Vientos de cambio y cenizas 12. A punta de espada de madera #2
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12. A punta de espada de madera #2

—Sí. Es un tema que preocupa a más de uno en la familia —comentó. Me surgió la inquietud de saber a quién más preocupaba, además de a Yurde—. Aunque ahora mismo lo que más me preocupa es cómo te sientes tú.

—Si le soy sincera, no lo sé.

—¿Te agrada el conde?

Tuve que sopesarlo. Siempre me había parecido apuesto, aunque estirado.

Era algo brusco, a veces, pero tenía buenos sentimientos.

Caballeroso, aunque a veces perdía las formas.

Que no se esforzara en ocultarme sus defectos y que no presumiese de sus virtudes también me gustaba.

Su cercanía me ponía nerviosa, pero no me repugnaba.

—Sí, creo que me agrada.

—¿Y quieres casarte?

—¡Claro que quiero casarme! —Enarqué mucho las cejas.

No sabía por qué todo el mundo pensaba que quería quedarme soltera para siempre—.

Es solo que hay cosas que quiero hacer primero, por mí misma, sin depender de un hombre, como trabajar.

—Anjara me miraba sin expresión en la cara, pero asintió—.

Debe pensar que estoy loca. —Solté el aire en un suspiro y le sonreí.

Me dio una palmada en la mano y negó con la cabeza.

—Para nada.

—Como hombre no está mal. Ahora que lo conozco mejor, su trato es agradable y tiene algo que atrae de forma natural.

—¿Pero?

—No sé. Cuando me habla, sus palabras dicen una cosa y su mirada otra.

A veces me parece poco sincero, quizá por sus formas ensayadas.

Puede que sea cosa de la esfera social. Es posible que no le diera tanta importancia a eso si no me preocupara encajar en su mundo.

—Le devolví la palmada en la mano—. Sin embargo, todo esto pierde importancia ante los acontecimientos de las últimas horas.

Cuando pienso en la familia, en el negocio y en nuestras casas, no hay más que decir.

—Hasta ahora no me has dicho nada que justifique tu expresión triste.

Las lágrimas vinieron a mis ojos sin esperarlo. Me esforcé por contenerlas.

—Yo tampoco lo entiendo. Supongo que mi amor propio pugna por la libertad que me da ahora la soltería.

Y, a veces, su carácter me recuerda al de mi hermano Diego.

Es inflexible en algunos asuntos, y celoso, y eso me repele.

—Me limpié la lágrima que me resbaló por la cara—. ¿Qué haría usted en mi lugar?

—¿Yo? Con toda seguridad me casaría con él.

Sustentaría mi afecto en el bienestar que él me procurara y es muy posible que los hijos que tuviéramos nos acercaran.

Ver los resultados de dicha unión en mi familia, provista y satisfecha, me reportaría la satisfacción del deber cumplido. Eso, a veces, se parece a la felicidad.

Mientras la escuchaba, las lágrimas cayeron sin control. Saqué el pañuelo y me las limpié.

—Me alegro de que no haya tenido esa vida, suena muy triste.

Sé lo mucho que amaba a su marido. Me consta que en su casa no existió la seguridad económica nunca y que más de una vez pasaron dificultades.

Debió de ser muy duro vivir con la incertidumbre de si tendría a su marido con usted un día más y perderlo tan pronto. Ojalá yo tuviera la mitad de su fuerza.

—Para casarte con un hombre al que no amas para procurar estabilidad a los tuyos, la necesitarás.

—A decir verdad, no puede esperarme una vida tan mala, ¿no cree? Después de todo, es un conde. No podré dedicarme a coser, pero Cibrián Cobo hace muchas obras benéficas, quizá pueda dedicar mi tiempo a eso. Creo que podría gustarme. —Doña Anjara asintió con una sonrisa.

—Si estuvieras trabajando en la tienda, llevarías este tema de otra manera. Deberías ocupar tu tiempo.

—He pensado en volver de voluntaria a la Casa del Socorro, pero quizá pueda ser útil para Marina y Mercedes con los niños, no sé.

—Querida, aquí ya hay demasiada gente. Si te quieres sentir útil, más harás allí.

—¿No quiere que me quede y le haga compañía?

—No te preocupes, Abiuca . Marina está a punto de llegar y vamos a ver cómo hacemos la comida. Han prohibido encender las cocinas de carbón debido al incendio. Para pensar ya somos muchas cabezas y, para hacer, demasiadas manos. Así que vete tranquila.

Me despedí de ella y me dirigí a la Casa del Socorro.

Por el camino pensé en sus palabras. ¿Era eso lo que me pasaba?

¿La situación me estaba consumiendo porque me había echado la carga de cuidar de todos los miembros de mi familia yo sola?

El punto de vista de doña Anjara era muy similar al de Yurde cuando me dijo que, si él no estuviera, la familia seguiría adelante sin él.

