Vientos de cambio y cenizas 19. ¡Alto! ¡Ladrón!
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19. ¡Alto! ¡Ladrón!

—M adre, ¿no piensa decir nada? —Sacudí el paraguas en la bañera y lo dejé abierto en ella para que se secase.

—Ya lo has dicho tú todo. —Se quitó el abrigo y lo tendió sobre la silla—. Venga, que tenemos mucho trabajo.

Seguía sin mirarme y se me formó un nudo en el pecho. Me dolía que ni siquiera me preguntara qué me había hecho rechazarlo. La idea de hacer algo productivo me animó.

—Puedo hacer la falda yo, si quiere.

Me miró por primera vez, pero su mirada se me clavó como un puñal.

—No es solo la falda de la señora Trueba. Es ropa para mí, para ti, Marina, Diego y los niños.

Preparé la cinta métrica con sentimientos encontrados.

Me gustaba la idea de empezar a trabajar, pero odiaba que fuese en un ambiente enrarecido.

Después de tomarnos las medidas, cogimos varios rollos de papel para hacer los patrones.

Los hicimos lo más básicos y sencillos, primero, para no gastar mucha tela y, segundo, para terminar pronto, que era mucha tarea.

Mientras yo cortaba la tela e hilvanaba las piezas, mi madre hizo el patrón para mí y para Marina.

Cuando llevábamos dos vestidos preparados para coser, mi madre se puso a la máquina mientras yo preparaba el patrón de la camisa de mi hermano.

Llegaron Mercedes y Marina cuando terminamos el primer vestido.

—Marina, ven aquí —llamó mi madre. En cuanto entró por la puerta, se lo puso en la mano—. Pruébate esto, hija.

Marina miró a mi madre, arrebolada.

—¡Ay, Sinda! No hacía falta. Mire que no quiero hacerle gastar su tela, que buena falta le hace para trabajar.

—Calla, calla —dijo mi madre—. Lo único que siento yo es que solo tenía las medidas de Abilia. Aunque más o menos las dos sois parecidas.

—Pero —protestó.

—No hay peros que valgan. ¿Crees que voy a vestir a media ciudad cuando los míos están desnudos? Venga, pruébatelo, que quiero ver cómo te queda.

Marina obedeció y se probó el vestido. Era marrón, como el filo oscuro que enmarcaban sus ojos verdes. Le quedaba bien. Quizá un poco ancho de cintura.

—Está bien así, de verdad. Es bueno que sobre tela, que, si cojo peso, no hay qué rellenar.

—¿Y de dónde vas a coger peso tú? —preguntó Mercedes riéndose—. Que, comiendo lo que comes, ya mismo ni te vemos.

El comentario avergonzó a Marina y el rubor se le subió a las orejas.

No le faltó piel en las manos de mi madre por besar, agradecida. Sin decir nada, me dio un abrazo que me reconfortó. Después de varios segundos abrazadas en silencio me dijo:

—Di la verdad, Abiuca. Tú querías echarte a la mar para darte un baño, ¿a que sí?

—¿Qué? —pregunté sin comprender.

—Porque tienes una mezcla de olores… —dijo, aguantándose la risa—, ¿cómo lo diría? Interesantes…

Yo solté una carcajada.

—Sí que eres sutil, tú. Dilo bien, con todas las letras. Huelo a pescado, vinagre y humo. —Reí—. ¡Y ni con este perfume alejo al conde de mí!

Ahora fue Marina quien rio. Mi madre, en cambio, me lanzó una mirada fulminante.

—Pues, ¿sabes qué? —dijo con ilusión—. Voy a calentarte agua, que Francisco y Yurde han traído varias garrafas. Bajo a la calle a calentártela, te das un baño y te relajas, que falta te hace.

—Pero no tengo más ropa que esta —repuse.

—No te preocupes por eso, anda. No me queda mucho para terminar este vestido —dijo mi madre.

—No tenga prisa, doña Sinda —intervino Mercedes—, que yo le presto algo.

No me permitió rechistar. Me cogió de la muñeca y me llevó a su habitación, habló un segundo con Francisco y este salió, cediéndonos el sitio para ver la ropa que podía valerme.

Mientras las dos escogíamos un vestido de punto verde botella con encaje en el cuello y lazo en la cintura, que recordaba a mi madre haber remendado, Marina bajó a calentar el agua.

No sabía cuánto necesitaba el baño hasta que me metí en la tina.

Los olores del pescado, el humo y el sudor mezclados desaparecieron y me sentí como si me hubiera quitado con ellos el peso de los últimos días.

El vestido de Mercedes me venía pintado y hasta el morado del rostro estaba remitiendo.

Aunque el tono amarillento resaltaba más al contraste con el vestido verde.

No me había visto en el espejo hasta entonces y la verdad era que mi apariencia provocaría lástima hasta en el peor de mis enemigos…

, a pesar de que a don Cibrián no se la había causado.

Por eso, cada vez me quedaba más claro que, si un matrimonio con un hombre como mi hermano era ponerse una cadena, con un hombre como Cibrián era ponerse un cilicio.

Con un hombre como Yurde, en cambio… Por primera vez lo pensé seriamente, y debía ser lo más cercano a atarse una suave cinta de seda.

Ese solo pensamiento dibujó una enorme sonrisa en mi cara que se tornó triste al recordar que seguía enfadado conmigo.

—Gracias, Marina, por calentar el agua para mí.

—No lo he hecho por ti, sino por nosotros —replicó ella, riendo y moviendo la mano frente a la nariz arrugada en una mueca de desagrado.

