21. Unos raqueros y un patache #2
Diego negó con la cabeza.
—Buceé al fondo, luego hacia la pared del barco y lo rodeé. Nadé en dirección contraria hasta que llegué a la playa. He estado vigilando el puerto desde lejos. Yurde no ha aparecido, así que he venido aquí. Como has visto, todo se tuerce en segundos —me dijo en tono serio.
—Sí. Menos mal que tenías un plan por si salía mal el plan —dije.
—¿Y cuál era tu plan por si salía mal el tuyo? —gritó.
Su tono de voz me estremeció. El llanto volvió. Mi hermano chasqueó la lengua.
—¡Por Dios! ¡Qué fina tienes la piel! —Me acarició el pelo. Sonó cariñoso cuando continuó—. Para el arrojo que demuestras a veces, luego con dos palabras te derrumbas.
Retomé el llanto con fuerza y me quedé abrazada a él hasta que me tranquilicé. Tenía el pecho congelado y me dolía de forma insoportable.
—Es que no lo entiendes.
—Claro que lo entiendo. No eres ninguna tonta.
Has tenido que sentirte acorralada para saltar a ese barco, con tanto miedo que no has pensado en las consecuencias.
Se me olvida que tú no has pasado miedo por tanto tiempo que hayas tenido que aprender a pensar con él en el cuerpo.
Debería sentirme feliz por eso, pero después de que me dispararan hoy, me cabrea.
—¡Pues no haber subido al barco! —dije y me separé de él—. No tenías por qué hacerlo.
—¡Militares! —Me cogió la cara para obligarme a mirarlo—. Un barco lleno de hombres. ¿Es que aún no ves el peligro que corrías?
Me liberé de su agarre.
—Sí, soy consciente de los riesgos y estaba dispuesta a asumirlos.
—¡Escúchate! —Me sacudió por los hombros—. Si a duras penas te enfrentas a Cibrián Cobo. Comparado con esto, el conde es un trozo de terciopelo.
—Nada puede ser peor que lo que me espera.
—¡Claro que podía ser peor! De verdad, Abilia, a veces me parece que no vives en el mismo mundo que el resto de los mortales.
Y actúas como si no le importaras a nadie, de paso.
No sabes cómo está Marina. Cuando supo que subiste a ese buque, ni siquiera le preocupé yo, me suplicó que fuese a buscarte.
Y, ¿sabes por qué? Porque ella sí es consciente de lo que podía haber pasado.
Su tono airado me hizo callar. Cualquier cosa que dijera solo empeoraría las cosas. Después de unos segundos, continuó con un tono más calmado.
—Me tranquilizó mucho que pasaras la guerra en Francia y vivieras ajena a los horrores que se dieron; que librarte de esa experiencia te permitiera conservar la esperanza y la alegría, que es lo que quisiera también para mis hijos.
Pero en situaciones como esta me pregunto si no te habrá privado de un aprendizaje vital para moverte por el mundo que arrastramos desde entonces. ¡Percibe el peligro y aléjate de él!
—Eso es lo que hacía —respondí despacio, entre lágrimas—. Alejarme de Cibrián Cobo.
—¡Pero no así! No puedes huir de un tiburón tirándote a los lobos. ¿No te dije que yo lo arreglaría?
—Sí, comprándome el ramo de novia —repuse sarcástica, convencida de que podía ser lo que acabara pasando. Una ráfaga de aire frío me hizo castañear los dientes. Diego también estaba empapado, pero no parecía afectarle.
—Sabes que eso era una broma.
—Déjalo, Diego. Dije que accedía a la petición del conde para cuidar de la familia y la convicción me ha durado un día. Sé que soy una decepción para ti y para madre. —Me limpié las lágrimas con ambas manos, con gestos bruscos, por ver si con ellas arrancaba los malos sentimientos.
—Pues, si eso te preocupa —dijo serio—, no nos decepciones más. Y respeta el toque de queda.
Me abrazó para darme calor, no para consolarme. Sentí una punzada en el corazón. Hice esfuerzos titánicos por no llorar de nuevo. Pero, si no decepcionarlos implicaba ser la hija y hermana que ellos querían que fuera, no sería posible.
—Llevabas razón. No soy la mujer adecuada para un hombre como Cibrián, o como tú. Yo no soy como Marina, ni puedo serlo, aunque me lo proponga. Y créeme que lo he intentado, pero no puedo ser la mujer de la que estéis orgullosos.
