18. De mi casa de Cueto
D iego entró detrás de mí.
—Mira todo esto —le dije—. Ni siquiera puedo desahogar mi frustración trabajando.
Me dejé caer sobre la silla. Mi hermano hizo ademán de agacharse a mi lado, pero la herida de la pierna se lo impidió y, con una mueca de dolor en la cara, arrastró una silla frente a mí y se sentó.
—¿Cómo tienes la herida?
—Mucho mejor. Marina la limpia y cambia la venda como un reloj.
—Me alegro. Por cierto, Ángela me dijo que fuiste a buscarme durante el incendio. Te lo agradezco. —Mi hermano me sonrió.
—Bueno, tú fuiste a por nosotros también.
—¿Es cierto lo que dijiste antes? Si nos hubiésemos encontrado esa noche, ¿yo sabría lo que pasa? No entiendo tanto secretismo, Diego. ¿Es que no confiáis en mí? Soy capaz de guardar una confidencia, y voy a ayudar en todo lo que pueda.
—Es para protegerte. En este caso, cuantas menos personas estén al tanto, mejor. Aunque, si de mí dependiera… creo que deberías saberlo.
—¿Y entonces por qué no me lo cuentas? —pregunté, bajando la voz a un susurro.
—Porque no depende de mí.
—No lo entiendo —protesté—. Para otras muchas cosas, actúas como el cabeza de la familia, ¿y esto no depende de ti?
—Exacto —respondió—. Y no preguntes más.
Suspiré, resignada.
—Aún no me has contado cómo te hiciste eso —insistí, señalando su herida.
—Eso me lo hice cuando salía de la tienda. —Me dedicó una sonrisa—. Por cierto, me traje algo de ella. Espera aquí.
A los pocos minutos apareció de nuevo con la máquina de coser de mi madre bajo el brazo y la puso sobre la mesa.
Nuestro sustento. Nuestro trabajo. Mi hermano la había rescatado. ¡Aquel acto decía tanto de Diego!
Me levanté y me enganché a su cuello, tan inquieta por la emoción que hasta saltos daba.
—¡Vale, Abi! —dijo entre risas—, que me triscas [9] .
Me separé de él y me quedé mirando la máquina. Él se sentó a mi lado, animado.
—¿La tenías todo este tiempo y no me has dicho nada?
—Se me cayó en la huida y he tenido que arreglarla primero.
—¿Y te heriste la pierna por salvarla? —pregunté.
—Se puede decir que sí —contestó—. Salía de la tienda cuando el viento golpeó la puerta y rompió el cristal en pedazos. Uno de ellos salió despedido y se me clavó.
—¿Y llegaste tú solo hasta aquí herido y cargando con la máquina? —pregunté conmocionada.
—No te preocupes por eso, tuve ayuda —aseguró—. Por cierto, gracias por curarme.
—Eso no hay ni que mencionarlo —repuse. Me sonrió y pellizcó la barbilla con cariño. La primera vez que lo hacía en años.
—Ahora sí puedes desquitarte cosiendo —declaró y me guiñó un ojo—.
En el ayuntamiento estamos preocupados. El comercio se ha visto muy afectado.
Se está pensando en montar unos barracones para que los comerciantes podáis empezar de nuevo.
Hasta entonces, buscaremos un lugar donde podáis coser madre y tú.
—Gracias, Diego… —dije—. No sé qué decir.
Él sonrió y se levantó para irse. Los ojos de mi hermano eran de los más expresivos que jamás he visto.
Estuve de acuerdo con Marina en que eran bonitos.
Cuando estaba contento, contagiaba la alegría; cuando estaba enfadado, la tensión se palpaba en el aire.
En ese momento me miró y vi claramente todo aquello que no decía: que estaba enfadado con la situación; que me tenía mucho cariño, pero también lástima; que la situación lo estresaba, que se sentía contra las cuerdas… Y vi en sus ojos preocupación.
—Sé que tienes dudas sobre cómo acabarán los tratos con Cibrián Cobo. Lo de esta mañana con Yurde… lo siento. Te juro que lo estoy intentando.
—Lo hecho hecho está. —Lo miré con curiosidad. Su expresión era seria, pero en sus ojos adiviné un brillo divertido—. Intenta distraerte. Creo que te vendrá bien coser.
Esperé reproches que no llegaron. Luego salió de la habitación.
Pensé en la conversación con Marina sin dejar de mirar la máquina de coser.
—Lleva razón —me susurré—. No conozco a mi hermano.
Al cabo de un rato, mi madre entró en la sala.
—A ver, dime, ¿cuál es la tela que eligió don Cibrián para la falda de su madre? —preguntó.
Desconcertada, eché un vistazo y cogí una de las telas.
—Esta es la que más se le parece —respondí—, aunque no es la misma.
—Vale, pues nos llevaremos una muestra de esa y de estas dos más —dijo. Sacamos los tres rollos de telas de colores y texturas similares y cortamos una muestra.
—Madre, ¿va a ir a ver a la señora Trueba? —pregunté.
—Y tú conmigo. En la situación en la que estamos, necesitamos todo el trabajo que nos salga, así que cuanto antes, mejor. Por lo pronto, este es el único encargo que sabemos que podremos cobrar. Además, tenemos cosas de las que hablar con ella.
Recordé la última conversación con la señora Trueba y sabía que no le agradaban las relaciones entre su hijo y yo. Ya había lidiado esa mañana con el enfado de Yurde, el de Cibrián y el de Diego, no me sentía con fuerzas para soportar también el de la señora Trueba.
