Vientos de cambio y cenizas 23. Que lloren, que para llorar se han hecho
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23. Que lloren, que para llorar se han hecho

L levaba un buen rato sentada en los escalones que subían a la casa de Yurde, con el caramelo en la mano, llorando desconsolada, cuando doña Anjara entró en el portal.

—Abiuca, hija, ¿qué haces ahí? Que vas a pillar frío.

—Estoy esperando a Yurde —respondí a la vez que me levantaba y me limpiaba las lágrimas con la manga.

—¿No estabais juntos?

—Sí. —Le cogí una bolsa de la compra y subí con ella las escaleras—. Pero se enfadó conmigo y se fue.

—¿Que se enfadó contigo? Si vosotros nunca os enfadáis —dijo con expresión de auténtico asombro.

—Es que su papá le dio un caramelo y yo lo tiré al agua. Me gritó y se fue. Pero no lo tiré. —Se lo enseñé—. Era una broma.

—Bueno, bueno. No llores. —Entramos a su casa y dejamos la compra. Luego me limpió las lágrimas—. Ya sabes que a Yurde no le duran los enfados. ¡Con lo que te quiere! Ya verás que se le pasa enseguida. ¿Quieres esperarlo aquí?

—No, me voy a casa.

Doña Anjara me dio un beso en la mejilla y bajé las escaleras. Al llegar abajo, me crucé con Yurde, que volvía.

—¿Abiuca? —Se sorprendió de verme.

—Toma —dije, llorando. Le extendí el caramelo y él se lo quedó mirando, con la misma expresión—. No lo tiré. Era broma, no te enfades.

Yurde lo cogió.

—¡Anda! Ya no me acordaba. Toma —me lo devolvió—, para ti. Mi papá me ha dado otro.

—No, es tuyo —insistí, limpiándome las lágrimas.

—¡Qué tontuca ! —exclamó—. ¿Estás llorando por eso? —Yo asentí y él me abrazó—. No llores, ¡si el caramelo está aquí!

No lloraba por el caramelo, sino por haberlo enfadado. Pero me di cuenta de que doña Anjara tenía razón, los enfados no le duraban nada. Desenvolví el caramelo y me lo metí en la boca.

—¿Me has esperado aquí todo el rato?

—Sí. ¿Dónde has estado?

—Fui con Colás a la bahía, a ver quién tiraba piedras más lejos.

—¿Y quién ganó?

—Francisco —respondió. Yo me reí.

—Es que él es mayor y lanza más fuerte —dije.

—Sí. Más fuerte que Diego y todo —reconoció, molesto—. Por eso no me gusta jugar con ellos. Prefiero contigo o con Colás.

—Bueno, me voy —dije.

—¿Luego vamos a la fuente?

Asentí y volví a casa contenta.

◆◆◆

Desperté en el salón de la casa de Mercedes. La habitación estaba en penumbra. El manto de nubes y la lluvia impedían al sol entrar por la ventana. Yurde me miraba, sentado en una silla, a mi lado.

—Abilia. —Se envaró—. ¡Menos mal que despiertas! ¿Cómo te encuentras?

Intenté recordar cómo había llegado hasta allí, pero no tuve éxito. Lo último que recordaba era estar agazapada entre las barcas. El frío volvió.

Intenté incorporarme y me mareé. El dolor de cabeza me nubló la vista y cerré los ojos.

—Descansa, no te levantes —me dijo.

—¿Qué ha pasado?

—Volvíamos a casa cuando te desmayaste. Cuando intenté reanimarte y no reaccionabas, me asusté mucho.

Me vinieron a la memoria los sucesos de las últimas horas. Mi huida, la barca rota, Diego, Cibrián, la pelea… Abrí los ojos y miré por la ventana. El día estaba nublado y llovía, no supe bien qué hora era.

—¿Cuánto tiempo he dormido?

—Ocho horas.

—¿Y has estado aquí todo ese tiempo?

—¡Pues claro! Estaba muy preocupado.

