25. Una amenaza extraña #2
Las lágrimas se me agolparon. Me sentí una intrusa escuchando las plegarias de mi madre hacia mi padre. Me alejé a paso rápido a la salita y me encerré sin escuchar nada más.
La tristeza de mi madre me conmovió. Yo también echaba de menos a mi padre.
Y no era que mi hermano no llevase bien los asuntos familiares.
No podían estar en mejores manos. De hecho, Diego tenía un carácter más fuerte que el de mi padre.
Ambos lo habíamos heredado de mi madre. Mi padre era mucho más afable, pero estaba convencida de que, a una sola palabra de mi padre, el conde se hubiera largado a su casa de Santoña y habría buscado otra joven a la que cortejar.
Sobre todo, si era verdad que Cibrián le debía la vida.
A mi hermano, a pesar de su temperamento y posición, parecía tomarlo por el pito del sereno.
Quizá porque su poder era similar y su posición superior.
La historia que compartían mi padre y Cibrián era algo que me intrigaba. Si mi madre se encontrara en disposición, quizá podría contármela.
La luz de la habitación era un poco más pobre de lo habitual por la ausencia del sol.
El repiqueteo de la lluvia en el cristal y el sonido de la máquina de coser se confabularon para producirme sopor.
No sé cuánto tiempo pasó, pero bostecé y paré la máquina.
Me levanté con la única idea de obligar a mi mente a despejarme.
Me pregunté cómo seguiría mi madre y no sé cuánto tiempo más estuve cosiendo sola, mirando la lluvia caer a través de la ventana, hasta que ella entró en la habitación con mucha mejor cara.
—¿Ha podido descansar, madre? —pregunté.
—Sí, cariño —respondió y se esforzó por esbozar una sonrisa, pero no lo consiguió. Se sentó en su silla y cogió una de las telas para hilvanarlas. Durante un rato nos dedicamos a coser en silencio. Tenía muchas preguntas que hacerle, tantas que no sabía por dónde empezar.
—Madre.
—¿Qué?
La miré entre puntada y puntada.
—¿Por qué le debe la vida don Cibrián a padre?
—Es una larga historia, hija.
—Bueno —dije sin levantar la vista de la labor—, tenemos tiempo.
Esperé en silencio a que mi madre se decidiera a hablar.
—No es algo que me guste recordar.
—Lo siento, madre. No quise removerle la pena.
Ella negó con la cabeza.
—Cuando empezó la guerra, el miedo nos invadió a todos.
—Dejó la labor y me miró—. Los ricos no fueron menos.
A tu padre lo apresaron el verano del treinta y siete.
Para entonces, el hijo menor de la señora Trueba ya había muerto.
Lo fusilaron a principios de ese mismo año en el buque «Virgen del Carmen».
Algo más tarde, su segundo hijo también murió.
Aunque este se pudo haber salvado a cambio de una buena cantidad de dinero que se negó a pagar.
La señora Trueba se refugió en la embajada francesa, pero la señora Catalina no tuvo tanta suerte.
A ella y sus dos hijos los mataron sin piedad en su casa, que desvalijaron después.
—¡Santo Dios! ¿Por qué?
Mi madre me miró con condescendencia o con pena, no sabría decirlo. Quizá un poco de ambas.
—Por ser nobles, tener dinero, tener un título. Nada más.
»Don Cibrián se encontraba fuera del país, encargándose de tareas diplomáticas para el régimen. Cuando llegó a sus oídos lo que había pasado, regresó. No sirvió de mucho. Su familia no iba a volver a la vida y su madre estaba a salvo. Lo único que consiguió fue ponerse en peligro.
Mi madre siguió con su labor.
—Tu padre fue apresado y llevado a las caballerizas de la Magdalena, de donde se escapó gracias a Domingo, que había sido republicano, como él, pero se vio obligado a cambiar de bando a punta de pistola.
Sus ideales políticos quedaron en un segundo lugar frente a la idea de dejar a su mujer viuda con tres hijos.
Pero, al ayudar a padre a escapar, fue lo que acabó pasando.
Tu padre se hizo al monte, junto a sus compañeros.
