Vientos de cambio y cenizas 20. Un nubero y dos tanques de gasolina
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20. Un nubero y dos tanques de gasolina

N o puedo describir los sentimientos que se apoderaron de mí.

Si llegamos a estar más cerca de las rocas, lo habría despeñado.

Nunca había deseado matar a nadie, ni creo que después de aquello haya experimentado un sentimiento parecido jamás.

En ese juego tan cruel me estaba dando a elegir entre mi libertad y comida para mi gente.

Temblaba, más por la rabia que por el frío.

Di gracias de que la lluvia hubiera amainado.

—Aunque se seque el mar y pierdas todos los peces del mundo, yo puedo darte lo que necesitas. Solo quiero que entiendas que no necesitas a tu amigo para vivir tú y los tuyos. Conmigo tendrás en abundancia.

Temblaba, más por la rabia que por el frío. Di gracias de que la lluvia hubiera amainado. Miré ambas cosas y luego la sonrisa de autosuficiencia de su cara, y de repente lo vi claro.

—La cartilla —dije, extendiendo la mano. Él enarcó las cejas y borró la sonrisa de golpe.

—Vaya, esto no me lo esperaba —confesó. Me la dio, pero antes de soltarla se acercó de nuevo a mí—. No te hagas ilusiones, la burocracia va despacio. No voy a permitir que te vayas.

Lo miré desafiante. Sentí la rabia fluir por cada una de mis venas. Tiré del papel y me llevé solo la mitad. Luego, la hice pedazos y se los lancé a la cara.

—En lo que a mí respecta, se quemó en el incendio —lo desafié—.

Y esos víveres —dije, señalándolos con la mano sin apartar la vista de sus ojos de tiburón—, puedes quedártelos.

Tómatelo como un acto de caridad de mi parte, de esos que tanto te gustan.

Después de todo, señor conde de Santoña —dije con tono burlón e hice una reverencia exagerada y mordaz—, eres un damnificado más.

Me di la vuelta y emprendí la carrera.

—¡Abilia! —Corrió tras de mí y me agarró, con lo que me obligó a parar.

La vena del cuello estaba a punto de explotar y su mirada era fiera.

Lo había provocado y sacado de sus casillas—.

¿Ya está? ¿Me humillas y crees que me quedaré tan tranquilo?

—Me devolvió el bofetón. Solté un grito, más por la sorpresa que por el dolor—.

Tengo mi dignidad, querida, y ya me he cansado.

No voy a perder mi tiempo en seguir intentando lo que ese joven tan cercano a ti no ha conseguido en años.

—Sus ojos, de nuevo de tiburón peligroso, brillaron con determinación a la luz de la luna y me miraron desafiantes.

Me llevé la mano a la cara. Noté una mancha roja en los dedos al retirarla.

Los ojos se me llenaron de lágrimas de nuevo.

Él relajó la postura y me soltó el brazo.

—No deberías proponer juegos tan cínicos si no estás seguro de ganar. Aunque el fallo ha sido mío, había olvidado que no te gusta perder.

—Y te diré otra cosa más sobre mí: es posible que no pueda forzar los sentimientos, pero sí puedo doblegar la voluntad. Y en eso, mi querida Abilia, tengo ventaja sobre ti. Soy un hombre poderoso.

—¿Y qué ganarías con eso? ¿Una esposa que te detesta?

—Ya tuve una que me adoraba y sufrí mucho. Puede que la dicha esté sobrevalorada. Quizá un matrimonio sin amor sea menos doloroso, al fin y al cabo.

Una lágrima traicionera se escapó y rodó por mi cara contra mi voluntad.

—No puedes estar hablando en serio —dije con un hilo de voz.

—Bueno. Si hay felicidad o no, depende más de ti que de mí. —Se encogió de hombros.

Me di la vuelta y me alejé corriendo.

—Al menos, ya nos conocemos tal cual somos y nos tuteamos.

No dejes de hacerlo. Y aléjate del pescador, si no quieres que descargue mi ira contra él.

—Se montó en el caballo—. Espero que cuando nos veamos mañana, hayas cambiado de actitud —gritó, pues yo ya me había alejado un trecho.

Frené la carrera y me volví. Lancé mi respuesta en otro grito.

—¡No volverás a verme nunca más!

Se marchó al galope sin decir nada más.

Lloré de rabia mientras volvía a la bahía.

Había sido una estúpida al pensar que sería tan fácil alejar a ese tiburón de su presa.

Había olfateado la sangre y no se marcharía sin destrozarme.

Recordé el beso forzado y quise arrancarme la lengua.

La cara me ardía por el bofetón. Llegaba a la bahía cuando vi a Marina corriendo hacia mí, desesperada.

—¡Marina! —exclamé. Y corrí hacia ella.

—¡Madre mía! ¡Qué de gente! No te encontraba y —vio la herida en mi cara—, ¡Santo Dios! ¿Qué te ha pasado?

—Un hombre me agredió y me robó el paraguas, pero lo perseguí y lo soltó—dije. El semblante de Marina palideció. Oculté el encuentro con Cibrián por dos motivos: el primero, porque se sentiría fatal por ello, y el segundo, porque iría con el cuento a Diego. Se deshizo en disculpas por dejarme sola.

Cuando nos calmamos, volvimos a casa en silencio.

—¿Cómo ha ido el paseo? —preguntó Diego cuando nos vio llegar. Marina y yo nos miramos y yo me volví para que Diego no me viera la cara.

