19. ¡Alto! ¡Ladrón! #2
—No tengo nada más que hablar con usted —zanjé. Miré alrededor, buscando a Marina—. Tengo que dejarlo, mi cuñada me espera.
—Sí, ya ve de cuánta ayuda resulta su cuñada.
Hizo un gesto de despedida con la cabeza y me alejé. Las piernas me flaqueaban y mis manos temblaban aferradas al paraguas.
Marina no aparecía por ningún sitio y yo me encaminé a casa, sin saber muy bien cómo, pues mis piernas parecían estar separadas de mi cuerpo y se movían por voluntad propia.
Al girar la calle, vi a Marina mirando hacia el muelle, buscándome.
—¡Marina! —grité. En ese momento, un hombre me arrebató el paraguas con tal violencia que caí al suelo.
—¡Eh! —grité. ¿Qué probabilidades había de que me asaltaran dos veces en el mismo día?
¿No había más personas en la ciudad a las que expoliar?
La rabia por la injusticia y el malestar que me había provocado el conde, me hicieron levantarme lo más rápido que pude y correr tras él—.
¡Alto! ¡Ladrón! —pero no paró. Lo seguí por la playa, pidiendo ayuda mientras corría, pero nadie hizo caso.
Se dirigía al peñón de la Magdalena. No supe bien hacia dónde, pero creí ver al rufián esconderse tras uno de los edificios de las caballerizas.
Al llegar allí, sorteé a un grupo de damnificados y lo perseguí por el camino que subía al castillo.
A esa hora ya hacía tiempo que había anochecido y solo distinguí la silueta.
Lo había seguido hasta allí sin pararme a pensar en lo que hacía.
Pero en el momento en que frené la carrera, y mientras recuperaba el resuello, inclinada y apoyada sobre mis rodillas, me pregunté en qué diablos estaba pensando.
Lo más probable era que se tratara de uno de los damnificados y, si se veía acorralado, podía ponerse violento.
El aire frío me aprisionaba los pulmones y la humedad de la lluvia que volvía a intervalos me estaba calando los huesos.
Con la cordura recuperada, di por perdido el paraguas y me di la vuelta, dispuesta a desandar el camino.
Escuché un ruido detrás de mí. Me volví asustada. El hombre me acechaba amparado en la esquina del edificio. El miedo me impulsó a correr. Un caballo me encontró de frente. Me sentí aliviada hasta que vi quién era el jinete.
—Señorita, ¿ya se va? —preguntó Cibrián Cobo con altivez desde lo alto del caballo.
—No es posible… —Retrocedí con los ojos abiertos de par en par.
Acababa de tenderme una trampa y yo había caído como una ingenua.
No debí alejarme de Marina. No debí correr detrás de un ladrón.
¿En qué estaba pensando? Me había expuesto yo sola.
Me recriminé mi estupidez mientras el conde bajaba del caballo.
—No te asustes por Pedro, solo cumplía órdenes de hacerte venir hasta aquí —explicó. El hombre se nos acercó sin prisa y me dio el paraguas sin mirarme a los ojos—. Muy bien, Pedro, ya puedes marcharte.
El hombre me dedicó una mirada avergonzada y vaciló un segundo, antes de darse la media vuelta y perderse de vista. El aristócrata se acercó, empapado por la lluvia. La sonrisa marcada y los ojos de un azul intenso resaltaban en la penumbra.
—¿Qué pretende, don Cibrián? —pregunté intentando reprimir la ira. No me salió muy bien.
—Ya te lo he dicho, tener una conversación contigo.
—No queda nada por hablar entre nosotros —dije—. Ya está todo dicho.
—Tú, quizá; yo, no.
—¿Eso qué quiere decir? —Di un paso al frente desafiante.
—No me has dado la oportunidad que me merezco. —Él dio otro paso hacia mí—. Siempre a la defensiva. Siempre queriendo huir.
—¿Se ha preguntado por qué? —lo encaré exaltada—. Hurga en mi intimidad, me presiona, me abraza a la fuerza, me vigila, me persigue, me cela, me amenaza. ¡Me asfixia!
Noté las lágrimas a punto de salir y me alejé.
Me aferró del brazo y me dio la vuelta. Sujetó mi cara entre sus manos y sus ojos azules observaron con pena cómo rodaban mis lágrimas, mezcladas con la lluvia. Su mirada parecía triste. Limpió mi rostro y sentí sus manos rodeándome la cintura.
—No digas eso y no llores.
—Cibrián, ¡suélteme! —le espeté firme, mientras lo empujaba para alejarlo.
Su cuerpo rebasó el poco espacio que quedaba entre nosotros y sentí la calidez de su aliento susurrándome al oído:
—No, hasta que me digas que me darás la oportunidad de enamorarte de mí.
—¡Que me suelte! —pedí desesperada. Intenté zafarme, pero hundió su cabeza en mi cuello. Sus manos acariciaban mi espalda.
