. ¿Chantajearte?
Mi madre me miró nerviosa.
—¡Ay, Diego! —dijo a punto de llorar—. No digas más, por Dios te lo pido.
—No metas a Dios en esto, tú que no crees en él.
Diego le habló en el mismo tono contenido que utilizó conmigo a bordo del Canarias.
Era la primera vez que escuchaba a mi hermano hablarle de esa forma a mi madre.
El problema debía de ser muy gordo para que mi hermano reaccionara así.
Podía esperar cualquier cosa, desde algún negocio fraudulento relacionado con la tonelería hasta algún asunto político que, aun después de muerto, pudiera afectar a mi hermano, y quizá por ahí iban los tiros, pero jamás me habría imaginado algo como lo que estaba a punto de descubrir.
Mi madre hundió la cabeza entre las manos y miró al suelo como si la solución estuviera allí, bajo el sofá.
A Diego pareció pesarle haber hablado así a mi madre, pero no mostró signos de debilidad.
—Diego, ¿por qué te chantajeó? —pregunté con un hilo de voz.
Mi madre levantó la vista y lo miró suplicante. Diego dio un paseo corto por la habitación, con una lucha evidente entre lo que quería hacer y lo que mi madre le pedía. Por fin se paró y me miró. Se acercó a mí y bajó la voz en un susurro.
—Abilia, papá está vivo.