Vientos de cambio y cenizas 15. Ya estamos todos
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15. Ya estamos todos

M i madre entró en el salón como fuera de sí, llorando a lágrima viva. Miraba a todos lados sin ver a nadie y empezó a llamar a mi hermano a voces. La seguían Francisco y Candela, de la mercería, con expresión compungida.

—¡Diego! ¡Mi Diego! —gritaba mi madre.

Diego se le acercó, blanco como el papel.

—Madre, tranquila, está todo bien —le dijo, mientras la agarraba por los hombros.

—¡Ay, Diego! ¡La tienda! —gritó desconsolada.

—Shhh —dijo Diego, abrazándola—. No te preocupes por la tienda, madre. Estuve allí. No pasa nada porque se quemara, la levantaremos de nuevo. Lo importante es que estamos todos bien, ¿me oyes? Todos.

Le cogió la cara entre las manos y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Estamos todos bien —repitió.

—Diego… —Mi madre rompió a llorar.

—Está bien. Mamá, tranquila —insistió y la abrazó. Ella descargó toda su preocupación sobre su hombro.

Diego, mirando por encima del de mi madre, reparó en el comerciante que la había acompañado hasta allí.

Luego me miró. Reaccioné cuando me hizo una seña para que me acercara.

Jamás me hubiera imaginado que a mi madre la trastornaría tanto la tragedia, y verla de pronto en esas condiciones me trastocó a mí también.

Me apresuré a ir a su encuentro. Cuando estuve a su lado me susurró:

—Abi, lleva a mamá a la salita. Intenta calmarla —me pidió. Me llevé a mi madre a la habitación. Antes de cerrar la puerta, vi cómo Diego pedía a Marina que preparara algo caliente para ella y, cuando se perdió en la cocina, Diego dio las gracias al buen hombre que la había traído.

Mi madre tenía un llanto desconsolado que no había manera de frenar.

Había estado preocupada, aguantando los nervios y las emociones en la distancia, desde que le llegaron las noticias del incendio.

Con esa filosofía suya de no hacerse ideas sobre nada mientras no hubiera una certeza, aguantó estoicamente ante el mercero y su esposa, que la acompañaban.

Pero, al llegar a Santander y ver la tienda destrozada, todos los sentimientos negativos, las preocupaciones y los malos augurios que había estado acallando la asaltaron.

Tengo que admitir que me sentí dolida al ver que mi madre no había reparado en mí. Que mencionara solo a Diego en su preocupación me había dejado un vacío en el corazón y un mal sabor en la boca.

Habían estado distantes tanto tiempo que me sobrecogió la intensidad con la que lo llamó y la palidez de mi hermano al ir a su encuentro.

Nunca imaginé que vería una escena como esa.

Igual que no entendía por qué mi madre lloraba por la tienda y no por la casa, pues trabajar podíamos hacerlo desde cualquier sitio, pero vivir… eso ya era más complicado.

Después de unos minutos, mi madre abrió los ojos y mostró conciencia de dónde se encontraba y con quién. Dio un prolongado suspiro y se colgó de mi cuello.

—Abilia, cariño. ¡Qué alegría que estés bien, mi niña! —dijo entre sollozos.

No pude menos que sentirme conmovida, además de avergonzada por haberme sentido menos que mi hermano en su corazón, porque yo sabía de sobra que mi madre me amaba y que era la niña de sus ojos.

—Madre, estamos todos bien —le aseguré.

Se separó de mí un momento para mirarme a la cara. Tenía los ojos excesivamente abiertos.

—¿Todos? —preguntó.

—Sí, madre. Ya nos ha visto. ¿Qué teme? —pregunté, sin entender su reacción.

—Ay, Abi… —dijo de nuevo, visiblemente acongojada—. Tú no sabes…

—¿Qué no sé, madre? —pregunté. Entonces reparó en mi rostro.

—¿Qué te ha pasado, hija? —preguntó preocupada. Llevó una mano a mi mejilla amoratada y la acarició con ternura.

—Es una larga historia. Ya se la contaré. —Le sonreí. Había deseado que volviera para hablar con ella sobre todo lo ocurrido. Por fin la tenía allí delante y estaba deseosa de desahogarme con ella como la niña pequeña que me sentía, pero no era el momento.

—¿No estabas con Diego cuando fue a la tienda? —preguntó.

—No —respondí—. Ni siquiera he sabido que estuvo allí hasta hoy.

Yo salí de casa con lo puesto y me dirigí a casa de Diego, pero el fuego ya los había alcanzado y no estaban en la calle, así que me preocupé por doña Anjara y Yurde.

Esa tarde habíamos salido juntos y nos pilló el vendaval en el camino.

Ni siquiera sabía si él había llegado bien a casa.

Luego el fuego se propagó como la pólvora y los militares y los vecinos pidieron ayuda para desalojar a la gente de sus casas, así que ayudé en lo que pude.

—¡Mi niña valiente! —exclamó, mirándome con orgullo—. ¿Fue así como te hiciste esto?

Llevó su mano a mi sien amoratada.

—Sí —le confirmé con una sonrisa triste—. Salvando a la señora Trueba de un pórtico arrancado por el viento.

