17. Lo que me ofrece Cibrián #3
Le entregué el boletín a Diego, que me miró con disgusto. Lo guardó en el bolsillo y completó la información que yo omití, pero que a él le parecía importantísima.
—También explica la heroica acción de Falange en diferentes aspectos.
La Bandera de Choque ha mantenido el orden y ayudado a las autoridades en las labores de auxilio.
La Sección Femenina se ha ocupado de los evacuados, proporcionándoles alojamiento y víveres.
El Frente de Juventudes ha ayudado a evacuar las casas en peligro, atendiendo y sacando a los heridos.
Así como las Milicias del SEU y los soldados del regimiento cincuenta y tres, que han colaborado en diferentes tareas, algunos como bomberos voluntarios.
Diego soltó aquel discurso con auténtico orgullo y terminamos de comer en silencio mientras él alababa la buena organización de los diferentes grupos de auxilio.
Cuando ya creía que estaba todo dicho, se dio una situación parecida a la que había experimentado el día anterior.
Marina y Mercedes mandaron a los niños a la habitación para hacer los deberes y luego desaparecieron en la cocina. Francisco se marchó y Diego, mi madre y yo nos quedamos solos a la mesa.
Había empezado a llover de nuevo. Me quedé en silencio, escuchando el rumor del agua caer, y me alegré de que la lluvia diera una mano a los bomberos que seguían apagando los rescoldos que quedaban.
Miré a Diego, sin saber muy bien qué esperar.
—¿A que no imaginas quién ha venido a hablar conmigo esta mañana al almacén? —preguntó.
—¿Otra vez? ¿Para qué? —reaccioné. Mi madre nos miraba con el ceño fruncido.
—No estaba muy contento, al parecer os vio abrazados —dijo Diego con un tono irritado—. ¿Es cierto?
Bajé la mirada, avergonzada. Mi madre abrió mucho los ojos.
—Pero, hija, que ya no sois niños. Y no eres tonta. Sabiendo lo que siente Yurde por ti, no deberías dejarte abrazar por él. Menos todavía si estás en relaciones con otro hombre. Hablaré con el muchacho. ¿Es eso lo que te ha pedido? —preguntó a Diego.
—He sido yo quien lo ha abrazado —aclaré—. Él no ha hecho nada por lo que debáis llamarle la atención. Y ya he hablado yo con Cibrián, no entiendo para qué tiene que ir a ti con el cuento.
Diego me cortó dando una palmada en la mesa.
—¿Voy a tener que ponerte también carabina cuando sales con Yurde? —Bajé de nuevo la mirada—. ¿Es que no entiendes que pones tu reputación en juego y a tu familia en el candelero?
Me violentó más hablar del tema con Diego y mi madre que con el mismo Cibrián.
—No será necesario, porque no veré más a Yurde —dije con los ojos anegados en lágrimas y un nudo en la garganta. Diego suspiró.
—Abilia, te dije que te lo tomaras en serio —replicó mi hermano—. Si le das motivos para celar, te seguirá a sol y sombra. Y no nos conviene que se acerque a esta casa, o que se obsesione.
Mi madre mudó el rostro un momento. Luego recuperó la compostura.
—Diego, entiendo lo que quieres decir, pero su interés es Abilia.
—Su interés por ella lo conduce a esta casa.
Mi madre lo miró y sopesó sus palabras.
—Bueno, no tienes que hacer un alboroto de esto. ¿Qué enamorados no riñen o se celan? Cuando ella lo acepte, nos ganaremos su complicidad.
—¿Su complicidad para qué? —pregunté entre indignada y curiosa.
—Ese es el caso, madre. Que no sabemos cómo acabará este noviazgo.
—Ya te digo yo que lo sabemos —replicó severa.
—¿Su complicidad para qué? —repetí.
Diego miró a mi madre como pidiendo permiso. Luego contestó:
—Es hora de que lo sepa, madre.
—Tú a callar —ordenó ella autoritaria.
—Merece saber lo que pasa —insistió Diego, a quien el tono de mi madre no había amedrentado, a diferencia de mí—. Si llego a encontrarla cuando fui a buscarla durante el incendio, lo sabría.
—¿Tiene que ver con el problema familiar del que no puedo saber nada?
—He dicho que se acabó esta conversación. No tiene que ver con el tema que nos ocupa —dijo mi madre turbada.
—Eso no lo sabemos, Madre. —Luego se dirigió a mí—. Pero ya te he dicho que no habrá problema si te casas con Cibrián Cobo. No lo marees, Abilia. Si lo vas a hacer, hazlo bien.
—Solo me estaba despidiendo de Yurde. Es muy duro dejar de ver a alguien tan querido.
—Hija, a veces las mejores opciones que tenemos en la vida requieren sacrificios. No tendrás a Yurde en tu vida, pero tampoco será una vida desdichada. Quiero mucho a Yurde, como a un hijo; no obstante, su amistad no puede poner en peligro lo que puede ofrecernos la familia Cobo.
—Lo que me ofrece a mí Cibrián —repuse, malhumorada.
Ellos no podían entender mis sentimientos porque no los conocían.
Hablaban de mi amistad con Yurde como si fuese prescindible, pero era la persona que más me dolería perder.
También lo decían como si sus sentimientos por mí fueran el problema, y no lo eran—.
Se os olvida que el compromiso es cosa mía.
Mi madre se levantó con los labios fruncidos y se marchó a la cocina. Yo también me marché malhumorada y entré a la salita, donde descansaban las telas que no podíamos usar, pues el taller había desaparecido.