15. Ya estamos todos #2
¿Tan difícil era para todos entender que necesitaba mi espacio?
Probablemente estaba reaccionando de forma irracional.
Estaba cansada y agobiada. Todavía me sentía adolorida.
Había echado a mi madre de menos cada segundo desde que el conde se presentó en la tienda el sábado por la mañana y, después de todo, ahora parecía que yo era un cero a la izquierda.
Ni siquiera me daban la oportunidad de irme con viento fresco, a que me despejara la rabia y la tristeza.
Rebasé a mi cuñada de vuelta a casa a paso ligero. Cuando entramos al portal, paré.
—Ya estamos al socay o —dije—. Pero no pienso subir. —Y me senté en la escalera.
—Me parece bien — No pude verla, en la oscuridad del portal, pero noté cómo me clavaba la mirada.
—Y tampoco me apetece hablar.
—Tanto mejor, porque ahora lo que tienes que hacer es escuchar.
Muchas veces mi cuñada me había soltado sus peroratas, pero esta vez fue diferente. Utilizó un tono que solo le había oído con Ángela y Laro. Fue la primera vez que me habló como una madre. Me sorprendió tanto que ni me revelé ante la regañina que tenía por seguro que venía a continuación.
—Estás siendo injusta, e infantil, como tú misma has dicho —continuó.
Acto seguido, se agachó a mi lado y me cogió las manos.
Usó un tono cariñoso—, pero tienes todo el derecho del mundo a serlo.
Llevas días fuera de tu casa, una casa que has perdido y a la que nunca más volverás.
En este tiempo has sobrevivido a un incendio, al golpe de una ventana de madera, te han pedido matrimonio, te han truncado los sueños y te han impuesto carabina.
Y sé que, a pesar de estar con todos nosotros, te has sentido muy sola.
Llegados a este punto, no pude reprimir las lágrimas. Marina se sentó a mi lado y me abrazó antes de continuar.
—Necesitabas a tu madre, muchísimo, lo sé. Y no me quiero imaginar lo que sufrirá por ti cuando le cuentes todo lo que te ha ocurrido estos días. Porque sufrirá contigo, lo sabes. Tu madre te quiere mucho.
Yo asentí.
—Ahora, ponte en su lugar —me dijo, mientras me limpiaba las lágrimas—.
Estás fuera de la ciudad. Te enteras de que ha habido un incendio en la zona donde vives y tienes allí a tus hijos, a la gente que quieres.
¿No estarías desesperada? Tú tienes una madre, pero ella tiene dos hijos, Abilia.
—Puso énfasis en el dos—. Además de otra familia.
—Eso lo entiendo, pero no dijo «mis hijos», dijo «Diego» —protesté antes de echarme a llorar de nuevo.
—Bueno, tú también quieres a tu hermano y a tus sobrinos y, sin embargo, en quien primero pensaste durante el incendio fue en Yurde, ¿no?
No era justo que dijera eso. No hablábamos de mi padre, la situación no era comparable.
—No es lo mismo —respondí yo.
—Sí lo es —dijo ella.
—Puede que pensara en él, pero a donde acudí fue a tu casa, porque pensé que me necesitaríais más. Pero al parecer, para mi madre el más vulnerable es Diego, ¿no?
Pareció pensar cómo explicarse.
—Lo que te quiero decir es que tu madre te quiere tanto como a Diego. Le preocupan también otras cosas, y eso no quiere decir que tú lo hagas menos.
Una luz reveló poco a poco el rostro de Marina hasta que pude ver con claridad sus ojos cargados de preocupación. Miré hacia atrás para ver quién portaba la vela.
—¿Qué hacéis las dos ahí? ¿Por qué no habéis vuelto a casa?
Diego llevaba una lámpara de aceite en la mano. No lo habíamos oído bajar.
—Ya íbamos a subir —contestó Marina, poniéndose en pie—. Tu hermana necesitaba un momento.
Me levanté y me dispuse a subir, sin mirarlo a la cara ni dirigirle la palabra. Diego no se apartó. Intenté sortearlo, pero dio un paso al lado para impedirlo. Al final lo miré, con los ojos aún llenos de lágrimas y rencor. Pero los suyos mostraban preocupación.