—¿No te das cuenta de que me vuelves loco?
Me revolví y me miró a los ojos, pero en ellos solo había un abismo, una profundidad serena, como la cueva de un monstruo, y me besó.
Un beso violento, impaciente, que sabía al tabaco que se había fumado, seguramente mientras maquinaba de forma furtiva el encuentro.
Si no tenía lo que quería por las buenas, lo tomaría por la fuerza.
Me sacudí y lancé un grito desesperado en el que descargué toda la rabia y la impotencia que sentía. Le di el bofetón que hacía tiempo había querido darle.
—¡Ni se te ocurra volver a tocarme! —bramé llena de rabia.
—Perdóname, Abilia —se disculpó con mirada triste—. No he podido resistirme. Como el pescador de la leyenda cuando aquella sirena apareció en sus redes. Pero, por favor, no me tengas miedo.
—¿Sabes que esa historia no acaba bien para el pescador? No pudo retener a la sirena que ansiaba el mar —dije en un hilo de voz, aun llorando, intentando disimular la cara de repulsión.
Él se rio entre exasperado y divertido.
—¿Por qué? Estas manos, Abilia, saben ser suaves y delicadas para amar, fuertes para proteger y generosas para prodigar. No me obligues a hacerlas duras. No querrás ver lo que pueden llegar a hacer.
Intenté retener las lágrimas, pero fue inútil.
—No quiero tu protección, ni tu amor. Ni la jaula dorada que me ofreces.
Porque eso es para mí la vida que tendría contigo: una jaula.
Muy cómoda, sí, pero jaula, al fin y al cabo.
¿Por qué no puedes respetar mis deseos? Si dices que me amas, respeta mi decisión.
Si no lo haces por eso, míralo como una forma de agradecerme que le salvara la vida a tu madre.
Intenté apelar a su corazón altruista.
—Es poco todo lo que podría darte para compensar que te llevaras un golpe que habría sido fatal para ella, pero eso y esto son dos cosas diferentes. Esto no tiene que ver con mi madre, sino con nosotros.
—Es que no hay ningún «nosotros». ¿Cuántas veces tengo que rechazarte?
—He sido amable, cariñoso y atento. Eso fue suficiente para Catalina, pero no parece servir contigo. Dime, Abilia, ¿qué más tengo que hacer?
—Ya, nada. Olvidarte de mí.
—¿Para dejarle el camino libre al pescador? —gritó enfadado.
—¡Para ser felices! —grité yo también—. Tú y yo juntos no lo seremos.
Soltó una carcajada que enseguida entendí que era mordaz.
—¿Quién no lo será, Abilia? ¿Realmente te interesa mi felicidad o solo estás pensando en la tuya?
Callé. Me limpié las lágrimas con la manga del abrigo.
—Si no te casas conmigo, no te casarás con nadie, te lo aseguro —sentenció, clavándome sus ojos azules con intensidad.
Di un paso al frente.
—Y ¿cómo lo vas a conseguir? ¿Vas a matarme?
Me miró con tanta rabia que creí que lo estaba considerando seriamente. Luego relajó la mirada.
—Conseguiré que me aceptes. A como dé lugar.
—Si tuvieras interés real en hacer lo posible para que yo acepte, me habrías permitido trabajar y disfrutar de mi familia.
Pero no es así. Y, aunque ahora accedieras, sería una estratagema para convencerme, pero no cumplirías.
Te repito que ya no hay nada que puedas hacer o decir para hacerme cambiar de opinión.
Me disgusta tanto la forma en que me has presionado que no quiero ni intentarlo.
Incluso si Yurde no existiera, no me ataría a un hombre como tú.
—Ya veo… Ataduras y jaulas doradas… Te gusta mucho ser libre, ¿no es eso? Por eso buscabas esto con tanto celo… —Sacó la cartilla del servicio social.
—La cogiste deliberadamente y me mentiste. Luego tuviste el valor de llamarme mentirosa a mí. Devuélvemela —exigí, extendiendo la mano.
—Después de compartirme tus intenciones, sería un tonto si lo hiciera, ¿verdad?
—Estoy dispuesta a olvidar las licencias que te has tomado conmigo si me devuelves ese papel.
—¿Y si no qué? —me desafió. Hice ademán de arrebatárselo, pero lo elevó en el aire mientras sonreía complacido—. Hagamos un trato. Ya que no voy a obtener nada más de ti, al menos hoy, divirtámonos.
—¿Divertirnos? Algo me dice que lo que sea que planeas va a ser divertido solo para tu sádico sentido del humor.
—¡Vaya, sí que has llegado a conocerme bien en estos días! —Se rio—. Te explico el juego: te doy a escoger. Esta noche podrás irte a casa con una de estas dos cosas. Cogió un paquete que llevaba a la grupa del caballo. ¿Qué prefieres? ¿La cartilla o alimentos para tu familia para una semana?