—¡Ay, por Dios! —Se llevó la mano al pecho. Luego cogió mi cara entre sus manos y besó la cicatriz y el resto de las heridas.

Un ruido fuera nos sobresaltó. Mi madre se limpió las lágrimas mientras nos dirigíamos a la puerta. En el salón, Diego y los dos Franciscos dejaban un desfile de telas sobre la mesa y el sofá mientras Marina y Mercedes las acomodaban para que hubiera más espacio.

Francisco, el mercero, reparó en mi madre de nuevo y le dirigió una mirada aliviada.

—Sinda, me alegro de que estés mejor. Ya ves que tus hijos están bien, no debes preocuparte más —dijo.

—Ay, Francisco, perdona el arrebato, de verdad. No sé qué me ha pasado. Soy una tonta —se excusó mi madre.

—No digas eso, mujer. Es normal, eres madre.

—Muchas gracias por todo. Siento haberos retrasado; tú también tienes una familia a la que ir a abrazar. Vete ya y discúlpame con Candela.

—Sí, estos son los últimos rollos de tela. Me voy, que Candela me espera abajo y tenemos ganas de ver a mi Antonia.

—Espero que estén todos bien —dijo mi madre—. Buenas noches.

El hombre se despidió y se marchó. En ese momento, mi madre miró a mi hermano suplicante, con los ojos llenos de lágrimas de nuevo.

Diego se acercó a ella y le cogió las manos.

Le susurró algo que no llegué a oír. Marina salió de la cocina con una taza de manzanilla caliente y un plato de arroz con pescado seco, que era lo mismo que habíamos cenado nosotros.

Se quedó mirando dónde lo podía poner, pues la mesa no tenía un hueco libre.

—Marina, llévalo a la salita —pidió Diego—. Ande, madre, vamos allí y hablamos tranquilamente.

Hice ademán de ir con ellos, pero Diego me hizo un movimiento negativo de cabeza.

—¿En serio? —pregunté enfadada y desafiante.

—Necesito hablar con madre a solas —dijo—. Solo será un momento.

—Abiuca —terció mi madre—, danos cinco minutos, por favor.

—Está bien.

Me di la vuelta y me fui sin mediar palabra de allí. Crucé a paso firme el salón y me dirigí a la puerta de la calle. Me sentí desplazada y fue más de lo que pude soportar.

—¡Abilia! —Escuché llamar a mi hermano, pero no me volví—.

Marina, anda, ve a por ella, que ya hay toque de queda.

—Oí que le pedía a su esposa, que ya había dejado la cena en la mesita.

También escuché a mi madre preguntarle preocupada qué me pasaba, pero no la respuesta, porque yo ya bajaba las escaleras.

Solo escuché las voces de Marina llamándome a gritos.

Casi me caigo a oscuras por las escaleras, por bajarlas corriendo.

Al llegar abajo, me guié por el resplandor que el cielo encapotado dejaba pasar.

Al salir, el aire me envolvió y respiré con ganas, mientras mis ojos se adaptaban a la luz de la luna que se reflejaba en las nubes grises sobre la ciudad.

Miré al cielo y dejé que la sensación amarga saliera de mí y se mezclara con el viento.

La noche y yo parecíamos igual de tristes, como con ganas de llorar.

Marina me dio la vuelta. Ni siquiera la había oído llegar.

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó enfadada—. ¿No te parece suficiente el estado en el que se encuentra tu madre para encima preocuparla marchándote así?

—¿Así cómo? —la encaré, también enfadada.

—Así. Enojada. Como si te hubieran hecho una ofensa imperdonable.

—¡Es como me siento! —exclamé. La voz me tembló por la emoción—.

Insultada, humillada, como si no fuese más importante para ellos que uno de esos rollos de tela.

Mi madre llega después de días y por el primero que pregunta es por mi hermano, a mí ni me mira.

Ahora quiere hablar con él a solas. ¿Qué tiene que decirle que yo no pueda saber?

¿Tan ajena soy a esta familia que no tengo derecho a saber lo que pasa en ella?

Pero eso sí, tengo que sacrificarme por todos.

Marina me miró con afecto.

—¿Es eso? ¿Estás celosa de tu hermano por cómo ha reaccionado tu madre? —preguntó tranquila.

—Haces que parezca infantil —repliqué.

—Y lo es, Abi. Cuando te calmes y lo pienses fríamente, tú también lo verás.

—Déjame en paz —solté y me marché, pero Marina vino detrás de mí y me frenó de nuevo.

—¿Dónde vas? El toque de queda, Abi —dijo ella preocupada—. Venga, vamos a casa.

—Vuelve tú —le espeté con rabia—. Que mi hermano te mande por mí no significa que yo le haga caso. Ni a él ni a ti.

Marina movió la cabeza en un movimiento negativo.

—Voy a ir donde tú vayas. No porque lo diga tu hermano que, por cierto, lo hace porque se preocupa, sino porque yo también me preocupo. Y soy tan terca como tú.

No pude reprimir una carcajada, aunque fue más por desesperación e impotencia que porque me hiciera gracia. Marina ladeó la cabeza.

—Así que tú misma —dijo—. Podemos deambular bajo la luna hasta coger un resfriado o que nos detengan, o volver a casa y hablar tranquilamente.