21. Unos raqueros y un patache #3
—Yurde, tenemos que ir al hospital. Se te ha vuelto a dislocar el hombro.
—Colócamelo tú.
—No. Yo he ayudado al médico a hacerlo, pero... Puedo hacerte más daño. Por favor, vamos y que lo haga un doctor.
—Abi, si no lo haces tú, lo haré yo. Pero me fío más de ti.
Miré a Diego y Marina para que me ayudaran a convencerlo, pero ambos me miraban, como esperando a que lo hiciera. Suspiré para sacar los nervios y que las manos dejaran de temblarme.
—Está bien. —Cogí su mano—. Vamos a sentarnos. —Nos sentamos en la tarima. Apreté su mano con cariño para ayudarlo a relajarse y le hablé con suavidad—. Coge aire. Relájate. Los músculos tienen que estar relajados.
Cuando noté que los músculos del brazo se relajaban, con su brazo aún sujeto por la muñeca lo flexioné y lo pegué a su cuerpo.
Roté su brazo lentamente. Yurde no se quejaba, pero noté cómo los músculos del brazo se le tensaban.
Paré varias veces hasta que los músculos se relajaron de nuevo.
Después de unos pocos minutos que se hicieron eternos, noté como el hombro se colocaba en su sitio y Yurde relajó el rostro. El dolor ya no era tan intenso.
—Gracias, Abi. ¿Ves como podías? —me sonrió.
Yo negué con la cabeza y le ayudé a colocar el brazo en el cabestrillo.
—En cuanto volvamos a casa debes ir al hospital. ¿De acuerdo?
Yurde asintió. Lo ayudé a levantarse y miró de nuevo a la barca. Se acercó e hizo ademán de coger la cuerda de nuevo.
—¡No! Ni se te ocurra —grité—. Mejor llamamos a Francisco y que entre él y Diego la saquen.
—No hay tiempo —dijo Yurde—. Está a punto de amanecer.
—Está encajada en la roca —observó Diego.
Sin pensárselo, se metió en el agua y empujó la barca. Marina protestó, pues la herida de su pierna se podía haber abierto con nuestra aventura, pero no le hizo caso. Ambas tiramos del cabo para que no lo hiciera Yurde.
Tardamos un buen rato, pero conseguimos subirla a la tarima. Un enorme agujero en el fondo era el culpable. Yurde se echó las manos a la cabeza y se paseó nervioso por la estrecha pasarela.
—Esto lo han hecho a propósito —dijo Diego.
—Y está claro quién ha sido —añadió Yurde. Estaba furioso, y con razón. Todos supimos que esa había sido la venganza de Cibrián.
En ese momento entendí que había sido muy egoísta. Si me hubiera despeñado por las rocas o me hubiera ido en el Canarias, nada habría cambiado, el daño ya estaba hecho. La barca seguiría rota, como el corazón de Yurde. Había sido una tonta, y mi amigo estaba sufriendo por mi culpa.
—Yurde, lo siento.
Él me miró con sentimientos encontrados.
—Esto no se va a quedar así.
—Desde luego que no se va a quedar así —concordó Diego con un tono de voz fiero—. Pero ahora no hay nada que podamos hacer. Venga. A casa.
—Diego, de veras siento todo esto —volví a hablar.
Cogió aire.
—¡Pues a ver si aprendes! Y acércame la ropa seca, que me voy a enfermar. —Esto último se lo dijo a Marina. Se cambió allí mismo—. Y a madre, de esto, ni una palabra.
—Ni se me ocurriría decírselo —repuse.
—No, si saberlo, lo va a saber. Pero no de tu boca, ¿estamos? —Suspiró—. Confía en mí de una vez.
Asentí. Subimos por las rocas en silencio. Diego iba rezagado por la herida de la pierna. En el pantalón apareció una mancha oscura.
—¡Si es que lo sabía! Ya se te ha abierto la herida. Venga, vámonos ya a casa que te cure eso —dijo Marina.
—Yo voy a quedarme —dijo Yurde.
Diego entendió, igual que yo, lo que pretendía.
Cibrián Cobo no se quedaría con las ganas de comprobar la reacción de Yurde al encontrar así la barca.
Miré a Diego, suplicante. No podía dejarlo enfrentar al conde en ese estado de furia y con el brazo como lo tenía.
No me fiaba de lo que pudiera hacerle. Era capaz de vocear a los guardias y acusar a Yurde de contrabandista. Diego ignoró mi súplica callada.
—Yurde, por favor. No te quedes. Espera a calmarte un poco. Haz caso a Diego. Esto no va a quedar así, pero ahora no.
—Abi, vete con tu hermano. —fue su única respuesta.
Diego tiró de mí y empecé a andar. Estaba segura de que el conde intentaría algo, y Yurde tenía las de perder. No podía dejar que se enfrentase a él solo.
—Diego, yo me quedo con él —dije. Frené en seco la marcha. Diego resopló.
—¿Es que solo sabes tomar malas decisiones? Deja que Yurde solucione sus problemas.
—¡Pero es que este problema es mío también!
Es por mí por lo que Cibrián ha roto su barca.
Y espera verme con él esta madrugada y que me deshaga en ruegos y me rinda a sus pies.
No me he ido en el Canarias, ¿no? Pues déjame enfrentar esto y hacerle saber que su chantaje no ha tenido el efecto esperado.
Diego lo pensó y luego miró a Yurde.
—Prefiero que te vayas, Abi —dijo él.
—No me voy a ir, esto es por mi culpa y lo voy a arreglar.
—¿Puedo volver a casa tranquilo? —cuestionó con tono cansado y mirándose la pierna—. ¿O prefieres que me quede yo también?
—No, Diego, vete —respondió Yurde—. Volveremos enseguida.
—Está bien —aceptó y se volvió—. Pero, Abilia, a un metro de distancia, ¿estamos?
Yo asentí avergonzada y lo vi marchar.