14. Un barco a la deriva
P or la tarde el tiempo pareció congelarse. Después de lo que me pareció una eternidad, salí de la sala. Mi hermano estaba en su habitación y encontré a Marina y a Mercedes en la cocina. Me recibieron con una sonrisa.
—¿Cómo te encuentras? —se interesó Mercedes.
—Más tranquila. —Sonreí y dejé la taza vacía en el poyo de madera.
—No te enfades, Abi. Tu hermano te quiere mucho, pero tenéis que mejorar la comunicación, eso es todo —intervino Marina y me apretó los brazos con cariño.
—Es curioso que me digas eso cuando me ocultáis cosas.
—Diego querría contarte más, pero no puede. Aunque no estaría de más que confíes en él.
—¿Confiar en él? ¿Cómo voy a hacerlo cuando temo lo que pueda hacer?
Somos tan diferentes... Estoy convencida de que, si Diego se siente obligado a tomar la decisión por mí, en lo último en lo que pensará será en mi felicidad.
Si lo juzga oportuno, dará igual que yo quiera o no, me obligará a aceptar.
—Él no haría eso —manifestó Marina con pena—. Después de veinticuatro años no conoces a tu hermano.
—¿Estás segura? Porque a mí me ha parecido que, si no fuera por mi padre, habría actuado diferente.
—No, créeme. Te lo parece así porque le pierden las formas, pero luego no es nadie, ya lo sabes.
—Se le va la fuerza por la boca, ¿no? —dije con una sonrisa y le dirigí una mirada cómplice. Utilicé las mismas palabras que había pronunciado ella dos días antes.
—A Diego le importa tanto tu felicidad como a tu padre.
Me entristece tanto ver que no os entendéis.
Os queréis mucho, lo sé, pero no sabéis demostrarlo.
Os comportáis por completo de forma diferente cuando tratáis con los demás.
Y en realidad, sois muy parecidos. Ambos os desvivís por la familia, aunque lo que hace Diego es más difícil y no se ve.
Hablaba de él con admiración. Una expresión que me recordó a mis padres. Quizá estaba equivocada con respecto a ellos también. Estaba a punto de preguntar qué era lo que Diego hacía en la sombra cuando Mercedes habló.
—Anda, vámonos a pasear a la bahía un rato —propuso—. Me han dicho que se soltó un barco del puerto por el temporal y vaga a la deriva. Quiero ver si ya lo han amarrado y nos despejamos un rato, que falta nos hace.
—Sí, necesito que me dé el aire —accedí.
—Venga, nos llevaremos a los niños —terció Mercedes. Marina estuvo de acuerdo y avisó a Diego y Francisco de que salíamos mientras nos poníamos los abrigos. Bajamos a la calle y llamamos a los niños. Estos, entusiasmados con la idea de ir a ver los barcos, corrían por delante marcando el camino.
Marina no pudo evitar echar un vistazo a la que fue su casa.
La tristeza la embargó. Mercedes y yo la abrazamos y la alejamos de allí.
Nos sentamos un largo rato, viendo los barcos en la bahía, las olas y las gaviotas.
El salitre nos salpicó la cara y el vaivén de las olas tuvo un efecto sedante que nos vino muy bien.
Mercedes rompió el silencio:
—Cuando la mar está tan brava me impone mucho —comentó—. Tu padre era muy valiente, y tu hermano también.
Marina asintió con la mirada perdida en el horizonte.
—Y esta, aquí donde la ves —continuó sin mudar la expresión y con la vista fija al frente, refiriéndose a mí—. Que esta madrugada ha ido ella a echar las redes, como la que más.
—¿En serio, Abilia? —preguntó Mercedes, curiosa—. ¿Has salido a la mar? ¿Y cómo es?
—¡Agotador! —exclamé—. Hace falta tener mucha fuerza. Y estómago.
Mercedes rio con ganas.
—Ya te estoy imaginando… —dijo divertida.
—No, no te lo imaginas —aseguré, sintiéndome ridícula—. Echar la barca al agua ya me costó lo mío, pero mantener el equilibrio y remar… ¿Has remado alguna vez?
—No —confesó ella.
—Pues aún me duelen los brazos —confesé—.
Tirar la red es fácil, pero… ¡ay, amiga!
Luego hay que recogerla, ¡y cargada! ¿Sabes esa sensación cuando quieres salir del agua y las olas tiran de ti hacia dentro de nuevo?
—Marina y Mercedes asintieron—. Pues eso, que hay que echar un pulso con el mar para recuperarlas.
Cuando conseguimos subirla, me tiré al suelo de la barca con los peces.
Marina y Mercedes rieron divertidas imaginando la escena. Entre risas yo continué:
—Y Yurde, con un brazo, lo hizo todo tan fresco como una rosa —recordé—. En serio, no sé cómo lo hace. Está seco como la mojama, pero es coger los remos o la red y le salen los músculos no sé de dónde.
Me quedé un rato pensativa viendo las olas y recordé lo fuerte que estaba el viento la madrugada del sábado cuando arribó al puerto.
La mar se encontraba muy picada, pero él volvía con una sonrisa.
Allí, en medio de la negrura del océano, si la barca hubiera volcado, ¿qué habría sido de él?
Pensé en doña Anjara, que ya había perdido así a su marido, y ahora su hijo ocupaba su lugar.
—No sé cómo tu madre lo soporta —declaré.
