24. Un pañuelo nuevo y enfermería en la cocina
A lgo más preocupada por la lluvia desde la conversación que los hombres habían mantenido durante la comida, me centré en las telas que tenía delante.
No sé si las experiencias de los últimos días me habían enseñado algo de provecho, pero sin duda me hicieron más desconfiada.
Pues el cambio de mi madre hacia mí fue tan extraño que me costó creerlo.
Volvíamos a trabajar juntas, como siempre.
Me hablaba y me miraba con cariño y yo la miraba a ella con recelo, esperando a que llegara una alusión a don Cibrián, a mi negativa, al deber para con la familia o algo similar.
Pero no tocó el tema en ningún momento. Se dedicó a hilvanar mientras yo volvía a la máquina de coser a terminar una camisa para Yurde.
Había usado como base las medidas de Diego y luego adapté el patrón.
La ropa para los niños podía esperar, porque Mercedes tenía de los suyos que ya se les había quedado pequeña.
Nunca habíamos hecho tanta ropa en tan poco tiempo, pero que los diseños fuesen tan sencillos, que fuésemos dos y que mi madre llevara tantos años de experiencia hizo mucho.
Además, lo que más tiempo se llevaba eran los pantalones de los hombres y con esos aún no habíamos empezado.
Cuando acabé, cogí todos los retales de tela que habían caído al suelo.
—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó.
—Una muñeca para Ángela.
—Espera. —Se levantó y cogió una madeja de lana negra de una de las bolsas de tela—. Toma, para el pelo.
La cogí con una sonrisa y los aparté en una silla para cuando terminara con la ropa.
—Le hará mucha ilusión. Tanto que no me soltará del cuello en un buen rato. En eso se parece a su madre, qué manía de engancharse al cuello.
Mi madre se rio.
—Sí, son muy cariñosas —dijo—. ¿Ya has terminado la camisa de Yurde?
—Sí, quiero ponerme ahora a hacer el patrón para doña Anjara.
—No es necesario. ¿Para quién crees que es este vestido?
—¿Es para ella? Pensé que era para usted.
—Bueno, he usado mis medidas… aunque les he añadido unos cinco centímetros de cada lado. Esto es a ojo, veremos cuando se lo pruebe qué tal le queda.
—Creo que le quedará bien.
—Eso espero.
El corazón se me quiso salir de la boca cuando oí la puerta de entrada y escuché la voz de doña Anjara.
Si estaba ella, quizá también estuviera Yurde.
Dejé la camisa, que ya estaba lista, y salí a recibirlos.
Las mariposas volvieron a pasearse por mi vientre en cuanto lo vi.
Las ondas de los mechones de pelo negro brillante bailaban sobre su frente mientras se quitaba a los sobrinos de encima.
Lo habían acorralado para ver lo que llevaba en su bolso de tela.
Acostumbrados a que el tío Yurde llevara siempre cosas buenas a casa, pensaban en cómo repartirse el botín. Sonreí al ver la escena.
—Lo siento mucho, pero hoy no hay nada para vosotros. Ni siquiera se puede comer —les dijo.
Laro se volvió a la habitación rutando [14] y allí siguió jugando con el tren de madera de su primo.
Después de un momento, doña Anjara reparó en mí. Debí verme bastante deplorable. Se llevó una mano al pecho. Se acercó y me cogió la cara entre las manos para verme bien.
—Eso no estaba así antes.
El morado debía de estar oscureciéndose.
Me miré en el espejo de la entrada. Desde luego, mi aspecto era lamentable.
El golpe del pórtico había dejado un derrame de color amarillo verdoso a lo largo de la cara y el cuello.
El pómulo de la otra mejilla estaba abultado alrededor del corte del anillo del conde.
Curiosamente, el codazo de Yurde no había dejado huella. Aun así, mi aspecto daba pena.
—No se preocupe, casi no me duele —dije lo más genuinamente que pude.
Doña Anjara echó una mirada a Yurde, que se acercó también, sigiloso, como siempre.
Él no se veía mucho mejor que yo. El brazo en cabestrillo.
Ya no llevaba la venda en la cabeza, pero se le veía la brecha que bajaba un centímetro por la frente y el morado estaba remitiendo.
Tenía unas ojeras enormes y los ojos hundidos.
Había estado llorando. Probablemente después de que su madre le cantase las cuarenta.
—¿Cómo estás tú?
—Estoy bien —respondió angustiado. Continuó en un susurro—. Si pudiera hacer que todos esos golpes me los hubiera llevado yo también, lo haría.
—Bueno, no os quedéis de pie —habló Mercedes, que traía un par de sillas de la salita, donde habíamos estado cosiendo.
Me senté al lado de mi madre, nerviosa, como si fuese la primera vez que veía a esas personas.
Quizá porque descubrí que la relación con ellos ya no era la misma.
Aunque, según todos, nada había cambiado. Sería mi percepción.
—Abi, te he traído algo. Si me lo permite, doña Sinda —le dijo a mi madre—, querría entregarle un regalo a su hija.
—Claro, hijo. Nosotras también tenemos algo para vosotros —repuso mi madre.
—Yurde, no tenías que haberte gastado el dinero —dije, abrumada—. Vas a necesitar cada real.
—Lo compré antes de la surada. Quería dártelo la tarde del cine, pero todo se torció.
Sacó un pañuelo de la bolsa. Era de algodón y tenía flores rojas pequeñas estampadas.
