Vientos de cambio y cenizas 24. Un pañuelo nuevo y enfermería en la cocina #2
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24. Un pañuelo nuevo y enfermería en la cocina #2

Marina entró con el frasco en la mano.

—¿Y a dónde iría yo con eso? —preguntó burlón.

—A llevarme al cine, que tengo que estrenar ese pañuelo.

—Será pronto, entonces. Que tengo ganas de vértelo puesto.

Marina carraspeó. Cogí el aceite de romero de sus manos.

—Gracias, Marina. Venga, Yurde, desabróchate la camisa —le pedí, y sentí cómo me enrojecía de nuevo.

—¿Quieres que lo haga yo? —se ofreció Marina, con una sonrisa burlona. Yurde nos miró con el ceño fruncido.

—No hace falta —contesté y empecé a hacer la friega en el hombro.

Al tacto de su piel con el aceite caliente, el corazón se me desbocó y me costó respirar.

Recé para que la mano no revelara que temblaba como un flan.

Yurde hizo una mueca de dolor. Cuando volví a hablar, la voz salió en un susurro, pues la cercanía me oprimió el pecho y apenas me dejaba respirar—. Me has tenido muy preocupada.

—Y tú a mí —respondió.

—Lo siento. Lo último que quería era darte un motivo más de preocupación. Suficiente tienes con lo que le ha pasado a tu barca.

—Eso no es nada comparado con la idea de perderte. Cuando te desmayaste pensé lo peor, y cuando supe que habías subido a aquel barco… No me des otro susto así, te lo ruego. Cuando huiste a Francia, no tuve más remedio que aguantarme, pero ahora… Me has acostumbrado a verte cada día.

Sentí un pellizco en el estómago; vértigo. Una sensación de miedo y euforia mezclados que me agitó el corazón con fuerza. Bajé la vista y la voz me salió en un susurro cuando hablé.

—No te preocupes por eso. No me he ido a ningún sitio. Estoy aquí.

—Perdóname si te he incomodado. —Levanté la vista. El rostro de Yurde se había ensombrecido—. Me había resignado a que te casarías con Cibrián Cobo, pero después de que lo rechazaras, yo… —Se mesó el pelo y fijó la vista en sus zapatos—. Lo siento, he vuelto a hacerlo.

—No me incomodan tus palabras —me apresuré a decir—. Al menos no en el modo que crees. Yo… —Miré a Marina—. Marina, ¿puedes ir a por la mostaza?

—Fui hace un rato, una de las vecinas tenía.

—Pues mira a ver si tu madre necesita algo. No sé, un café, una infusión.

Marina por fin entendió. Salió de la cocina y se quedó fuera, vigilante tras la puerta. Sonreí al pensar que como carabina sería una buena aliada. Yurde me miraba entre suspicaz y divertido.

—¿Por qué la has echado?

—Porque tengo algo que explicarte y no quiero que lo oiga —dije.

Me acerqué y bajé la voz casi a un susurro—.

Todo lo que te dije es verdad. Si algún día decido irme a algún sitio, será contigo.

El abrazo que te di, lo que le dije a Cibrián, todo era genuino.

Nunca haría nada así sin sentirlo, sabiendo que te dolería.

Y nada de lo que le dije al conde fue para hacerlo rabiar.

Su mirada ya no mostraba suspicacia, ni diversión. Era profunda y cálida.

—Le dijiste que me amas.

—Sí —dije y bajé el rostro, ruborizada. Él me lo levantó, sujetándome la barbilla, y me obligó a mirarlo a los ojos. Me dio un vuelco el corazón—. Perdóname.

Una lágrima rodó por mi mejilla maltratada y él la limpió con su mano.

—¿Por qué?

—Por no haberme dado cuenta antes. Por el tiempo que hemos perdido. Cuando te vi hablando con Tridia en la bahía, acababa de darme cuenta de mis sentimientos por ti. Hacía mucho tiempo que te correspondía, pero no lo vi hasta ese momento.

Acerqué mi mano a su mejilla y dibujé con mi dedo el perfil de su hoyuelo.

Me sonrió, marcándolos aún más. Llevé la caricia sobre la línea que acababa en la comisura de sus labios y seguí su contorno, dibujando toda su sonrisa.

No podía apartar mis ojos de ella. Me mordió el dedo con dulzura y me reí.

Escuchamos un carraspeo y nos volvimos a mirar a Marina.

—Hermana, se me había olvidado que estabas ahí.

—Ya lo veo, ya. Venga, que, si habéis terminado con la enfermería, tengo que preparar la cena.

—¡Ay, Marina! ¿Dónde está la mostaza? —Me enseñó el puñado de granos—. La preparo en un momento. Ya que Yurde se queda aquí, acuérdate de ponerle la cataplasma caliente.

—Que sí, que no te preocupes.

Cuando terminé, mi madre se acercó a la puerta de la cocina.

—Bueno, hija. Creo que es hora de que nos vayamos.

Me despedí de Yurde en la puerta. Antes de irme, me retuvo.

—Si lo que le dijiste al conde es cierto, los quiero todos. Y voy a asegurarme de que los míos borren el suyo del recuerdo.

Mi madre tiró de mí antes de que pudiera darle una respuesta.

Tardé un momento en entender a qué se refería.

Lo recordé de pronto; le había dicho a Cibrián que todos mis besos serían para Yurde.

Un rubor me subió desde el vientre. Me fui con una sonrisa que se me quedó pintada en el rostro durante gran parte del camino a casa de Nieves.

Hasta que un presentimiento me dio un vuelco al corazón y giré la cabeza a mi derecha.

Vi una silueta desvanecerse en las sombras.

Las volutas del humo de su cigarro se quedaron suspendidas en el aire el tiempo suficiente para convencerme de que no había sido una ilusión.

Apreté el paso y no lo aflojé hasta que entramos en el portal.