Los ojos se le anegaron en lágrimas. Bajó la vista para ocultármelas.

—Y ¿cómo volví a casa?

—En mis brazos —respondió y se limpió el rostro con la manga con la cabeza aún gacha.

Miré su brazo derecho, que estaba en el cabestrillo de nuevo. Me incorporé.

—¡Yurde, tu hombro!

—Eso no importa ahora. —Elevó la mirada vidriosa y me acarició el rostro, con cuidado de no tocar mis heridas.

—A mí me importa. —Le aparté la camisa y vi el hematoma por el golpe del bastón. Lo acaricié con cuidado. Se me saltaron las lágrimas—. ¿Con el hombro así me has traído a casa?

—No pasa nada, Abi. Está bien.

—No está bien. ¿Te has quedado aquí en lugar de ir al hospital? ¡Que se te ha salido el hombro dos veces en tres días! —repuse, sin dejar de mirarlo. No contestó, que fue una forma de contestar—. Tengo que ponerte algo. Una cataplasma, un ungüento. Voy a…

Al levantarme, la habitación me dio vueltas.

—Está bien, enfermera —dijo Yurde, cortándome el paso—. Luego harás todo eso. Ahora tienes que descansar.

Me llevó al sofá de nuevo y yo me dejé hacer.

—Está bien —accedí—. ¿Dónde están Marina y mi madre?

—Guisando, están a punto de llegar. —Me obligó a tumbarme y me puso una compresa fría—. Al menos te ha bajado la fiebre. —Me sonrió—. Tengo que irme a hacer unos recados para mi madre. ¿Puedo confiar en que te quedarás tumbada y serás una buena paciente hasta que lleguen Marina o Mercedes?

—No lo sé. ¿Puedo confiar en que mantendrás ese brazo inmóvil?

Lo miré y le dediqué una sonrisa. Él me la devolvió.

—Hagamos un pacto entonces —dijo—. Yo no usaré este brazo y tú te dejarás cuidar.

—Trato hecho.

Escuchamos la puerta de casa y, segundos después, Mercedes entró al salón. Yurde se levantó de la silla.

—Yo me voy. La dejo a tu cuidado —le dijo, y se marchó.

La cabeza parecía querer explotarme y tenía la cara adolorida.

—Abi, querida, ¿cómo te encuentras?

—Me duele la cabeza, pero estoy bien —respondí. Se sentó a mi lado.

—Siento mucho lo que ha pasado, Yurde nos lo ha contado, aunque tu madre solo sabe lo del mareo. —El rostro de Mercedes se ensombreció—. Jamás pensé que ese hombre se atrevería a destrozar la barca ni a golpearte. No tiene escrúpulos.

—Mercedes… tengo miedo —lloré. Me apretó la mano.

—Estás a salvo, en casa, así que no pienses en ello ahora. Lo primordial es que descanses y recuperes la salud.

Asentí y cerré los ojos. El repiqueteo de la lluvia fue mi nana. No sé cuánto tiempo más dormí hasta que Marina apareció golpeando la puerta con el pie, pues venía cargada con la olla de cocido.

Tardó en venir a verme lo que se demoró en dejar la olla en la cocina.

Doña Anjara también vino a visitarme. Me sentí feliz de verla. Me dio un cálido abrazo.

—Abilia, cariño, ¿cómo estás? ¿Has descansado lo suficiente?

—Sí, doña Anjara, no se preocupe. Ya me ha bajado la fiebre. Me encuentro mucho mejor.

—Pero mírate esa cara, ¿cómo ha podido hacerte esto mi hijo? —Se llevó una mano a la boca avergonzada.

—Pierda cuidado. Tuve yo la culpa, que me puse en medio. Además, esto —me señalé el pómulo— me lo hizo el conde. Y eso sí que no fue un accidente.

—Lo sé, hija mía. Aun así, no justifiques nunca un golpe. Acabarás justificando hasta los que no tienen excusa. —Me dio un beso en la frente y se levantó—. Te prometo que mi hijo me va a oír.

