Vientos de cambio y cenizas 26. Hay que reparar los tejados
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26. Hay que reparar los tejados

E speré en el salón hasta que oí la puerta de la calle.

Entró en la cocina con andares felinos. Me encontré con él allí.

Llevaba el chubasquero puesto y un mechón de pelo negro mojado le caía por la frente.

Traía un cubo con pescado y un poco de pan que dejó en la encimera.

Las mariposas volvieron, pero se comportaron.

—Hola —saludé con una enorme sonrisa. Se volvió para mirarme y me acerqué a él.

—Hola. —Me sonrió de vuelta.

Cogí la fregona y limpié las gotas de lluvia que habían dejado un rastro tras él en el suelo desde la entrada a la cocina.

—¿De dónde has sacado ese pescado? ¿No habrás ido a trabajar con el brazo así?

—Me lo ha dado mi patrón. Me lo descontará del sueldo en cuanto me incorpore.

Relajé la expresión de mi rostro.

—Yurde, no era necesario. Podemos tirar con las cartillas de racionamiento.

—En cuanto se recupere el brazo, repondré el dinero con lo que saque en el estraperlo. Ya me ha dicho Diego que podremos arreglar la barca.

Sus ojos brillaban contentos. Cogí el abrigo.

—¡Cuánto me alegro!

—¿Te vas ya? —Su voz sonó triste.

—Sí, voy a ver si Nieves necesita una mano con la comida. ¿Me acompañas?

—Claro —accedió sonriente.

Bajamos la escalera despacio.

—Me he sentido rara al despertar. Reprimí el impulso de ir a las rocas de nuevo. Espero que pronto podamos volver a la rutina, porque el amanecer hoy se me ha hecho eterno.

—Para mí, siempre amanece en cuanto te veo, mi sirenuca .

Sentí un pellizco en el estómago.

Antes de salir del edificio, Yurde me sujetó del brazo.

—Espera. —Me alejó de la puerta—. No he soñado lo de anoche, ¿verdad?

—No —respondí, avergonzada—. No fue un sueño.

Yurde me abrazó. Sentí sus manos descender hasta la parte baja de mi espalda y sentí un hormigueo en el vientre. Apreté más el abrazo. Él hundió su rostro en mi cuello y me dio un beso suave.

—Dímelo otra vez, que aún no me lo creo.

—No me hagas repetirlo, que me muero de la vergüenza.

Cogí su cara entre mis manos rocé con los labios aquellos hoyuelos que me volvían loca en un beso. Sentí el rubor subir por mis mejillas y escondí mi cara en su pecho para que no lo advirtiera.

—Abi… —Me levantó el rostro con dulzura y vi una profundidad en su mirada que me revolvió todo por dentro y me erizó la piel.

El roce de su mano en mi rostro tuvo el efecto del hierro que se acerca a un imán.

Me atrajo hacia él y por un instante dudó con la inseguridad de quien quizá se está precipitando.

Quizá pensó que yo no me sentía preparada, y seguramente luego me moriría de la vergüenza, pero en ese momento yo tampoco deseaba otra cosa, así que lo besé.

Sus labios eran cálidos y suaves. El corazón me dio un vuelco y sentí que ardía.

Qué diferente era ese beso del que me dio el conde.

Cuando abrí los ojos, me topé con el brillo color café de los suyos.

Sonreí y escondí el rostro en su pecho de nuevo.

—Creo que tardaré en acostumbrarme a esto —comenté. A Yurde se le escapó una risita.

—Yo, en cambio, podría acostumbrarme a que me dieras así los buenos días cada madrugada —dijo y me dedicó esa sonrisa que era solo para mí. Posó su mano en mi cara y noté de nuevo esa electricidad que bajó por el cuello hasta mi pecho y se agarró en el vientre en un pellizco.

Hice un esfuerzo titánico por separarme de él, luchando contra mis impulsos para besarlo de nuevo.

—Vamos antes de que llegue tu hermana con los niños, que ya me ha dejado dicho Diego que un metro de distancia.

Abrí mi paraguas y salimos del portal.

—¿Desde cuándo lo sabe?

—Desde anoche.

—Entonces supongo que no le hará gracia que a partir de ahora andemos solos como antes. —Pareció entristecerse.

—Si nos vigila Marina, será como estar solos. No sabes lo mala carabina que es. Con Cibrián Cobo, ni se la veía ni se la esperaba.

—Supongo que, tratándose de mí, pondrá más interés. Aunque me hubiera gustado que lo hubiese puesto con el conde. ¿Es verdad lo que dijiste? ¿Te robó un beso?

—Sí —dije y bajé la mirada—. Y te juro que quise arrancarme la lengua.

Su rostro se ensombreció.

—Debí matarlo cuando tuve oportunidad.

—Ese hombre no merece que hagas tal sacrificio —declaré—. No te quiero en la cárcel, sino conmigo. Además, el tuyo lo ha borrado por completo.

Me volví a sonrojar. Mis palabras lo tranquilizaron y me sonrió.

Bajamos la calle de camino a Hernán Cortés.

Con la lluvia, el ambiente de la ciudad se estaba limpiando y ya no olía tanto a chamusquina.

El olor de la lluvia se mezclaba con el de las comidas.

Los niños volvían de la escuela. Algunos a paso tranquilo bajo sus paraguas, y otros, menos previsores, corriendo empapados.

Algunas madres los acompañaban, pero la mayoría de ellos volvían a casa solos.

—¿Cómo tienes el hombro? ¿Te calmó el ungüento?

