Vientos de cambio y cenizas 13. Los deberes de una esposa #2
43%

13. Los deberes de una esposa #2

—De verdad que no hay quien te entienda.

¿Qué hago yo con esto, padre? —gritó al techo—.

Eh, ¿escuchas? —Luego me miró de nuevo y moderó la voz—.

¿Qué hago contigo? —La impotencia se me hizo un nudo que me apretaba la garganta y me impedía respirar.

Diego se levantó. Hizo una mueca de dolor al apoyar la pierna en el suelo, pero después de un segundo esa mueca le imprimió a su rostro una dureza extra—.

No hay forma de saber cómo acertar contigo, pero si, como dices, estás dispuesta a «sacrificarte», al menos lo vas a pensar con calma y con la seriedad que merece.

Y, si accedes, serás una buena esposa y llevarás con dignidad el título de condesa.

¿Estamos? ¡Y se acabó la discusión! Ahora vete.

Me levanté para cumplir con gusto esa última orden.

Era la primera vez en mucho tiempo que tenía una discusión con mi hermano.

Fue la primera que me habló con esa dureza.

La primera que lo vi tan enfadado, casi violento.

No sabía que era capaz de hablar con ese tono de voz que me había puesto los pelos de punta.

Entendí que no por nada había llegado a donde estaba.

El grito que mi hermano había dedicado a mi padre me dejó un nudo en el pecho.

De estar vivo, ¿cuál habría sido su postura?

Me sentía impotente al pensar que Diego se veía en la obligación de comportarse como si fuera mi padre.

No le correspondía, era mi hermano. Solo eso.

Una vez a solas, a puertas cerradas, lloré toda la rabia, la frustración y la pena.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que Marina entró con una tila, un poco aguada, pero caliente.

La cogí con ganas y bebí un sorbo. Se sentó a mi lado.

—Lo siento mucho. Debí dejar que se lo contaras tú, pero notó que algo te pasaba y se preocupó. Perdóname. Además, se ha encontrado con don Cibrián.

—No te preocupes. Ya está hecho —dije sin emoción.

—Tranquilízate, anda. Puede que no lo creas, pero tu hermano te quiere mucho.

Pensé en la conversación. Sus últimas palabras me provocaron de nuevo las lágrimas.

—No sé en qué lo notas —contesté—. Piensa lo peor de mí como mujer. Lo decepciono.

—¿De dónde has sacado esa tontería? —preguntó con las cejas enarcadas.

—¿Es que no has oído la conversación?

—Sí, pero me parece que tú y yo hemos oído dos conversaciones diferentes —dijo con una sonrisa.

Negué con la cabeza y di otro sorbo a la bebida—.

Piensa en sus palabras y te darás cuenta de que tu hermano solo piensa en tu bienestar.

Te pasas el día hablando de irte a Francia a formarte, de la cartilla del servicio social para sacarte el pasaporte y de tus sueños de heredar la tienda de tu madre un día.

No quiso tomar una decisión por ti que te disgustara.

Te ha preguntado por el asunto, te ha dado su opinión, que entiendo que no te guste, y te ha animado a que, tomes la decisión que tomes, luego no te arrepientas.

Solo que la cosa se ha desmadrado porque habíais sacado las uñas antes de empezar, ¡que menudo temperamento tenéis los dos, oye! Y a él lo pierden las formas.

—Sí. Lo dice todo con ese tono de «lo que yo digo es ley y se hace, ¿estamos?» —repliqué imitando su voz. Marina hizo una mueca entre divertida y ofendida.

—Que lo decepcionas como mujer lo has dicho tú, no él. —Intenté hacer memoria. Quizá llevaba razón. La verdad era que había estado predispuesta y la conversación había sido tensa desde el principio—. Tu hermano no va a decidir por ti ni a llevarte a rastras a la iglesia, Abi. —Se rio.

—Puede ser —concedí—. Y puede que yo esté demasiado sensible con este tema. Cibrián Cobo se me aparece en todos lados y no me deja pensar en ello tranquilamente.

—¿Qué quieres decir?

—Pues eso, que supo que estaba en la tienda el sábado, que ayer me vino a buscar cuando salí de la Casa del Socorro, que sabe cuándo espero a Yurde en las rocas.

—Pero ¿eso no pueden ser casualidades? —Lo pensé.

—Lo de ayer no lo creo. Dijo que había ido a ver el estado de su vivienda y me había visto cuando volvía, pero para ir desde su piso en la Plaza Vieja hasta su casa de la Magdalena por aquí no tiene que pasar. Vino en dirección contraria.

El rostro de Marina se demudó.

—Esto tiene que saberlo Diego. Tienes que decírselo a tu hermano.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque puede ser importante.

Sin darme tiempo a protestar, abrió la puerta y lo llamó.

En cuanto Diego apareció por el umbral, Marina lo introdujo en el interior de la habitación de un tirón del brazo y cerró la puerta tras él.