Quise protestar, pero mi madre llegó con los niños. Mis sobrinos se me acercaron con expresión entre asustada y triste.

—¿Qué te ha pasado, tía? —preguntó Laro.

—Nada, cielo. Un resbalón en las rocas, que son muy peligrosas, sobre todo cuando llueve. —Aproveché para darles una advertencia, porque a esos dos les daba por jugar en ellas muy a menudo, como a su padre y a mí cuando éramos pequeños.

Anjara se marchó y Ángela y Laro se sentaron conmigo en el sofá, pidiéndome más detalles sobre mi aventura. Los toreé mandándolos a lavarse las manos para comer. Mi madre me abrazó.

—Hija mía —dijo con la voz temblorosa—, no sabes el alivio que siento al verte despierta.

—No se preocupe, madre. Ya pasó —contesté con menos emoción de la que me hubiera gustado.

No entendía por qué de repente levanté un muro entre las dos. Había añorado su cariño y, ahora que lo tenía, no me reconfortaba. Quizá seguía resentida y en mi interior tenía la necesidad de devolverle un poco de mi malestar.

Ese día comimos algo más tarde, pues tanto Diego como Francisco fueron al peñón a ver el estado de la barca y evaluar los daños para comprobar si tenía arreglo. Eso me tranquilizó. Saber que Yurde podría tener de nuevo la barca de su padre, que podrían restaurarla, fue un alivio.

No quise imaginar lo que me esperaba cuando volvieran a casa.

Aguardé nerviosa mientras jugaba con Laro y Pelayo, con un caballo de madera de este último.

Y al fin llegaron. Francisco me apretó la mano con cariño y me dio una bolsa de tela con unos caramelos.

El detalle me pareció entrañable, viniendo del mayor de los hermanos Alonso, que además era el más tímido.

Diego sujetó mi rostro entre sus manos y lo observó con cuidado.

Debía de ser un poema. Soltó un largo suspiro.

—Solo a ti se te ocurre separar a dos hombres en plena pelea —dijo.

—Lo he intentado, Diego… ¿Por qué crees que quise irme? Te juro que lo he intentado. Si lo rechazo, se impone; si le doy largas, presiona; si no hago nada, me fuerza.

Diego miró al suelo, pensativo.

—El conde va a ser un problema más gordo del que pensé.

—Probé lo único que me faltaba —continué—. Lo amenacé. Le dije que se cuidara de atentar contra mi familia de nuevo, porque tiene quien la defienda y la próxima vez no os detendría.

Diego soltó una carcajada.

—Eso no me lo esperaba —Mi ocurrencia pareció divertirle. Apoyó su frente en la mía y bajó la voz a un susurro—. Debiste dejar que Yurde se desahogase, se habría terminado nuestro problema. —Se separó de mí y me besó la frente.

Me quedé sopesando si esas últimas palabras las había dicho en serio o en broma.

—Hermano, me dijo que aún no ha dicho su última palabra. —Mi hermano asintió y entrecerró los ojos, enmarcando la mirada punzante en una expresión que me dio miedo—. Por cierto, ¿cómo sigue tu herida?

—Está bien. Marina me la curó anoche y hoy está mucho mejor.

—Luego le echaré un vistazo.

Se sentó a la mesa, junto a Francisco. Yo me levanté y fui a la cocina para ayudar. Me echaron de allí. Que eran muchas manos, que la cocina era pequeña, que yo estaba convaleciente… Al final las convencí de que estaba lo suficientemente bien para ayudar, así que me dejaron poner la mesa.

—¿Cómo veis la barca? —pregunté a Diego y Francisco, mientras colocaba los cubiertos—. ¿Tiene arreglo?

—Quedará bien, aunque hará falta bastante madera y tardaremos algo en conseguirla —dijo Francisco.

—Seguro que Iyán no tendrá problema en proporcionarnos la que necesitemos a cambio de una suma prudente, unos cuantos peces y mantas. Él también ha perdido su negocio y necesita levantarlo —dije.