Vientos de cambio y cenizas 18. De mi casa de Cueto #2
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18. De mi casa de Cueto #2

—Mi hijo está bien, gracias —contestó mi madre. Agarraba la tela y la estrujaba entre las manos.

—Siento mucho que la tienda se quemara —continuó la señora—. ¿Pudieron sacar lo importante?

—Sí. Mi hijo sacó la máquina de coser —contestó mi madre. Parecía afectada. La conversación era de lo más trivial, pero ambas parecían buscar las palabras con cuidado.

—Aunque lo crucial que salvamos fue la vida, ¿no cree? He estado pensando en eso. Ustedes han perdido su casa y su medio de vida, y quisiera ayudarles como muestra de gratitud por el gesto de su hija.

—Solo con que Cibrián haya puesto los ojos en Abilia es suficiente.

—Pero casar a su hija no es el único de sus problemas, ¿verdad? —indagó la señora, que parecía ofendida por el rechazo—. Ni la solución a todos ellos. Sin embargo, con uno en concreto se me ha ocurrido algo que le puede servir de ayuda, al menos de manera temporal.

Mi madre me miró en ese momento.

—Abilia, cariño, me he olvidado de la cinta métrica. Haz el favor de buscar al ama de llaves y pedirle de favor si tiene algo con que tomarle las medidas a la señora.

El mandado me vino de sorpresa. Primero, porque yo sabía de sobra que la cinta métrica estaba dentro del bolso; la había puesto yo.

Segundo, porque fue demasiado repentina y no venía a cuento en mitad de esa conversación.

Y, tercero, porque me aterraba la idea de salir de esa habitación y encontrarme con quien no quería.

Hice ademán de protestar, pero mi madre me calló con una mirada de «lo que yo digo es ley», que heredó mi hermano, y salí de allí sin mediar palabra.

Cerré la puerta todo lo educadamente que la rabia me permitió y apoyé mi espalda en ella para recuperarme antes de decidirme a deambular por la casa para buscar al ama de llaves.

Entonces mi madre habló de nuevo y mi curiosidad me mantuvo pegada a la puerta, así como estaba.

Giré la cabeza a un lado para oír mejor.

—Señora Trueba, se lo agradezco, pero nos estamos apañando bien —decía.

—Tonterías. Se está quedando con la familia política, lo sé. Hay mucha gente allí. No sé exactamente dónde está, pero entiendo la dificultad para usted y los suyos.

Mi madre guardó silencio. La señora Trueba continuó.

—Como usted ha dicho, solo tengo a mi Cibrián, y no se me olvida que eso es posible gracias a su marido. Le debemos mucho y por eso puedo entender la actitud de mi hijo.

La voz de la señora Trueba se oía lejana. Entre ruidos de cajones, abrir y cerrarse, percibí la voz de nuevo.

—De mi casa de Cueto.

—No puedo aceptarlo, señora Trueba —repuso mi madre con voz apesadumbrada.

—No diga tonterías —la reprendió—. Está alejada, en mitad del campo. Es lo que puedo ofrecerle. Solo de forma temporal.

Di un respingo cuando me di cuenta de que, por estar escuchando, estaba perdiendo un tiempo valioso.

Cibrián seguía teniendo mi cartilla del Servicio Social en su poder.

Me decidí a buscarla y recuperarla yo misma.

Eché un vistazo al pasillo desierto y reconocí la habitación de Catalina, donde guardé reposo.

Entré con cautela. Durante el día, la estancia resultaba mucho más regia que por la noche.

El retrato imponente de Catalina me observaba desde la cabecera y me sentí una intrusa de nuevo en su santuario.

Me sacudí la idea de la cabeza y me dirigí al lado de la cama donde estuve postrada.

Nada por el suelo, nada sobre el diván, nada en la mesita de noche.

Deshice las sábanas por ver si se coló entre ellas.

Nada.

Desesperada, miré bajo la cama. Tampoco había nada allí. Al levantarme, me dio un vuelco el corazón. En el umbral de la puerta apareció la figura de Cibrián. Se sorprendió un segundo y al momento se llevó la mano al mentón, intentando disimular la sonrisa que le vino sola al rostro.

—Vaya, vaya… —dijo—. Eres la última persona a quien esperaba encontrarme aquí.

—Don Cibrián. —Me sentí como una ladrona y el trato distante volvió—. Perdone mi falta de modales. Mi madre está en la habitación de al lado, con la suya, y yo he venido a comprobar si seguía aquí mi cartilla del Servicio Social.

—¿Y por eso ya no me tuteas? —Sonrió como quien tiene una mano ganadora en un juego de cartas—. ¿Para qué has venido con tu madre?

Intenté rebasarlo para volver a la habitación de la señora Trueba, pero se me cruzó en medio sin ocultar la sonrisa.

—Hemos venido a tomarle las medidas de nuevo.

—Pero no tengas tanta prisa. —Puso sus manos en mis hombros para impedir que saliera de la habitación—. Seguro que harás un primor de falda, como todo lo que hacen esas manos. Tienes muy buen gusto. Aún recuerdo cuando tomaste las mías para este traje.

Me sentó tan mal el comentario que se me borró la vergüenza de golpe. Estaba alabando mi trabajo cuando quería obligarme a dejarlo. Me dirigí a él tan dolida que dejé el trato distante.

