Vientos de cambio y cenizas 23. Que lloren, que para llorar se han hecho #2
70%

23. Que lloren, que para llorar se han hecho #2

—Eso es cierto —confirmó mi madre, que traía el pan y los vasos.

—Y por la mano de obra no hay que preocuparse, aquí tu hermano es un buen carpintero —comentó Francisco mirando a Diego—. Digno hijo de su padre.

—Hace años que no toco una sierra, Francisco —protestó—, pero lo haré lo mejor que pueda.

Nos sentamos a comer. Desde luego, aquellas dos mujeres eran una bendición. Con restos de aquí y allí habían hecho un cocido para todos que además nos supo a gloria. Tenían magia en las manos. Debía de ser el cariño que le ponían a todo. Diego hacía bien en idolatrar a su Marina.

La conversación de Francisco y de Diego giró en torno a la lluvia.

Lo que a mí me había parecido un regalo del cielo contra el fuego, a ellos empezaba a preocuparles, porque la intensidad estaba aumentando y suponía un peligro para las debilitadas estructuras de los edificios afectados.

El riesgo de derrumbe era cada vez más probable.

Cuando terminamos de comer, me llevé a Laro y a Ángela a la salita a cogerles las medidas, porque a estos sí que no había ojo de buen cubero que los vistiera. Crecían por días.

Mercedes puso a los niños a hacer la tarea. Yo dejé a mi madre con los patrones mientras cambiaba las vendas de Diego, luego volví a la máquina para terminar la camisa de mi hermano.

◆◆◆

Cuando salí con la camisa, oí la voz de Francisco y la de los niños en el salón. Me dirigía allí en busca de Diego cuando escuché voces salir de la habitación de mis sobrinos. Al acercarme, distinguí la voz de mi hermano, que hablaba casi en susurros.

—Eso también me preocupa, pero ahora mismo lo más importante es salir de aquí. Hay demasiada gente en la casa, y no podemos aguantar esta situación mucho tiempo.

Supuse que hablaba con Marina. Si para mí resultaba incómodo hacer vida en una casa ajena, no imaginaba lo que supondría para la privacidad de un matrimonio. Después de esas palabras me dio más reparo llamar a la puerta. Cuando lo hice, Diego calló.

—¿Diego? —pregunté.

—Un momento —dijo. Un minuto después abrió la puerta. Eché un vistazo a la habitación, parecía vacía.

—¿Estás bien? —pregunté.

—¿Qué quieres? —preguntó sujetando la puerta con una mano de tal forma que no pudiera pasar. Tenía el semblante serio y parecía malhumorado.

—Pruébatela. —Le extendí la camisa. Él se la quedó mirando y luego volvió a mirarme mientras la cogía en silencio.

Se la probó frente a mí.

—A ver, estira los brazos —pedí. Cuando lo hizo, le revisé los puños—. Ahora, crúzalos. ¿Te tira de la espalda? ¿Te mueves cómodo?

—Está perfecta —dijo. Me dedicó una enorme sonrisa que decía mucho más que las palabras. Le sonreí yo también.

—Pues te dejo que sigas hablando solo —me burlé de él—, que me queda mucho trabajo aún.

Él mantuvo la sonrisa en los labios y entornó los ojos, que me miraban fijos mientras yo iba a la cocina a por una infusión.

Los dedos de las manos se me habían quedado helados.

Encontré allí a Marina, que ayudaba a Mercedes a preparar los avíos para la cena.

Pelayo llamó a su madre y Mercedes salió de la cocina.

Toda el agua caliente se había usado para el café de la sobremesa, así que tuve que conformarme con un poco del que había sobrado y que en esos momentos estaba tibio.

Después de tomarlo, continué con la labor que Mercedes había dejado a medias.

Seguimos cada una en su tarea y durante un rato solo se escuchó el ruido de cacharros y del agua.

—Anoche, mientras volvíamos a casa, Diego me contó lo que pasó con don Cibrián y el supuesto robo de tu paraguas. No entiendo por qué no me lo contaste, aunque me alegro de que se lo confiaras a tu hermano.

—Lo siento mucho, Marina. No quise preocuparte.

—Pues luego no se notó, que te subiste en aquel buque y el corazón se me salió del pecho.

—En mi defensa diré que no esperaba que te enterases. Ya se sabe el dicho: ojos que no ven, corazón que no siente. Sinceramente, no pensé. Solo me desesperé. Tengo mucho miedo, Marina. Siento un gran desprecio hacia Cibrián Cobo y, además, me aterra.

Por primera vez desde que la conocía, Marina pareció quedarse sin nada que decir. En otra ocasión me habría consolado, pero quizá ni siquiera ella estaba convencida de que la situación acabara bien. Entre las dos colocamos la vajilla, que ya había escurrido en la pila.

—¿Conoces el cuento Historia de una mariposa y una araña , de Gustavo Adolfo Bécquer?

—No, ¿de qué trata? —preguntó Marina.

—Pues… en principio, parecen un par de anécdotas absurdas del escritor.

En una, mata por accidente a una mariposa y siente pesar por ello.

Y en otra, mata a una araña a pedradas, a conciencia y con saña.

Pero de lo que me he acordado es de la reflexión que hace al final cuando dice: «¿Por qué han de ser tan feas las arañas y bonitas las mariposas?

¿Por qué nos ha de remorder el llanto de unos ojos hermosos, mientras decimos de otros: “Que lloren, que para llorar se han hecho”?

». —Marina se sonrió—. Y eso es lo que me pasa a mí con don Cibrián, que pienso: que rabie, que grite y patalee, que para eso lo hizo su madre.

¿Qué me puede importar a mí la desventura de ese hombre por no tener lo que quiere, como si de un niño caprichoso con una pataleta se tratase?

Pero sí que me importa, si se desquita con mi hermano, con Yurde o cualquiera de la familia.

Y ahora tengo la sensación de que he empeorado las cosas al lanzarle todas esas piedras a la araña.

Marina no dijo nada. Se quedó pensativa.

—Me hubiera gustado saber leer —dijo con pena—. Acércame el cucharón.