—No hablamos de Marina, sino de ti. Tú no eres la mujer apropiada para Cibrián, eso está claro, pero estoy seguro de que encontrarás al hombre para quien sí lo serás.
Eres como eres y no te puedes comparar con nadie.
Tienes muchas virtudes y habilidades, y hasta esa rebeldía que me enerva me causa admiración. Aunque negaré haberlo dicho, ¿estamos?
Me quedé muda. Jamás pensé que mi hermano me haría tal confesión. Confirmé que, en efecto, Diego escondía su naturaleza bajo una fachada que su entorno pudiera respetar, y lo envidié por eso.
—¿Cómo supiste que subí al buque?
—Escuché la puerta de casa y miré quién faltaba.
Cuando vi que no estabas, me preocupé. Era demasiado temprano, incluso para ti.
Así que desperté a Marina y salí a buscarte.
Al llegar a la bahía te vi subir al barco.
Volví y mandé a Marina en busca de Yurde para que trajera la barca y subí a por ti.
Nos has puesto a todos en peligro al salir durante el toque de queda.
Asentí derrotada.
—Creí que las balas te habían dado y me puse en lo peor. Me alegro mucho de que estés bien. Ahora quien me preocupa es Yurde. No está la barca, temo que lo hayan encontrado los guardias.
—No adelantes acontecimientos, vamos a esperar. Yurde ha pasado por situaciones peores y siempre cae de pie como los gatos. Ten fe.
Nos quedamos abrazados. Yo estornudé. La humedad me caló los huesos y sentí un frío profundo, aunque Diego me parapetó del viento. Estornudé dos veces antes de hablar de nuevo.
—¿Crees que para Yurde lo soy?
—¿Apropiada? —Yo asentí—. Me atrevería a decir que para ningún otro lo serías tanto.
Levanté la cabeza y lo miré.
—¿Y lo del ramo lo decías en serio? Porque es posible que, después de todo, lo necesite.
Diego suspiró.
—Ya era hora, mira que lo has hecho esperar. Pero el ramo no, te compraré algo bonito. Algo con rubíes.
Su voz sonó alegre. Abrí los ojos como platos.
—¿Lo dices en serio? ¿De dónde vas a sacar tú los rubíes?
—No sé. Sigo buscando el barco pirata cargado de tesoros, en una gruta en las rocas.
Me reí a carcajadas.
—¿Te acuerdas de eso? —inquirí, divertida.
—¡Cómo olvidarlo! Si ese día me diste el susto más grande de mi vida… hasta hoy.
Volvía a estar serio. Un par de siluetas aparecieron por el horizonte y nos alertamos. Nos ocultamos en las rocas y observamos hasta que distinguí los andares de mi amigo.
—¡Es Yurde! —exclamé y salí. Al acercarme, vi también a Marina, que traía una bolsa de tela.
Yurde me abrazó.
—¡No me des estos sustos! —me dijo—. ¡Gracias a Dios que estás bien!
—Pero ¿cómo es que estás aquí? ¿Dónde está la barca?
—¿La barca? Donde la dejamos anoche. He venido en cuanto Marina me ha avisado.
Un mal presentimiento me invadió.
—¡Ay, Yurde! Que no está la barca.
—¿Cómo que no está? —Acompañó sus palabras con un gesto rápido de descenso por las rocas.
Diego, Marina y yo lo seguimos algo más rezagados. Una vez abajo, mientras Diego y Yurde averiguaban lo que había ocurrido con la barca, Marina sacó de la bolsa de tela una muda de ropa seca. Buscamos un recodo en la roca y me ayudó a cambiarme. Cuando terminamos, me frotó la espalda.
—¿Por qué has hecho esta tontería? —Estaba preparada para uno de sus regaños, pero se la veía más triste que enfadada. Yo lo agradecí—. Me has dado un susto de muerte.
—Lo siento, Marina. No quería preocuparte. Es largo de contar, yo…
Un gemido nos alertó y volvimos al muelle. Diego tiraba de la cuerda de amarre. El gemido fue un grito contenido de Yurde, que se sujetaba el brazo.
—¿Qué hacéis? —preguntó Marina.
—Está aquí —dijo Diego—. Pero hundida.
Había un tinte de urgencia en su voz. Me acerqué para verlo con mis propios ojos.
Era cierto, la cuerda estaba tensa, amarrada a la barca, cuya silueta se intuía bajo el agua.
Miré a Yurde, que aún se quejaba del dolor.
El hombro estaba en una posición más baja de lo que debería. Me tembló todo el cuerpo.