Vientos de cambio y cenizas 21. Unos raqueros y un patache
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21. Unos raqueros y un patache

M e despertó un ruido y por un instante me sentí desubicada.

Pude distinguir palabras sueltas entre tanta algarabía y recordé que estaba en una barca dentro del buque Canarias.

Los raqueros se peleaban por algo en el muelle y tanto jaleo formaban que los oficiales del barco intervinieron para poner orden.

Un golpe en la madera, cerca de la barca donde me encontraba, me llenó de terror.

¿Sería posible que alguno de ellos se hubiera colado en el barco poniendo en peligro mi escondite?

—Abilia. —Escuché en un susurro. Tan suave y lejano, tan difuminado entre el sonido de la lluvia, que me convencí a mí misma de que lo había imaginado.

El sonido de una lona cercana me hizo acurrucarme para hacerme más pequeña, con la esperanza de resultar invisible a los ojos de quien estuviera allí afuera.

—Abilia. —Escuché, esta vez sí, de forma nítida, cerca de mi refugio. Distinguí la voz de Diego. Levanté un poco la lona, sin poder creer que él estuviera allí, y entonces lo vi. Al menos su silueta.

—Diego, ¿qué haces aquí?

—¡Abilia! Fuera, ¡ahora!

El volumen era demasiado suave, demasiado prudente para el Diego que yo conocía, pero el timbre de voz era de enfado y urgencia.

—Diego, vete. Todo irá bien —dije y dejé caer la lona de nuevo. Dio un tirón de ella y me dejó al descubierto. Me agarró de un brazo, me levantó y me arrastró afuera. Una vez que me tuvo a su lado, me tapó la boca para acallar mis quejas y me obligó a agacharme.

—¡Tsh! ¡Calla! Luego protestas —me susurró al oído.

Miró alrededor, tapó la barca con cuidado de nuevo y me llevó detrás de ella. Allí me soltó todo sin parar a respirar siquiera.

—Cuando yo te diga, te tiras al agua. Yurde nos recogerá en su barca.

—¿Qué? ¿Estás loco?

—¡Tsh! Si algo sale mal, escóndete entre los barcos del puerto, donde no puedas ser vista y sea difícil prenderte.

—Pero.

—Si Yurde tarda y no puedes seguir oculta, nada hasta la siguiente playa y corre. ¿Estamos?

Abrí la boca para contestar. Quería decirle que era una locura, que la mar estaba muy picada y la temperatura debía de ser bajísima. Que lanzarnos así al agua de noche era peor que mantenernos ocultos en el barco. Pero no me dejó decir una palabra.

A los marineros se les estaba agotando la paciencia con los raqueros y la calma pronto volvería al puerto.

Diego miró a ambos lados y me hizo bordear la baranda.

Hizo caso omiso de mis protestas y me lanzó al agua.

Sentí el frío en el cuerpo como el pinchazo de miles de agujas.

Me provocó un grito que quedó ahogado bajo la superficie.

Cuando salí al exterior, me costó enfocar la vista en el barco, porque las olas más grandes me salpicaban la cara y tapaban la visión.

Lo primero que percibí fue confusión en cubierta.

Busqué el origen de los gritos y vi a Diego, pegado a la baranda con las manos en alto, intentando calmar a un joven marinero que lo apuntaba.

En cuestión de segundos se lanzó por la borda ante los ojos desconcertados del joven que, en cuanto reaccionó, disparó y dio la voz de alarma a sus compañeros.

No supe si la bala había alcanzado a Diego o no, pero el joven se asomó por la baranda y disparó al agua hasta que el arma se quedó sin munición.

—¡No! ¡Diego! —grité desolada. Una bocanada de agua me calló y por un momento perdí la visión del barco.

Tanto este como el muelle quedaron en silencio.

Por un momento, solo se escuchó el rugir del viento y de las olas.

Debieron de ser segundos, pero me parecieron horas hasta que una voz en cubierta me devolvió a la situación:

—¡Ahí!

El joven marinero me señalaba, indicándole así a su compañero mi posición.

Este me localizó y me apuntó con su arma, así que me sumergí y buceé hacia las embarcaciones del puerto, como Diego me había dicho.

Dudaba del éxito del plan, sobre todo, porque mis miembros, ateridos por el frío, no parecían querer moverse con precisión.

A pesar de todo, avancé sin problemas. No vi ni oí nada cuando emergí para respirar y pensé que los marineros habían desistido, hasta que oí muy cerca el sonido parecido al de una botella al descorcharse y el agua salpicó a mi lado.

La bala pasó muy cerca. Si me había dado alguna, lo desconocía.

Tenía el cuerpo insensibilizado por el frío.

Me sumergí y buceé hasta que conseguí encaramarme entre dos embarcaciones de cierta envergadura, muy juntas entre sí, y esperé en silencio.

Desde esa posición no veía nada de lo que pasaba en el Canarias, pero sí en el muelle.

Algunos marineros habían bajado a tierra para otear desde otros ángulos, armas en mano.

La Guardia Civil de la Costa se unió a ellos y vi aparecer un patache [13] entre las embarcaciones del puerto.

