Vientos de cambio y cenizas 25. Una amenaza extraña
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25. Una amenaza extraña

M e desperté en la madrugada, como cada día, con ese ímpetu de salir a la costa, a ver las olas del mar amanecer con su color vítreo.

Esta vez no traería de vuelta aquella barca familiar, porque estaba en el muelle, descansando tullida.

Las imágenes de la noche anterior con Yurde me dibujaron una sonrisa en el rostro.

No lo había soñado. Yurde ya sabía cómo me sentía.

Me sorprendí abrazada a mi madre. La solté y me quedé bocarriba, mirando al techo. El desconsuelo volvió. La sensación de miedo y de alegría iban y venían en mi pecho, como un presentimiento, como si ese estado tranquilo y feliz estuviese fuera de lugar. Como si fuese la calma antes de la tormenta.

Me repetí todo lo bueno que tenía para hacerla desaparecer.

Tenía a Yurde a mi lado de una manera tan íntima que jamás imaginé.

Nunca sospeché que llegaría a sentir por él todo lo que en esos momentos me provocaba.

Además, mi madre estaba más relajada y risueña, así que parecía que lo que fuese que la preocupaba, tanto a ella como a mi hermano, estaba a punto de resolverse.

A la luz del día y descansada, la sombra que Cibrián cernía sobre nosotros no me pareció tan alargada.

Mi madre se giró y se desperezó. No sé cuánto tiempo pasó desde que desperté, pero el alba se levantaba y un poco de claridad se coló por la ventana.

—¿Estás despierta?

—Desde hace un buen rato. Ya lo sabe, madre.

Me sonrió.

—Venga, que hoy tenemos mucho que hacer.

Nos levantamos y nos arreglamos. Sin hacer ruido, salimos al salón.

Nieves lo cruzaba con el desayuno. La mesa estaba puesta para siete comensales.

Yo llevaba mucho rato despierta y no la había oído levantarse, lo que significaba que era tan sigilosa como Yurde y tan hacendosa como Marina.

Los tres años que habían pasado desde que perdió a su marido los llevaba la pobre mujer colgando de las ojeras, pero cuidar de sus tres hijos le había dado la fuerza necesaria para no derrumbarse.

Era su motivo para seguir levantándose cada mañana.

Nos dio los buenos días.

—Buenos días —contestamos mi madre y yo casi al unísono.

—No queremos ser una carga, Nieves —manifestó mi madre en tono de disculpa pues, lo que nos dieron en el almacén, se quedó en casa de Francisco.

—¿Y dónde vais a desayunar? En casa de mi hermano son también muchas bocas. Anda —dijo al ver a mi madre dubitativa—, sentaos, que ya contaba con vosotras.

Los niños aún no se habían levantado para cuando terminamos de desayunar, pero doña Anjara se unió a nosotras cuando recogimos nuestros platos.

—Nosotras les haremos ropa preciosa. ¿Verdad que sí, Abilia? —decía mi madre a Nieves—. Luego pasas por casa de tu hermano y escoges la tela.

—No se preocupe, Sinda. Toda esa tela la van a necesitar para usted y su familia. Yo me apañaré bien con la ropa que Mercedes me dé cuando le quede pequeña a los suyos.

—Esa te sirvirá para Alberto y Teresa. Domingo, el mayor, ya está hecho un hombrecito. Además, todo será poco para agradecer lo bien que te estás portando con nosotras —intervine.

Nieves sonrió entre agradecida y pesarosa. Conocía a mi madre lo suficiente como para saber que no tenía caso discutir con ella. Haría lo que quisiera.

Nos despedimos y nos fuimos a casa de Mercedes y Francisco.

Chispeaba. Nos metimos ambas bajo el mismo paraguas que llevamos la tarde anterior y apretamos el paso. No habíamos cruzado la esquina cuando nos tropezamos de frente con Cibrián Cobo. El alma se me fue a los pies.

Miré a mi madre de soslayo. Giré de forma brusca y apreté el paso, tirando de ella para evadirlo.

Se adelantó a nosotras y se quitó el sombrero para saludar.

—Buenos días, señora, señorita.

—Buenos días, don Cibrián —respondió mi madre.

—Me alegro de verlas.

—¿Buenos? —dije con un deje de amargura. Me dispuse a marcharme, pero me agarró del brazo.

—Espera un momento, Abilia. Quiero disculparme.

—Me solté de su agarre—. No debí golpearte.

—Sus ojos mostraban pesar al mirar mi mejilla maltratada.

Para quien no lo conociera bien, parecería que el sentimiento era auténtico.

Levantó la mano en un ademán de acariciarla y yo me paralicé del terror, pero mi madre tiró de mí para apartarme—. ¿Te duele mucho?

—Solo cuando me río. Pero por tu culpa no tengo motivos para reír —contesté.

—Lo siento de veras —dijo—. Si pudiera volver atrás en el tiempo, no lo haría.

—¿Estás seguro? Te creería si después del primer bofetón no hubieras repetido. Estoy convencida de que en una situación parecida volverías a hacerlo.

—Tú no me lo has puesto fácil —replicó—. Ya me he disculpado por eso. ¿Qué más puedo hacer, Abilia? Dímelo y lo haré. Quiero arreglar el malestar entre nosotros.

—Esto ya no tiene arreglo.

Reanudé la marcha. Él volvió a cortarme el paso.

—Espera, aún no he terminado.

—¿Hay algo más de lo que quieras disculparte?

—Nada más de lo que me arrepienta.

—Entonces no tengo motivos para seguir escuchándote —dije y lo bordeé. Él nos acompañó en el camino.