Llevaban un buen rato calladas. Volví el rostro y las miré. Ambas me observaban con una expresión que no supe definir.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Se miraron y se rieron.
—Nada —contestó Marina—. Yo no digo nada, que luego me llamas pesada. Anda, Mercedes, díselo tú.
—Abilia, cariño, ¿a qué estáis esperando?
—¿A qué esperamos? —repetí.
—Yurde y tú. ¿De verdad no hay nada de nada entre vosotros? —preguntó escéptica.
Un rubor me subió por el rostro. Mercedes no tenía tanta confianza conmigo y no imaginé que sería tan directa.
—Pues… —empecé a decir—. Él me ha dicho que me quiere como Diego a Marina, pero…
—¿Qué? —preguntó la aludida con interés—. ¡No me habías dicho nada!
—¿Qué querías que te contase? Eso es cosa de tu hermano.
—¡Cómo que cosa suya! —replicó.
—Yo no lo veo así, ya te lo he dicho —contesté, cruzándome de brazos.
—¿Cómo que no? ¡Si no hay más que ver cómo hablas de él!
—Puede que me equivoque, pero —intervino Mercedes— ¿es posible que estés enamorada y ni te hayas dado cuenta?
—Pero ¿cómo no se va a dar cuenta? —replicó Marina, sin dejarme contestar.
—Pues es lo único que se me ocurre, porque, si no, no entiendo nada.
—Pero si se le queda mirando embobada y está con el corazón en un puño cada vez que él sale por la puerta.
—Sí, pero ¿no crees que si lo tuviera claro ya hace tiempo que tendríamos sobrinos?
—Pero que esas cosas se sienten aquí. —Se golpeó el pecho con el puño—. ¿Cómo no lo va a notar?
—Ay, hija, pues no sé… —replicó Mercedes—. A lo mejor ella es más apagada que tú. Que todo el mundo no es fuego.
—¡Bueno, vale ya! —grité—. Estoy aquí, por si no os acordáis.
Me sentí molesta y abochornada. Las dos se callaron al instante.
—A ver, iluminadme. ¿Vosotras qué sentisteis cuando os enamorasteis? —pregunté.
—Pues —dijo Marina—, tenía ganas de verlo a todas horas.
—Cuando estaba con Francisco, quería que se parase el tiempo —añadió Mercedes.
—Yo pensaba en Diego casi a cada rato.
—Sufría por él cuando estaba enfermo, o preocupado —explicó Mercedes.
—La primera vez que lo invitamos a comer a casa cociné yo y le hice el plato que mejor me salía —recordó Marina.
—Sí, yo quise regalarle algo —dijo Mercedes— y le tejí una bufanda. La primera que hice fue para él.
—¡La recuerdo! —exclamó Marina—. Se la ponía hasta cuando no hacía frío.
—¿Y tanto os dura eso? —pregunté al ver a las dos hablando como unas escolares.
—No, mujer. —Rio Mercedes—. Con el tiempo, se va templando. Pero de vez en cuando aparecen las sensaciones de nuevo. Aunque, claro, algunas cosas no cambian, sigues sufriendo con sus problemas y quieres hacer cosas por él.
—¿Y qué fue lo que os enamoró? —pregunté.
—Sus ojos —respondió Marina—. Es más guapo mi Diego… ¡Y sus miradas!, que, cuando me miraba con esos dos luceros negros me derretía como azúcar hecho caramelo.
—¿En serio? —pregunté jocosa.
—Se me cogía un pellizco en el estómago cuando me miraba o me daba la mano… y me sorprendía con una sonrisa tonta pensando en cualquier cosa que hubiera dicho o hecho —contó.
No pude reprimir una carcajada. Mercedes me siguió.
—Sí, vosotras reíros —dijo molesta.
—Bueno, bueno —intervino Mercedes—, menos mal que esos ojos no miran más que por ti.
—Eso sí es verdad. Que me llevaban los demonios cuando miraba a otra, aunque fuera porque se cruzara por medio.
Mercedes se rio.
—Sí que eras celosa —dijo.
—¡Anda esta! —replicó—. Como si tú no hubieses andado igual por mi Francisco.
—¡Qué va! Calla, calla. Si Francisco era tan vergonzoso que ni a mí me miraba —dijo con una sonrisa.
—Y a ti, Mercedes, ¿qué te enamoró? —Quise saber.
—¿A mí? —preguntó con cara de espanto.
—Sí, mujer, cuéntame qué sentiste tú.
—¿Yo? —Mercedes se ruborizó—. Yo me voy a ver qué hacen los niños, que hace un rato que no los oigo, y eso es mala señal.
Se levantó y se sacudió la falda.
—Voy contigo —se ofreció Marina, al mismo tiempo que se levantaba. Me miró—. ¿Vienes?
—No, me quedo un poco más —respondí abstraída, mirando al mar.
Ella se agachó y me dio un beso. Luego se fue con su cuñada.
El rumor del oleaje me ayudó a pensar. Medité las palabras de Marina y Mercedes y me recordé haciendo un patrón para Yurde…
, levantándome cada madrugada para esperarlo frente al mar…
, buscando su cara entre los heridos…, el pellizco en el estómago cuando me decía algún piropo…
, pensando en su sonrisa al irme a dormir…
esa sonrisa. ¿Qué tenía aquella sonrisa?
El pellizco en el estómago volvió y me revolvió con tanta fuerza que las lágrimas afloraron a mis ojos y una carcajada salió desde lo más hondo de mí. ¡Me sentí tan tonta!