Le di un empujoncito cariñoso y me reí con ella.

—¡Vaya, por Dios! Ni que aquí la señora oliera a flores —contraataqué, fingiendo ofenderme.

—Claro que sí, yo huelo a brezo del campo —declaró ella, orgullosa—. Anda, coge el abrigo y nos vamos a dar un paseo.

Yo eché un vistazo fuera. Había empezado a llover de nuevo.

—No hace un clima como para pasear, ¿no crees? —pregunté—. Además, tengo que secarme el pelo, si no quiero pillar una pulmonía, y debo terminar esto.

—¿Qué estás haciendo que no pueda esperar? —preguntó mi madre.

—El patrón de una camisa. Es para Diego y Yurde.

—Pero ¿les has tomado las medidas?

—Yo también tengo ojo, madre. Llevamos años haciéndoles la ropa.

—Pero los dos no tienen las mismas medidas. Añade cinco centímetros al ancho de espalda de Yurde. Y, para tu padre, tres centímetros más en la muñeca.

—Querrá decir para mi hermano —dije, sorprendida por la equivocación.

Me miró extrañada.

—Sí, claro. Para tu hermano.

—Termino esto y nos vamos —le dije a Marina, que miraba a mi madre con pena. Asintió y esperó fuera.

Al cabo de veinte minutos, terminé el patrón.

—La camisa le quedará bien —afirmó mi madre, después de echarle un vistazo rápido. Luego siguió con su labor.

—Si quiere, me quedo con usted.

Levantó la mirada y me dedicó una sonrisa triste.

—No, hija mía. Sal un poco a que te dé el aire.

—Está bien —accedí. Me acerqué a darle un beso en la mejilla y fui en busca de mi cuñada. Después de terminar de secarme el pelo en la estufa, cogimos el abrigo y el paraguas y salimos.

El paseo de Pereda tenía un aspecto desolador.

El viento había pasado por allí como una apisonadora y había arrancado los árboles de raíz.

Los que quedaban en pie tenían ramas rotas.

La suave lluvia dotaba al paisaje, ya de por sí triste, de un sentimiento de desconsuelo, como si el cielo llorara la pena de ver así a nuestra bella ciudad.

Apoyé mi cabeza en el hombro de Marina, que sujetaba el paraguas que nos cubría.

—Echaba esto de menos —dije.

Levantó la vista y me sonrió.

Apoyó su cabeza en la mía. Había pocas personas en la vía. La mayoría andando deprisa para llegar pronto a su destino y resguardarse de la lluvia.

Llevábamos un rato andando cuando percibimos movimiento de gente hacia la costa.

—¿Qué pasa? —preguntó Marina a un conocido al que logró frenar agarrándolo de un brazo al vuelo.

—Dicen que han llegado barcos al puerto que traen víveres para los damnificados.

Marina lo soltó y nos miramos. No hizo falta decir nada más.

Nos encaminamos a paso ligero hacia el puerto, como el resto de la muchedumbre que se estaba arremolinando alrededor de los buques.

El muelle Maliaño estaba tan lleno de gente que no se veía el suelo.

Las fuerzas de seguridad pusieron orden.

—¡Aquí no hay nada que ver! La ayuda se repartirá de forma justa.

—¡Vamos! Despejen la zona.

Marina y yo nos dimos la vuelta. Me fijé en el nombre de uno de los barcos: «Canarias».

Había tanta gente que, al alejarnos del muelle perdí de vista a Marina.

La marea en movimiento me arrastró hasta el exterior.

La volví a buscar, pero se había esfumado.

Entonces noté un tirón del brazo que me hizo girarme malhumorada.

—¡Ay, Marina! ¡Qué bruta, hija…! —me quejé antes de ver quién era realmente quien agarraba mi brazo.

Cuando lo vi, callé de pronto. Cibrián Cobo estaba frente a mí con una sonrisa que intensificó divertido ante mi ocurrencia, dejando ver sus dientes amarillos.

Con un movimiento brusco me solté del agarre. Él levantó la mano en gesto de paz.

—Me alegra encontrarme contigo —dijo, claramente complacido.

—¿De verdad? —Torcí el gesto.

—¿Te extrañas de verme interesado por los víveres? Yo también soy un damnificado —dijo sin borrar esa sonrisa que antes me gustaba y ahora me ponía los pelos de punta.

—¡No lo dice en serio! —dije con el rostro grave—. ¿Se pone a la altura de esta pobre gente que se ha quedado en la calle con lo puesto?

—Yo también perdí mi casa, Abilia.

—Sí, una de sus… ¿tres?

—Cuatro —aclaró con la sonrisa más marcada.

—Cuatro casas. —Asentí despacio—. Igualito que esta gente. Igualito que yo. Al raso que duerme. —Mi indignación crecía por momentos—. Tengo que irme. Mi cuñada Marina me espera —dije, mirando de nuevo entre la gente con la esperanza de encontrarla.

—Veo que vuelves a tratarme de usted, aunque tu tono es más cercano e irreverente.

—Lo trato de usted porque ya no hay motivo para tratarlo de forma más familiar y la diferencia entre nuestra posición social lo manda, pero no puedo tratarle con más amabilidad, pues se empeña en traspasar los límites de la cortesía continuamente.

—Supongo que la rabia es mejor que la indiferencia —dijo, con el rostro ajado—. Estoy haciendo un esfuerzo muy grande para no perder los estribos, Abilia. No querrás conocer esa faceta de mí. He venido a aclarar lo que ha pasado hoy en mi casa. Me debes esa conversación.