—No me tortures con eso. Sabes lo mucho que me gusta mi trabajo. ¿Y ahora me lo admiras? ¿Quieres herirme para vengarte por lo de esta mañana? ¿O es que has reconsiderado la opción de que siga con mi oficio después de casada?

—Me temo que no, querida —dijo él—. No era mi intención hurgar en la herida, pero no hay nada que reconsiderar.

Precisamente porque yo he estado al otro lado de su oficio, sé que, si un hombre tiene oscuras intenciones, es fácil encontrar la oportunidad.

Cuando aceptes ser mi esposa, eso se terminará. Está fuera de discusión.

—Contigo todo está fuera de discusión y no entiendo por qué —me quejé e intenté apartarme. Seguía agarrándome de los hombros—. Déjame salir.

—¿Tan pronto quieres irte? Es una buena oportunidad para que eches un vistazo a la habitación más detenidamente. Quizá quieras pensar en cómo la decorarás cuando sea tu alcoba.

—¿En serio? Aún tienes ahí colgado el retrato de la madre de tus hijos.

El comentario pareció molestarle. Tensó el rostro y la voz salió rígida.

—¿Sabes? Me sorprende tu actitud. Te recuerdo que quien tendría razones para estar enfadado soy yo.

—Pero soy yo la que tiene que renunciar a cosas para complacerte. Y ni siquiera creo que pueda renunciar a las que ya había accedido.

—Solo han pasado tres días, es pronto para que lo sepas. No te has dado tiempo para conocerme. —Me acercó a sí y vi en su mirada profunda la sed de la vez anterior—. Puedo ser muy dulce contigo, Abilia.

Me rodeó la cintura y acortó el espacio entre nosotros.

—Suéltame o gritaré —le advertí con firmeza.

—Es por Yurde, ¿verdad? —Forcejeé para que me soltara, pero su agarre era firme—. Mírame y dime la verdad.

Lo miré a los ojos y no pude mentirle. Aparté la mirada y él hundió su rostro en mi cuello. Aspiró mi aroma y besó mi clavícula.

—¡Don Cibrián! —grité y luché por zafarme de su agarre. No pude apartarlo de mí, así que marqué la distancia con el trato de nuevo—. Me prometió que se comportaría.

—Tú has roto todos nuestros tratos, Abilia. Ya no voy a ser el único que cumple. —Se cansó del forcejeo y me soltó. Me di prisa y salí de la habitación.

—Supongo que esto se termina aquí —dije.

—¿A qué te refieres? —preguntó con el ceño fruncido.

—A lo nuestro, ¿a qué si no?

—Ya te dije que no me gusta perder. Ahora me queda claro que Yurde Alonso es un competidor peligroso, pero tengo muy bien pensada mi estrategia.

—Vi en sus ojos la mirada de tiburón peligroso que tanto miedo me daba, y él debió ver el espanto en mi cara—.

No te alarmes, querida, no te estoy diciendo nada nuevo.

—Yurde no es el problema, sino yo. No puedes obligarme a aceptarte. Ni siquiera es necesario que me case con Yurde para alejarme de ti, tengo otros medios.

—¿Te refieres a tus planes de irte a Francia con tu tía? Falta mucho para eso. Aún no tienes el pasaporte.

Se me encendió una luz. Sentí que me había mentido. No se me cayó la cartilla, él la había cogido. La había retenido de forma intencionada.

—Devuélveme la cartilla.

La sacó de su bolsillo y me la enseñó. Avancé para cogerla y él la elevó en el aire. Me estrechó contra sí y me dio un beso en la nariz. Salté hacia atrás. Él sonrió.

—¡Devuélvemela!

—Todo a su tiempo, querida. Pero, si quieres, puedes venir a buscarla de nuevo.

Rio con picardía. Me dirigí hacia la habitación donde esperaban nuestras madres y, sin importarme lo más mínimo las normas de cortesía, abrí la puerta sin llamar y entré en la habitación.

—¿Qué modales son esos? —reaccionó mi madre. Calló en el momento en que vio mi rostro airado y la figura de don Cibrián detrás de la puerta.

—Cibrián, pasa —dijo su madre.

Este obedeció. Después de saludar cortésmente a la mía, que mantenía una expresión seria y distante, su madre prosiguió.

—Ahora que estamos los cuatro aquí, vamos a hablar abiertamente del tema que nos preocupa. Cibrián, cierra la puerta y siéntate.

Mientras él hacía lo que su madre le mandó sin rechistar, nosotras tomamos asiento, respondiendo al ofrecimiento de la señora, que había extendido la mano hacia un sofá.

—Tengo entendido —comenzó la conversación mi madre en un tono calmado— que le ha hecho una proposición de matrimonio a mi hija.

—Así es, señora Sinda —respondió Cibrián, serio—. Hablé de mis intenciones con ella y, al no estar usted en la ciudad, se las comuniqué también a su hijo.

—Para nuestra familia sería un gran honor emparentar con la suya.

—Sin embargo —intervino la señora Trueba—, ambas cosas carecen de importancia si la aludida no consiente. Y la joven no ha dicho esta boca es mía desde que ha llegado. Abilia, me gustaría saber tu opinión.

Cibrián se mantuvo tranquilo, pero bajo esa aparente calma, en sus ojos vi un mar turbulento.