—Si no bajo a buscarte, tu madre no duerme esta noche —me dijo.
—Déjame en paz, Diego. Estoy cansada.
Le tendió la lámpara a Marina y esta la cogió.
—Voy subiendo —dijo. Y se marchó.
Vi la silueta de la figura de Diego irse difuminando en la penumbra . Por un momento, en silencio, todo pareció irreal. Pareció que mi hermano se había ido y que su silueta se había quedado grabada en mis ojos. Un juego de sombras con el que mi mente me atormentaba. Hasta que Diego volvió a hablar.
—A veces se me olvida lo sensible que eres. —No pude verle el rostro, pero su voz sonó compasiva—. Siempre tan luchadora, tan valiente… incluso temeraria, que se me olvida que es el escudo que te pones para que nadie vea lo fina que es tu piel.
Quise decir algo, pero un nudo en la garganta me lo impidió.
—Ven aquí, anda —dijo.
Yo subí un escalón y él me rodeó con uno de sus brazos; con el otro me acarició el pelo.
—Siempre has sido su niña, y yo su niño. No competimos entre nosotros por su amor, ya lo tenemos. ¿Me oyes? —Yo asentí—. Pues ahora te necesita. Ve con ella.
Me separé de mi hermano y empecé a subir.
Me sorprendí. Estaba conociendo a mi hermano más en los últimos tres días que en los últimos veinte años.
Se había portado como un padre, un hermano y un amigo conmigo.
Empecé a pensar que escondía su verdadera naturaleza bajo una fachada que otros pudieran respetar. Me sentí agradecida.
Subimos despacio. Él detrás de mí.
—Gracias, Diego.
—¿Por qué? —preguntó.
—Por preocuparte por mí, por buscar la manera de arreglarlo todo…
—Es mi deber.
—Marina y los niños tienen mucha suerte de tenerte —añadí. Llegamos a la puerta de casa. Me giré para tenerlo de frente antes de entrar, aunque no pude distinguir más que el brillo de sus ojos.
— Tontuca … —dijo con voz cariñosa, posando su mano en mi mejilla—. Venga, que tu madre te espera.
Al entrar al piso de Mercedes y Francisco, mi madre vino a mi encuentro.
—Ay, Abi. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te has marchado así? —preguntó preocupada.
—No es nada, madre. Necesitaba tomar el aire, eso es todo —respondí con la mejor sonrisa que pude mostrar.
—Pero ¡te has ido sin abrigo! Mírate, estás helada. —Me frotó la espalda.
—Siento haberla preocupado, madre. Ya estoy aquí. Estoy bien.
Me deshice también en agradecimientos y disculpas a Mercedes y Francisco por todo lo que estaban haciendo por nosotros y por no haberme quedado a ayudar.
Durante el tiempo que Marina y yo habíamos estado fuera, habían reorganizado el salón.
Llevaron las telas a la salita para dejar la mesa del comedor y los sofás libres.
Los niños se habían despertado con el alboroto y se encontraban alrededor de su abuela contentos.
Ahora éramos seis adultos y cuatro niños.
Pensamos en cómo repartirnos. Se decidió que en la habitación de Francisco y Mercedes dormirían ella y Marina con Mariuca y Pelayo.
En la de los niños, que era donde estaban durmiendo Marina y Diego hasta entonces, lo haríamos mi madre y yo, con Ángela y Laro, y en los sofás dormirían Francisco y Diego.
Al día siguiente pensaríamos en algo. Lo más seguro era que alguno tuviera que irse a dormir a casa de Nieves.
Al decir eso, Diego me miró. No hizo falta decir más.
Era la manera de alejarme de la familia y, en especial, de esa casa.
Pero yo seguía ajena a los motivos que me obligaban y el malestar volvió.
Una vez acomodados todos, apagamos las velas y la casa quedó en silencio y a oscuras.
Me abracé a Ángela en la cama y me alegré de tener la compañía de la pequeña.
Alguien a quien abrazar. Cerré los ojos y vino a mi mente la sonrisa de Yurde.
Sonreí para mis adentros hasta que sentí un pellizco en el estómago.
Suspiré para sacarme ese sentimiento y procuré no pensar en nada hasta que me quedé dormida.