—¿Qué ocurre? —preguntó, malhumorado.

—Díselo —dijo mi cuñada, con voz baja y apremiante.

—Decirme qué —inquirió Diego, sin elevar la voz. Nos miraba a una y a otra con el ceño fruncido. Marina clavó su mirada en mí, para forzarme a hablar. La odié en ese momento.

Después de contarle lo que para mí había sido un comentario sin importancia, Diego se peinó el pelo con las manos y se paseó por la habitación con rostro preocupado.

—Y, bueno, por si os interesa, también está celoso de Yurde. Me ha pedido que no lo vuelva a ver a solas y algún comentario me sonó a amenaza velada —concluí.

Diego paró la marcha en seco.

—¿Qué amenaza? —preguntó con los ojos llenos de ira.

—Me dejó entrever que, si no dejaba de ir a esperarlo a las rocas, podría ponerlo en peligro. Luego me refirió lo del joven que la Guardia Civil disparó en la playa.

Diego se pasó la mano por el mentón.

—¿Crees que corre peligro? —preguntó Marina.

—Me parece que estás exagerando un poco —contesté.

—No debería —repuso Diego, mirando a Marina.

—Pero es arriesgado que ronde por aquí —contestó ella. Yo fruncí el ceño. Me dio la sensación de que hablaban en clave, pues, a pesar de que entendía las palabras, tuve la sensación de estar perdiéndome algo.

Diego miró al techo y se tomó un momento.

—En eso llevas razón, aunque, tratándose de Cibrián Cobo, puede que ganemos un aliado.

—¿Un aliado para qué? —pregunté.

Diego me miró como si yo hubiese aparecido de repente.

—¿Estás segura de aceptar al conde?

—Sí —respondí insegura. Diego lo percibió y torció el gesto—. Estoy dispuesta a intentarlo.

—¡Maldita sea! Ha tenido que escoger el mejor momento. Intentarlo no es suficiente, Abi. Tienes que estar segura. Eso marca la diferencia entre solucionar nuestras dificultades o añadirnos más.

—¿Qué dificultades?

—No puedo decírtelo, pero que te vigile es un inconveniente para la familia.

—¿Por qué? No entiendo…

—Si lo aceptas, no habrá problema. El problema está en que decidas rechazarlo.

No es una sugerencia —dijo para acallar una protesta mía—, aunque sería lo más sencillo.

Si de mí dependiera, aceptabas hoy mismo.

Pero padre siempre quiso que tomaras tus propias decisiones, como yo tomé las mías, y voy a respetar eso.

El caso es que la situación es delicada.

No puedo explicarte más. El incendio lo ha puesto todo patas arriba y no conviene tener a este hombre hurgando en nuestros asuntos, aunque su interés sea tan banal…

—No lo entiendo, Diego.

—Ni falta que hace ahora mismo. Solo tienes que saber que hay que alejarlo de esta casa.

—Pero ¿cómo esperas que haga eso? —Lo miré con la misma expresión de urgencia—. ¿Y por qué? Exijo saberlo.

—¡Basta! Ya te he dicho que no —se mordió los labios y suavizó el tono— puedo decírtelo. Pero, si está tan pendiente de ti que te sigue y vigila, debemos alejarlo de la familia.

Dejé de insistir y me centré en lo que me estaba pidiendo.

—Se presenta cuando quiere, mira desde las sombras, ¿qué puedo hacer yo al respecto?

—No lo sé. Quizá si lo entretienes…

—¿Qué? —pregunté aterrada.

—No te estoy pidiendo nada indecente, solo que te veas con él lejos de esta casa. Mientras busco una solución.

—Creo que no sería prudente, ¿no crees, Diego? —Terció Marina—. Quiero decir que, incluso si aceptara el compromiso, debería salir con acompañante. Con cuánta más razón si no llega a aceptarlo. No pienso que sea buena idea que vayan solos por ahí.

Diego lo pensó y asintió.

—Tienes razón. Mejor acompañada y en un lugar público. Marina se convertirá en tu carabina, ¿estamos?

Yo asentí sin preguntar nada más.

—Estamos —contesté derrotada.

Mi tono de voz debió conmoverlo, porque relajó el semblante y me miró casi con pena.

—Gracias —dijo. Se acercó, me besó en la frente y salió de la habitación. Marina salió tras él.

Me quedé allí sola un buen rato sin saber muy bien qué había pasado.

Con todo el jaleo, ni siquiera pude preguntarle sobre la herida.

Después de lo que había dicho Ángela, era posible que se la hubiese hecho al ir a buscarme.

Al parecer, había un problema en la familia del que yo no tenía idea.

Y ahora tenía más preguntas que antes. ¿Cómo podía contribuir a aliviarlo o agravarlo si no sabía de qué se trataba?

Quise salir y obligarlos a que me contaran qué estaba pasando.

Pero no lo hice. Me quedé allí y me senté en la silla de la salita a dejar que la frustración se fuera.