—Yo prefiero no ir.
—Tú vas a venir, ¡qué disparate!
Dibujamos unos bocetos de la falda plisada para que la señora diera el visto bueno.
Nos pusimos en camino, bajo un mismo paraguas, hasta la casa del conde, en la Magdalena, con el pellizco agarrado al estómago todo el rato.
Me resigné al pensar que sería una buena ocasión para recuperar mi cartilla del Servicio Social, que seguía en poder del conde.
El caserón se hizo cada vez más grande al tiempo que nos acercábamos a él.
Me imaginé siendo la señora de ese lugar y me abrumé.
¿Sabría manejar a tantos trabajadores? Lo más probable era que me pusiera a limpiar la mansión con ellos, mientras sentía la mirada reprobatoria de Catalina, juzgándome desde el óleo.
Volví mi mirada al camino que llevaba a las rocas e imaginé cómo sería estar tan cerca de Yurde y a la vez tan lejos.
Despertarme cada madrugada, sabiendo que estaría allí cada noche, sin poder acercarme, encontrándonos a un paso.
En Francia no podía ir a verlo llegar sano y salvo y, desde que regresé, no había dejado de hacerlo un solo día.
No podría vivir con esa agonía. Aquella vida sería una tortura; tuve la certeza en ese instante.
Frené tan en seco que mi madre casi tropieza.
—¿Y ahora qué?
—Madre, por favor, no quiero entrar ahí.
—¡Santo Dios, Abilia! —exclamó mi madre con el rostro serio—. Ya hemos llegado hasta aquí, ahora no vamos a volvernos. Andando.
Emprendió la marcha de nuevo, sin esperar respuesta, y llamamos.
—Madre, limítese a la falda —imploré.
—Déjate de tonterías, ¿estamos? Hay que hacer las cosas bien.
El ama de llaves abrió y el corazón quiso salírseme de la boca cuando nos hizo esperar mientras avisaba a la señora.
La señora Trueba se sorprendió al vernos. Se disponía a dar un paseo, aunque a su manera se alegró de que nos presentáramos sin avisar, porque no le gustaba caminar bajo la lluvia. Nos hizo pasar a una salita en la planta baja. Una vez allí, mi madre tomó la palabra.
—Señora Trueba, siento haberme presentado sin cita y sin avisar.
—No se preocupe. Ya el sábado me dijo mi hijo que en un par de días vendrían a hacerme la prueba de la falda. —La señora hizo una mueca que me dio la impresión de ser una sonrisa irónica—. Aunque pensé que quizá el incendio alteraría su rutina. Porque es eso a lo que han venido, ¿no?
—Una de las cosas, sí —repuso mi madre—.
La verdad es que no podemos hacerle la prueba porque, como ya sabrá, se quemó la tienda y ya no disponemos de sus medidas, ni de la tela que su hijo escogió.
Por eso, necesitaríamos que nos permitiera tomárselas de nuevo.
—La señora asintió—. Y me he tomado la libertad de traer unas muestras del género nuevo para que escoja la tela que más le agrade.
Mi madre sacó las muestras y las extendió sobre la mesa. La señora las ojeó y las probó al tacto.
—Esta —decidió por fin—. Es suave y cálida.
—Perfecto —dijo mi madre.
—¿Y qué otro asunto tiene que tratar conmigo? —preguntó sin rodeos.
—Mi hija me ha hablado de la proposición de matrimonio que le ha hecho su hijo.
La señora Trueba me miró y ajó el rostro. Se retorció las manos en gesto nervioso y dio un paseo por la sala.
—Algo he oído —manifestó—, pero Cibrián no me ha informado directamente.
—Vaya —dijo mi madre—. Lo siento mucho. Como ya han hablado ellos y Cibrián le ha referido el asunto a mi hijo, supuse que estaría enterada de primera mano.
—Mi hijo es un adulto —repuso ella mirándola con la barbilla en alto—. No tiene que contármelo todo, ¿no cree?
La señora Trueba se dejó caer en el butacón con expresión angustiada.
—Claro, lo supongo. Yo también acabo de enterarme.
A fin de cuentas, son adultos y toman sus decisiones.
—Miré hastiada a mi madre. Ahora decía eso, pero me estaba presionando—.
Aún así, comprenda mi postura. Siendo que hablamos de la unión de las dos familias, me he visto en la obligación de venir.
Espero que mi hija sea de su agrado, pues solo tiene a Cibrián y esta será su única nuera.
Bajé el rostro y lo escondí entre las manos. Acababa de meter el dedo en la llaga.
—¿Es esa tu decisión al fin? —preguntó la señora. Levanté la vista, pues entendí que me hablaba a mí. Me miraba con su marmórea cara rígida en un gesto de disgusto. Abrí la boca para contestar.
—¡Por supuesto! —se apresuró a decir mi madre, sin dejarme hablar.
Volví a cerrar la boca. La señora Trueba esperó un momento, pero al ver que yo no contestaba, se dirigió a mi madre.
—Su hija no me desagrada. —Por su expresión facial, parecía que percibiera un olor hediondo y no casaba con sus palabras—. No podría, después de que me salvó la vida. Y no olvido que su marido se portó muy bien con mi hijo.
Era la segunda vez que se hablaba de la relación de mi padre con Cibrián, pero yo desconocía esa historia. Estuve a punto de preguntar cuando mi madre contestó en el mismo tono apenado.
—Mi marido también lo apreciaba.
—Por cierto, ¿cómo está Diego? —preguntó la señora.