17. Lo que me ofrece Cibrián
—B uenos días, señorita Abilia, Yurde. —Acompañó el saludo con una sonrisa que pretendió ser cordial, pero resultó falsa.
Era evidente que detestaba vernos juntos, se notaba en la tensión de la vena de su cuello.
Clavó sus ojos azules en mí, que ya me había separado de Yurde, y en la falda anudada por las rodillas.
Me parapeté detrás de él y me solté los bajos a toda velocidad.
—Buenos días, don Cibrián. —Yurde sonó cordial, con más éxito que el conde. Solo una leve vibración en la voz al pronunciar el nombre lo delató.
—Buenos días —dije con un hilo de voz.
—¡Vaya! Veo que la suerte os ha sonreído. Cuatro cubos. No pretenderéis llevarlos andando, ¿verdad? —dijo fingiendo preocupación. Pedro, su empleado, salió de la casa y cargó algunas cosas en la camioneta—. Déjalo, Pedro. Luego terminarás de hacer eso.
Pedro hizo mutis sin rechistar.
—No se preocupe, nos las apañamos bien —repuse—. Además, usted tendrá mucho que hacer; si no, no habría sacado la camioneta tan temprano.
—Lleva razón. Iba a llevar algunas cosas a los damnificados antes de empezar mi jornada en el ayuntamiento.
—Una acción muy noble —dije.
—Es cierto, señor Cobo. No lo entretenemos, entonces —añadió Yurde.
—La señorita tiene una voluntad titánica —replicó don Cibrián.
—No sabe cuánta —afirmó Yurde.
—Pero, aun así, para ir andando es un tramo largo, y más cargados bajo la lluvia. Yo tengo la camioneta aquí mismo —siguió hablando sin borrar la sonrisa de su cara—. No tengo inconveniente en dejártela para llevarlos, ya lo sabes.
—Se lo agradezco, pero estos no son para vender, sino para la familia. Hoy no me conviene el trato —dijo Yurde, después de mirarme de soslayo. Mi cara estaba descompuesta.
—¿Y dejarás a la joven cargar con los cubos todo ese trecho? —preguntó con exagerada sorpresa.
Yurde me miró y miró los cubos. Suspiró.
—No se preocupe, yo llevaré el otro.
—¿Qué? No puedes usar la mano, debes aguantar los días que restan o no quedará bien —protesté.
—La joven tiene razón. Mira, llévate la camioneta. En lo que yo tengo una conversación con la señorita Abilia, la habrás traído de regreso y volvéis juntos, libres de peso.
Yo me estremecí ante la idea de quedarme a solas con él después de que nos había descubierto en una situación tan embarazosa. Sabía que, a pesar de las formas suaves y amigables, los celos lo estarían consumiendo por dentro. No estaba preparada para enfrentarlo.
—¡No! —Los dos me miraron. El conde, con expresión de fastidio, y Yurde, sorprendido—. Quiero decir que Yurde no podrá conducir con solo una mano.
Don Cibrián volvió a lucir su sonrisa y me miró condescendiente.
—Lleva razón, querida Abilia. Qué torpeza no haber caído. Los acercaré yo, entonces.
—No es necesario, de verdad, don Cibrián —dijo Yurde. Pero el conde ya había venido hacia mí y cogido uno de los cubos.
—Tonterías. Venga. Vamos a cargarlos.
Minutos después estábamos todos dentro de la camioneta de camino a casa de Nieves, que era la que más cerca vivía.
Cibrián conducía. Yo iba a su lado y Yurde en la carga, con los peces.
Recordé la primera vez que me monté en la camioneta con mi amigo.
Solo hacía unos días y ya me parecía una eternidad.
Al pasar sobre una imperfección del camino, la camioneta dio un pequeño salto que me provocó cosquillas en el estómago.
Me giré para ver a Yurde, que no me quitaba ojo, buscando una mirada cómplice, y le sonreí.
Él no me devolvió la sonrisa. El conde no se movió un ápice, pero, como si su visión abarcara más que la de una persona normal, se retrepó en el asiento y soltó un suspiro de frustración.
—¡Qué suerte tienes con la ayuda de la señorita! Cada día le descubro nuevas habilidades —comentó.
—Sí, es cierto —repuso Yurde—. Tiene muchas y muy buenas.
—Estáis exagerando —protesté.
—En eso se equivoca, señorita —dijo—. No cualquier mujer es tan altruista que ayuda a un… «amigo» que está herido, a faenar antes de la madrugada.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No por sus palabras, sino por el tono de voz. En ese momento sentí el desasosiego que experimenté en la tienda cuando me lanzó sus amenazas veladas, y una señal de alarma se encendió en mi cabeza.
—Por mi familia —contesté—. Esos cubos de atrás son el alimento de mi madre, mi hermano, mi cuñada y mis sobrinos. Si Yurde no faena, no comen. Si yo puedo ayudar con algo, lo hago. Y eso sí lo haría cualquiera.
Yurde permaneció en silencio y don Cibrián me miró con los ojos entornados y una sonrisa que no supe interpretar. Pero no reflejaba simpatía. Llegamos. Bajamos los cubos de la camioneta. Yurde cogió uno.
—Este me lo subo yo. El resto para casa de Francisco, que sois más allí —dijo.
—Señorita, me gustaría hablar con usted un momento, si es posible —intervino Cibrián—. Me bastará el tiempo que tarde el joven en subir el cubo y volver a bajar.
Le hice una señal para que subiera. Él resopló.
