20. Un nubero y dos tanques de gasolina #2
Cuando recogía los trozos de vidrio que reposaban esparcidos por el suelo, Marina salió junto a mí y miró a Diego apenada. Se arrodilló a sus pies y apoyó sus manos cruzadas en la rodilla de su marido.
—Diego… —dijo con mirada suplicante—. Tú y tus prontos…
—No es para tanto —se defendió él.
—No, claro que no, cariño —repuso comprensiva—.
Es solo una taza. No lo digo por eso. Pero es que —añadió, señalando hacia donde yo estaba barriendo los pedazos— era de Francisco y Mercedes, que nos han acogido en su casa.
Les hemos quitado su espacio y su intimidad… qué menos que no romper su ajuar.
Diego meditó sus palabras y su semblante pareció relajarse.
—Llevas razón, Marina. Le compraremos un juego nuevo.
Yo terminé de recoger y desaparecí en la cocina.
Desde la puerta, eché un vistazo a la escena.
Recordé lo que me contó Marina en la bahía y no pude evitar sonreír al verla derretida bajo la mirada de mi hermano, que se había vuelto profunda y cálida.
Él la levantó del suelo y la sentó sobre sus rodillas, le apartó el pelo de la cara en una caricia y la besó.
Me sentí una intrusa, violando su intimidad, y me volví para echar a la basura el contenido del recogedor. Al poco rato, Marina estaba a mi lado.
—Tienes que enseñarme a hacer eso —dije en susurros, para que no nos oyera mi madre.
Ella se ruborizó.
—¿El qué? —preguntó.
—Poner a la fiera a comer de tu mano.
Marina se rio, pero contestó también en voz baja.
—Es sencillo. Solo debes tener en cuenta tres cosas —me apartó a un rincón de la cocina—: primero, la postura.
Si te mira desde arriba, sigue pensando que tiene el control.
Segundo, el tono. Que parezca que suplicas en lugar de regañar.
Y, tercero, el momento. Aguanta hasta que haya pasado la tormenta.
Si está calmado, conseguirás de él lo que quieras.
Sonreí con los ojos como platos y negué con la cabeza.
Ese día sentí una nueva admiración hacia mi cuñada.
Entendí cómo podía ser feliz en un matrimonio con un hombre tan irascible, aunque sospechaba que lo de ella era un don especial que pocas personas tienen.
Estaba segura de que si fuese a ella a quien don Cibrián persiguiera, habría hecho con él lo que quisiera.
Se lo habría quitado de en medio con una excusa tan tonta como mandarlo a por la luna para ella, porque habría ido como un cordero.
Acababa de entender el sentido del refrán «se cazan más moscas con miel que a garrotazos».
Pero a mí la vida me había hecho garrote, no miel como a Marina.
Mi madre se secó el delantal y se acercó a nosotras.
—Bueno —dijo—. A dormir, que es tarde.
Apagamos las velas y la vivienda se sumió en la penumbra.
Me abracé a Ángela con fuerza y aspiré su olor.
Acariciar su pelo suave me tranquilizaba.
La calidez de la pequeña hizo que se me bajaran todas las murallas de aguante y rompí a llorar en un llanto silencioso.
Me aferraba al olor de mi pequeña y su tacto suave e inocente para espantar lo que había vivido en la Magdalena.
El tacto de Cibrián, su beso violento. Quise arrancarme la lengua de nuevo.
Tuve que llevarme ambas manos a la boca para reprimir los sonidos que se escapaban desde lo más hondo de mi ser.
Ni siquiera el recuerdo de Yurde me tranquilizó.
Intenté dormir, pero las imágenes de lo vivido me asaltaron de nuevo.
No pude aguantar más el llanto y me levanté con cuidado de no despertar a la pequeña.
Atravesé el salón, donde dormían Diego y Francisco, y me fui al fondo de la cocina, lo más retirada de la puerta.
Allí, con la boca tapada con ambas manos, amortigüé como pude la llantera.
La puerta se abrió y me sobresalté. Mi madre me compadeció, lo vi en su mirada.