—¡Oh! Yurde… —exclamé, conmovida—. Es precioso.
—Me alegro de que te guste —dijo, sonriente.
Me sentí violenta y desvié la mirada, sin saber dónde posarla, pues al pasearla por la sala todos nos miraban y parecían divertidos. Noté cómo el rubor me cubría la cara y bajé la cabeza hacia el pañuelo.
Mi madre rompió la tensión.
—Es muy bonito, Yurde. Y le vendrá muy bien. Perdió los suyos en el incendio.
—Sí que es bonito —añadió Marina, que había salido de la cocina y comprobaba el tacto del pañuelo.
Mi madre se levantó y se perdió en la sala de costura.
Apareció al cabo de un momento con el vestido y la camisa de Yurde en las manos.
Puso esta en una silla y le tendió el vestido a su consuegra.
Mientras hablaban, yo observaba la expresión de la señora Anjara, entre agradecida y abrumada, muy parecida a la de su hija, Marina.
La ternura me arrancó una sonrisa. Miré a Yurde, que me observó sonriente, con una expresión que no supe interpretar.
La sangre se me congeló y aparté la mirada nerviosa.
Tenía sentimientos encontrados. Por un lado, sentí el impulso de correr y salir de esa sala, pero, por otro lado, si Yurde estaba allí, tan cerca, no quería estar en ningún otro lugar.
—Para ti también hay algo —habló mi madre, dirigiéndose a Yurde. Cogí la camisa de la silla y se la tendí.
—¿Para mí? —preguntó visiblemente azorado.
—Es una camisa —dije.
Sonrojado e inquieto en la silla, la tomó y se la quedó mirando como quien ve un problema de álgebra complicado.
—No era necesario, de verdad, doña Sinda —dijo.
—No ha sido cosa mía, hijo. Pero, si no lo hacía ella, lo hubiera hecho yo. Te digo lo mismo que le he dicho a tu hermana. No voy a vestir a media ciudad estando los míos desnudos.
Las orejas de Yurde se pusieron al rojo vivo.
—¿La has hecho para mí?
Yo me arrebolé.
—No es la primera vez que te hago ropa —comenté, quitándole importancia.
—Sí, pero… —No terminó la frase. En lugar de eso, se rascó la cabeza y se apresuró a la habitación para probársela.
—¿Usted no se prueba, doña Anjara? —pregunté—. Ande, a ver cómo le queda.
—Espera que salga mi Yurde, primero, que quiero ver cómo le cae.
Yurde salió unos minutos después con la camisa puesta.
Estaba hecho un pincel. Un poco más tranquila, si lo observaba como costurera, me levanté y le mandé hacer lo mismo que a Diego.
Los puños y las mangas le quedaban bien.
Algo justas en las muñecas si se abrochaba los botones, pero él siempre llevaba los puños abiertos y remangados, así que le dio igual.
—Venga, doña Anjara. Le toca —dije, volviéndome a ella.
—Pues voy a necesitar tu ayuda —accedió, levantándose con esfuerzo.
La acompañé al dormitorio y se empezó a desvestir.
—Eres un sol —declaró cuando la ayudé a calzarse el vestido.
—Qué va, doña Anjara —protesté—. Estoy muy lejos de ser un sol. Ni alumbro, ni caliento, ni hago crecer las flores. Me da a mí que todo lo contrario.
—A mi casa siempre traes luz, hija mía —dijo, mientras se abrochaba los botones. Luego me miró—. Tan buena y hacendosa. Siempre traes luz.
Se dirigió a la puerta y la seguí pensativa. Estaba más cariñosa que de costumbre. ¿Sería por mis heridas? ¿O me había notado el cambio?
Después de las alabanzas y agradecimientos por la ropa que, bien pensado, no serían piezas que ninguno de nuestros clientes habría encargado por la sencillez y el tono plano del diseño, Francisco tomó la palabra.
—Me alegro de que estéis aquí —dijo—. Hemos estado hablando.
Aquí ya somos muchos y hemos pensado en una mejor manera de repartirnos.
Madre —se dirigió a doña Anjara—, usted se quedará con Nieves, como hasta ahora, pero doña Sinda y Abilia se irán con usted.
Si no les importa —miró a mi madre—, allí tendrán una habitación para las dos y así cada matrimonio tendrá una habitación aquí.
Yurde, tú dormirás en mi sofá. No se preocupe, señora Sinda, la máquina de coser y las telas seguirán donde están.
Durante el día podrán venir aquí a coser.
—Me parece bien, hijo —concedió mi madre—. Lo que vosotros dispongáis, eso se hará. Demasiado buenos estáis siendo.
Mientras mi madre hablaba con Francisco y doña Anjara, le hice una seña a Yurde y me acompañó a la cocina. Marina nos siguió.
—Marina, ¿dónde has puesto el ungüento?
—Lo dejé en la estufa, para que no se enfriara. Espera que lo traigo.
Marina salió por la puerta y me sentí incómoda. ¿Cómo era posible? Llevaba toda la vida a solas con él y, ¿ahora me incomodaba?
—Gracias por la camisa.
—No es nada del otro mundo, es muy sencilla.
—No necesito más —dijo con una sonrisa.
—Lo sé —contesté—. Te contentas con poco. Pero algún día te haré un traje con chaleco, corbata y todo. Te quedaría a ti mejor que a todos los señoritos a los que he vestido.