14. Un barco a la deriva #2
Me limpié las lágrimas y me levanté. ¿Era posible que ese sentimiento hubiera estado siempre en mí?
¿Cómo había podido ocultarse tanto que no lo notase?
¿Y desde cuándo? Busqué a mis cuñadas y las vi a lo lejos, con los niños.
Un par de edificios más allá vi a Yurde hablando con Tridia.
Tal visión me golpeó como un yunque, especialmente en ese momento.
¿Desde cuándo ella le tocaba el antebrazo con tanta familiaridad?
¿Por qué él le dedicaba aquella sonrisa?
El cuerpo entero se me sacudió en un escalofrío.
Entonces identifiqué con mucha más claridad los celos.
Había entendido tantas cosas de golpe. Me di la vuelta, de cara al mar.
¡Malditas fueran Mercedes y Marina! Me sentí ridícula.
Había hecho ese descubrimiento demasiado tarde.
Tres días tarde, de hecho, porque yo había decidido darle una oportunidad al conde por el bienestar de mi familiaY se había vuelto más necesario ya que, al parecer, había un problema en la familia que podía agravarse si lo rechazaba.
Hasta me empezaba a agradar la compañía de Cibrián.
¿Por qué tenía que pasarme esto ahora? El llanto se mezcló con la risa.
Y seguí riendo a carcajadas mientras mis ojos lloraban la frustración. Hubiera vivido mejor en la ignorancia.
—¿Qué es eso tan gracioso? —preguntó alguien a mi espalda.
No había oído a nadie llegar y me sobresalté al escuchar la voz de Cibrián Cobo.
Me limpié las lágrimas y me giré. Estaba frente a mí, con una enorme sonrisa, sujetando su sombrero de ala ancha en forma de saludo.
Intenté sonreír, pero mi rostro se contrajo por la congoja.
—Vaya, sabía que mi presencia le provocaba sentimientos encontrados —comentó con una sonrisa débil—, pero no esperaba que fuesen tan desagradables como para torcer el gesto.
Me hizo sonreír.
—Lo siento, no es por usted.
—Tome. —Me ofreció un pañuelo. Luego miró hacia Yurde y Tridia—. No es mi intención hurgar en la herida, pero quizá ahora entienda cómo me siento.
Lo supo. Me aterrorizó la idea de que retirase la salvedad de verme con él si no era por causa de fuerza mayor. No podía dejar a Yurde salir solo con el brazo mal. Mi corazón era mi problema, y podía manejarlo.
—¿Qué? ¡No! Es que he discutido con Diego.
—Vaya —dijo apenado—. ¿Y puedo preguntar por qué?
—Por lo que le dijo a usted esta mañana.
Me obligué a mirarlo a los ojos para no buscar a Yurde. Su mirada era tierna, pero leí en ella desconfianza.
—No se preocupe, querida. Sus palabras no han tenido ningún efecto en mí.
Me dedicó una de sus sonrisas.
—Me alegro.
Volví la mirada de nuevo a Marina y Mercedes. No se habían dado cuenta de mi encuentro con el conde, o Marina habría vuelto conmigo, pero Yurde se marchaba y dejaba a Tridia sola. Me sentí aliviada. Él siguió mi mirada con la suya.
—Por cierto, ¿cómo sigue el brazo de su amigo?
—Mejor, gracias. Se curará pronto si hace reposo.
—Me parece que no está en la naturaleza de su amigo guardar reposo.
—No. Por eso debemos cuidar de él.
—Tiene una madre que lo cuida, ¿cierto?
Lo miré a los ojos, que me decían que detrás de sus palabras había otro significado.
—En efecto, pero hay ocasiones en las que un amigo llega donde una madre no puede.
—Tengo la impresión de que tiene demasiadas distracciones a su alrededor.
Le quitan el tiempo y la energía para meditar cuestiones tan importantes como su futuro.
Es posible que los madrugones también le afecten a este respecto.
Le pedí expresamente, querida, que dejara esa costumbre que tiene.
Usted me pide honestidad, pero no me paga con la misma moneda. Acabo de verla buscarlo con la mirada.
—Se equivoca. Buscaba a mi cuñada Marina, porque Diego insiste en que sea mi carabina.
Y respecto a Yurde, me necesita. Los madrugones no me impiden pensar con tranquilidad; la presión que usted ejerce, sí.
Tenga en cuenta que yo no he nacido en el momento en que usted entró en mi vida.
Tengo una familia, tengo amistades, y serán las mismas cuando nos casemos. No voy a separarme de ellos.
—¿Eso quiere decir que acepta? —preguntó con un brillo de ilusión en los ojos.
—Aún es pronto para decirlo. Llevamos conociéndonos dos días, pero no me disgusta la idea.
—Me alegra mucho escuchar eso. —Dio un paso hacia mí y me cogió las manos entre las suyas.
Busqué a Marina con la mirada. Hablaba con las vecinas y Mercedes en corrillo—.
Sin embargo, hay algo en lo que difiero.
Si, una vez casados, alguna de mis amistades te molesta, no te obligaré a soportarla.
Por eso, espero que hagas lo mismo por mí.
