Vientos de cambio y cenizas 16. Un chubasquero y un enfado
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16. Un chubasquero y un enfado

L os ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad de la habitación, que esa noche era mucho más espesa y cerrada. Me levanté y me vestí con dificultad, pues sentía los músculos de brazos y piernas como acericos llenos de agujas.

Al salir al exterior tuve una sensación extraña. La ciudad seguía a oscuras y el cielo, encapotado y de color rojizo, reflejaba el fuego en el que parte de la ciudad seguía sumida. Como una antorcha en el firmamento, una marca que nos recordaba el lugar exacto donde Santander seguía sufriendo.

Aquel panorama me estremeció. Sentí que el fuego se había instalado en mi pecho.

El corazón parecía querer salírseme por la boca a cada paso que daba de camino al muelle.

Las palabras de Diego y su mirada me martilleaban en el recuerdo.

El toque de queda se había reforzado y estaba segura de que mis motivos, aunque a mí me parecían muy justificados, a las autoridades no les valdrían.

También me ponía nerviosa al pensar en ver a Yurde de nuevo.

Las mariposas de mi estómago parecían pirañas que me devoraban.

Me recordó a la sensación que tuve en la camioneta de Cibrián, la madrugada del sábado, pero mucho más violenta, la más parecida al miedo que yo había experimentado, pero se mezclaba con alegría.

Una locura sin sentido. Y todo por la expectativa de encontrarme de nuevo con el hombre que había estado viendo cada día durante prácticamente toda mi vida.

Si yo hubiera sabido entonces que reconocerme a mí misma los sentimientos que tenía por Yurde me iba a trastornar tanto, le habría dicho a Mercedes dónde podía meterse sus comentarios.

Pero ya era tarde para eso. Me dije a mí misma que todo estaría bien.

De cara al muelle, detrás del peñón de la Magdalena, la visión que me esperaba era muy diferente.

Allí no habría rastro del incendio y el ardor del pecho se me calmaría en cuanto viese a Yurde y comprobara que todo era como siempre.

Todo debía volver a como había sido siempre.

Al volver la calle, una figura se me acercó. Me quedé petrificada hasta que reconocí su forma de caminar.

—Hola —me saludó Yurde en un susurro—. Supuse que no habrías cogido chubasquero. Toma.

Extendió hacia mí un impermeable como el que él llevaba, que había sido de su padre, pero más pequeño. Debía ser de Nieves.

—Gracias —agradecí, mientras lo cogía—. Pero ¿crees que llueva?

En ese momento, el cielo dio la respuesta, dejando caer las primeras gotas de una fina lluvia. Adiviné la sonrisa en su cara.

—¿Desde cuándo eres profeta? —pregunté. Me apresuré a colocármelo y nos pusimos en camino.

—Aprendo de Madama —dijo—. Venga, démonos prisa.

Aligeramos el paso. Había venido a encontrarse conmigo, un riesgo innecesario, solo para que no me mojara.

El gesto hizo que mi propósito de volver a verlo solo como un hermano me resultara más difícil.

Hicimos el resto del camino callados. Pasábamos mucho tiempo juntos en silencio, eso siempre me había transmitido paz y la sensación de una confianza profunda.

Con los extraños siempre tenía la necesidad de llenar esos silencios, por resultarme incómodos.

Con Yurde nunca, hasta ese momento. Cada minuto que pasaba me sentía más violenta y temía que el bombeo desenfrenado de mi corazón me delatara.

Me dio la sensación de que hacía tal ruido que podía oírlo él y todo Santander.

Sabía que lo prudente era seguir en silencio, pero no pude evitarlo a pesar de que nos acercábamos al mar y debíamos extremar la precaución. Miré a todos lados y luego susurré:

—Mi madre volvió anoche.

—Me alegro mucho. —Él se giró hacia mí y me sonrió. Un mechón de pelo negro ondeaba en su frente y los hoyuelos de su sonrisa me parecieron más marcados que nunca. Una de las pirañas me dio un mordisco. Le sonreí y asentí, sin dejar de mirar su boca—. Sé que la has echado mucho en falta estos días.

Seguimos en silencio hasta que bajamos por las rocas con especial cuidado, pues estaban resbalosas por el sirimiri, y llegamos a la barca. Yurde sacó el candil y lo encendió dejando la mecha al mínimo. Lo escondió entre la roca y la barca y preparó allí las redes.

—Por cierto, ¿cómo se portan esos brazos? —preguntó en tono jocoso.

—Regular —respondí—. Si tuvieran voz, chillarían cada vez que los muevo. —Soltó una carcajada—. ¿Te hace gracia? Qué poco considerado…

Me costó mucho más dar la vuelta a la barca que el día anterior, aunque mantuve mejor el equilibrio al subirme.

Sentada a su lado, remamos un rato sin descanso, pero cuando nos alejamos lo suficiente de la costa, le pedí una tregua.

