Vientos de cambio y cenizas 11. Clases de familia #2
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11. Clases de familia #2

Se puso en pie y tiró de la red. Me levanté con algo más de maña que antes y lo imité.

Me costó Dios y ayuda. Estaba claro que, con mi escasa fuerza, de poco le iba a servir.

Me sorprendí al ver que no había tantos peces.

Por lo que me había costado, pensé que la red estaría a rebosar.

Me apenó ver cómo él era capaz de hacer más con una mano que yo con las dos, pero claro, él subía a la barca el triple de peces cada día solo.

Una vez estuvieron los peces entre nosotros, yo me dejé caer y solté el cansancio en una carcajada.

Yurde me miró complacido.

—Cuando estés lista, volvemos —me dijo.

Yo levanté una mano para pedir tiempo. No me podía mover. Los músculos de los brazos y las piernas habían hecho un sobreesfuerzo y, de la flojera que tenían, ni respondían.

—¿Podemos quedarnos así un rato más? —pregunté mirando al cielo, que ya dejaba ver las nubes.

—Vamos apurados de tiempo —contestó.

Lo miré con admiración desde el suelo de la barca.

—¡Y tú haces esto cada día! No es solo el madrugón. Es volcar la barca, remar hasta aquí, echar las redes y recogerlas tú solo, volver remando… y todo esto después de haber echado la jornada con tu jefe.

—No es nada extraordinario. Estoy acostumbrado —dijo.

No había suficiente luz para verlo, pero estaba segura por su actitud y el tono de su voz de que se ruborizó.

—Aun así. Ibas a hacer esto hoy tú solo… Ibas a dañarte más el hombro —recordé preocupada. Me incorporé—. Venga, ya puedo remar.

Me levanté y me senté a su lado. «Somos un equipo», había dicho.

Era cierto. Eso me hizo recordar la conversación que tuvimos el día anterior: «Qué clase de familia somos…

». Las dos cosas iban unidas a veces. Al menos, en el caso de mis padres, o en el de Marina y Diego.

Pensé en ello de nuevo. Era importante para él, porque esperaba que yo cambiase de opinión, pero también lo era para mí, si me ayudaba a explicarle cómo me sentía hacia él.

Mi madre y mi padre eran únicos, se miraban con devoción y ternura.

Marina y Diego eran diferentes. A veces, se miraban con complicidad, pero delante de los demás parecían casi como dos extraños.

Supongo que en la intimidad se comportarían diferente.

Pensé en la clase de matrimonio que seríamos Cibrián y yo.

Más distantes que Diego y Marina y menos cómplices.

La devoción estaría descartada y la ternura pasaría por trato amable.

Pero ¿Yurde y yo? Fui incapaz de imaginármelo en el papel de esposo.

Éramos los mejores amigos, el primero que me apetecía ver cada mañana.

Sufría por él. Me quitaba las penas con una sonrisa.

Tenía una fuerte influencia en mí. Y sí, formábamos un gran equipo, como también lo hicieron mis padres, Diego y Marina…

Aun así, me faltaba el sentimiento principal.

Esa hambre y esa sed que había visto en el conde yo no las había sentido nunca.

Regresamos en silencio; por mi parte, con los cinco sentidos puestos en el remo. Me centré en la respiración, que se me entrecortaba por el esfuerzo titánico de luchar contra las olas, y en no volver a vomitar. Atracamos en el pequeño muelle y amarramos el cabo.

Entre los dos metimos los peces en cubos. Llenamos dos. Los saqué fuera de la barca, la subimos y la volcamos sobre la tarima para evitar que el oleaje la estrellara en las rocas. Y, de nuevo, caí baldada sobre la plataforma.

—¡Bravo! Lo has hecho muy bien —me animó Yurde.

—Hoy no he podido ser tu faro.

Se sentó en la roca y me miró con una sonrisa en los labios, mientras yo permanecía allí tendida y exhausta.

—No hacía falta. Estabas en la barca alumbrándome el regreso.

Le sonreí también. No me acostumbraba a que me dijera esas cosas y el corazón me pegó un brinco.

—Como la sirenuca —le dije—. Tu sirenuca …

—Repetí mirando al firmamento. La claridad permitía vislumbrar las siluetas de las nubes en el cielo y las gaviotas que nos sobrevolaban.

Se dirigían al lugar donde nosotros habíamos estado para darse un festín—.

Me entristece pensar que puedo dejar de serlo, que tenga que dejar de venir a verte regresar sano y salvo en la barca.

—Eso tiene una solución fácil. —Giré el rostro para verlo.

—¿Fácil? ¿Tú crees?

—Sería dejar que todo siga como hasta ahora. No hay nada más sencillo que eso.

Me incorporé y quedé sentada sobre la madera. Apoyé mi espalda en la roca donde él estaba sentado.

—¿Crees que es posible? Sería sencillo si no me asaltaran a la cabeza los recuerdos de nuestras casas quemadas. O los rostros de Laro, Ángela, Mariuca y Pelayo… la tienda de mi madre… No podemos reanudar el negocio. Nada es como antes, por eso no puede seguir igual.

El sudor por el esfuerzo se me enfrió y empecé a tiritar. Se acercó y se sentó a mi lado con las piernas cruzadas. Su pose y su voz eran serenas, pero su expresión estaba tensa.