Era bueno que no se echara ese peso a los hombros, porque no sabemos lo que nos depara el futuro, pero con todo, seguía saliendo a faenar estando convaleciente.

Así que, a pesar de sus consejos, supuse que me entendía mejor de lo que yo creía.

◆◆◆

En la Casa del Socorro la cola de enfermos era larga. Dentro del edificio había tanta gente o más que el día anterior.

Seguían llegando bomberos de toda España para ayudar.

La mayoría de los heridos que atendimos eran bomberos montañeses que caían agotados después del esfuerzo titánico de detener un fuego irrefrenable durante casi dos días sin descanso.

Otros muchos pertenecían al grupo de voluntarios que, después de que llegaran los refuerzos, se pasaban a que les hiciéramos una cura rápida para volver sin perder tiempo a la faena.

—Pues sí —me decía uno mientras le vendaba la pierna donde una ventana le había golpeado y abierto una brecha—, no sé cuántas veces he apagado el fuego del mismo edificio. Cuando lo teníamos controlado, volvía a arder de nuevo.

—Gracias a Dios que el viento nos está dando una tregua —decía otro, que había sufrido un desmayo a causa de llevar más de treinta horas sin dormir ni comer por no dejar su puesto.

Lo atendía Tridia. Ahora no hacía más que encontrarme con la joven redera a cada paso que daba.

No era que me molestara, si no fuera por las miradas frías y tensas que me dedicaba de soslayo—.

Parece que, entre eso y los cortafuegos, ya estamos frenando el avance de las llamas.

Escuché revuelo en la entrada. Según pude enterarme luego, una de las enfermeras, que venía del hospital de Valdecilla, contaba que uno de los bomberos de Madrid había resultado herido.

Al parecer, el hombre, que no creía que las heridas fuesen de gravedad, quería que le hicieran una cura rápida para volver a la tarea, pero el médico lo había impedido.

Las lesiones parecían internas y allí se quedó, postrado en la cama, frustrado por la situación.

Terminé de atender al joven y me fui a cambiar las gasas. Tridia me siguió de cerca, con las suyas.

—Hola, Tridia —la saludé. No quería que la sensación de antipatía se extendiera en el tiempo. Era amiga de Yurde y eso me obligaba, al menos, a intentar que el trato fuera cordial.

—Hola —contestó con un tono más frío que el agua del mar en ese mes.

—Perdona, ¿te debo perras? —Puse las manos en jarra y la miré ceñuda.

—¿Cómo?

—Es que cada vez que nos cruzamos me tratas de forma grosera. No sé, quizá te he hecho algo y no me he dado cuenta, o te debo unos duros y no lo recuerdo.

—No digas tonterías. —Desvió la mirada y cambió las vendas—. No hemos coincidido tanto como para eso. Además, tú sabes lo que me pasa contigo, así que no te hagas la tonta.

—¿Es por Yurde? —pregunté con los brazos aún en jarra, pero con expresión más relajada. Siguió inmersa en su tarea y apretó los labios—. Es por Yurde —confirmé—. Se nota a la legua que estás enamorada de él. Pero oye, yo solo soy su amiga, no tienes que…

Ella soltó una carcajada irónica y golpeó las gasas con un agarre enérgico.

—Hoy sois amigos, ayer eras un familiar; sin embargo, lo cuidabas como si fueras su mujer.

Yo no sé lo que sois, pero mientras tú estés cerca, no es capaz de ver a nadie más.

Y a mí no me engañas. —Se cruzó de brazos—.

Sé que con el conde hay más de lo que has admitido.

Así que, si ya has pescado a otro, ¿por qué no te alejas?

¿O eres el perro del hortelano, que ni come ni deja comer?

Abrí la boca sin poder creer que me hubiera dicho todo eso.

Resultó revelador, sin duda. Lo que más me molestó fue que insinuara que yo retenía a mi amigo, mientras daba coba al conde, como si disfrutara de recibir la atención de ambos.

No tenía ni idea de lo que yo sufría por los sentimientos de Yurde a los que no podía corresponder.

Ni sabía lo amarga que estaba siendo mi vida desde que Cibrián Cobo puso los ojos en mí.

La rabia me bombeó en el pecho cuando pasó por delante de mí, abanicándome con su desaire, y la agarré del brazo.

—¡Oye! Si no puedes conseguir lo que te propones por tus propios medios, no es problema mío ni de nadie más.

Yo no he hecho nada para atraer a nadie.

Yurde es mayorcito para saber lo que quiere.

Y otra cosa: soy su amiga desde que éramos niños, nos hemos criado como hermanos y nuestros lazos son fuertes.

Si él se fija en alguien, lo hará siendo mi amigo, así que nadie tiene que alejarse.

Si así fuera, no soy yo la que estorba o hace de tres.

Se me soltó del brazo de malas maneras y siguió su camino, roja como una olla hirviendo.