Vientos de cambio y cenizas 12. A punta de espada de madera
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12. A punta de espada de madera

E ntramos en casa de Francisco y Mercedes con el pescado. Marina estaba recién levantada y me lanzó una mirada crítica.

—Tu hermano no podía hacerlo solo —me adelanté, antes de darle los buenos días—. Y estoy agotada, así que ahórrate los sermones.

Marina resopló como un miura, cogió los cubos y los llevó a la cocina. Entramos tras ella y cerramos la puerta para no despertar al resto. Entonces nos cayó la lluvia de reproches de mi cuñada. Su cara era un poema mientras le recriminaba a su hermano.

—Pero ¿cómo se te ocurre salir a faenar con el hombro dislocado? ¡Que no nos vamos a morir si un día comemos con lo que nos dan con las cartillas de racionamiento! El día menos pensado te lloramos por inconsciente. Y tú, ¿qué? —Me miró—. ¿Cómo se te ocurre seguirlo en sus locuras?

—Y ¿qué querías que hiciera? Es tan testarudo como yo.

—Tenías que haberlo hecho volver a rastras, en lugar de subirte con él a la barca. Eso es lo que tenías que haber hecho. Si es que sois los dos iguales.

¡Cuánto brío! Solo Marina era capaz de soltar tal retahíla a esas horas de la mañana.

—Bueno, ya está hecho, Marina —dijo Yurde—. Baja la voz, que vas a despertar a todo el mundo. Me llevo uno de los cubos a casa de Nieves y el otro os lo quedáis.

—Tienes razón —concedió Marina, bajando la voz—. Si no te importa, voy a darle algunos a la vecina. Aún no he podido devolverle lo que nos dejó para poder curar a Diego y no tengo con qué pagarle la generosidad.

La imagen de Manuela y sus hijos en la calle sin nada que llevarse a la boca me asaltó. Miré con pena los peces que quedaban en el cubo.

—Qué pena no poder llevarle alguno a Manuela y sus hijos. Se han quedado en la calle con lo puesto y además les han robado.

Marina se llevó la mano al pecho, espantada ante la falta de solidaridad de la gente.

—Llévaselos. Acabo de acordarme de que no hace falta que lleve a casa de Nieves. Todavía le quedan jureles de los que traje ayer —dijo Yurde.

Lo miré con admiración.

—¿De verdad?

—Faltaría más. Estos los has pescado tú.

Iba a contestar cuando escuchamos el ruido de una puerta fuera y Marina salió de la cocina.

—¡Diego! —dijo—. Abilia y Yurde están aquí.

La puerta se cerró de nuevo con un portazo. Yurde y yo nos miramos extrañados y salimos al pasillo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él.

—Nada —respondió Marina. Intentó disimular que las manos le temblaban agarrándose el delantal—. Tu hermano, que se le olvida que no está en su casa y anda sin vestir.

—¿Y por eso ha dado un portazo? —pregunté extrañada—. Que va a despertar a todo el mundo.

—¡Yo qué sé! —dijo impaciente—. Pues, se le habrá escapado la puerta. O habrá perdido pie, como cojea un poco… Voy a ver si necesita ayuda.

Y sin esperar contestación desapareció detrás de la puerta.

La extraña reacción de Marina nos dejó bastante perplejos. Como ninguno de los dos salía y el resto de la familia parecía seguir en el quinto sueño, cogí el pescado para Manuela y uno de los cubos vacíos y limpios, para llenarlo de agua en el pozo, y salimos de allí.

◆◆◆

Pasamos cerca de la Puebla Vieja. El fuego seguía lamiendo los edificios, pero, al menos, el viento daba una tregua a los bomberos, que seguían trabajando sin descanso.

—Venga, demos un rodeo —propuso Yurde. Me miraba con una sonrisa triste.

—Si es por mí, no te preocupes —mentí—, no me afecta.

—No, claro que no —dijo y esbozó media sonrisa débil—. Ya lo sé. Lo decía por mí.

Le afectaba haber perdido su casa y ver así las calles por las que jugábamos de pequeños, pero no lo había dicho por eso, sino para hacerme sentir mejor. Le seguí el juego.

—Si es por eso, puedo taparte los ojos y guiarte por el camino.

Yurde soltó una carcajada.

—¿Como cuando jugábamos al Lazarillo de Tormes?

—Sí, pero yo seré más piadosa que tú. No te haré saltar, recreando la escena del toro.

—¡Yo era muy bueno! Te hacía saltar frente al sofá. No puedes tener queja. Además, luego te vengabas cuando jugábamos a piratas y me hacías saltar desde las rocas a punta de espada de madera.

Solté una carcajada.

—¡Es cierto! Lo había olvidado. No sé por qué dejamos de hacerlo, era muy divertido.

Yurde también rio.

—Será cosa de la edad. Y lo prefiero, nuestros sobrinos nos perderían el respeto.

—¡Tonterías! Se lo pasarían en grande.

—Vale —dijo con una enorme sonrisa—. Entonces, cuando lleguemos a casa de Mercedes, jugamos.

Me dio un empujoncito con el hombro y yo se lo devolví con el codo.

—¡Qué tontuco !

Entre risas y recuerdos habíamos llegado a la calle de Nieves. Madama y Tridia pasaron la esquina y se acercaron a buen paso hacia nosotros. Al ver el pescado, Madama enarcó las cejas.

—Pero ¡criatura! ¿No me digas que has salido a faenar de esas guisas?

—Ya ves, Madama. El estómago no entiende de accidentes —contestó. La mujer torció la boca en un gesto de desagrado—. Pero tranquila, he tenido ayuda.

