Vientos de cambio y cenizas 23. Que lloren, que para llorar se han hecho #3
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23. Que lloren, que para llorar se han hecho #3

—¿En serio? —La confesión me pilló por sorpresa.

Al parecer, la referencia al libro había despertado algo en ella, quizá un recuerdo, pues su semblante estaba taciturno.

Le di lo que me había pedido y coloqué un par de platos más en la pila—.

Yo te puedo enseñar —me ofrecí, para hacerla sentir mejor.

No sabía que Marina tenía esa inquietud. Cierto era que nunca antes lo había expresado. Pero ella no había ido a la escuela como yo y me apenaba no haberme dado cuenta.

—¿De verdad? —preguntó ilusionada.

—¡Claro! Pero ¿cómo no me lo has dicho antes, mujer? —dije—. Ya podrías haberte leído todos los libros de tu casa y de la mía.

Mi rostro se ensombreció al recordar que aquello ya no era posible porque se habían quemado.

Marina, en cambio, se agitó mucho y sollozó en silencio.

A pesar de la facilidad con la que domó el carácter de Diego, el cariño con el que cuidaba a sus hijos y la fuerza con la que tiraba de todo para adelante, ella había perdido su hogar, como mi madre y como yo.

A mí se me olvidaba, porque hasta entonces no se había notado en su ánimo, excepto la tarde que pasó cerca de su casa, en la bahía.

Mis palabras fueron la gota que colmó el vaso. Había metido la pata.

—Eh, vamos… —dije y la abracé—. Perdóname, que estoy tan metida en mis cosas que se me olvida que tú te has quedado también con el cielo arriba y la tierra abajo.

Se permitió llorar unos minutos más y luego recobró la compostura. Se limpió las lágrimas y siguió con su tarea.

—¡Ay! ¡Qué tonta, por favor! Es que tengo muy buenos recuerdos en mi casa, con Diego, y me han venido todos de golpe. Diego me los leía, ¿sabes? —contó sonriente. Yo no entendí y se me debió notar en la cara, porque se explicó—: Los libros.

—¿En serio? —reaccioné contrariada—. ¿Y por qué no te enseñó él a leer? —pregunté.

—Pues… no se nos ocurrió. Yo solo le pedía que me los leyera y él lo hacía encantado. Además, que me gustaba mucho escucharlo con esa voz tan bonita que tiene.

—Sí, cuando no grita, sí —concedí y me reí. Me lanzó el trapo, mientras dibujaba media sonrisa y fruncía el ceño.

—No grita tanto, te lo aseguro. Es que últimamente está muy estresado. Y lo del conde no ayuda…

—Bueno —dije—. Pues, si quieres, pídeselo a él primero. Y, si no quiere, entonces te enseño yo, ¿vale?

Marina sonrió.

—Vale —accedió ilusionada.

—Perdóname, no he querido traerte recuerdos dolorosos.

—No te preocupes —dijo contenta de nuevo.

Hacía dos días, la imagen tan tierna de Diego leyendo para Marina me habría sido imposible de imaginar, pero, después de ver lo cariñoso que era con ella en la intimidad, me inspiró ternura.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando me imaginé en la misma situación con Yurde.

Pensar en él me recordó que tenía que preparar un ungüento para su hombro.

—¿Sabes si Mercedes tiene romero? —pregunté.

—¿Romero? —Rebuscó en un cajón—. ¿Para qué lo quieres?

—Para preparar un ungüento para Yurde. Tiene que estar rabiando del hombro.

—Toma —me ofreció dos ramas de romero liadas en una tela de algodón—. ¿Es suficiente?

—Tendrá que serlo —dije—. Tengo que infusionarlo en un poco de aceite. —Me dio un frasco—. ¿Y algunos granos de mostaza? Es que le iría bien una cataplasma caliente por la noche.

Mi cuñada rebuscó.

—No hay. Pero alguna vecina tendrá.

—¿Me acompañas a prepararlo?

Bajamos a la calle y, bajo un techado, al resguardo de la lluvia, encendimos el fuego. Mi cuñada me sonrió. Yo le devolví la sonrisa, desconcertada.

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? —Se encogió por el frío y se arrimó al fuego—. ¿No tienes nada que contarme?

—¿Sobre qué?

—¡Ay, no te hagas la tonta que Diego ya me lo ha dicho!

Hablaba de Yurde. De mi cambio de afecto hacia él, en concreto.

—¡Tú tienes la culpa!

—¿Yo?

—Tú y tu cuñada Mercedes, con aquella charla en la bahía.

—No me digas que…

—Que ahí me percaté de que no podría casarme con ningún otro. Encima, cuando me di cuenta y me iba a ir con vosotras, lo vi a lo lejos con la redera aquella, que no sabes lo lagarta que es, y los celos me comieron por dentro.

—¿Y no pensabas decírmelo? Trae, que a ese paso no terminamos nunca. —Me quitó la cuchara de madera y removió el aceite.

—¡No lo acerques tanto al fuego, que lo vas a quemar! —protesté.

—¡Qué se va a quemar! Anda, que nos vamos a congelar. Y no me cambies de tema. Después de todo el tiempo que llevo esperando para esto, de todas las charlas que hemos tenido…

—Más bien, las charlas que me has dado.

—Lo que sea. Me tengo que enterar por Diego. Que está muy bien que me hayas hecho caso y tengas más comunicación con tu hermano, pero vamos, que para esto ya podías haber venido a mí primero.

—Se lo dije a Diego porque surgió la conversación, pero no quería decírselo a nadie antes de hablar con Yurde.

—En eso tienes razón. Esto ya está.

Apartó la sartén, apagó el fuego y volvimos a casa de Mercedes.

—Por cierto, que ya me podíais haber contado también lo que se sufre estando enamorada. Si antes no soportaba la espera de verlo llegar sano y salvo en la barca, ahora ya no soporto el tiempo que no está conmigo.

—Nadie se muere de eso —me dijo, entre risas.