—No me hables en ese tono. Sabes que todo lo que he hecho está justificado —declaró en tono despechado—. Te has propuesto matarme de celos, pero estoy dispuesto a olvidarlo todo, incluso a arreglar lo que rompí, a una palabra tuya.

Me volví para ver su expresión.

—¿Justificado? Llevo marcado el sello de tu familia en mi mejilla. Creo que mi tono es el que está justificado, ¿no crees? Te trataría como a un caballero si te hubieras comportado como tal, cosa que, por cierto, pensaba que los nobles traíais de fábrica.

—¡Abilia! —intervino mi madre, que hasta entonces se había quedado al margen de la conversación. Acompañó su reproche con un tirón de manga.

—¿Usted no tiene nada que decir? Hágala entrar en razón.

Mi madre paró la marcha y soltó un suspiro resignado.

—¿Qué puedo decir yo, señor? Si no hubiese llegado tan lejos en su afán por persuadir a mi hija, le aseguro que yo habría intentado convencerla.

Pero le confieso que ya no me siento inclinada.

Si ella no está de acuerdo, ¿qué podemos hacer usted o yo?

No puedo taparle la boca en la iglesia y consentir en su lugar, ¿no cree?

Además, todo esto se ha desmadrado. Creo que es el momento, don Cibrián, de dejarlo estar.

Cibrián entornó los ojos en una mirada que me causó escalofríos.

—¿Está segura, señora? Porque pienso que todavía hay muchas cosas que pueden perderse. Cosas que sobrevivieron a la guerra y al incendio y que este dejó al descubierto.

—¿Como qué? —pregunté al ver cómo el rostro de mi madre había perdido el color.

—Como la vida.

—¿Te estás oyendo? —grité aterrada—. ¿Nos amenazas de muerte?

—No necesariamente —dejó caer.

—¡Habla claro! —grité.

—No lo creo necesario, porque tu madre lo ha entendido a la perfección.

—¿Qué? —dije perpleja.

—Piense en ello, Sinda —insistió mientras levantaba el sombrero e inclinaba la cabeza a modo de despedida.

Se marchó y nos dejó bajo la lluvia en silencio.

Yo rumié sus palabras e intenté darles sentido.

Mi madre cogió aire, como si por un rato hubiese dejado de respirar, y reanudó el paso con piernas temblorosas.

—¿A qué se refería, madre? —pregunté.

—No es posible que sea a eso —dijo en un susurro, más para sí que como respuesta a mi pregunta.

—¿A qué? —indagué. Mi madre me miró como si se acabara de dar cuenta de que yo estaba a su lado, pegada a ella bajo la sombrilla.

—A nada. ¿Quién sabe lo que se le pasa por la cabeza? Venga —aceleró el paso—, vamos a casa.

Cuando llegamos, Marina limpiaba.

—Pero bueno, ¡qué cara traéis! Doña Sinda, ¿se encuentra bien? —preguntó preocupada.

—Sí, hija. Solo un poco cansada. ¿Me permites que me eche un rato en tu habitación?

Marina se quedó muda ante la mirada de mi madre, que había sido demasiado intensa para tratarse de una pregunta tan trivial.

—Sí, sí. Claro —dijo tras reaccionar e hizo un ademán invitándola a pasar a la habitación. Mi madre le dio las gracias y cerró la puerta tras de sí.

—¿Qué ha pasado? —preguntó mi cuñada, una vez a solas.

—Nos hemos tropezado con Cibrián Cobo. —Coloqué el paraguas en el paragüero—. ¿Te puedes creer que ha tenido el descaro de insistir?

Me quité el abrigo.

—¿Después de todo lo que pasó ayer? —preguntó con asombro.

—Sí, bueno. Tiene la idea de que con disculparse todo tiene arreglo. Pero lo de la barca de tu hermano no le pesa en absoluto. —Puse las manos en jarras y arrugué el gesto—. Y luego, cuando intentó que mi madre se pusiera de su parte y se encontró con un muro, nos hizo una amenaza extraña.

—¿Extraña? —Marina demudó el rostro—. ¿Qué fue lo que dijo?

—Algo así como que aún podía quitarnos lo que no se perdió en la guerra y el incendio había dejado al descubierto. Nuestras vidas. Pero no sé a quién se refería. Si a mí, a Yurde, a Diego o a alguno de vosotros.

—¡No es posible! —Marina palideció. Se dejó caer lentamente sobre la silla y miró a la puerta de la habitación donde mi madre descansaba—. Ahora lo entiendo.

Yo la miré con el ceño fruncido sin entender nada, pensando que me gustaría que me lo explicaran. Pero callé, pues la respuesta sería la habitual, el silencio.

—Ay, Abilia… —dijo y se levantó como un resorte—. Me parece que esto es grave.

—¿Por qué dices eso? —pregunté.

Marina se mordió el labio y se quitó el delantal.

—Diego tiene que saberlo. —Fue toda la explicación que me dio. A pesar de que yo estaba preocupada, me dio la sensación de que ella entendió el mensaje del conde tan bien como mi madre. Marina salió de la casa, camino del almacén, y yo fui a coser para calmar la frustración.

Al pasar frente a la puerta donde descansaba mi madre, me paralicé. Oí un sollozo. ¿Era posible que mi madre estuviera tan afligida por aquellas amenazas? ¿Por qué no me había dicho nada? ¿Qué temía?

—Ay, Diego. Si tú estuvieras con nosotros, te harías cargo y el conde no tendría más que decir. No sabes lo que te echo en falta —decía entre sollozos.