Parecía que los brazos se me iban a romper.

Mientras descansaba y los masajeaba, me sentí feliz por encontrarme de nuevo allí con él.

Recordé el lapso de tres días que me había dado Cibrián y me entristecí.

—Yurde, no podré venir a ayudarte más de tres días.

Soltó una carcajada.

—Me sorprende que hayas repetido un segundo.

—No me refiero a eso.

Noté cómo se tensó a mi lado.

—¿Es por Cibrián Cobo?

Si hubiera sentido que todo volvía a la normalidad, podría haberle dicho que sí con franqueza.

Tuve la certeza de que ya nunca volvería a ser igual.

Entendí lo que él me dijo el día anterior, de no poder fingir que no existía sentimiento romántico y que lo mejor era alejarse.

Estar allí con él, en la barca, me hacía tremendamente feliz y desdichada a la vez. No podía torturarnos así.

—En parte. Ayer nos vimos en la bahía.

—¿Estuviste en la bahía? —preguntó.

—Sí, con Marina, Mercedes y los niños. Bajamos al ocaso para ver los barcos.

—Yo también, pero no os vi.

—Lo sé, si no, te habrías acercado a saludar. Yo sí te vi, y entiendo que cuando uno está en buena compañía no repara en lo que le rodea.

Cerré los ojos y me mordí los labios. Había sonado celosa, y no era lo que pretendía. Decidí aceptar al conde. No podía celarlo, ni confundirlo más.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, que es normal que no te dieras cuenta. Estábamos bastante lejos, y tú, abstraído, conversando.

—Eso no es… —contestó— Quiero decir que…

—No importa. El caso es que me volvió a repetir que no le agrada que nos veamos, pero no es la única razón.

Ya lo hablamos ayer, que el conde me corteja va a dejar de ser un secreto y no es apropiado que yo siga viniendo.

¿Y si alguien nos ve juntos a la ida o la vuelta? Mi reputación se podría ver dañada.

Seguimos remando en silencio. La situación volvía a ser incómoda.

Cuando llegamos a cierta distancia, echamos la red al agua.

Esperamos con paciencia, cada uno en una punta de la barca.

La lluvia repiqueteaba en el chubasquero y produjo un efecto somnoliento en mí.

Estaba a punto de cerrar los ojos cuando Yurde habló.

Su tono de voz fue más seco que de costumbre.

—Eso no es cierto.

Abrí los ojos de par en par.

—¿El qué?

—Lo que has insinuado. Yo no estaba «abstraído» en la conversación. Tridia es agradable, pero no me vuelve un babión [7] , como tú crees.

Abrí la boca para contestar, pero continuó:

—Como si ella me interesara lo más mínimo… No es así.

—Yo no pretendía…

—No me hagas repetirte mis sentimientos, que los sabes de sobra. —Me interrumpió, ahora sí, visiblemente enfadado—. Ni sugieras que los he mudado a otra persona para sentirte mejor.

Escucharlo decir todo eso me hirió en lo más profundo. Creí que había arreglado, o al menos capeado, mi comentario celoso, pero le caló más hondo de lo que había imaginado. Me sentí culpable. Que no me dejara explicarme no ayudó.

—¡Escúchame! —le pedí enfadada también—. ¡Lo siento! No era mi intención. Por favor, no te enfades. No soporto que me hables en ese tono.

Reprimí las ganas de llorar y quedamos en silencio unos instantes. Cuando habló, su tono era suave.

—Acababa de llegar cuando me crucé con Tridia. Me preguntó cómo estaba, le dije que bien y me despedí para que la conversación no se alargara. Dos palabras, Abi, y luego me fui a paso rápido.

Volvía a darme explicaciones, como la noche anterior, como si me las debiera. Sin embargo, él nunca me las pedía. Eso me hizo sentir peor.

—No podremos pasar muchos más ratos juntos, por favor, no discutamos. Me ha gustado mucho la experiencia de pescar contigo y me gustaría que en el futuro fuese un recuerdo feliz. No quiero que nada lo enturbie.

Durante los siguientes minutos solo se escuchó el repiqueteo de la lluvia en el chubasquero y la barca. Las olas golpeaban y la mecían. El olor a madera mojada y a mar inundaba el aire.

—Lo siento. Esto también es difícil para mí, pero voy a intentar hacértelo lo más fácil posible —dijo con tono de voz dulce.

El alba se retrasaba debido al tupido manto de nubes y la luz de la lámpara era tenue.

Lo agradecí, pues así no podría apreciar las lágrimas que se mezclaban con la lluvia en mi cara.

Sus palabras fueron un bálsamo para mi alma y brasas ardiendo para mi conciencia—.

Aunque necesito saber algo. Dime por qué pareces celosa.

Si solo me ves como a un hermano y vas a casarte con don Cibrián, ¿por qué me celas?

El corazón me dio un vuelco. Noté la agonía en su voz y me odié por ser quien la provocaba.