—Creo que lo complicas más de lo que es. Sigues metida en el incendio. Solo tienes que alejarte de él, coger distancia. El resto de la ciudad sigue como siempre.

—No sé si soy capaz de hacer eso.

Le cogí la mano y miré de nuevo al cielo.

—Estás congelada. Ven aquí. —Se levantó y me ayudó a ponerme en pie. Me frotó la espalda para darme calor. De forma instintiva lo abracé. Nos quedamos así unos minutos y volvió a hundir su cabeza en mi cuello.

—¿Estás mejor?

—Sí, ya no tengo tanto frío. —Pero seguimos abrazados. El sonido del mar me relajaba y sentí en lo más profundo tener que irme de allí y volver a una casa que no era la mía.

—No has traído ropa adecuada, no deberías haberme acompañado.

Vámonos antes de que te enfermes —dijo. Yo asentí.

Era extraño, pero no sentí la paz de la ocasión anterior, ni el mismo rechazo que por el conde la pasada noche.

Esta vez sentí un pellizco en el estómago y algo parecido a la vergüenza.

Me separé de él con una sensación extraña.

Al abandonarme el calor de su cuerpo, me recorrió un escalofrío.

Los músculos se resintieron y pensé en lo cansado que era ser pescador.

—Mientras no se cure tu hombro, no hagas esto solo, ¿de acuerdo? —supliqué.

—¿Vendrás tú a ayudarme? —preguntó con una sonrisa socarrona.

—¿Crees que no puedo? —contesté desafiante. Él me miró divertido.

—¿Cada día?

—O cada dos. No lo sé. Déjame que vuelva a tierra, que me parece que sigo en el agua.

Él soltó una carcajada y cogió uno de los cubos.

—Mañana descansa.

Yo cogí el otro.

—Mañana estaré aquí, porque tú vas a estar —repuse. Lo conocía demasiado bien, como él a mí.

—¿Eso no va contra las normas?

Suspiré. Sí, iba en contra de lo que Cibrián me había pedido, pero era una situación de fuerza mayor.

Mientras estuviera en recuperación, no lo dejaría solo.

Me resultó curioso cómo hacía un momento había dado por sentado que me casaría con el conde, como si fuera lo más natural del mundo, y, minutos después, me alentaba a todo lo contrario.

Entendí que en el primer caso estaba respetando mi decisión y en el segundo hablaba el corazón.

Subimos por las rocas, uno junto al otro.

—He estado pensando en lo que me pediste —dije. Él afianzó un pie en la roca y me miró.

—Pero dijiste que no lo harías hasta que…

—Lo sé —lo interrumpí—, pero no he podido evitarlo. Sé que es importante para ti. —Reanudó la marcha—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—En realidad, es la misma que tú me hiciste. Para ti, ¿qué clase de familia somos?

—Tú ya lo sabes. De la clase de familia que se elige. La que decide quererse, cuidarse y mantenerse unida, aunque no haya lazos de sangre. ¿O tú no lo sientes así?

—Sí, claro. Es lo mismo que te dije ayer.

—¿Entonces? —Volví el rostro para mirarlo y me encontré con sus ojos inquisidores—. ¿No es esa la clase de familia que han formado Diego y Marina? —El corazón me dio otro vuelco y me sentí palidecer—. ¿En qué se diferencia?

—En que ellos están enamorados. —Decidí no mirarlo para que la conversación resultara menos incómoda, aunque me violentaba de igual forma—. Los amigos son la familia que se escoge. No tiene que haber romanticismo de por medio. No me gustaría tener que alejarme de ti por casarme con el conde.

Avanzó con cuidado por las rocas mientras pensaba la respuesta. Paró y me miró al contestar:

—Es posible que tengas razón, pero me estás pidiendo algo difícil.

Sabes que te quiero y que para mí lo primero es que seas feliz.

Pero no me puedes pedir que no te quiera de la forma en que lo hago, como Diego quiere a Marina, igual que yo no puedo forzarte a que tú me quieras de manera diferente a como lo haces.

Sin esperar mi respuesta, se giró y siguió el ascenso.

Una vez arriba, las palabras no salían de mi garganta, por la falta de aliento al subir cargada por las rocas y por la impresión de la confesión de mi amigo.

Me solté la falda mientras pensaba qué decir.

El corazón me bombeaba con fuerza. Reanudamos la marcha en silencio.

Las comparaciones en mi mente fueron inevitables.

El conde quería formar una familia conmigo, pero me limitaba.

Sin embargo, Yurde me demostraba que me amaba y pensaba en mi felicidad por encima de la suya.

¡Cómo me habría gustado corresponderle! Me dio mucha tristeza pensar que nuestra amistad tenía fecha de caducidad.

—Yurde. —Me miró—. Otro día, cuando estés bien del brazo, tenemos que salir en barca, pero de paseo.

—Eso está hecho —dijo. Me guiñó un ojo y me dedicó una enorme sonrisa.

Esa que me daba la vida con los primeros rayos del sol.

La que tanto eché en falta la noche anterior.

Ahí estaba de nuevo, enmarcando sus preciosos hoyuelos.

Me abrigó más que una tupida manta. Me hizo sentir tan abstraída del mundo que, en ese momento, no me di cuenta de que alguien nos observaba en la distancia.