Vientos de cambio y cenizas 17. Lo que me ofrece Cibrián #2
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17. Lo que me ofrece Cibrián #2

Mi madre desenvolvió la tela y se llevó una mano a la boca mientras con la otra revisaba el contenido.

—¡Abilia! —Mi madre abrió los ojos al ver el dinero—. ¿Sabías dónde lo guardaba?

Sonreí.

—Padre me dijo dónde lo guardaban cuando lo trajo, después de vender la tonelería.

—Pero mira esto… las joyas, los documentos ¡y la foto de tu padre! —exclamó. Los ojos se le anegaron de lágrimas.

—Saqué todo lo que pude.

Ella me miró con los labios contraídos en una mueca extraña.

—Madre, no llore, que se pone muy fea. —Me reí para controlar el sentimiento que me estaba invadiendo.

Ella sacudió la cabeza y se rio también.

—Esto no importaba —dijo. Al ver mi expresión de decepción, se explicó—. Tener esto es maravilloso, ¡no sabes lo mucho que te lo agradezco, cariño! Pero lo más importante que pudiste sacar de aquella casa lo tengo aquí delante.

Mi madre me cogió las manos y las apreté.

—¡La he echado tanto de menos! —dije.

—Yo también —repuso—. Pero ya estoy aquí. Y estáis todos bien, que es lo que importa.

Mi madre se levantó y, después de guardar los documentos en el cajón y cerrarlo con llave, se dirigió a la cocina.

Un sonido en la habitación de Marina y Diego me sacó de mis pensamientos.

Había creído que no quedaba nadie más en la casa, porque hasta ese momento el silencio había sido sepulcral.

Los niños estaban en el colegio, los hombres trabajando y Marina y Mercedes aún no habían vuelto…

¿O sí? Me acerqué a la puerta de la habitación, que ahora permanecía de nuevo en silencio.

—¿Marina? —pregunté. Nadie contestó. Llamé a la puerta—. Marina…

Esperé, dudosa. Con cautela, agarré el pomo, diciéndome que no debía abrir, que eso era violar la intimidad del matrimonio.

Pero había escuchado un ruido, ¿verdad? Tenía la sensación de estar volviéndome loca.

Si no había nadie allí, confirmaría que había sido un delirio.

Una posibilidad peor me hizo desistir: que sí hubiera alguien e interrumpiera algo que no debía.

Un rubor me prendió el rostro y me separé de la puerta.

—¿Qué haces ahí parada? —preguntó mi madre, que me miraba confundida desde la puerta de la cocina, mientras se limpiaba las manos en el delantal.

—Nada —respondí—. Que en esta casa hay un trastolillo .

—Anda, déjate de tonterías y ven a ayudarme.

Me puse el delantal y me uní a la tarea. Me preguntó por la pesca, por la Casa del Socorro y el incendio. Pero no me animé a abordar el tema del conde.

—¿Y tú has ido a faenar con Yurde? —inquirió sorprendida—. Si tú no puedes con un rollo de tela, ¡qué vas a poder con las redes!

—¡Madre! —exclamé sorprendida y le di con el trapo. Ella rio a carcajadas—. Aquí donde me ve, tengo más fuerza de la que cree.

—¿Él se encuentra bien? —preguntó.

—Se dislocó el hombro, pero, si sigue las instrucciones del médico, le quedará bien. —Miré por la ventana de forma instintiva, como si desde allí pudiera verlo.

—No es eso a lo que me refiero. ¿No vas a hablarme de Cibrián Cobo?

—Supongo que ya se lo habrá contado Diego.

—Sí, algo me ha contado. Pero me gustaría que me lo contase la interesada en el asunto.

—Ya me voy acostumbrando a su presencia. Hasta el sábado no entraba en mis planes casarme con un conde y dejar de coser.

—Lo sé. Y por eso me extraña que lo asumas con tanta calma. ¡Cómo cambian las cosas en dos días!

—No lo llevo con calma, madre. Pero supongo que el incendio ha precipitado todo.

—La verdad es que parece la respuesta a nuestras oraciones. ¿Estás contenta?

Intenté sonreír, pero no me salió. Resumiéndolo mucho, no, no me sentía contenta.

—Aún no me siento cómoda con él como para eso.

Y me duele ver a Yurde sufrir. El sábado estuvimos a punto de ir al cine juntos por primera vez…

Eso sí que me hizo muy feliz. Aunque el conde está celoso de él y no quiere que lo vea más.

Y ahora, la relación con Yurde se ha enrarecido.

Me ha contado abiertamente sus sentimientos.

—Bueno, ya los conocías —dijo—. Hasta los peces los sabían. —Se rio.

Iba a contarle cómo me sentía yo, cómo habían cambiado mis sentimientos por Yurde, pero no tuve oportunidad. Los hombres llegaron a la casa y la comida aún no estaba lista. Marina llegó y entró a la cocina a ayudarnos. Cuando nos sentamos a la mesa, el incendio fue el tema de conversación.

—¿Habéis visto el boletín oficial? —Quiso saber Francisco.

—¿Qué boletín oficial? ¿No es el de ayer? —pregunté intrigada.

Diego se sacó un papel del bolsillo y me lo extendió.

—¿Qué dice? —inquirió Marina.

—Dice que por falta de espacio solo pueden dar una referencia muy escueta de la catástrofe.

Explica que el incendio se originó en la calle Cádiz y que el viento llegó a ciento cuarenta kilómetros por hora [8] .

Que consiguieron pedir ayuda por radio a través de los barcos Plutón y Turia al ministro de la Gobernación y a todos los gobernadores de España.

Da una relación de las calles que han quedado arrasadas…

Explica que se empleó la dinamita para aislar los focos y que, como los postes de los cables fueron arrancados por el viento, nos quedamos incomunicados y los trenes no reanudaron su marcha hasta ayer lunes.

Que el total de casas destruidas son setecientas veintiuna…

Ha habido un muerto, ciento quince heridos y más de mil asistidos por conjuntivitis.

De esto doy fe. También dice que hasta nuevo aviso queda prohibido cocinar en las cocinas y que se detendrá a quien no lo cumpla, para lo cual se ha dispuesto un servicio especial de inspección domiciliaria.