—No tardaré. —Se dirigió al portal a toda prisa. En cuanto desapareció de nuestra vista, Cibrián se acercó a mí y me resguardó bajo su paraguas. A solas, la conversación tomó un tono más íntimo.
—Cibrián, no es lo que piensas, yo…
—Es exactamente lo que pienso. —Habló enfadado—. Y me molesta mucho que me tomen por imbécil.
—No es mi intención en absoluto. Si me dejas que te explique…
—No hay explicación que valga. No has sido honesta conmigo, Abilia. Ya te dije que no me gusta perder y que eliminaría a la competencia.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿Eso qué quiere decir?
—Que, si no eres capaz de respetar una petición tan sencilla, tendré que tomar cartas en el asunto.
—¿Qué tipo de cartas? ¿Con él o conmigo?
—Con ambos.
Las piernas empezaron a temblarme. Su mirada de tiburón me congeló.
—Espera, Cibrián. Yurde no tiene la culpa de nada. He sido yo la que lo ha abrazado. Me estaba despidiendo de él. Después de estos tres días no volveré a verle. Te lo juro.
—Parece que no me expreso con claridad; el trato se ha roto. Nada de tres días. No vas a volver a verlo a solas nunca más, da igual la circunstancia. ¿Me has entendido?
—Perfectamente —respondí—, pero no lo acepto. Si llegamos a casarnos, ten por seguro que serás el único hombre para mí y mi lealtad será absoluta. Sin embargo, será inevitable que trate con otros hombres, así que deberás confiar en mí.
—¿Y te irás abrazando con todos? ¿Quieres hacerme creer que mis celos son infundados? ¿Que simplemente soy desconfiado? Tú no has respetado mi petición. Respóndeme a algo, y esta vez, si no vas a ser honesta, prefiero que no lo hagas. ¿Tengo motivos para sentirme celoso?
Bajé la mirada. Si no decía nada, le estaría dando la razón, y me horrorizaba lo que podía hacer si lo entendía así.
—Solo lo he ayudado a faenar porque él solo no puede.
Cibrián me estudió con la mirada. Yo temí que hubiera leído mis verdaderos sentimientos en el rostro, como lo hacía Diego. Casi no pude controlar el temblor en el cuerpo.
—¿Es solo eso? ¿Te sientes obligada a faenar con él mientras se recupera? —Yo asentí—. Entonces el problema tiene solución sencilla.
Yurde salió del portal y yo me quedé con las ganas de saber cuál era esa solución.
—Muchas gracias, don Cibrián —dijo cuando estuvo junto a nosotros—. Nos ha ahorrado un buen paseo.
—No las merece. Ahora los dejo, que tengo algo de prisa. Nos veremos pronto. —Se metió en la camioneta y bajó el cristal—. Abilia, recuerde lo que hemos hablado.
Arrancó la camioneta y se marchó. Yo me quedé con una sensación extraña.
Salí a faenar con Yurde para demostrarme a mí misma que podía acallar ese nuevo sentimiento por él, y había fracasado.
No solo había sido incapaz de contenerlo, sino que Cibrián había visto cómo lo desplegaba.
Llevaba razón, le había dado motivos para celar.
—¿Qué te ha dicho?
—Que ya nada de tres días. Hoy es la última vez que te ayudo.
—Después de vernos abrazados, no me extraña.
—Yurde me miró con gesto adusto—. Lo raro es que no haya roto el compromiso.
Luego te ayudaré a llevar los cubos a casa de Francisco.
—Miró a ambos lados de la calle con recelo y me metió en el soportal—.
Cuando pase el toque de queda. Hoy ya hemos tentado mucho la suerte. ¿Subes?
Seguía incómoda por la situación y ver a su hermana Nieves y a su madre no mejorarían mi malestar. ¿Qué iba a hacer todo ese rato en un ambiente enrarecido?
—Es muy temprano, no quiero molestar a tu hermana. —Él frunció el ceño—. Tranquilo. Esperaré a que pase el toque de queda.
Le sonreí. No me devolvió la sonrisa, pero relajó el rostro.
Se dio la vuelta y subió las escaleras. Lo observé con tristeza mientras se alejaba.
Estaba enfadado conmigo y no sabía cómo arreglarlo.
Además, el comentario de Cibrián sobre eliminar a la competencia y tomar cartas contra Yurde me inquietó.
Al cabo de un rato la soledad me pesó y lloré en silencio.
Cuando fue prudente me fui a casa de Mercedes con los cubos.
No había andado un par de metros cuando noté un empujón.
Caí hacia adelante. Mi agresor aprovechó la oportunidad y me quitó los cubos con el pescado, recogió los que habían caído al suelo y salió corriendo.
Yo me levanté lo más rápido que pude y salí corriendo tras él.
No podía gritar por ayuda, pues no debía tener pescado fresco en mi poder.
El ladrón lo sabía bien. Lo perdí. Lloré mucho más intensamente y me di la vuelta con las manos vacías.
Al llegar, la casa estaba en silencio. Después de recoger el salón, mi madre y yo nos sentamos en el sofá. La noté triste. Yo había estado tan enfrascada en mis asuntos que se me olvidaba que ella había perdido su casa y su tienda a la vez. Recordé entonces lo que pude rescatar.
—Madre, tome. —Me dirigí al cajón del mueble bar donde lo guardaba. El dinero, sus papeles, sus joyas… Agarré el refajo de tela que lo envolvía todo y me senté junto a ella de nuevo, bajo su mirada curiosa. Se lo extendí.