Vientos de cambio y cenizas 13. Los deberes de una esposa
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13. Los deberes de una esposa

C uando llegó la hora de comer, volví a casa para ver si había noticias de mi madre.

Por eso y porque no quería hacer uso de la comida que tenían para los pacientes, ni quería cruzarme con Tridia de nuevo.

El desplante de la chica me había dejado un mal humor que no se me quitaba, todavía dos horas después.

El humo en las calles y el olor a hoguera recordaban la herida que seguía abierta en la Puebla Vieja.

Nada más entrar por la puerta, Laro se me tiró encima.

—¡Tía Abilia!

—Laro, cariño, ¿ya has venido de la escuela? —pregunté, devolviéndole el abrazo.

—Sí, hemos llegado hace un rato con la güela .

—¿Ha llegado mi madre? —pregunté a Mercedes, que estaba terminando de preparar la mesa.

—No, se refiere a doña Anjara, que dejó a los niños y se volvió a casa de Nieves —contestó. Asentí decepcionada.

Laro me llevó al sofá, donde Ángela y Mariuca jugaban.

Su prima le había dejado una de sus muñecas y a Ángela se la veía feliz.

La situación me enterneció. Mis sobrinos habían perdido todos sus juguetes.

En cuanto tuviera ocasión, les haría muñecos de trapo.

Me senté a su lado y cogí al pequeño Laro en mi regazo.

Entusiasmados, empezaron a contarme todo lo que había pasado desde que me fui de su casa el sábado.

—Yo me quería salir a jugar, pero Madre dijo que no, que había un viento muy fuerte, que luego me resfrío —narraba Laro.

—Yo me asomé al mirador y veía las olas. Eran tan grandes que casi llegan a casa —intervino Ángela.

—Y luego se fue la luz, y cenamos a la luz de las velas —añadió Laro.

—Madre se asustó mucho porque la mar se estaba metiendo en la casa por el viento —volvió a intervenir Ángela.

—Y nos despertó porque los vecinos decían que había fuego —dijo Laro—. Nos pusimos el abrigo y los zapatos y salimos.

—Menos mal, porque la cúpula de cristal del techo explotó y se cayó —comentó Ángela—. En la calle, la noche estaba rara. Mamá nos llevó a casa de la tía, y tardamos en llegar porque a mí me llevaba el viento y Madre tenía que llevarnos a los dos abrazados y pegados a la pared.

—¿Y tu padre? ¿No estaba con vosotros? —pregunté.

—No. Él se fue a buscarte —dijo Ángela.

—Y el cielo estaba rojo —añadió Laro.

Me soltaron toda la perorata muy emocionados. Para ellos era lo más impresionante que les había pasado en su vida, pero yo ya no los escuchaba. Mi hermano no me había dicho que había ido a buscarme. ¿Sería así como se había herido?

—¿Hace mucho viento ahora? —preguntó Pelayo.

—No, ya no hace tanto —contesté con una sonrisa.

—Entonces nos vamos a jugar —dijo Laro, dirigiéndose a la puerta de la calle.

Su madre salió de la cocina.

—¿Dónde dices tú que vais? —preguntó con el ceño fruncido.

—A jugar con Antoñuco —contestó.

—Paras tú mucho por la casa de tu amigo Antonio, va a acabar su madre harta de ti —dijo Marina—. Además, no son horas. Cuando comáis y hagáis la tarea, ya veremos.

El niño se cruzó de brazos sin chistar y se sentó junto a su primo.

—¿Cómo habéis hecho la comida? —pregunté.

—En la calle —repuso Marina—. Como muchos de los vecinos.

Diego llegó junto a Francisco y, estando todos, nos sentamos a la mesa a comer.

Doña Anjara había traído unos garbanzos y Mercedes metió todo el pescado en la olla junto con estos y agua suficiente para agrandar las raciones.

Sin duda, eran capaces de reproducir los peces; los panes ya eran otra cosa.

Durante la comida Diego nos puso al día sobre el Boletín Oficial.

—El estado de guerra se ha acentuado debido al incendio.

Habrá toque de queda estricto desde las ocho de la tarde hasta las siete de la mañana.

—Al decir esto me miró—. Y si alguien sale, debe ser por causa muy justificada y con el documento de identidad.

Han dado instrucciones para el reparto de víveres.

Abilia, nosotros debemos ir al Frontón Castilla entre las doce y las dos del mediodía.

Yo, al ser jefe de casa, debo estar allí a las diez todos los días.

—Miró a Marina y esta asintió—. Se nos servirá lo que diga en nuestras cartillas de racionamiento.

—Han pedido que llevemos los vehículos disponibles al Paseo de Pereda —dijo Francisco—. Voy a preparar el carro.

Diego asintió y nos terminó de poner al día sobre el bando.

En previsión de posibles saqueos se avisaba que a quien se pillara in fraganti en actos de pillaje o saqueo de domicilios abandonados, o negocios, o enseres en la calle, sería pasado por las armas.

Pensé en los hijos de Manuela y recordé cómo alguien les había robado la manta, y agradecí la medida.