Me sirvió un vaso de agua y me lo ofreció. Lo bebí en silencio.
—¿Tan malo sería casarte con don Cibrián? Sé que amas a Yurde, pero eres una mujer cariñosa, le tomarías afecto pronto —preguntó con cariño.
—No lo entiende, madre —respondí entre sollozos.
—¿Eso crees? —contestó. Me cogió la cara entre las manos y limpió mis lágrimas—. Prueba a explicármelo.
—Es un hombre despiadado. No podría ser feliz con él.
—¿Qué disparate es ese? Don Cibrián es un hombre noble y siempre trató a Catalina con mucha consideración y dulzura.
—La gente cambia —aseguré con la mirada perdida en el fondo del vaso—. Ese hombre que describes no es el mismo que yo he conocido.
—¿Es por Yurde? Sé que lo amas, aunque tú digas que no.
Pero el corazón de una mujer es profundo.
En él puedes guardar los cariños que desees, eso no puede impedírtelo nadie.
No te digo que dejes de amarlo, pero seguro que eso no te impide amarme a mí, a Diego, a los niños…
En el corazón hay cabida para tantos amores como quieras.
Miré a mi madre atónita. Yo no deseaba amar a Cibrián, ni podría amar a nadie más que a Yurde de aquella manera. Y, desde luego, no pensaba obligarme a hacerlo.
—Es celoso y posesivo. Siente celos enfermizos por Yurde. Nunca me dejaría volver a verlo, y eso significaría no ir a casa de Marina y Diego, o a cualquier lugar donde pueda encontrármelo. Ayudaré a la familia, sí, pero no podré disfrutarla.
—No digas tonterías. Ahora actúa así porque está inseguro. En el momento en el que le des una respuesta y te vea comprometida y dispuesta, verás que todo cambia. Te lo irás ganando poco a poco. Dominarás el arte de persuadirlo y harás de él lo que tú quieras.
Miré a mi madre a los ojos. ¿Me había seguido hasta allí en mitad de la noche porque estaba preocupada o para intentar convencerme?
Me hablaba con ternura, limpió mis lágrimas, me dio agua y me invitó a expresarme con paciencia, pero no quería escucharme.
Ella ya había tomado una decisión y no variaría. Le dediqué una sonrisa desdibujada.
—La he echado mucho de menos. Me sentí perdida.
Era un peso demasiado grande para cargarlo sola y deseé que llegara del viaje y me reconfortara.
Aunque esperaba que me ofreciera una solución distinta.
Una en la que ganemos todos, o al menos, yo no pierda tanto.
—Puse una mano sobre su mejilla. Ella pareció sorprendida—.
Parece que una solución así no existe, ¿verdad?
—Quedó en silencio—. No se preocupe, madre.
Solo necesito tiempo. Vuelva a la cama. Luego iré yo.
Tardó unos segundos en salir de la cocina, durante los cuales pareció pensar algo más que decir.
—Está bien, cariño. Buenas noches —dijo al fin, desde el umbral.
Sola, de nuevo, lloré mi mala suerte. Lo que me asustó después del encuentro con Cibrián y la conversación con mi madre fue la certeza de que no podría impedir el enlace.
Mi madre y Cibrián eran capaces de amordazarme y decirle al cura que era muda.
Buscarían la manera de casarme sin mi consentimiento, o peor aún, Cibrián encontraría la manera más cruel de doblegarme.
Tuve la seguridad de que su táctica para someterme sería hacerle daño a Yurde y que yo me quedara escondida en casa no iba a evitar eso.
Diego había dicho que se encargaría del tema, pero su mirada me dio miedo.
Me aterró pensar en lo que estaría dispuesto a hacer.
Era padre de dos hijos, no podía permitir que hiciera ninguna tontería.
El terror me inundó. La única solución pasaba por desaparecer.
Una presión en el pecho me dejó unos segundos sin aliento. Me asusté por el dolor que me dobló por la mitad. Después de tranquilizarme un poco y beber otro vaso de agua, lo decidí. Tenía que salir de allí cuanto antes.