—Bien —contestó Marina—. Estuvimos en el Paseo de Pereda y luego en el muelle. Ha llegado un barco con víveres.

A Diego no se le pasó el cruce de miradas.

—¿Ha pasado algo que deba saber? —preguntó, apoyando la barbilla sobre sus manos entrelazadas y los codos sobre la mesa.

Marina y yo nos volvimos a mirar y suspiré. Tarde o temprano me vería la cara y tendría que dar una explicación. Me giré para estar frente a él.

—En el muelle había tanta gente que perdí de vista a Marina y un hombre me agredió y me robó el paraguas, pero pude recuperarlo.

Mi hermano me miró ceñudo, pero no dijo nada.

En el tiempo que habíamos estado fuera, Yurde había traído un par de peces y Marina se los había dado a los niños.

Los adultos comimos caldo de raspas y arroz cocido que Mercedes había salido a hervir a la calle.

No quise pensar en cómo se sentiría Yurde al saber que me habían robado el pescado.

Tampoco quise pensar en cómo se sentiría si supiera que yo sospechaba que había sido cosa de Cibrián Cobo para darme una lección práctica de cómo podría cuidar de mí y de los míos.

Me apenaba la certeza de que, a pesar de ser así, si mi madre supiera que había rechazado el paquete de víveres que me había ofrecido, pondría el grito en el cielo.

Después de cenar, ayudé a recoger. Como éramos muchas en la cocina y yo debía de tener mala cara, mi madre me echó.

Volví al salón, donde Diego aguardó con el vaso de vino vacío entre las manos y los ojos clavados en mí.

Esperó en silencio, como si intuyera que la historia del robo ocultaba algo más.

—Abilia, ¿algo que deba saber?

—No.

—¿Seguro? Puedes contármelo, prometo mantener la calma.

Lo miré incrédula. Él asintió. Recordé la conversación con Marina, en la que me dijo que Diego y yo debíamos mejorar nuestra comunicación. Y, a decir verdad, necesitaba sacarme aquello del pecho. Decirle a alguien: «¿Lo ves? Yo tenía razón».

Le relaté todo, incluido el beso y la agresión.

—¡Será cabrón! —gritó y se levantó dando un golpe a la mesa con ambos puños. El vaso que tenía delante salió volando al suelo. Mi madre y Marina salieron de la cocina.

—¿Ya estáis discutiendo? —preguntó mi madre—. ¿Y por qué ahora, si puede saberse?

—No se preocupe, madre. Es que estoy torpe y se me ha roto una taza —contesté—. La recojo enseguida.

Mi madre nos miró con el ceño fruncido, pero no dijo nada más. Ambas volvieron a la cocina.

—Diego, por Dios. Me prometiste mantener la calma.

—¡Menuda jarcia [10] ! —dijo Francisco. Puso su mano en el hombro de Diego y lo obligó a sentarse—. Pero perdiendo los estribos no solucionas nada ahora.

—En cuanto lo vea, lo mato —dijo entre dientes. Entonces levantó la vista a la lámpara y respiró hondo—. ¿Y Marina dónde estaba? —Quiso saber, dando un tirón del hombro para deshacerse del agarre de Francisco.

—No lo pagues con ella. Demasiado mal se siente ya, solo pensando que ha sido un robo. Ella no sabe nada de esto.

—¿Cómo se te ocurre alejarte de ella? —Levantó la mano para cortar una protesta mía—. Ya, ya sé lo que me vas a decir, que no lo pensaste. Te robaron y corriste tras el ladrón. Pero fue una insensatez. Y, por si tenías alguna duda, no vas a volver a salir hasta que a Laro le salga barba.

—¿Me vas a encerrar en casa?

—Solo hasta que la situación se calme. ¿Estamos?

—Estábamos antes y estamos ahora —dije vencida. Hubo un largo silencio en el que solo se escuchó el sonido de la lluvia. No era mala idea. Quedarme encerrada evitaría que viera al conde al día siguiente, como había sugerido. Diego me miró con tristeza.

—Hermana, confía en mí, yo lo arreglaré.

—¿Cómo?

—Buscaré la forma. Si no, siempre podemos recurrir al plan B.

—¿Y cuál es ese?

—Que mamá te haga el vestido y yo te compre el ramo de novia. —Me dedicó una sonrisa triste.

Creo que en ese momento perdí las ganas de luchar.

No era sometimiento servil ante mi hermano, pero me pareció que quedarme encerrada en casa de Mercedes no era tan malo dadas las circunstancias.

Y, a pesar de que todo lo decía con ese tono de «se hace lo que yo digo, porque mi palabra es ley», me daba cuenta de que estaba sinceramente preocupado por mí.

Francisco se levantó de la mesa.

—Ha sido un día muy largo —Le dio una palmada en el hombro a Diego—. Deberíamos descansar. Voy a ponerme el pijama —dijo y se fue a su habitación.

Saber escoger qué batallas ganar era un arte que yo no tenía.

Todas mis habilidades eran manuales, pero de las sociales andaba escasa.

Hasta ese momento de mi vida, había sacado las garras, incluso para lo más insignificante, y lo único que había conseguido era agotarme, quedarme sin fuerzas para enfrentar las batallas importantes.

Pero darme cuenta de eso ya de por sí era un avance.

Fue mi cuñada quien me abrió los ojos a otra forma de lucha. Porque, en ese tipo de arte, ella era una experta. Como esas personas que son capaces de controlar a las serpientes. Marina tenía un don especial que vi ese día por primera vez.