Quizá la encontraba un poco desproporcionada, pero sin duda sería disuasoria.

En un momento dado, los niños terminaron y pidieron permiso para irse a jugar. Marina suspiró y miró a Diego.

—Lo que diga tu padre —contestó.

—Pero quedaos donde tu madre os vea desde la ventana —les ordenó él y se marcharon contentos. Marina se levantó y empezó a recoger la mesa. A una mirada de Francisco, Mercedes se marchó a la cocina a limpiar. Yo hice ademán de levantarme para ayudarlas, pero Diego me detuvo.

—Abilia, espera un momento.

Ambas se encerraron en la cocina. Francisco se excusó y se retiró a su habitación.

Aquello me pareció muy extraño, pero me limité a verlos marchar perpleja y luego centré la vista en mi hermano, que era el único que quedaba frente a mí.

Había dejado los cubiertos sobre el plato.

Entrelazó los dedos de las manos y las apoyó sobre la mesa mientras me miraba sin decidirse a hablar.

La imaginación puede ser horrible a veces. Lo primero que pensé fue que había malas noticias sobre mi madre.

—¿Qué ocurre, Diego? —pregunté asustada.

—¿No tienes nada que contarme? —inquirió en tono serio.

El alma se me cayó a los pies. Todos los poros de mi piel se pusieron en alerta, como cuando un gato se eriza.

Al ver que no decía nada, continuó:

—Sobre cierta propuesta de matrimonio.

—Supongo que Marina te ha ido con el cuento —respondí tensa.

—No te enfades con ella, se lo pregunté yo, después de que salieras el sábado de casa. Te noté decaída durante la comida y me preocupé. Aunque me hubiera gustado que me lo contaras tú. De todas formas, no ha sido la única fuente de la que lo he sabido. Cibrián Cobo ha hablado hoy conmigo.

—¿Y qué te ha dicho?

—Me ha pedido permiso para cortejarte.

—Y tú, encantado, se lo habrás dado. Ya os veo planeando la boda.

Diego resopló.

—Ya que lo dices, mal no nos vendría.

—Pues, si tienes algo que opinar, hazlo. —Me crucé de brazos—. Pero que te quede claro que esa decisión la tomo yo, no tú.

Miró al plato y pareció meditar por un momento. De forma tranquila, pero con voz firme, dijo:

—Espero que al menos seas tan sensata como creo que eres y lo estés tomando en cuenta. Sabes lo que supondría. Sobre todo, ahora que estamos en la calle, viviendo de la caridad de la familia política.

—No hagas eso, Diego.

—¿Que no haga qué? —preguntó serio—. Te estoy planteando las cosas como son.

Sus ojos me miraban inflexibles.

—No hagas de esto un asunto de familia —dije—. Esa decisión no concierne a nadie más que a mí.

Diego entrecerró los ojos.

—¿No quieres saber lo que le he dicho? —Hice un ademán para invitarle a seguir—. Que no se haga ilusiones, que no eres mujer para él.

—¿Has sido capaz de decirle eso? —reaccioné y me levanté—. ¿Y te preguntas por qué no te lo he contado yo? —grité—. ¡Por esto!

Marina salió de la cocina y nos miró preocupada.

Diego le hizo una seña con la mano para que nos dejara.

Ella dudó un momento y entró de nuevo a la cocina.

En cuanto volvimos a estar solos, Diego apretó con más fuerza los puños que apoyaba sobre la mesa.

Cogió aire y miró al techo. Lo soltó lentamente y me miró de nuevo, con los nervios algo más templados.

La vena del cuello estaba a punto de reventar. Cuando habló, lo hizo casi en susurros:

—Vale, vamos a calmarnos. Estás a la defensiva y yo me estoy alterando, pero espero que podamos hablar como personas civilizadas. No pretendía que fuese un insulto.

—Pues lo ha parecido. Explícamelo, porque no lo entiendo.

—Sé la clase de hombre que es el conde, noble, caritativo y trabajador, como su padre, a pesar de tener dinero.

Es un buen partido y, en la situación en la que estamos, un regalo del cielo.

Pero también sé lo que espera de una esposa y no casa con tus planes de futuro, hermana.

Te conozco. No he querido menospreciarte como mujer, pero tu realidad y sus expectativas difieren mucho.

—¿Crees que no puedo ser una buena esposa?

¿Que no estaré a la altura? —Estaba expresando en voz alta mis peores temores.

Sentí miedo al pensar que había decidido intentarlo y mi hermano no tenía fe en mí.

Había esperado que me empujara a aceptar, que me lo impusiese, incluso.

Esto, sin embargo, me dolió en el alma—.

Puede que tengas razón, yo misma tengo mis temores, pero amo a la familia y tengo muy en cuenta su bienestar. Puedo sacrificarme por ellos.

Los ojos se me anegaron de lágrimas.

—Sabes los deberes de una buena esposa: dedicarse a cuidar de la casa y la familia —habló con tono autoritario—. ¿De veras sería un sacrificio tan grande?

—No voy a discutir contigo sobre eso —mascullé entre dientes—, sería como intentar coger el viento a puñados.