Vientos de cambio y cenizas 20. Un nubero y dos tanques de gasolina #3
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20. Un nubero y dos tanques de gasolina #3

No sé cuánto tiempo esperé hasta que calculé que todos estarían profundamente dormidos y salí con cuidado de no hacer ruido.

Me pareció notar movimiento en el salón.

Contuve la respiración para no perderme ni un sonido y cuando estuve segura de que no había peligro de ser descubierta, salí por la puerta.

Bajé las escaleras todo lo rápido que pude sin matarme en la penumbra. Una vez en la calle, corrí sin mirar atrás. El sonido de la lluvia amortiguaba el resto de sonidos en la noche. Había decidido que, si tenía que pasar por un calvario, al menos sería uno que yo eligiera.

Solo podía pensar en lo que iba a echar de menos a Yurde.

Me sentí como si me arrancaran un trozo de corazón.

¿Es que no había nadie allí arriba que se apiadara de mí?

¿Mi porvenir lo había decidido un nubero [11] que disfrutaba de mandar rayos y tormentas a mi vida?

¿Por qué había experimentado la dicha de descubrir el amor si no podría disfrutarlo?

Lloré desconsolada durante todo el camino hasta el muelle.

Debía de estar loca para querer embarcarme en un buque como aquel; un armero.

Era como embarcarme en el infierno. Imaginé la perorata que me habría soltado mi cuñada de haberlo sabido.

«Que no es un barco de pasajeros, Abilia, por Dios, que es un barco de guerra, que dentro hay como ochocientos hombres armados.

¿Tú sabes lo que te puede pasar si te encuentran?

». Habría dicho todo aquello con la cara desencajada por el pavor.

Yo sabía lo que podía pasarme, por supuesto.

Pero, si no me pillaban, sería libre. Ya me encargaría yo de que no lo hicieran.

Solo tenía que observar de lejos, estudiar el terreno y subir sin que me vieran.

Con el mismo sigilo, buscaría un lugar donde ocultarme hasta llegar al siguiente puerto. Fuera cual fuera.

El cielo me dio una tregua de la lluvia y mi alma una tregua del llanto.

Bajé por la calle de Garmendia, bordeando el cordón de militares de la zona afectada por el incendio.

Al salir a la Cuesta del hospital, me volví al escuchar un ruido tras de mí y me llevé una mano al pecho aliviada, al comprobar que nadie me seguía.

Mi madre era capaz de hacerlo. Aunque también cabía la posibilidad de que Diego no se quedara conforme con mi sumisión y hubiera mandado a Marina a observarme en la distancia.

Eso era mucho suponer, pues ni yo misma sabía que al final me decantaría por esa alternativa.

Lo había decidido hacía escasa media hora.

Sorteé a los bomberos y fuerzas de seguridad y bajé al puerto.

Lejos del incendio, las calles estaban desiertas.

La gente estaba recogida al abrigo de sus hogares o, en el caso de los damnificados, en casas de familiares y amigos o en los hoteles y lugares que se habituaron para hospedarlos.

Llegué al puerto. La vigilancia en la cubierta del «Crucero Canarias» era considerable.

Me pareció imposible acceder y estuve a punto de darme la vuelta, pero, si volvía, ¿qué me esperaba?

No tenía más opción; esperaría allí, agazapada, hasta que se presentase la oportunidad.

Unos jóvenes raqueros [12] merodeaban por la zona de las pasarelas.

Uno de ellos se aventuró más que los otros y se atrevió a subir por la escalinata de proa, por ver si podía conseguir algo de lo que traían en el barco.

Uno de los oficiales le llamó la atención.

Al momento, otro oficial se acercó a ver qué pasaba.

Ese era mi momento, no tendría otro. Me aferré a una de las escalinatas de cuerda de la popa y subí por ella.

Me agazapé una vez en cubierta y esperé aguzando el oído. Silencio. Solo el sonido del mar y las voces de los oficiales a los zagalucos. ¿Ahora qué?

Pensé rápido. Si me quedaba en la cubierta, era presa fácil. Además, la noche arreciaba. Pero, si me metía en algún camarote y estaba ocupado, podía darme por muerta. ¿Qué otra opción tenía? Eché un vistazo alrededor. El buque imponía.

Me encontraba escondida entre dos tanques de gasolina, cerca de una de las torres.

Los dos cañones que se apreciaban desde donde me encontraba me hicieron replantearme el éxito de mi empresa.

Tragué saliva y aparté la vista de ellos.

A mi derecha había un bote de unos ocho o nueve metros.

Ahí seguro que no mirarían. Además, si me descubrían, podría huir tirándome por la borda.

Me incorporé después de asegurarme de que no había peligro y levanté con cuidado la lona que lo cubría.

Me metí y esperé. No hice ningún ruido que me delatara ni hubo señales de que me hubieran descubierto.

Allí estaría a salvo y resguardada de la lluvia, que comenzaba a repiquetear en la lona.

Solamente oí el sonido de la lluvia durante…

no sé, bastante tiempo, mientras pensaba en que no había podido despedirme de Yurde, ni de nadie.

Laro y Ángela, ¿qué sería de ellos? ¿Cuándo volvería a verlos?

Y Yurde… ¿cuánto tiempo tardaría en olvidarme y aceptar a Tridia?

No quise pensarlo. Me centré en el sonido de la lluvia y cerré los ojos.