Vientos de cambio y cenizas 18. De mi casa de Cueto #3
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18. De mi casa de Cueto #3

—Abilia, ¿qué tienes que decir? —Miré a mi madre, que esperaba con el ceño fruncido.

El corazón se me salía por la presión. Sería mi desgracia unirme a un hombre al que no amaba.

Si mi corazón no perteneciera a nadie, podría haber intentado que Cibrián entrara en él.

Pero ahora que lo estaba conociendo bien, su esencia real, tan inflexible y vengativa, me provocó rechazo.

Además, mi corazón hacía mucho tiempo que pertenecía a Yurde; al fin lo sabía.

Entendí de pronto que el peso del bienestar de la familia no recaía sobre mis hombros.

Sentí alivio al saber que tenía a la señora Trueba de mi lado.

Si quería librarme de ese hombre, era el momento.

—Creo que no puedo. Muchas gracias, don Cibrián. Me siento muy honrada con su ofrecimiento, pero debo rechazarlo.

—¡Abilia! —gritó mi madre, visiblemente abochornada.

—El tiempo que lo he tratado ha sido suficiente para hacerme una opinión de la incompatibilidad de nuestros caracteres.

A decir verdad, ya se lo dijo mi hermano, no soy mujer para usted.

Desea una esposa sumisa, que escoja sus amistades a su antojo, que sea la perfecta ama de casa, que no desee trabajar…

y yo no soy nada de eso. Sé que no tendrá problema en encontrar una mejor opción que yo.

—No —dijo él y se levantó de la silla. Dio un paseo por la sala—. Abilia, esto no es lo que me dijiste ayer.

—Cibrián, cálmate —le advirtió su madre. Él se volvió a sentar.

—Lo siento de veras. Me pidió que lo pensara y es lo que he hecho.

Ayer creí que podría hacer todos esos cambios por usted, pero hoy me he dado cuenta de que son demasiados sacrificios.

Usted sabe lo mucho que me gusta la costura.

El tiempo que paso con mis seres queridos.

No valgo para cuidar una mansión como esta.

Ni deseo competir toda la vida con el fantasma de su esposa Catalina.

Había empleado un tono de voz suave y conciliador, pero no pareció funcionar. Se le veía furioso.

—No lo acepto —dijo él.

—¡Cibrián! —exclamó su madre autoritaria—. No te queda más remedio, es su decisión. No puedes obligarla a aceptar. Así pues, esto acaba aquí.

Suspiré aliviada.

—Haré lo que sea para que cambies de opinión. —Me miró—. Y no me importa el tiempo que tarde ni lo que tenga que hacer.

—¿Es una amenaza? —le encaré con el ceño fruncido.

—Eso depende de ti, ¿no crees? —repuso sin apartar la mirada.

—¡Cibrián! ¡Ten dignidad! —exclamó su madre, poniéndose en pie—. Honra la memoria del hombre al que le debes la vida.

—El hombre al que le debe la vida se sentiría honrado de que haya puesto los ojos en su hija. Y, como padre, estaría de acuerdo con esta unión —zanjó mi madre, con determinación.

Me sentí confundida. Cuando la señora Trueba habló del hombre al que Cibrián le debía la vida, pensé que se refería a su propio padre, pero mi madre hablaba del mío.

—¿Qué? —pregunté.

Cibrián también se mostró confundido. Se irguió en el sofá y ladeó la cabeza con el ceño fruncido como si no entendiera. Después de unos segundos entornó los ojos. La señora Trueba se puso en pie, ignorando mi pregunta.

—A pesar de eso, si ella no consiente, no hay más que hablar. Cibrián, ya has oído lo que la joven tenía que decir. Ahora sal de aquí que tienen que trabajar.

Cibrián me miró una última vez. Pareció dolido.

—Una cosa más —añadí—. Cuando estuve aquí, me dejé un documento que me gustaría recuperar.

La señora Trueba y mi madre me miraron confusas. Luego miraron a Cibrián.

—No va a ser posible —dijo este—. Me temo que lo llevé al ayuntamiento para dárselo a tu hermano, y allí se quedó olvidado.

Descuida, se lo daré en cuanto lo vea. —Se levantó y se recolocó la chaqueta de tweed de cuadros—.

Una última cosa, Abilia. Piensa que Catalina fue muy feliz a mi lado y tú también podrías serlo.

Se marchó sin darme oportunidad de réplica. Me quedé fría al comprobar la facilidad que tenía para mentirme a la cara. Ahora no me quedaba duda de que se había quedado el documento a propósito. Había planeado cortarme las alas desde el principio.

Cuando nos quedamos solas, mi madre abrió el bolso y rebuscó en él. Luego, rompió el silencio.

—Pues sí llevaba la cinta métrica —me dijo con ademanes secos—. Anda, apunta.

Tomamos las medidas y salimos de esa casa.

Andamos bajo la lluvia en un silencio tenso.

Lo que pensaba mi madre era un misterio, pero tenía una expresión extraña en el rostro, entre preocupada y frustrada.

Andaba deprisa, con los labios fruncidos y agarrando el paraguas con tanta fuerza que temí oírlo triscar de un momento a otro.

Ninguna tuvo ganas de hablar con la otra.

Mi madre porque, si lo hacía, me gritaría.

Yo porque lo que dijera solo serviría para empeorar las cosas.

Ella y el conde tenían planes para mí que yo no podía cumplir.

Salí de allí con la sensación de haber ganado una pequeña batalla.

Aunque me asaltó el presentimiento de que las que vendrían serían de órdago.