22 Aún no he dicho mi última palabra
—¿P or qué ha dicho eso? —preguntó Yurde.
—Ya conoces a Diego —contesté. No era el momento para esa conversación. No quería enturbiar el que debía ser un recuerdo bonito con lo que estaba a punto de ocurrir.
La noche estaba menos cerrada, aunque seguía nublado. A pesar de la ropa seca, con el pelo y los zapatos mojados, no resultaba agradable.
Esperamos en silencio, sentados en las rocas. El alba apareció débil, debido al tupido manto de nubes que soltaba una lluvia suave y fina.
—¿Por qué lo has hecho? —preguntó.
Nunca me había mirado de una forma tan triste.
—Porque no voy a dejar que Cibrián descargue su ira sobre ti después de que te ha roto la barca. No voy a…
—No —me interrumpió—. ¿Por qué te subiste al barco?
—Ah, eso... —Bajé el tono de voz y me sentí avergonzada—. Porque me sentí atrapada y desesperada.
—¿En serio? La última vez que hablamos parecías bastante decidida.
—Han pasado muchas cosas. Han «cambiado» —maticé— muchas cosas.
—¿Como qué?
Suspiré.
—Es una larga historia. Te la contaré cuando volvamos a casa.
—Pues, si en algún momento vuelves a sentirte tan mal que huir te parezca la única solución, dímelo. Para que pueda irme contigo. —Levanté la cabeza y lo miré a los ojos. Vi una profunda tristeza. Apartó la mirada y se peinó el pelo bajo la gorra.
—Tranquilo, lo haré —prometí con una sonrisa.
—¿Qué?
—Que la próxima vez huiré contigo. Nos iremos en tu barca a la costa de Francia.
Yurde se sorprendió un momento, luego se acercó a mí con expresión dolida.
—No me digas esas cosas. Me confunden, como el abrazo de la madrugada pasada.
—Créeme que no es mi intención herirte. Puede parecer una fantasía, pero lo digo en serio.
Su mirada me pareció la más triste del mundo.
—Ya me ha dicho Marina que esta mañana te han robado el pescado. Lo siento mucho, debí acompañarte.
Negué con la cabeza. Abrí la boca para contestarle y contarle mis sospechas de que Cibrián estaba detrás de aquel robo también, pero en lugar de palabras me salió un estornudo. No me había dado cuenta de que estaba tiritando hasta que Yurde me frotó los brazos.
—Tienes el pelo mojado y estás ardiendo. Deberías haber vuelto con tu hermano, vas a coger una pulmonía.
—No, tengo que terminar esto.
Suspiró.
—Está bien. Terminemos con esto, entonces —dijo en tono enfadado y se dirigió a la casa del conde. Yo lo seguí.
Al bajar la cuesta, vimos a don Cibrián que venía a nuestro encuentro. Yurde avanzaba furioso; el conde, en cambio, venía tranquilamente balanceando el bastón a cada paso, como si estuviera dando un alegre paseo. A los pocos minutos, ya estaban uno frente al otro.
—¡Eres un desgraciado! —gritó Yurde con los ojos inyectados en sangre y le dio un puñetazo.
Don Cibrián reaccionó y le devolvió el golpe en el costado.
Yurde se dobló por el dolor, se abalanzó sobre él y se enzarzaron en una pelea.
Ambos cayeron al suelo, resbaladizo por la lluvia.
Me sentí impotente. Yurde había derribado al conde de un puñetazo en la cara.
Se colocó sobre él y le propinó otro más; a pesar de usar la izquierda, pegaba como un yunque.
Si seguía así, lo mataría, así que intenté quitárselo de encima.
—¡Ya basta! —le pedí. Pero mi amigo, aunque delgado, era un plomo y no fui capaz de moverlo.
Intenté tirar de él desde atrás, pero levantó el brazo para propinar otro puñetazo y me dio con el codo en la sien.
Entonces todo a mi alrededor se hizo una luz blanquecina y brillante.
Dejé de ver a Yurde y sentí una paz y tranquilidad abrumadoras, hasta que oí su voz llamarme con insistencia.