—Sí, aunque he debido de dormir en una mala postura, porque me arde.

—Luego prepararé más. —Llegamos a casa de su hermana y  paramos frente a la entrada del edificio—. Gracias por acompañarme. La verdad, tenía miedo de encontrarme otra vez con Cibrián. Esta mañana nos estaba esperando cuando salimos mi madre y yo.

—¿Se atrevió a hacerte algo?

—Se disculpó por el golpe —dije—. Tiene la extraña idea de que lo perdonaré y reconsideraré su oferta. Intentó conseguir el apoyo de mi madre y, como no lo tuvo, nos amenazó.

—Os amenazó —repitió, de manera que me animó a seguir hablando.

—Sí. Al parecer, con atentar contra nosotros. No sé, hubo algo raro en sus palabras… —Medité, perdida en el recuerdo de aquella extraña conversación.

—Cada vez me arrepiento más de no haberlo rematado —manifestó con los ojos llenos de odio. Estaba acostumbrada a sus arrebatos cuando se enfadaba. Pero esa furia calmada era nueva para mí y me aterraba mucho más.

—No vuelvas a decir eso. Tú no eres un asesino.

Se llevó mi mano a su boca y la besó.

—No lo diré más si tú no quieres, pero es lo que siento.

La calidez de sus labios contrastó con la fría piel de mi mano, empapada por la lluvia. No supe si fue provocado por esa sensación o por sus palabras, pero noté el latido de mi corazón golpear fuerte en el pecho.

—Bueno... —Miré con disimulo alrededor para comprobar que no había testigos de la escena. La gente pasaba bajo sus paraguas con prisa, sin reparar en nosotros. O al menos eso aparentaba—. Tengo que subir —dije. Noté cómo me ruborizaba por momentos.

—Está bien —accedió con expresión de fastidio. Posó sus labios en mis manos y les dio un largo beso, tierno y cálido, sin dejar de mirarme—. Adiós, mi sirenuca .

Nos dedicamos una última sonrisa.

—Adiós, querido Yurde —me despedí y entré al portal. El día era gris, la lluvia no amainaba, pero ni el sol más radiante me habría hecho tan feliz. Parecía que volaba, escaleras arriba, hasta la casa de mi futura cuñada.

Mi madre llegó poco tiempo después que yo.

Los niños ya habían vuelto del colegio y nos sentamos a la mesa.

Las manos de Nieves y Anjara para la comida no tenían nada que envidiarles a las de Marina y Mercedes.

La sopa de pescado que habían preparado estaba para chupar las raspas, que es lo que hicimos, porque a poco pescado tocamos, la verdad.

Pero al menos fue un plato caliente en un día frío y eso ya era mucho.

Francisco llegó poco después, preocupado.

—El gobernador civil ha dictado un decreto y nos obliga a reparar el tejado y las salidas de humos en un plazo de dos días —dijo—.

Es cierto que no nos hemos visto afectados por el fuego, pero el viento causó estragos en toda la ciudad.

Arrastró postes, arrancó tejas… Nuestro tejado quedó bastante dañado, y vuestra salida de humos.

El tubo que daba a la calle lo arrancó el viento. No sé muy bien cómo lo vamos a hacer.

—No te preocupes, hijo —dijo mi madre—. Tengo algo ahorrado. Entre todos podremos hacer algo.

—Sinda, no puedo devolvérselo —repuso con reparo—. Al menos, no de inmediato.

—Y ¿cómo te devuelvo yo todo lo que estáis haciendo por nosotros?

—insistió mi madre—. No me des las gracias, hijo, porque, si no es porque Abilia vio dónde lo guardaba, se habría perdido en el incendio.

Eso sí, el dinero está en tu casa. Vamos y te lo doy, que mira que el plazo que han dado es corto.

Desde que mi madre hizo el ofrecimiento hasta que salimos de casa en busca de la ayuda, estuvieron agradeciéndoselo, especialmente Nieves.

En casa del mayor de los Alonso no estaban mucho más animados.

Diego aguardaba en el salón con el rostro serio y un humor de perros.

Yurde, con los brazos cruzados, miraba la escena, apoyado en la pared, en un extremo de la habitación.

Cuando me vio, relajó la expresión del rostro y me sonrió.

Los hoyuelos se le marcaron y una oleada de vergüenza al recordar el beso de antes me obligó a apartar la mirada.

La preocupación era general. El plazo era corto y el dinero escaso.

Mi madre fue al mueble donde guardaba sus pertenencias y sacó uno de los tres fajos de billetes.

Extendió unos pocos a Francisco. Este la miró como si le estuviese ofreciendo una serpiente venenosa.

—No puedo aceptarlo. Es mucho, doña Sinda.

Diego abrió la boca por primera vez.

—Madre, no es necesario que gaste todos sus ahorros. Se han incautado las tejerías La Covadonga, Trascueto y Agustín García, para ayudar a los vecinos.

—¿En serio? —pregunté, pensando en todos aquellos empresarios—. Es una situación excepcional, pero…

—Es lo mejor, Abi. ¿Crees que todo el mundo puede hacerse cargo con sus propios medios?

—¿Cómo no lo vas a aceptar? —dijo mi madre que, sin hacernos caso a Diego y a mí, le puso el dinero en la mano a Francisco y se la cerró—. No digas tonterías. Lo necesitáis. Y yo ya contaba con que este dinero estaba calcinado, así que… —Se giró—. Toma.

Ahora era Yurde el que se sintió violento. Mi madre le extendía otro montante. Se separó de la pared y descruzó los brazos.