Abrí la boca para hablar cuando la red dio un tirón y Yurde se incorporó para subirla.

Con la barca cargada de peces y, después de unos minutos para recuperar las fuerzas, remamos de vuelta en silencio hasta el muelle.

Seguimos en silencio mientras amarramos la barca y metíamos los peces en los cubos. Entonces Yurde lo rompió.

—No has contestado a mi pregunta —dijo serio, sin levantar la vista de la tarea.

—Prefiero no contestar.

Había esperado que olvidara el tema. Debí pensar una respuesta durante ese tiempo, pero fui incapaz de pensar en otra cosa que no fuese la verdad. No podía decirle que estaba enamorada, sería hacerle más daño. Levantó la vista y frunció el ceño.

—¿Por qué? —El corazón quiso salírseme del pecho. Cogí uno de los cubos y empecé a subir la roca. Él me detuvo—. Abilia.

—¡Porque no lo sé! —le espeté—. Esta última semana estoy sintiendo muchas cosas que nunca antes había sentido.

Diego, por ejemplo, me está mostrando un lado amable, tan insignificante que hay que rascar mucho para verlo y que no sabía que tenía.

Me estoy conociendo con un hombre y estoy descubriendo cosas sobre mí misma que, aunque ya estaban ahí, no era capaz de ver. Todo está cambiando y me asusta.

Elevé la voz sin darme cuenta y, al terminar, miré aterrada hacia arriba. Aguardamos unos minutos por ver si alguien aparecía. Todo permaneció tranquilo.

Terminamos de subir con precaución y, una vez arriba y lejos del peligro, Yurde me frenó.

—Eso que has descubierto sobre ti misma, lo que no eras capaz de ver, ¿tiene que ver conmigo?

Suspiré. No quería mentirle, pero tampoco confesárselo si no podíamos hacer nada al respecto.

—Ya te lo dije en la Casa del Socorro. ¿Qué caso tiene pensar en nada si voy a casarme con Cibrián?

Miré con interés a los peces, así me resultaba menos violento.

—Está bien —aceptó con la voz ronca. Sonó frustrado—. Doy el tema por zanjado, entonces.

—Gracias —dije, con unas ganas horribles de llorar.

Habíamos sacado cuatro cubos. Uno lo había subido él, yo dos.

Los dejamos en el suelo y fue a buscar el cuarto.

Al quedarme sola, me sentí ansiosa y tuve que reprimir el impulso de acompañarlo.

No solo nada había vuelto a ser como antes, sino que nuestra amistad tenía una brecha más grande.

¿Cómo íbamos a reaccionar los dos días siguientes de pesca?

No podría enfrentarme a él a solas de nuevo en la barca.

No así. Si nuestra amistad de tantos años terminaba de esa forma y él se quedaba dolido, el recuerdo se me clavaría en el pecho como un cuchillo para siempre.

No podía permitirlo. Las lágrimas corrieron por mis mejillas y gimoteé sin poder impedirlo.

Cuando Yurde llegó con el cuarto cubo, me acerqué a él como un trozo de imán al hierro y lo abracé.

—Abi —dijo, desconcertado. Dejó el cubo en el suelo y me rodeó con cuidado—. ¿Estás bien?

—No. Digas lo que digas, tú eres mi familia y no quiero alejarme de ti. Lo pasé muy mal cuando estuve en Francia. Pasar otra vez por lo mismo me mataría. —El corazón bombeó con fuerza, desbocado. No pude aguantarle más la mirada y escondí la cara en su pecho—. Te amo demasiado.

Los nervios me mataban y las pirañas del estómago me mordieron tan fuerte que empecé a temblar. Él me apartó con suavidad.

—No me digas eso, que harás que me confunda. En la barca me has dicho que no podemos seguir siendo tan cercanos. ¿O es que has cambiado de opinión?

Levanté la mirada y me encontré de nuevo con sus ojos, en los que había un abismo. Vi el océano, vi la profundidad de sus sentimientos… y me estremecí.

Una especie de alarma sonó en mi cabeza. Noté cómo me ruborizaba por momentos y me separé de él. Negué con la cabeza.

—Entonces, ¿qué es? —Frunció el ceño—. ¿Quieres hacerme daño?

—¡No! —Me acerqué a él de nuevo y le cogí la cara entre las manos—. ¡Yurde! Yo nunca…

Una voz nos sobresaltó. Al girar el rostro, vimos a un hombre apoyado en una camioneta, resguardado bajo un paraguas negro.

Dio una fuerte calada a su cigarro y lo tiró.

Era Cibrián. Un temblor me recorrió el cuerpo y flaquearon mis piernas.

Pensé en cómo se veía la escena ante sus ojos.

Los peces boqueaban en los cubos a nuestros pies, mis manos habían bajado de la cara de Yurde y se habían quedado posadas en su pecho y la lluvia nos bañaba.