Cuando logré verlo, recordé lo que había pasado y la cabeza entera me empezó a bombear.
—Abi, ¡perdóname! —Al darse cuenta de lo que había hecho, se había detenido, descompuesto. Yo me puse de pie como pude, agarrándome a su brazo. Cogió mi cara entre sus manos y me miró aterrado—. Lo siento mucho, ¿estás bien?
—Sí —respondí, algo aturdida. Llovía de nuevo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Perdóname! —Su voz estaba llena de angustia. Besó con cariño mi rostro lastimado.
—¡Vaya! Veo que te dejas besar por cualquiera —comentó Cibrián en tono amargo.
Se había levantado y se limpiaba la sangre de la boca con el puño de la camisa. Escupió y nos miró con odio.
—¿Dejarme besar? —Me llevé una mano a la cabeza, que me dolía por el golpe. Imprimí todo el desprecio que pude a mi voz—. Me robaste un beso a la fuerza, pero ni uno más. Eso te lo aseguro. Ni tuyo ni de nadie más que no sea Yurde. A él pienso dárselos todos.
Me acerqué más a él para que al conde le quedara claro que lo había escogido. Después de la primera impresión y, al procesar mis palabras, Yurde se abalanzó sobre el conde de nuevo.
—¡Bastardo! —Cibrián levantó el bastón y le dio un golpe en el hombro lastimado. Este le propinó una patada que lo derribó y cogió su bastón—. ¡Como vuelvas a tocarla, te mato! No me va a poder frenar siempre —gritó como un energúmeno mientras yo lo sujetaba.
—Parad ya —grité. Yurde se revolvió y se soltó.
—Debería matarlo y tirarlo al mar —espetó encolerizado.
—Una pena… —dijo don Cibrián—. Me caías bien, muchacho.
Se levantó del suelo y Yurde dio un paso hacia él. Yo me interpuse.
—Yurde, basta —le supliqué. Sabía que era capaz de cumplir sus amenazas y no quería que llevara esa losa en la conciencia—. Dame el bastón.
—Hazle caso, joven —intervino Cibrián—, o la barca no será lo único que pierdas.
Yurde se quedó mirándolo. Yo seguía sujetándolo, con mis manos en su pecho. Notaba cómo el corazón parecía querer saltarle fuera del cuerpo. Estaba temblando y apretaba los puños.
—Por favor… —Bajé la voz a un susurro—. Por favor.
Me miró con la misma expresión que a él.
—¿Te pones de su parte?
—¡No quiero que te manches las manos de sangre!
Yurde lanzó el bastón a las rocas con rabia. Luego me interesé por su hombro lastimado.
Escuchamos unas risas tras nosotros. Me giré de nuevo para quedar frente a don Cibrián, que nos miraba con una expresión jocosa.
—Me encantaba ese bastón, pero tengo otros, no te preocupes. Estás enfadado por tu barca, pescador, aunque, si lo piensas bien, te he hecho un favor —dijo—. El otro día murió un joven cazado en plena faena cuando se dedicaba a asuntos ilícitos como los tuyos.
Yurde dio un paso al frente y yo lo retuve.
—Era el pan de mucha gente —dijo con odio.
—Hay más formas de cuidar de tu familia. Solo con que Abilia me diga lo que quiero oír, tendrás una barca mucho más grande mañana mismo. O, si lo prefieres, no tendrás que salir nunca más a pescar de contrabando. Es un buen trato, ¿no crees?
Yurde frunció el ceño y se tomó un momento, en el que supuse que ató cabos.
Lo último que él supo fue que yo estaba decidida a aceptar al conde, pero después hui en un barco de guerra y le acababa de confesar que algunas cosas habían cambiado.
Supongo que sus pensamientos fueron por ese camino, o alguno parecido, porque pareció entender la situación cuando preguntó:
—Todo esto, ¿por qué? ¿Porque no ha caído rendida a tus pies? ¿Qué pasa? ¿Es que un conde no sabe encajar un rechazo con dignidad?
Cibrián ignoró su provocación y me miró, esperando de mí una respuesta.
—¿Crees que después de lo que has hecho voy a aceptar casarme contigo? —le encaré con tono firme.