Me encogí y me escondí aún más. En el momento en que pasó más cerca, dejé solo los ojos fuera del agua, pero perdía la visión con cada ola.

Solo era capaz de ver cada cierto tiempo un trozo de la bahía, que observaba con atención.

Deseaba tanto como temía que no apareciera Yurde con la barca en ese preciso instante.

¿Por qué Diego tuvo que enterarse? ¿Y por qué tuvo que avisar a Yurde?

Lo más peligroso ya había pasado, había subido al buque sin ser vista.

Solo tenía que quedarme escondida en el bote hasta encontrar una oportunidad de salir en el siguiente puerto.

¿Cómo se había complicado tanto todo? En esos momentos, Diego podía estar muerto y Yurde, en peligro.

Y, si algo les pasaba, sería culpa mía. Yo no quise nada de eso.

Mis lágrimas saladas se mezclaron con el mar que me rodeaba.

Hice un gran esfuerzo por contener la congoja y sollozar en silencio, pero el frío me produjo movimientos espasmódicos.

La llantera me estaba robando las fuerzas y cada vez me costaba más mantenerme en mi posición.

El ruido en el muelle había cesado. Me separé lo suficiente para ver si había peligro.

El patache estaba en el otro extremo del puerto.

En tierra, los guardias se encontraban en silencio y expectantes.

No se habían movido un ápice. Me sumergí para moverme con el mayor sigilo posible.

Pasé, buceando, de embarcación en embarcación, hasta que llegué al final del puerto.

Un ruido me frenó en seco y me escondí tras el último barco.

El patache bordeaba el muelle con cuidado, alumbrando cada rincón de los dormidos huéspedes del puerto.

El resplandor se hizo más tenue, el ruido más lejano y entonces salí.

Como dijo mi hermano, nadé hasta la playa.

Tuve que ir con cuidado, pues algunos de los guardias se habían desplazado hasta allí.

Me alejé de tierra lo suficiente para camuflarme entre las olas, pero no ser arrastrada mar adentro.

Noté el cansancio en los miembros, pero no había rastro de Diego ni de Yurde.

Así que seguí buceando. La playa estaba plagada de guardias y me resultó imposible salir a la arena y continuar por tierra.

El agotamiento me hizo salir a la superficie y parar con más frecuencia de la que quería.

No podía dejarme vencer por las olas. Debía llegar hasta el muelle de Yurde.

Después de una eternidad, lo conseguí. Comparada con la temperatura del agua, el exterior me resultó cálido, pero estaba agotada y llevaba la ropa mojada, así que noté el doble de mi peso al salir.

Y me dejé caer sobre la tarima. Había deseado que Yurde y Diego estuvieran allí, pero no había rastro de ellos ni de la barca.

Lo extraño era que no me los había cruzado.

La lluvia caía. La negrura era densa. La noche estaba cerrada, la ciudad se encontraba sin luz y el cielo, encapotado, era un manto blanco por el brillo de la luna y las estrellas que iluminaban desde arriba.

Llevaba tantas horas en la oscuridad que mis ojos se habían habituado.

Intenté ponerme en pie y subir por las rocas para buscarlos desde arriba, pero tenía las piernas anestesiadas y torpes por el frío.

Me fui resbalando, tropezando y torciendo los pies hasta que llegué arriba.

Ni rastro de ellos. Si les pasaba algo jamás me lo perdonaría.

Me dejé caer al suelo exhausta, sintiéndome pequeña e insignificante.

Lloré hasta que me quedé sin fuerzas para eso también.

¿Qué habría pensado Yurde de mi marcha? Solo habían pasado unos minutos, pero yo sentía que habían sido horas.

¿Por qué no habían llegado aún? Imaginé a Diego flotando en el agua, a Yurde baleado en el suelo de su barca.

En ese caso, hasta escapar perdía el sentido, y solo pude pensar en cómo les explicaría todo aquello a mi madre y a Marina.

Me sentí tan desesperada que me quise morir.

Fijé la vista en el mar.

Me acerqué al filo y me asomé. Las rocas puntiagudas me saludaron en silencio. La negrura del mar me invitó a quedarme en su morada. Un leve vahído me hizo dar un paso atrás. Me di ánimos y me volví a acercar. Quizá no era tan mala idea la que se me estaba pasando por la cabeza.

—Solo un momento y todo habrá pasado —susurré. Deslicé el pie por el filo hasta que quedó la mitad suspendida en el aire.

Noté un tirón que me alejó del borde.

—¡Abi!

—¡Diego! —Lo abracé. Cedí a las lágrimas y un nudo en la garganta entrecortó mis palabras cuando le pedí perdón—. ¡Lo siento tanto!

—Ya puedes sentirlo, ¿cómo se te ocurre hacer una tontería como esta? —Lloré más fuerte, porque no podía explicarle la desesperación tan grande que sentía—. Tranquilízate, que estamos bien, gracias a Dios. Pero la próxima vez que hagas algo así, seré yo el que te mate, ¿estamos?

—¿Dónde está Yurde? —pregunté cuando me calmé.

—¿Yurde? ¿No está aquí contigo?

—No. Me escondí entre los barcos, como me dijiste, y luego nadé hasta aquí. Pensé que había ido a buscarte.