—¿No me digas que Francisco…? —preguntó. Yurde negó con la cabeza.

—Aquí, la señorita modista —dijo con una enorme sonrisa de orgullo.

—¡Vaya! Sí que haces cosas, niña. Lo mismo vales para un roto que para un descosido. No sé cómo no estás ya casada.

—Puede que pronto, ¿no es cierto, Abilia? —habló Tridia por primera vez, que había estado escuchando la conversación con evidente disgusto.

—¿Perdón? —dije con las cejas enarcadas.

—Bueno —se explicó—, anoche vi a don Cibrián Cobo acompañarte a casa. Supuse que estabais en relaciones.

—Me encontré al señor Cobo de casualidad y quiso acompañarme, eso es todo —repuse con un tono más seco del que me hubiera gustado. No entendía por qué me resultó tan desagradable. Madama debió notarlo también porque intervino.

—Bueno, si un conde pusiera los ojos en ti, demostraría tener buen gusto.

Yurde, aprovecha la buena disposición de tu amiga mientras puedas, que toda la ayuda es poca para faenar estando convaleciente.

—Tridia hizo ademán de decir algo más, pero Madama tiró de ella y emprendió el paso—.

Nos vemos luego, que tenemos mucho que hacer.

Se despidió con la mano y se marchó arrastrando a la muchacha. Yurde y yo nos miramos.

—Deberías aclararlo pronto —me dijo—, porque, si la gente empieza a hablar, puede ensuciarse tu reputación.

Su mirada era triste, como la mía cuando asentí.

—Lo que me extraña es que no haya habladurías por estar siempre a solas contigo.

—Pues si se sabe lo del conde, será más leña para el fuego.

—Lo sé —reconocí pensativa.

—Nos vemos luego —se despidió, giñándome un ojo, y subió a casa de su hermana. Yo me dirigí a las caballerizas, que fue donde Manuela me dijo que iba a hospedarse.

Las caballerizas estaban atestadas de gente, tanto que me costó abrirme paso. Tardé un buen rato, pero la encontré. La saludé con un abrazo y le di los jureles.

—Dios te bendiga, Abilia.

Manuela tenía lágrimas en los ojos. Los niños, que ya dormían bajo una manta, estaban aún en el mundo de los sueños.

—Un poco más tarde los haré.

—Qué bien que ya tengáis una manta. ¿De dónde la habéis sacado?

—Ayer tarde estuvo don Cibrián Cobo con sus hombres repartiendo mantas y víveres. Y Madama me dejó un braserillo de carbón con el que creo que podré cocinar —explicó.

Recordé la conversación con el conde en la que alababa sus labores altruistas y sonreí.

El conde no podía adivinar que yo me enteraría y eso hizo el gesto más valioso a mis ojos.

Tampoco me lo dijo la noche anterior, cuando nos vimos, lo cual me demostraba que no era presumido, y eso también me gustó.

Me imaginé en un futuro haciendo ese tipo de cosas con él y la idea me atrajo.

Sonreí a Manuela y me alegré por ella. Era una luchadora.

Sentí mucho verla sola en esa situación.

Sus hijos eran una gran compañía, pero sin duda debía de extrañar mucho a su esposo.

Me despedí de ella y, con mi abrigo bajo el brazo, me fui al pozo. Cargué el cubo con el agua y volví a casa de Mercedes.

◆◆◆

La madre de Marina apareció en el quicio de la puerta.

—Anjara, me alegro de verla —saludé, dejé el cubo en el suelo y la abracé.

—Yo también, hija —dijo ella con una sonrisa. Me dio unas palmaditas en la espalda—. Me ha dicho mi Yurde que ayer cuidaste de él en la Casa del Socorro y hoy lo has ayudado a pescar.

Yo negué con la cabeza.

—Ayer solo le ayudé a comer, que era sopa, y con la mano izquierda no atinaba a coger la cuchara, pero ya lo habían curado cuando nos encontramos. Y, bueno, la pesca de hoy… si no lo llego a acompañar, habría forzado el brazo. Tu hijo es terco como una mula.

Doña Anjara se rio.

—Sí, eso es cierto. Pero con un corazón de oro.

—Eso no se discute —respondí—. ¿Y Marina?

—Ha ido a llevar a los niños al colegio.

Doña Anjara tenía los ojos marrones, los mismos que le había legado a Yurde, y su expresión de tristeza era la misma, aunque mucho más profunda. Había pasado por mucho en su vida. La pérdida de su esposo, la de su hijo pequeño, Colás, la guerra… y ahora su casa.

Podía sentirse afortunada de tener a casi todos sus hijos cerca, pero eso no le devolvía lo que le faltaba.

—No se preocupe, Anjara, la cosa se solucionará. Ya lo verá —intenté animarla. Cogí su mano y la apreté con cariño—. No está sola.

Ella cambió la expresión y me miró con una sonrisa.

—Claro que sí, hija mía —dijo—. Tengo una suerte muy grande con mis hijos. —Me miró con mucho cariño y me dio unos golpecitos en la mano con la suya—. ¿Tú estás bien? Ese golpe en la cabeza parece importante.

Sentí que el estómago se me encogía cuando me llamó «hija». Durante un tiempo, después de regresar de Francia, me lo repitió muy seguido. Quizá porque esperaba que su hijo y yo… Ahora hacía ya tiempo que solo lo insinuaba.

—Estoy bien. No es grave. La familia Cobo me trató muy bien y pagó al médico.

—¿Y por qué tienes esa cara, entonces?

Se sentó en el sofá y yo hice lo propio.

—Han pasado muchas cosas.

—¿Como que se te ha declarado Cibrián Cobo, por ejemplo?

—Ya lo sabe —suspiré.