Fue su grupo quien apresó a don Cibrián, para desagrado de tu padre, que sentía un gran aprecio por el suyo.
Su desagrado aumentó cuando se enteró de todo lo que le había pasado a su familia.
»Intentaron reclutarlo, pero se negó. ¡Imagínate!
Después de que mataran a su familia, todavía querían que se les uniera…
En ese momento, tu padre se empezó a replantear qué era lo que estaban haciendo.
No estaba de acuerdo con la forma de comportarse de muchos de sus compañeros, y en el otro bando no eran mejores.
Se les había ido de las manos. Cuando vio que la cosa se ponía difícil para el conde, se ofreció a encargarse de él.
»Lo alejó del grupo por el monte, fusil en mano, hasta que estuvieron lo suficientemente alejados y entonces paró.
Apartó el fusil y disparó a un árbol. Lo despidió allí y don Cibrián echó a correr por el monte de vuelta a Santander.
Tu padre volvió con su grupo y, escasos minutos después, fueron descubiertos por los fascistas y murieron todos.
La sangre se me heló y no supe qué decir. ¡Todo lo que debió sufrir la señora Trueba, como madre y abuela, y él, como padre, esposo y hermano! No pude imaginarlo siquiera. Me fue imposible ponerme en su lugar. En ese momento, sentí por Cibrián una pena profunda.
Seguí con mi tarea. Terminé el patrón de los pantalones de Yurde mientras mi madre se encargaba de la falda de la señora Trueba. La historia que me acababa de contar seguía dando vueltas en mi mente. Y recordé el lienzo sobre la cama de Catalina. Era la estampa de una familia feliz.
Quizá la vida de su esposa con Cibrián no fue tan mala como yo la imaginaba.
Y, muy posiblemente, si yo lo hubiera mirado con los ojos de cualquier otra joven, no habría tenido tantos reparos.
A pesar de la diferencia de edad, Cibrián era apuesto y tenía unos ojos bonitos.
Pero yo siempre vi más allá de la apariencia.
Sus ojos siempre me mostraron su alma oscura, su maldad…
Con Catalina no era así… ¿Qué se había roto en su interior para convertirse en aquello?
Entendía que lo que sufrió podría volver loco a cualquiera, sumirlo en una tristeza infinita, incluso robarle las ganas de vivir, pero jamás imaginé que podría envenenar el alma de alguien hasta el punto de comportarse como quienes tanto daño le habían hecho.
Hasta el punto de tomar lo deseado, aunque no le pertenezca, a pesar de las consecuencias o las vidas que se lleve por delante, porque ya una vez lo perdió todo y no se resignará a dejar escapar lo que ansía.
Y lo último que hizo mi padre antes de morir fue salvarle la vida.
Siendo así, no podía entender que me tratara como lo estaba haciendo. No me cabía en la cabeza.
No me enteré de cuándo volvió Marina, pero debió de ser hacía bastante, porque ya había hecho la comida en la calle. Lo supe cuando entró a la habitación.
—La comida está lista. Voy a por los niños. ¿Necesitáis algo? —preguntó.
—No, hija. Gracias. Ve con Dios —respondió mi madre y miró el reloj de la sala.
—Pues Yurde llegará en breve. Si necesitáis algo, se lo pedís a él —dijo y se marchó.
—Anda, vete yendo, que Nieves necesitará ayuda. Bastante trabajo le damos ya.
Recogí mi zona de trabajo y me dispuse a marcharme.
—Madre, ¿no viene?
—Iré más tarde. No tengo hambre y quiero dejar esto terminado.
—¿La ayudo y terminamos antes? —me ofrecí y me senté.
—Te he dicho que te vayas, yo me encargo de esto.
La voz de mi madre tenía ese mismo tono autoritario que había heredado mi hermano Diego. Ambos lo estaban empleando últimamente con demasiada frecuencia, para mi gusto. La situación debía tenerlos estresados porque, si no, no entendía que lo utilizaran hasta en la situación más simple.
—Es que no quiero irme sola. ¿Y si me lo vuelvo a encontrar?
—Pues espera a Yurde y que te acompañe él.
No le discutí la idea, porque me encantó.