—Ya te dije que se acabó lo de andar con tu amigo. Según tú, el problema es que te necesita para salir a pescar. Pues bien, se acabó el problema.
Negué con la cabeza y lo miré con la misma repugnancia que a una cucaracha.
—Y yo te dije que Yurde no era el problema. Vámonos.
Empujé a Yurde, que no se movió del sitio. Quise perderlo de vista lo más rápido posible, aunque lo que realmente deseaba era que Yurde hiciera lo que había dicho.
—¡Abilia! —gritó autoritario. Un par de gaviotas salieron volando y yo me giré—. Yo siempre gano. Sabes que al final aceptarás.
Me acerqué a él, furiosa.
—¡Ni muerta! ¿Me oyes? —grité—. Me has amenazado, me has herido, me has ultrajado, me has mentido y me has presionado hasta decir basta. ¡No puedo más! Eres despiadado, manipulador y cruel. Jamás me casaría con un hombre que daña a la persona a la que dice amar.
Cibrián se tensó como hacía unas horas y me dio el segundo bofetón. El sello de su anillo volvió a abrir la herida que no había dado tiempo a cerrar.
Yurde se abalanzó contra él.
—¡Cobarde! ¿Te atreves a pegarle a una mujer?
Para cuando lo separé de nuevo, le había propinado varios puñetazos más.
—Yurde tiene razón. Se me había olvidado añadir cobarde a la lista —dije llorando.
Me llevé la mano a la cara, que me ardía y sangraba—.
¿Sabes? La razón más importante por la que jamás me casaría contigo es porque amo a Yurde Alonso.
¿Eso te ofende? Pues acéptalo y vive con ello. Esta vez has perdido ante un pescador.
Me miró desde el suelo con los ojos inyectados en sangre por la rabia.
—Y deja en paz a los míos, porque tienen quien los defienda. La próxima vez no intervendré.
—¿Es una amenaza?
—Solo te digo lo que ya sabes. En fuerza, contra Yurde, no tienes nada que hacer, y en poder e influencias… bueno, conoces a Diego mejor que yo. No hay necesidad de empeorar las cosas.
Le di la espalda y tiré de la mano de Yurde para emprender el camino de vuelta. La voz de Cibrián me llegó a través de la lluvia y el viento:
—¡Abilia, aún no he dicho mi última palabra!
No contesté. Seguimos andando, bordeando el peñón en silencio. Miré al mar. Recibía el agua que caía del cielo como una madre con los brazos abiertos. Luego miré a Yurde, que me miraba con atención.
—¿Estás bien?
—Siento lo de la barca —dije—. Ha sido por mi culpa.
—Deja de llorar por un caramelo que se perdió en el mar. —Sonó resignado, pero caminaba desalentado—. Ahora mismo me preocupas más tú.
Decía eso, pero yo sabía que para él la barca no era solo el pan de la familia.
Era el único recuerdo de su padre que lo conectaba a él de una forma especial, pues los dos compartían la pasión por el mar.
En ella se sentía cerca de él. Quizá debí dejar que la vengara, debía de sentirse muy frustrado.
—Yurde, perdóname. —Paré de andar y lo abracé—. Lo que le he dicho a Cibrián…
—Sé que lo has hecho para que te deje en paz —me interrumpió—. Has hecho lo mejor que podías hacer. No sé qué ha pasado para que cambies de opinión sobre su proposición, pero después de esto le habrá quedado claro.
No lo había entendido. Pensó que dije todo aquello sin sentirlo, solo por hacer rabiar al conde. Nunca haría eso a expensas de sus sentimientos. Pero era incapaz de ver los míos, quizá porque yo llevaba mucho tiempo negándolos.
—No, Yurde. —Me separé de él y me llevé una mano a la cabeza—. Tenía que habértelo dicho antes.
Cerré los ojos. La cabeza me dolía a rabiar. Ni siquiera sentía el frío, o la lluvia que me bañaba. Mi cuerpo ardía y me faltaba el aire. Sentí un mareo extraño, como si me encontrara dentro de la barca. Abrí la boca para llamar a Yurde, pero todo se volvió oscuro.