La tuya con Yurde Alonso no es negociable.
Volvía a tutearme y su tono era cálido, pero estaba siendo inflexible y sentí que no sería capaz de complacerlo en lo que me pedía. El malestar que me produjeron sus palabras me subió del estómago a las extremidades y las manos me temblaron entre las suyas.
—¿Y si no puedo hacerlo?
—¿Por qué no podrías?
—Es parte de mi familia. Cuando visite a mis familiares, estará allí.
Me miró con el brillo de tiburón escondido en el océano de sus ojos.
—Cuando llegue el momento, buscaremos una solución a eso. Por ahora, basta con que no lo busques.
—Pero me necesita para faenar —insistí—. Serán solo unos días, lo juro.
Lo pensó unos segundos. Luego suspiró.
—Tres días.
Yo asentí. Me sonrió y miró mis labios fijamente. Me tensé, pensando que iba a acortar la distancia que nos separaba. Besó mis manos y dio un paso atrás.
—Hicimos un trato. No te incomodaré con mi cercanía hasta que no estés preparada y tú te tomarás mis peticiones en serio. —Sonreí aliviada—. Tres días, Abilia, y se acabó. Por cierto, me encanta cómo hace tu cuñada de carabina. Dile que venga siempre.
Me sentí violenta. Le devolví su pañuelo.
Él levantó su sombrero a modo de despedida y se dio la vuelta.
Lo vi marcharse mientras pensaba en cómo diantres iba a cumplir con lo pactado.
Debía aprovechar los tres días que me había concedido.
Me servirían para volver a ver a Yurde con los mismos ojos que antes y despedirme de él para siempre.
Me acerqué a Marina y Mercedes, que ni se habían dado cuenta de que el hombre se me había acercado.
Volvimos a casa. Los niños iban cansados y yo pensaba.
Llevaba a Mariuca y a Ángela, una en cada mano.
Las niñas iban hablando de sus cosas. Marina y Mercedes, delante de nosotros, iban con Laro y Pelayo regañándolos por tirarles piedras a las gaviotas.
La sensación de felicidad que me producía el calor de la familia se vio empañada por la tristeza.
Contemplar la opción de casarme con el conde nublaba toda la alegría de esos ratos, pues me daba la sensación de que su solución para no ver a Yurde pasaría por reducirlos de manera notable hasta casi la extinción.
Diego debía entender que eso sí que era un sacrificio.
Aunque al principio había sopesado lo que perdería si me casaba con el conde y no me había importado, en esos momentos ya eran tantas cosas que empezaba a arrepentirme de la decisión que había tomado.
Marina se volvió y se acercó a mí. Las niñas corrieron con sus hermanos.
—¿Estás bien?
—Sí —mentí—. Es solo que te veo con tu cuñada y los niños y me da envidia vuestra familia.
Marina me miró con los ojos entornados.
—Esta es tu familia.
—No. Es la tuya. Y la de mi hermano Diego, porque está casado contigo. Pero tú me lo has dicho muchas veces: no hay sangre.
—¡Mariuca, ven un momento! —La niña se paró hasta que llegamos a su altura—. ¿Quién es esta? —preguntó. La niña la miró sorprendida. Tardó un poco en contestar, quizá porque estaba barajando si había escuchado bien tan absurda pregunta.
—La tía Abilia —contestó al fin.
—Muy bien. ¡Hala, corre con tu madre! —dijo. Cuando se hubo alejado, se dirigió de nuevo a mí—. Lo has oído, ¿no? La tía Abilia. Así que no digas tonterías, porque esta familia es tuya también.
Me agarré del brazo de mi cuñada y apoyé la cabeza en su hombro. Andamos así unos metros.
—Abi, sé que la situación no es nada fácil para ti. Esto del conde ha llegado en un muy mal momento. Si el incendio no lo hubiera desbaratado todo… —habló, con las cejas fruncidas, y apretó la boca en una mueca—. Pero tu hermano lo arreglará, ten paciencia.
Ella tenía mucha fe en Diego, y yo no podía decirle que en ese momento sentía más miedo por mi futuro con don Cibrián que fe en mi hermano. Aun así, sus palabras me reconfortaron lo suficiente como para que el nudo del estómago se aflojara y me dejara cenar esa noche.
En casa de Francisco y Mercedes parecía que todo estaba como siempre, salvo porque los hombres de la casa estaban serios y preocupados por la ciudad debido al incendio.
Agradecí que la conversación girara alrededor de temas triviales y terminamos de recoger la mesa con el alivio de tener una cena en paz.
Antes de dormir, agradecí a Mercedes de nuevo sus palabras y hospitalidad.
—Para eso está la familia —dijo con una sonrisa y se marchó a su alcoba, guiada por la luz del candil.
Me dejó la última vela encendida. Estaba a punto de apagarla cuando alguien aporreó la puerta con bastante urgencia.
Se oía escándalo en la escalera. La voz de una mujer bastante histérica balbuceando cosas incoherentes.
Me levanté, al mismo tiempo que Mercedes, Francisco, Marina y Diego salían de sus habitaciones.
Mercedes se apresuró a abrir y mi madre irrumpió en la sala.